Diario de Natalia Jiménez, Madrid
Nunca he dejado de pensar que la vida, en su esencia, es un lujo demasiado caro para muchos. Hoy, mientras luchaba por meter a Balzac mi gato, el viejo Balzac en el transportín, se me ha escurrido de los brazos, ha caído con el aplomo de quien quiere llamar la atención y se ha metido en el rincón de la entrada con un lamento profundo. Cómo le gusta hacerme sentir que su vida pende de un hilo y que nadie lo valora como yo.
Balzac, mi Balsi, lleva en casa cerca de diez años. Ni siquiera sé cuántos cumple exactamente; me lo encontré ya adulto, harapiento, en plena calle, y no pude evitar llevármelo a casa. Mi madre, doña Magdalena, fue conmigo a la clínica veterinaria en la primera locura, envolviéndolo en una mantita vieja de mi infancia.
¡Salvadnos al pobre animal! gritó mi madre entrando.
La veterinaria, una chica seca y de pocas ganas, puso cara de asco.
¿Dónde habéis cogido esto? ¡Que parece un gato de la basura!
¿Qué tiene que ver eso? Es mi gato, y lo quiero vivo. ¿Será que nuestros euros valen menos que el dinero de otros que traen persas y siameses?
Doña Magdalena era perseverante hasta rozar lo testarudo, endurecida por los años criando una hija sola en Madrid, con un trabajo modesto de educadora infantil y la carga de dos mayores a su cargo. Sabía defender lo suyo sin levantar la voz, encontrando siempre la palabra exacta que hacía tambalear al interlocutor más cerrado. No gritaba, simplemente guiaba la conversación hasta que el otro terminaba contándole sus desgracias en vez de insultarla.
Sin embargo, paradójicamente, nunca logró esta sintonía con sus seres queridos. Mi padre se largó tras una semana de matrimonio y mi abuela lo resumía con sorna: Aguantó bastante, la verdad.
La maternidad fue para mi madre un deseo más intenso que cualquier Navidad o cumpleaños. Pocas ilusiones, pocos lujos en su juventud, y criarme fue para ella casi un acto de desagravio consigo misma. Los niños son un placer demasiado caro, lamentaba abuela Margarita. Y tenía razón, la vida apretaba por todos lados. Pero para mi madre, la vida sin alegría no se sostenía, aunque fuera solo una pequeña esperanza en su vientre.
Fue la abuela quien decidió todo un día llegando a Madrid con un pañuelo de fiestas y un hato envuelto en un pañuelo bordado:
Ten, hija, para que no le falte techo. Tu abuelo vendió el terreno del pueblo, y con lo que hemos ahorrado os compráis piso. Luego ya te las apañas.
Y yo, impresionada, sentí que la vida me regalaba un as bajo la manga, aunque en casa todo acabara en trifulca con mi madre. Gracias a la tozudez de abuela, tuvimos hogar propio. Ella misma organizó la reforma con obreros portugueses que temían más su cara de mando que la tardanza en el sueldo.
En ese piso nació Clara, mi alegría, mi remanso. Jamás, después de sufrir mi educación con exceso de tirantez, he podido ser dura como mi madre; aprendí que una hija necesita cariño y respeto. Recuerdo a Clara de pequeña negociando por caramelos:
¿Puedo uno, mamá?
Después de comer, pequeña.
¿Y después puedo dos?
Y ella cumplía, y yo también. Detalles minúsculos, pero era así como tejíamos nuestra relación, a base de respeto y afecto.
Pero tras la infancia todo es cuesta arriba; la abuela enfermó, el abuelo se fue quedando triste y, entonces, apareció Balzac. Esa tarde fue como una bofetada: Clara desapareció al salir del instituto y la buscamos hasta con la policía. Cuando llegó, hecha un mar de lágrimas y con un ovillo peludo en brazos, solo pude acoger al gato y consolarla.
¿Estás bien, hija?
A mí no me duele nada, mamá, pero él sí.
Correr a la clínica, pagar una factura imposible, y asumir que Balzac se quedaba en casa. Casi nos arruinamos aquel mes; entre las medicinas de la abuela y el regalo de cumpleaños de Clara, ya no quedaba nada en mi monedero.
Aquella noche, mientras hacía cuentas, Clara vino a pedirme que no le regalara nada, solo quería a Balzac. Al mirar al gato acurrucado junto a mis pies entendí que no podía negárselo. A partir de entonces fue uno más, sin lujos, pero con dignidad y cariño.
Poco después, decidí cambiar mi rumbo. Dejar la guardería y trabajar como niñera fue lo mejor que pude hacer; en cada hogar fui aumentando mi salario y autoestima. Mi experiencia me precedía y nunca faltó quien me recomendara. Y sí, cada noche, Balzac recibía su ración de mimos, y yo pensaba: Si él estuvo en mi peor momento, yo también cuidaré de él hasta el final.
Clara creció, entró en la universidad, y prefería vivir en nuestro piso antiguo mientras su abuela, ya muy mayor, salía menos. El abuelo murió, y meses después la abuela le siguió. Balzac estuvo siempre a su lado; creo que él y yo compartimos el dolor de las despedidas sin palabras.
La vida, de tanto dar vueltas, me trajo a Javier. Me costó aceptarlo; mi independencia era, al fin, un lujo que protegía. Pero Javier supo quererme, a mí y a Balzac. Nos casamos; mi madre, al principio rijosa, terminó por hacer manitas con el coche de mi marido para presumir ante las vecinas: Mi yerno me lleva a la sierra, decía con media sonrisa.
Clara, ya en edad adulta, conoció a Miguel y se fue a vivir con él, pero Balzac no aceptó bien la llegada del nuevo inquilino. Miguel no soportaba a los gatos; se notaba en los gestos y la impaciencia. Tras la boda, todo se fue torciendo, sobre todo a raíz de una factura del veterinario.
¿Otra vez ese gato? ¡¿Cuánto más vas a gastarte?! gritó Miguel. Es solo un bicho.
Es de la familia le respondía siempre Clara.
Las broncas escalaron hasta el día en que él amenazó con echar al gato, justo cuando Clara acababa de descubrir que estaba embarazada. Se mantuvo firme, cogió las llaves de Miguel y, apoyada en la pared, le dijo:
Te pido que te vayas. Necesito calma y respeto, y tú ya no aportas ninguna de las dos cosas.
Miguel se fue sin mirar atrás, más ofendido por el gato que por Clara, lo cual a mí no me extrañó en absoluto. Mi hija guardó silencio, recogió a Balzac y lo llevó al veterinario. Empezaba una nueva vida.
Balzac sobrevivió; su salud fue ya frágil, pero estuvo presente cuando Clara tuvo a su hija. No hubo mejor niñera que aquel gato, que con paciencia dormía a la bebé apoyando su patita peluda en su cabecita. Y cuando Clara pensó ponerle mi nombre a la niña, la convencí de buscar otro. Al final, quedó Almudena.
Miguel prometió ser buen padre, y lo fue. Almudena creció entre dos casas, dos conejos de peluche y mucho amor. Por mi parte, me aseguré de que, pese a las cicatrices de la vida, supiera siempre que el cariño es lo importante, que todos somos familia mientras nos queremos.
Balzac fue testigo de todo en silencio. Ya anciano, aún tenía energías para dormir a Almudena y aguantar las carreras de la niña por el pasillo. Cuando Clara le preguntaba si echaba algo en falta, él simplemente ronroneaba y le rozaba la mano; era la forma de decir que todo iba bien.
Pienso que, al final, lo único que nos queda es el amor verdadero, ese que se aprende desde pequeños, que sana donde más duele. Ojalá mi nieta, cuando sea madre, acaricie la mejilla de su bebé y le susurre: Te estaba esperando, mi vida.
Así cerramos el círculo, en esta familia nuestra donde cada vida es un lujo, sí, pero uno que merece la pena pagar día tras día.



