Simplemente seguir adelante

Solo seguir viviendo

Hace ya muchos años, en la tranquila Castilla, vivía una niña de nombre Cayetana. Era una chiquilla risueña, siempre armando travesuras, con sus trenzas despeinadas bailando al viento, corriendo de un lado a otro por la galería luminosa de la casa familiar en las afueras de Salamanca. Sus ojos oscuros centelleaban de alegría y los pómulos se ruborizaban tras interminables juegos. Al ver cómo el mejor amigo de su hermano mayor, Alfonso, se dirigía despacio hacia la puerta, Cayetana frenó en seco y, tras tomar aliento, se lanzó tras él.

Sin pensarlo, se aferró con fuerza a la mano del joven. Sus diminutos dedos ardían, y mirándolo con franca inocencia mientras echaba la cabeza hacia atrás, soltó una risa contagiosa:

¡Nunca te dejaré marchar! ¡Cuando sea mayor me casaré contigo, así que espérame!

Alfonso se detuvo sorprendido, levantando las cejas, pero pronto su rostro se relajó en una sonrisa cálida y generosa. Miró a esa revoltosa criatura con una ternura que solo los adultos pueden regalar a los niños, y con un guiño afectuoso contestó con lentitud:

Te esperaré.

Le despeinó suavemente el cabello ya alborotado, haciendo que las trenzas de Cayetana se enredaran aún más. Ella entornó los ojos un instante, solo para volver a sonreír con fuerza, sin soltar la mano.

Pero por ahora añadió Alfonso con media voz, agachándose hasta quedar a la altura de su mirada, estudia con empeño y haz caso a tus padres. Así, cuando llegue el momento, serás digna de ser mi novia.

No hubo reproche en su voz, solo ese tono cómplice y dulce que los mayores reservan a los pequeños tesoros de la casa. Cayetana fingió reflexionar con mucha seriedad y, al fin, asintió con ímpetu, apretando los dedos del muchacho:

¡¡Ay sí, sí, seré la mejor!!

El aire, aquel verano, tenía un perfume ligero, llenándose de risas, de luz dorada y sueños imposibles. Para la chiquilla, en ese instante, el futuro parecía sencillo y real, como si todo pudiera cumplirse con solo desearlo

************************

Los años pasaron apenas un suspiro y Cayetana, ya joven, hojeaba distraída su manual de álgebra en la penumbra del cuarto. El crepúsculo caía lentamente sobre el campo charro y la casa permanecía en un inusual silencio, roto solo por unos murmullos en la sala contigua. Aguzó el oído: su hermano Miguel hablaba por teléfono, con un tono mucho más animado de lo habitual.

Al escuchar el nombre de Alfonso en la conversación, un temblor le recorrió las venas y el corazón comenzó a latirle más deprisa. Se acercó sigilosa a la puerta, pegó la oreja al frío de la madera e intentó escuchar cada sílaba sobre la sonrisa de ella, sobre una cita en una cafetería. Todo indicaba que hablaban de la nueva novia de Alfonso.

Sin pensar ni un segundo en las consecuencias, se acercó aún más, deseando no haber entendido bien. Quizás es solo una coincidencia, se repetía frenética, aferrándose a la posibilidad.

De repente, Miguel salió al pasillo y la sorprendió en plena escucha. Cayetana se incorporó de golpe, avergonzada.

¿Alfonso tiene novia? disparó, intentando sonar despreocupada aunque la voz le tembló.

Miguel la miró con gravedad, suspirando con toda la paciencia del mundo. No había enfado en sus ojos, sino ese cansancio colmado de cariño propio de los hermanos mayores. Sabía muy bien cómo su hermana miraba a su amigo, con qué ardor pronunciaba su nombre, cómo revisaba sus fotos en las redes sociales.

Otra vez con lo mismo negó con la cabeza, recostándose en el marco. Cayetana, ya tienes dieciséis años. Supera ya ese flechazo, anda. Es solo un cariño de la infancia.

Ella alzó la barbilla, el gesto desafiante y orgulloso, con los brazos cruzados:

¡Nunca! ¿No lo ves? ¡Él me querrá, lo sé! Esto no es una ilusión de niña: es amor de verdad.

Hablaba firme, casi retando. En el fondo, luchaba consigo misma por creer lo que decía. Recordó las miradas fugaces de Alfonso, las sonrisas clandestinas, los toques accidentales pequeñas pepitas de esperanza que atesoraba en el corazón.

Miguel la observó en silencio, comprendiendo que sobran las razones cuando la pasión juvenil llena la vida de alguien. Aquello que su hermana sentía por Alfonso había echado raíces largas y profundas

***************************

Una mañana luminosa, un rayo se coló entre las cortinas e iluminó todo de oro. Cayetana bajó por las escaleras como una ráfaga, la sonrisa tan grande que desbordaba.

Llegó hasta la cocina, donde Miguel se entretenía revisando el móvil y bebiendo café lento.

¡Me ha pedido salir! exclamó la hermana, sin poder contener su alegría. La voz se le quebró como un cascabel y manoteaba por la emoción. ¿Sabes lo que ha hecho? Me trajo un joyero con mi nombre grabado para mi cumpleaños ¡una preciosidad! y me dijo que ya que por fin soy mayor de edad, podía confesarse. ¡Alfonso me quiere!

Estaba tan exultante que apenas podía quedarse quieta, tocándose el cabello una y otra vez, como asegurándose de que todo estuviese perfecto.

Miguel apartó el móvil y por primera vez, sonrió de verdad. Llevaba meses notando cómo su mejor amigo sacaba con cualquier excusa el tema de Cayetana, cómo preguntaba por sus gustos, por sus planes, por los libros que leía.

Está claro que te adora decía Alfonso. Es bella, lista, noble Qué ganas de que cumpla los dieciocho y pueda decírselo.

A eso Miguel siempre respondía: “Si ella es feliz, yo también”. Sabía que Alfonso era buen hombre, responsable y leal, digno para su hermana.

Enhorabuena le dijo, abrazándola fuerte. Os lo merecéis los dos, de verdad.

Cayetana se apretó contra él, incrédula, como si temiera despertar. Sentía que el mundo se había vuelto de repente más amable, lleno de promesas. En algún rincón, el ronquido satisfecho del gato al sol acompañaba en sordina tanta dicha

*******************

El silencio del hospital era denso. Cayetana no podía dejar de fijar la mirada en el suelo del pasillo, gris, frío, donde pasaban médicos y enfermeros como sombras furtivas. Sus manos reposaban inertes sobre las rodillas, el pelo suelto y descuidado, los hombros caídos. Una muñeca rota.

Lo último que recordaba era la tarde anterior, discutiendo con Alfonso sobre los detalles de la boda: servilletas, lazos, qué flores con qué tul Su risa era aún un eco reciente. Hoy todo era ruina.

El accidente fue un segundo y un siglo: un conductor imprudente, tres vehículos destrozados, ningún superviviente. Ni Alfonso, ni los pasajeros, ni el culpable. Una vida quebrada en un parpadeo, sin más motivo que el azar y el infortunio.

Miguel apareció doblando la esquina, los ojos rojos y el paso indeciso. Se arrodilló a su lado, rodeándola por los hombros. Sus manos temblaban pero no podía permitirse caer.

Cayetana murmuró, casi sin voz.Háblame, por favor.

Ella le miró apenas. Aquellos ojos secos, vacíos, parecían mirar mucho más allá.

¿De qué? respondió, con la voz de quien no queda alma dentro.

Miguel hizo un esfuerzo, buscó consuelo donde no lo hallaba.

De lo que quieras insistió, apretándole el brazo. Sácalo, llora si hace falta, pero no te encierres en ese silencio.

Cayetana negó despacio. Los labios le temblaron pero no brotó ni una lágrima.

No puedo dijo, encogiéndose. No tengo ya lágrimas ni tampoco ganas de seguir.

Sus palabras pesaron como losas en aquel pasillo inhóspito. Miguel cerró los ojos, jurando ser fuerte por los dos.

Después, la joven pareció desconectarse del mundo. Ni las caricias, ni las voces, ni los médicos lograban alcanzarla. Era un cuerpo rígido, quieto, sin respuesta.

Un pinchazo en el brazo, y por fin el sueño la adormeció. Pesadillas confusas la envolvieron, tan negras y densas como el dolor que sentía.

Cuando abrió los ojos estaba en su cuarto de siempre. Libros, cortinas, marcos todo igual y sin embargo cambiado. Vio a su madre sentada junto a la cama, pálida pero serena; a Miguel en el sofá, inquieto y ojeroso.

Me preocupa tanto alcanzó a oír que murmuraba. Desde niña vivía por Alfonso, y ahora

Ya curará el tiempo, hijo contestó la madre, con una seguridad ensayada. Nosotros estaremos con ella.

Cayetana escuchó, inmóvil, incapaz de buscar consuelo o pedir ayuda. Cerró los ojos, simulando dormir, porque ni ella sabía cómo explicar lo vacío que se sentía todo por dentro.

Solo el roce materno en la mano, el rumor de la casa y el tic tac del reloj llenaban aquel silencio.

*******************

Nueve días cuarenta días El tiempo pasaba lento y espeso, cada rincón de la casa se poblaba de recuerdos. Cayetana, inmóvil en el alféizar, abrazaba las piernas y contemplaba el jardín sin ver nada.

A través de la ventana, divisaba el viejo banco bajo el castaño, donde una cálida tarde de septiembre Alfonso le había pedido casarse con ella. Recordaba los nervios, las manos temblorosas, el anillo y la risa de felicidad que no le permitió terminar la frase. Ahora ese banco era una huella dolorosa.

Cayetana, ven a cenar suplicaba su madre, acariciando su hombro, sin lograr calor ni respuesta. Debes comer algo.

No quiero contestaba ella, sin volver la cabeza, la voz plana y distante.

Tienes que cuidarte, hija

No le debo nada a nadie añadía Cayetana, y el vacío de su mirada era tan hondo que la madre rompió a llorar al salir.

En el pasillo, Miguel esperaba. Al escuchar la conversación, comprendió que todo empeoraba.

He hablado con la doctora Álvarez le susurró la madre. Necesitamos ayuda profesional.

Miguel asintió. Ver a Cayetana así era insoportable.

Llamaré a la doctora ahora.

Esa noche, con la luna bañando de plata la habitación, Cayetana logró recostarse en la cama. Se quedó quieta, con los ojos cerrados, mientras las voces lejanas de su familia apenas la rozaban.

En sueños apareció Alfonso. Estaba ante ella, con su sudadera gris y su sonrisa, pero esta vez mostraba un gesto serio, severo incluso.

Cayetana dijo con firmeza, mírate. ¿Qué estás haciendo?

Ella intentó tocarlo, pero era solo bruma. Él se inclinó y la voz retumbó:

¿Te has visto? Así no puedes seguir. Tú eres fuerte. Siempre lo has sido. Debes vivir.

No soy capaz lloraba la joven. Sin ti no sé cómo.

Claro que puedes insistió él, con dulzura. Vivirás días hermosos y días duros, pero debes seguir. Yo estaré contigo, siempre, allá arriba con los astros. Y cuando me necesites, llama.

El sueño empezó a desvanecerse. Cayetana tendió los brazos y súplico:

¡No te vayas! ¡Por favor!

Pero Alfonso solo susurró:

Vive, Cayetana. Prométemelo.

Despertó bruscamente, bañada en lágrimas, con un grito ahogado. Sus padres y Miguel acudieron corriendo.

¿Qué te pasa, hija? la madre la abrazó, asustada.

¿Dónde te duele? preguntó Miguel con angustia.

Pero Cayetana se contentó con llorar en silencio, sintiendo aún la voz de Alfonso en el corazón.

Prométemelo resonaba aún.

Y ella, entre sollozos, susurró:

Lo prometo

Solo quería sobrevivir. Aunque solo fuera por él.

************************

Días después, reunidos en el salón bajo la luz melancólica, la familia decidió que era el momento de marcharse.

Deberíamos mudarnos propuso Miguel con suavidad. Aquí, cada habitación es una herida. Nos haría bien un nuevo comienzo.

Cayetana, encogida en el sillón, no discutió. Quedó mirando la lluvia deslizarse por la ventana, difuminando la imagen de su antigua vida. El rostro le seguía siendo serio, pero en los ojos había una chispa diferente.

En Madrid tengo un amigo que puede ayudarme con trabajo. Alquilaré un piso y veremos.

Y seguro que hay también un instituto para ti añadió la madre, tocando la mano de su hija. Lo organizaremos todo.

Cayetana pensó en los bancos, las calles, los recuerdos. Cada rincón de aquel pueblo guardaba pasajes con Alfonso, momentos buenos y malos. Era imposible seguir así.

Está bien, vámonos aceptó al fin. Costó decirlo, pero así fue.

Los siguientes días fueron difíciles. Maletas, cajas, despedidas. Cayetana apenas participaba, observando cómo recogían y organizaban lo poco o mucho que les quedaba. Algunos objetos preciosos pasaban de sus manos a una caja: una pulsera, una foto vieja, una entrada de cine.

El día de partir, salió al balcón. Observó el patio por última vez. Hubo dolor, pero esta vez logró apartarlo. Puedo hacerlo se dijo. Debo hacerlo.

La nueva ciudad les recibió gris y bulliciosa. El piso era luminoso; había árboles y un parque cerca. Desde su cuarto, Cayetana pasaba horas ante la ventana, mirando pasar a la gente; todo era desconocido pero, al mismo tiempo, eso le traía cierto alivio. Allí no había rastros de Alfonso, solo páginas por escribir.

El comienzo no fue fácil. Había días en que seguía despertando sin ganas, y por las noches los sueños volvían, con Alfonso sonriente y palabras de ánimo. Pero poco a poco, lo cotidiano fue llenándose de nuevos detalles: las flores del parque, el amable camarero de la cafetería, las primeras tareas de sus cursos.

Eran pasos mínimos, pero cada uno ayudaba. Cayetana sabía que jamás olvidaría a Alfonso su amor era ya parte de ella. Vivir no significaba traicionarle, sino cumplir su deseo: seguir adelante, con él en la memoria.

Poco a poco fue retomando el estudio, colaborando con su madre, paseando con su hermano por las plazas nuevas. Cada día luchaba, pero sentía que, en algún lugar, Alfonso la contemplaba.

Y que estaba orgulloso de ella.

Porque seguía aquí.

Porque, de algún modo, seguía viviendo.

Rate article
MagistrUm
Simplemente seguir adelante