Felicidad complicada
¿Cómo que nos divorciamos, Enrique? ¿Te estás burlando?
Carlota miraba a su marido y sentía que se desvanecía el suelo bajo sus pies. ¿Divorcio? ¡Si llevaban casi veinticinco años juntos! Dentro de dos semanas iban a celebrarlo o ya no, pensaba sin poder ordenar las ideas. ¿Y el banquete, los invitados? Las invitaciones ya enviadas Todos vendrían. Toda la familia, los amigos que no dejaban de preguntar qué podían regalarles. Y su amiga del alma, Marisa, por ejemplo, ya había mandado su regalo desde Valencia, aunque no pudiera asistir. Bastante tenía con estar de seis meses, los médicos no la dejaban subir a ningún avión. Mejor así. Se verían luego y volverían a celebrar. Además, Marisa había tenido un papel clave en su historia: ella le presentó a Enrique, entonces compañero suyo en la universidad. Y en la boda fue la primera en gritar “¡Que se besen!”, escondiéndose detrás del ramo que Carlota ni siquiera lanzó, sino que puso directamente en manos de Marisa.
No entiendo por qué tu Pablo se lo piensa tanto ¡Déjalo escapar y luego ya verás! Marisa le arreglaba el moño a Carlota con la paciencia de una hermana mayor. Ya tendrás tu momento. Mejor esperar que precipitarse. No quiero un marido verde, por criar a medio hacer, y divorciarme en dos años ¿Para qué? ¿Para tener que repartirlo todo? ¿Los niños, los muebles, los recuerdos? Para cuando él madure, ya le querrán en mi casa hasta los primos. Mejor espero a la cosecha
¡Te montas unas películas a dos años vista! ¡Me matas! Carlota no paraba de reír al ver la seriedad de su amiga retocándose con el colorete.
Si hago algo, lo hago bien y de una vez.
¿Y los niños, Marisa? ¿Van todos de golpe? ¿No uno al menos?
Todos. Quiero mellizos y ya. Una vez y se acabó, ¡y completo! Tengo antecedentes, en mi familia y en la de Pablo. Eso trae suerte.
Y criarlos, ¿qué? Eso hay que verlo
Dos son más fáciles que uno.
¿Por qué dices eso? Carlota la miraba fascinada; Marisa siempre había sido muy lista y pragmática. De niñas jugaban y, si alguna trastada acababa pillada, nunca era Marisa. Sabía planearlo todo para que nadie le echara la culpa y si alguien se saltaba el plan, dejaba que el inteligente recibiera el castigo.
Porque es pura lógica, Car. Se ayudan, juegan juntos y tú ganas puntos de madre ejemplar por criar a dos al mismo tiempo. ¿Te hacen falta más razones?
¡No! Carlota reía segura de que Marisa tendría exactamente lo que quería.
Y así fue, solo que a alguien en el cielo debió parecerle más gracioso triplete: en vez de mellizos, trillizos. Como si la vida pusiera a prueba a Marisa una vez más.
Y lo logró con nota. En aquel momento, la familia de Pablo ya la adoraba. Siempre disponía una palabra amable, y aunque sin doblegarse jamás, era la primera en ayudar. Sobre todo, organizando a Pablo, que prefería jugar al despiste antes que enfrentar dramas familiares.
Ya llegará el día que tú necesites ayuda y entonces, ¿qué? ¿Te harán la peineta, cariño? ¡No me vale! Si quieres tortilla de patatas para cenar, ve a casa de tu madre y montale el armario. Tardas dos horas, a ella le harás el día feliz. Y yo, la semana que viene, puedo lavarle los cristales.
De ese modo, cuando Marisa necesitó ayuda, dos abuelas y un abuelo el suyo ya fallecido estaban listos para cuidar a los nietos a cualquier hora. Así, Marisa tuvo y sacó adelante a sus hijos prematuros, y después decidió matricularse en la facultad.
¿Te has vuelto loca? ¡No tienes tiempo ni para respirar! se escandalizaba Carlota.
¿Y quién se atreve a suspender a la madre de trillizos? Así el cerebro no se me atrofia y de paso salgo titulada en economía y derecho. ¿Qué puede fallar?
Marisa terminó con diploma y encontró trabajo. Convenció al jefe de que el sueldo cubriría canguro, aunque las abuelas en verdad hacían todo.
¿Pero te compensa así? preguntaba Carlota.
De momento sí y el jefe no tiene que saber nada. Me interesa el rodaje más que el dinero. Unos años de experiencia y ya podré negociar condiciones o buscar algo mejor.
Carlota no salía de su asombro de ver el ritmo de vida de su amiga. ¿Cómo podía alguien hacerlo todo y siempre bien, sin agobios, sin quedarse a medio camino, como le pasaba tantas veces a ella? Desde niña, a Carlota le costaban las decisiones: hasta escoger qué media ponerse ¿rojas o azul oscuro? era un drama.
Pero cuando te decides, aciertas. Yo soy pura veleta, oye le decía Marisa. Eres conservadora, Car, y eso en este planeta no abunda.
Confiable sí. Tanto, que Enrique ahora se cansaba de esa seguridad suya. ¿Cómo era posible? ¿Por qué? ¿No vivían bien? Aceptaron tiempo atrás que no tendrían hijos. Ella colaboró como voluntaria en casas de acogida, pero comprendió que no podría dar todo ese amor a un niño extraño, no por medios o fuerzas, sino por un temor genuino de no ser suficiente madre; de no saber amar de la manera precisa, aunque desconociera cómo sería esa manera.
No has encontrado aún a tu niño, Carlota le dijo doña Pilar, la directora de uno de los centros, mientras miraban cómo los pequeños bailaban la ronda alrededor del árbol. Cuando lo veas, lo sabrás. Nada te detendrá.
¿Y si no aparece? ¿Y si no puedo? Carlota movía paquetes de regalos mientras sentía que un alud pesaba sobre ella.
Pues será que no toca. Mejor que arrepentirse después y hacer daño. Peor que una madre infeliz, solo una madre que devuelve a un niño. Mira a Dani, que ya lleva dos vueltas
¡Por Dios! Pero si es tan chiquitito. ¿Cinco, seis años?
Va a hacer seis. En una casa estuvo dos años, en otra uno.
¿Por qué? ¿Cómo pueden dejarlo así?
Primero, adoptaron y luego tuvieron uno propio. Pasó lo que pasa Después, en la segunda, sumaban cinco niños y el cariño se diluyó. Dani dejó de comer, no quería vivir allí Pedía volver.
¿Pero cómo? Carlota sentía un hueco ardiendo.
Así y ya está. Me da miedo, Carlota Un niño así tan pequeño y ya sin esperanza. Ahora se necesitaría un amor desbordante, mayor que el de toda la tierra.
El relato sacudió a Carlota tanto que casi se lanza a firmar los papeles de adopción enseguida. Sólo la contuvo un recuerdo de Marisa:
¿Estás segura de tener esa cantidad de amor? Si lo haces solo por compasión, mejor para. Los niños no merecen otro abandono. ¿Quieres practicar? Te presto uno de los míos el finde y ves si es lo tuyo.
Carlota declinó, y nunca volvió al centro, aunque siguió ayudando a distancia Siempre le pesó el recuerdo de Dani, como si él le recordara que hay que vivir procurando nunca hacer daño.
Se abrazó los hombros. Qué frío No era posible, si octubre ya traía la calefacción. ¿Debía ayudar a Enrique a hacer la maleta? ¿Qué meterle? ¿Ropa de abrigo? Pronto llegaría el peor frío; esos inviernos interminables del norte. Cuánto echaba de menos la brisa de Málaga, donde nunca pasaba frío. Toda la vida en chaquetilla de cuero. ¡Ay, toda la vida! ¡Quería volver a las montañas con su madre! Solo las dos, en silencio. Pero mamá ya no estaba. Ahora tampoco Enrique.
Y para qué, pensó Carlota, esa libertad Lo que ella quería era desayunar café con Enrique, charlar hasta tarde, salir sin planes claros: lo más bonito era siempre lo espontáneo. Enrique la llamaba de pronto:
Car, ¿qué haces?
Mil cosas, tengo entrevistas y luego banco.
¿Y si lo dejas todo y nos vamos al monte a andar?
Lo dejaba todo y, al poco, ambos caminaban por algún sendero, a veces hablando por hablar y otras en silencio, y era paz.
Eso ya era pasado. Un pasado suyo, que él apenas recordaría. Enrique tendría su futuro, con esa otra mujer que traía un niño, ¿era ese el problema?, ¿o la mentira larga de tantos años? Carlota prefería la primera opción, la segunda la rompía: ¿sería ella tan poca cosa que ni siquiera le había hecho feliz?
Se quedó en la cocina, pegada a la caldera, sin valor para moverse. Oía a Enrique revolver cajones, cerrar puertas; ella temblaba, y hasta la maceta de Marisa, la única flor, casi cayó de la ventana. Cuando Enrique por fin salió, Carlota soltó por fin la repisa, hundió los dedos, lanzó la maceta al suelo y gritó.
No se sintió mejor. La tierra oscura revuelta con trozos de barro por toda la cocina perfectamente acompañaban el color de ese instante. Todo era negro, sin un hilo de luz. El último rayo lo apagó la puerta recién cerrada.
Aun así, algo la movió. Se quitó de la caldera, caminó descalza, sin sentir el dolor de los cristales, y fue a por el móvil.
Mariiisa
No era llanto, era un aullido animal, de herida. Y Marisa, del otro lado, comprendió sin palabras.
¿Se fue Enrique?
Sí
Vale. Mañana me tienes ahí.
¡Ni loca! Marisa, tienes que cuidarte, ¡no puedes venir!
Un silencio denso.
¿Lo sabías? susurró Carlota, helada.
Me lo imaginaba. La última vez, Enrique ni me miró a los ojos. Ahora lo entiendo todo. No te agobies, te irá mejor así, ya lo verás.
¿Mejor? No tengo nada ya
Compra un vestido.
¿Qué?
Lo que oyes. Ve ahora mismo, el que siempre te daba pena el dinero, cómpratelo y me lo enseñas. No te encierres, no llores y no busques explicaciones. Luego véngase en tren o en avión; yo aguanto, subimos a la sierra. Sin tiendas de campaña y con mil comodidades, solo respirar y ver mundo.
Pero, Marisa, eres una exagerada
Me da igual. Equipo completo. Que no puedes negar la invitación a una embarazada. Dame vuelo en media hora. O te busco. Y punto.
Marisa colgó. Carlota se miró perpleja en el reflejo. ¿Y ahora? Pero la respuesta llegó sola. Se puso frente al espejo, repasó los años uno a uno en su rostro. ¿Ya no era joven? ¿Y qué? No era una anciana, tampoco. ¡No la enterrarían viva! Enfadada, se peinó, secó las lágrimas y escribió los mensajes justos para cancelar los compromisos, el restaurante
Limpiar la cocina le ocupó la mente. Olvidó que había dos aspiradoras y se dedicó al cepillo y el trapo. El nuevo tiesto podría esperar.
El vestido quedó perfecto: rojo, encendido, lo contrario de su estilo; Carlota siempre optaba por colores neutros, dejando los tonos intensos a Marisa, que parecía tener el don de atraer miradas sin una pizca de escándalo. Ahora el deseo de desaparecer se había esfumado, y se encontró pensando si de verdad ya no podía ser el centro de atención, si el espejo le devolvía ese aire cansado o aún guardaba algo más. No era fácil enfadarse ni gritar, ni siquiera sentía rabia, tal vez porque sí entendía a Enrique. Ambos estaban acostumbrados el uno al otro y dejar a un amigo de tantos años es aún más doloroso.
El viaje fue con escala, como en los sueños cuando uno no llega nunca a su destino. Carlota lo agradeció, así evitaba pensar.
La escapada salió redonda. Recorrían los senderos, charlando o calladas, atropellándose con recuerdos y consejos. Marisa sabía encontrar las palabras para que lo importante surgiera, y lo accesorio se disolviera.
Vuelve. ¿Qué se te ha perdido allá lejos? Monta tus centros aquí. Abren barrios cada día en Madrid, faltarían plazas. Tu padre está delicado, así tienes excusa de no cambiarlo todo, ni clima, ni casa. Piénsalo.
Carlota lo pensó, y al final del viaje improvisado supo que sí, que era hora de volver.
Trámites, venta de piso y coche, burocracia Todo iba quedando atrás, como un sueño neblinoso. Apenas tuvo fuerzas para encontrarse con Enrique dos veces, luego lo borró de sus contactos. Se prometió olvidarlo.
Madrid le devolvió la primavera en la Sierra, toda de manzanos y azahares. Carlota compró un piso cerca de su padre, que, por cierto, no estaba solo. Una señora amable, doña Carmen, le había abierto la puerta un día y Carlota supo al instante que mejor era no vivir allí. No le sobraban motivos: el amor no se divide, y si su padre encontraba nueva ilusión, ella solo podía alegrarse. Los días en la parcela, Carlota tomaba té con Carmen mientras miraba a su padre podar los rosales y se sentía en paz.
Ignacio aún da guerra, ¿verdad, Mi niña? apuntaba Carmen, mirándole con brillo de enamorada. Es tan bonito el amor aunque a veces cuesta, otras se esconde y parece inalcanzable. Pero siempre, siempre, vale la pena buscarlo.
Eso daba esperanza. Si su padre encontró amor al final, quizá ella también pudiera tenerlo.
Un año pasó volando. Dos nuevos centros de infancia funcionaban a pleno en el barrio, y el trabajo la mantenía ocupada. Había cambiado todo: imagen, corte de pelo y, por fin, adoptó un perro, como había soñado tanto. Pero aún así, la tristeza volvía por las noches: qué daría Carlota por escuchar de nuevo el clic del interruptor y la pregunta: “¿qué te pasa, Car? ¿Te hago un té y me lo cuentas?”
Sabía que tenía que soltar el pasado, pero la mitad de sí misma no dejaba salir del todo a Enrique.
Un día, surgió un lío de impuestos por la venta del negocio. Casi se alegró: resolución y papeleo, algo que hacer. Era un motivo.
En poco resolvió la gestión y se le abrió un día entero en Madrid antes de volver. Salió a pasear, terminó en su antiguo barrio por pura inercia. ¿Para qué? Quizá solo por ver de nuevo los lugares donde había sido feliz. Uno de los centros cerró, pero el otro resistía y Carlota, al mirar tras la ventana, vio cabezas inclinadas sobre cuadernos, pinturas. Soltó una sonrisa al ver a un profesor joven haciendo de oso y a los niños gritar, entusiasmados. Importaba eso: que los niños fueran felices.
Cruzó la plaza. Allí estaba el viejo edificio donde vivieron Enrique y ella, el parque con la fuente renovada. Avanzó sin querer y entonces lo vio: Enrique, en un banco al sol, empujando con sosiego un carrito de bebé.
Tardó en reconocerlo: más canoso, el gesto torcido, distraído en sus pensamientos, ajeno a todo impulso vital. El corazón de Carlota se arrastró por el suelo. Se acercó, casi corriendo, con la convicción borrosa y extraña de los sueños, como si hubiera que salvar algo.
Enrique
Él se sobresaltó, acurrucándose en sí mismo.
Hola, Car.
Se sentó a su lado.
¿Cómo estás?
La pregunta era ridícula, absurda, pero no sabía qué más decir. Él paró el balancín y la miró, los ojos tristes.
Mal. Estoy solo y no sé por qué tiré por la borda todo lo bueno por nada. Por un desliz estúpido que lo arruinó todo.
Mientes contestó Carlota. Tienes mucho. Más de lo que crees.
Y señaló al carrito.
¿Niño o niña?
Niña. Se llama Alba.
Tienes una hija, Enrique.
Su madre no sobrevivió al parto. Me he quedado solo.
Carlota se sintió helada y, sorprendentemente, solo pudo sentir lástima por la joven que una vez ocupó su lugar. Como en los sueños, los detalles de lo pasado giraron en su mente sin lógica y, mientras Enrique seguía balanceando a la pequeña en el carrito, ambos callaron largo rato.
Luego hablaron a borbotones, pisándose las palabras, como quien se agarra a un recuerdo para poder soltarlo. Para cuando Alba se despertó y los faroles comenzaron a lucir, ya todo era distinto.
Carlota se inclinó sobre la niña. Recordó las palabras de doña Pilar: “Cuando veas a tu hijo, sabrás.” Se estremeció.
Y unos meses después, en el despacho soleado de la residencia, entró Pilar llevándose de la mano a un chico moreno y silencioso.
Miguel, ¿sabes por qué estoy aquí?
Sí. Vienes por mí.
¿Y te gustaría vivir conmigo?
No lo sé. No creo que me quieras llevar.
El niño la miraba sin esperanza, sin rastro de ilusión, hasta que Carlota sacó unas fotos.
¿Es tu marido?
Sí.
¿Y ella es tu hija?
No, Miguel. No es mi hija.
La chispa en sus ojos, aunque pequeña, apareció. Carlota no permitió que muriera.
Ella no es mía, pero lo será. Como tú, si quieres.
Me devolverás.
¿Por qué piensas eso?
Eso hacen todos.
Yo no soy todos, Miguel. Yo sé lo que es perderlo todo.
Yo también lo sé.
¿Tú sabes qué es una madre, Miguel?
No.
Es quien no deja que te pase nunca lo peor. Ni siquiera por miedo, ni por error.
¿Te doy lástima?
No. No quiero compadecerte, quiero quererte. Quiero que estés bien, y que Alba tenga un hermano mayor, fuerte y valiente. ¿Me ayudarás?
El chico extendió la mano para tocar el rojo del vestido, como comprobando si todo era real o un sueño.
¿Es bonito?
Mucho.
Me lo compré el día peor de mi vida, y desde entonces, el rojo es mi color.
Me gusta.
No dejes que se apague todo tan pronto. Vivamos, ¿vale? Yo tampoco sé ser madre, pero juntos aprenderemos.
Y él asintió despacio.
Años después, en la extraña lógica de los sueños, esa familia subía en hilera una vereda de la Sierra de Guadarrama: el niño, ya más alto, cuidaba de Alba, que corría adelante.
¡Alba, que hay lobos en el bosque! decía Miguel.
¡Que no!
¿Y osos, y tienen hambre!
¿Su madre no les dio de comer?
No saben cocer gachas como la nuestra…
¡Mamá! ¡Tienes que darles gachas, pero sin grumos!
Eso es solo cosa tuya, pilla. Pero se las haré, claro. ¿Y la miel de ayer, también la quieren?
Dásela. Pero primero, cárgame, que me canso
Ve con papá Carlota la pasa a Enrique, acaricia el pelo de Miguel. ¿Qué dices, chef? ¿Hacemos desayuno para osos?
Mamá, por mí, mejor que pasen hambre, que si no, Alba acaba trayendo a todos a casa y no salimos del hotel.
Carlota soltó una carcajada, se detuvo a mirar el cielo, el campo, las tonterías de la niña. Era un día fresco y azul, brillando en promesa. Y así, riendo, la familia desapareció tras la siguiente curva del sendero, mientras el eco de las voces subía y flotaba entre los pinares, rumbo al cielo.




