El Secuestro del Siglo —¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y se desesperen porque no me a…

El Secuestro del Siglo

¡Quiere que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no me alcanzan! exclamó Jimena, leyendo en voz alta el deseo escrito en un papelito antes de prenderle fuego con un mechero. Echó las cenizas en su copa y apuró el último sorbo de cava, provocando las carcajadas de sus amigas.

El abeto parpadeó con sus luces, como perdiéndose en sus propios pensamientos, y al instante resplandeció aun más. La música subió de volumen, las copas tintinearon, los rostros se fundieron en un torbellino de fiesta y risas. A las ramas les cayó una lluvia dorada o así lo recordamos.

Ma-aaamá… ¡Mamá, despierta!

Jimena abrió a duras penas un ojo. Frente a ella se erguía lo que parecía ser un equipo de fútbol entero.

¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños?

Los críos, entre bromas, iban presentándose inclinando la cabeza:
Mamá, a ver si te acuerdas, Mateo 9 años, Álvaro 7, Hugo 5, Tomás 3!
El equipo completo, sin suplentes, todos con una cara de pillos y una decisión inquebrantable. No había deseado en Año Nuevo que la persiguieran precisamente estos hombres…

¿Y dónde está vuestro entrenador?… Digo, ¿vuestro padre?gruñó ella con voz reseca.Traedle un vaso de agua a mamá

Apenas cerró los ojos un instantey de nuevo: ¡Mamá!

Enseguida sintió dos vasos de agua presionando sus manos, una mandarina y una taza con agua de pepinillos. Vaya… El mayor ya sabe cómo reanimar a una madre tras las fiestas. Van aprendiendo.

Mamá, despierta, que lo prometiste… suplicaban los pequeños.

Jimena intentó honestamente recordar cómo había acabado allí, y qué había prometido exactamente.

¿Ir al cine?
Nooo.
¿Al McDonalds?
¡No!
¿A la tienda de juguetes?
¡Mamá, no te hagas la despistada! ¡Ya casi estamos listos y tú no te levantas!

Por lo menos decidle a vuestra madre a dónde vais tan arreglados…se rindió al fin.

Cariño, despierta, sonó una voz masculina. Entró en la habitación un hombre alto y moreno, con destellos dorados relampagueando en sus ojos color avellana. ¡Vaya galán!

Ya estamos preparados, y el coche cargado. Paramos en el súper y nos ponemos en marcha.

Jimena trató de recordar quién era aquel hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. Su cabeza era un desierto. Ni una sola idea.

Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! Y tú también coge el tuyo gritó alguien desde el pasillo.

¿Así que también hay piscina? ¿Pero qué clase de vida tan milagrosa tengo yo, y cómo es que no me acuerdo de nada…?

Abrió los ojos y recorrió la habitación con la mirada, despacio. No reconocía absolutamente nada. Ni una foto sobre la cómoda, ni la cortina gruesa de la ventana con ese estampado extraño, ni los muebles.

Le parecía un lugar ajeno. Solo una cosa le resultó familiar: una flor de Pascua roja, con pétalos aterciopelados, en un tiesto blanco adornado con pequeñas bolitas de perla. Eso sí lo recordaba.

Cerró los ojos y empezó a rebobinar, muy despacio, el hilo de la noche anterior. Habían quedado con las chicas para celebrar el Año Nuevo en un restaurante y jugar al Amigo Invisible. Como en los viejos tiempos de universidad, solo que ahora con bolsos de marca, peinados imposibles y el tiempo contado.

Las amigas iban radiantes, riendo, un poco eufóricas por esa libertad rara de la vida adulta. Se escapaban, aunque fuera sólo por unas horas, de la rutina: maridos, hijos, clases, guarderías, cazuelas… Irradiaban esa libertad como alumnas fugadas de la última clase.

Jimena, en cambio, estaba tranquila y encantadora como siempre. No tenía marido, era dueña de sí misma. Ni tenía que avisar a nadie, ni esperar a nadie, ni dar explicaciones.

La última soltera bromeaban ellas, guiñándole un ojo y rellenando de cava su copa.

Le regaló a una amiga un set de cosmética “con perlas y hilos de oro”. Todas se rieron a carcajadas de que ese sérum estaría bueno hasta para untar en pan y servir con cava en el desayuno”. Bromearon, se interrumpieron sin parar, fotografiaron la caja desde todos los ángulos como si fuera una obra de arte.

A cambio, Jimena recibió la flor de Pascua, esa misma en la maceta blanca, y una botella de cava rarísimo traído de un castillo en la Borgoña. De esos vinos que se abren sólo en ocasiones muy especiales.

Leyó el papelito de un brindis o deseo y… nada más. De ahí, en blanco. Como decía el viejo refrán: Iba andando me caí desperté escayola”.

Jimena se miró en el espejo. Seguía siendo una joven, incluso maquillada como en Nochevieja. Pero entonces, ¿de dónde salían esos hijos y ese marido? No recordaba haber dado a luz, ni haber cambiado pañales, ni su propia boda. Y sin embargo, conocía los nombres de los críos. El del marido, ni idea. Algo raro sucedía

Salió al pasillo. Había maletas con ruedas, dos grandes de adulto una negra, otra beis con logotipo de lujo, y tres mochilas deportivas de niño. O sea, no iban de picnic al campo. ¿Entonces? ¡Un viaje!

En ese momento entró el marido. Cogió las maletas con soltura profesional y empujó a Jimena suavemente hacia la puerta.

Vamos a llegar tarde,dijo sin apuro.

Jimena miró su mano y se paró en seco. ¡No llevaba anillo de casada! Ni ella, ni él. Otra rareza. ¿O?

Los niños se acomodaron en el cocheaquel monovolumen tan amplio. Las mochilas volaron a sus sitios, los cinturones abrochados, todo con destreza absoluta. Él se puso al volante; Jimena, con un suspiro, ocupó el asiento delantero.

Él, en seguida, le pasó un vasito de café con leche. Tibio, con leche, ¡y eso a ella le repugnaba! Fue el detalle que más la estremeció.

Vámonos,dijo divertido, guiñando a los niños. El coche arrancó. Cuanto más se alejaban de la ciudad, más inquietud sentía ella.

Detrás, los niños cuchicheaban y reían. El conductor guiaba con seguridad, lanzándole miradas traviesas, cómplices, como si compartieran una broma secreta. Como si él supiera algo que ella intentaba recordar.

Jimena fijaba la vista en la carretera y se sentía como el pequeño erizo perdido en la niebla de los cuentos. Todo parecía lógico: familia, destino, coche. Y sin embargo, nada tenía sentido.

Salieron a la autovía y la ciudad desapareció detrás. Para entonces, Jimena ya no confiaba en nada. Algo dentro de ella le gritaba que aquellos no eran su marido ni sus hijos, sino unos extraños.

¡La habían secuestrado!

No, ¡la habían raptado!

Pero entonces, ¿cómo sabía ella los nombres de los pequeños? Iba dándose vueltas la cabeza hasta llegar a la conclusión natural: era un hombre cualquiera el que la había raptado, y había que hacer algo al respecto.

Jimena se irguió y apretó el vasito de café, fingiendo mirar el paisaje. Dentro de sí, sintió cómo se activaba el modo supervivencia.

Media hora después, los niños se quejaron al unísono:

¡Papá, quiero ir al baño!
¡Tengo sed!
¿Hay algo de comer?

El coche paró en una gasolinera y todos bajaron. Era su oportunidad para huir. El corazón de Jimena latía como una tamborrada en la Semana Grande. Mientras todos estaban distraídos, se deslizó fuera del café y se acercó al coche, sigilosa, en cuclillas. Corrió algo torpemente y saltó al asiento del conductor…

No había llaves en el contacto.

Ah, ahí estabas. Te estábamos buscando,sonó la voz del hombre desde la ventanilla abierta. Jimena dio un respingo.

Bueno, ahora que estamos todos, seguimos,afirmó él amablemente.Cariño, déjame conducir, tú descansa. Y reanudaron el viaje.

Una hora después apareció ante ellos el aeropuerto: cristal, cemento, un hervidero de coches y gentes. Aparcaron como pudieron y entraron en grupo.

Jimena iba alerta: ¡no la iban a llevar a ningún lado desconocido! ¡No sería víctima de un secuestro! Debía resistir hasta el final.

Fue rezagándose del grupo. Un paso más, otro… y, de pronto, echó a correr.

¡Esto es un secuestro! ¡Socorro!gritó, lanzándose al mostrador de seguridad.

El guardia reaccionó de inmediato. Al instante la redujeron, le hicieron girar y la esposaron. A su alrededor, hombretones con pistolas, walkie-talkies y cara seria.

¡Esperen, déjenme explicar!gritó el supuesto secuestrador.¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Un juego! ¡No llevamos armas! ¡Nadie está secuestrado!

Las voces de todos le llegaban a Jimena como sumergidas en agua. De pronto, como en el cine, les vio. Detrás de un panel publicitario estaban sus amigas. Sonriendo, nerviosas, algo asustadas, pero también radiantes.

¡Mamá!gritaron los niños y corrieron hacia otra de las mujeres allí entre las amigas. Las demás se acercaron a los guardias, explicando y riendo a la vez, disculpándose, pidiendo que soltasen a la secuestradora.

Soltaron a Jimena y el mundo dejó de girar. Allí estaba, en mitad del aeropuerto, con el pelo revuelto y el corazón galopando, comprendiendo de repente: no la habían raptado.

¿La… habían gastado una broma?

Cuando la adrenalina remitió y el zumbido de los oídos se fue, Jimena empezó a entender.

Era una broma.

Grandiosa, costosa, tramada entre todas. Con toques de comedia negra.

Las amigas se pusieron a hablar todas a la vez, riendo siquiera antes de terminar de justificarse.

Llevaban tiempo queriendo presentarle a Jimena a un buen hombre. Ese mismo que la miraba desde lejos desde hacía años. Que suspiraba, pero nunca se decidía a nada, pues conocía demasiado bien el genio de Jimena. Porque ella, en esto, siempre había sido clara:

Gracias, pero no. Sola estoy mejor.

Y lo sabían. Por eso, en vez de convencerla con palabras, idearon otra táctica: ¿para qué perder tiempo razonando, si se puede montar el show entero?

Así nació la idea: nada de presentaciones, la sumergieron de golpe en vida familiar. Con desayunos, niños civilizados y un hombre atento, práctico y siempre amable. Ah, y con unos ojos de avellana irresistibles.

Queríamos que no pensaras confesaron sinceramente las amigas. Solo que sintieras con el corazón ese calorcito.

Jimena no podía ni enfadarse. La lógica femenina, al final, respeta los resultados, no los métodos.

El método era discutible, sí. Y el infarto, casi. Pero el experimento… puro. A veces, para saber si necesitas a alguien, solo basta una mañana, tres niños y un café de manos de un… secuestrador.

Entonces le vio. El protagonista de su comedia romántica, sonriendo con un punto travieso, recordando al mismísimo Gato con Botas. En sus ojos danzaban los duendecillos dorados. Los hijos no lo eran; en realidad, sobrinos, encantados con la gamberrada del tío.

¡Vamos, que vais a perder el vuelo!exclamaron las amigas.¡Corred a la puerta de embarque!

¿Otra vez secuestro? pensó Jimena con sorna.¿Y dónde iban a traerme, al mar? ¿Al Mediterráneo, a nadar con peces y comer mangos?

Él le tendió la mano.

Encantado de conocerte, soy Víctor. ¿Me dejas secuestrarte de verdad? dijo con una sonrisa dulce.

Jimena se giró a mirar a las amigas. Todas expectantes. Luego, a las maletas. Y por fin, a los ojos de Víctor, tan transparentes y cálidos.

¿Y por qué no?pasó fugaz por su mente.

¡Vamos!soltó Jimena, sonriéndose a sí misma. Por fin comprendía que aquel secuestro era justo la aventura inesperada que llevaba años esperando.

Y, ya en voz bajita, añadió: Pero los niños, que se queden en casa

Rieron las amigas, él se rió aún más, y de repente todoel aeropuerto, la gente, el ajetreose transformó en un principio distinto: divertido, tierno y extrañamente familiar.

A veces la vida no nos roba.

Tan solo nos lleva de golpe, y sin preguntar, justo al sitio donde siempre debimos estar.

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MagistrUm
El Secuestro del Siglo —¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y se desesperen porque no me a…