Epílogo

Clara, ¡pero si la muchacha viene con regalito! ¿O eso ya te da igual? María apoyó el codo en la verja del jardín y esbozó una sonrisa burlona mirando a la vecina. ¿No había otro mejor? Con lo majo que es tu hijo ¡Y mira que en el pueblo no faltan chicas! Pero ha ido a encapricharse de esta

Clara suspiró, guardándose para sí la punzada de desilusión que sentía por la elección de su hijo. Oír la pregunta de María, su eterna rival, le dolía el doble.

¡Pues qué quieres que te diga! ¡Los niños son alegría, María! ¿Y en qué es ella peor que las demás, dime? Es joven, guapa y muy sensata. De buen carácter, además. Sé de buena mano que es mujer de bien. ¿El chaval? ¡Y qué! No lo tuvo fuera de matrimonio: se casó, perdió el marido, y ahí quedó con el niño. ¿O es que sólo valen las que llegan de blanco y con corona de azahar? ¡Cría será un gasto, pero también una bendición! Y ya vendrá otro nieto y aquí vamos a quererlo como al que más. Así que no me lances las habladurías, que estoy de ellas hasta el moño.

Clara apretó los labios y espantó al gato atigrado de la vecina, que desfilaba con su cola por encima de la tapia hacia su patio.

¡Que no te acostumbras! Me ha robado ya tres polluelos, María. Vigila al bicho ese, antes de que le suelte yo encima a Don Quijote, ¡y luego no digas que no avisé!

¡Uy, qué miedo! María apartó con desprecio a su gordo gato. ¡Y a ver quién caza a quién! El año pasado me pilló los míos también, pero es que es un fenómeno con los ratones, y por eso aguanta en casa. Que si no, hace tiempo que habría acabado en la calle. El instinto, hija

Pues que lo desboque en casa, ¡no en mi corral!

Se me olvidaba: ¡los tarros! Ya tendrás lista la mermelada.

Tú aquí charlando y mi hija revolviendo la olla ¡Habrá que ver lo que es ayudar!

Nada, que está Olga desde ayer para echar una mano con el huerto. ¡Y mira que no para!

¿Olga? ¡Pero si está de ocho meses!

Precisamente, la hacemos trabajar fuera y ella la cabeza metida en la mermelada. ¡No hay quien la siente! Vale más que el oro.

Pues no la denigres delante y la alabes por detrás.

Para tenerla bien enseñada se hace eso rió María con sorna. Mira, tú cuando seas suegra, fíjate. Si te ablandas, te comen y tú ni te enteras.

Ya veremos. Anda, ¿quieres los botes o te apañas? Yo a lo mío.

Al despedir a la vecina, Clara se lavó las manos y puso la harina sobre la mesa de mármol. Mañana venía el hijo con la novia. Novia Dejó de amasar y se apoyó en la mesa, mirando al cielo por la ventana. Algo se le encogía por dentro

Solo conocía rumorosamente a Lucía. De lejos, la vio alguna vez en las fiestas de San Isidro del pueblo de al lado, cuando visitaba a su hermana. Una chica como otra cualquiera: rubia y de ojos grandes, alta como su hijo David. Pero, chica, lo que se dice chica ya no era. Viuda joven, un hijo pequeño tres años habría hecho y una vida nada fácil: quedó huérfana de niña, criada por los abuelos, que la sacaron adelante, la dieron unos estudios, la casaron, y poco les duró la alegría del bisnieto. El marido, un buen hombre, murió en accidente, y Lucía quedó sola con el niño. ¿Cómo no sentir pena?

Pero Clara prefería la pena a distancia. Le pesaba el alma por el destino de su hijo. Desde que faltó su marido, David fue su sostén, su refugio, lo único firme a lo que aferrarse. Siempre procuraba aparentar alegría aun cuando cada año sentía más soledad. Ya era hora de que David fundara su propio hogar, pero él, siempre con chistes, diciendo que buscaba el amor grande. Y, de pronto, anunció que lo había encontrado: Lucía.

Clara fue al instante a ver a su hermana, Rosario, la mayor, quien la recibió con media sonrisa.

¿Qué es ese nerviosismo, mujer?

Yo solo quiero saber en qué manos cae mi hijo, Rosario.

Vendrá contigo, sí, pero poco tiempo.

¿Cómo?

¿No te lo contó David? Que le he dejado el solar del abuelo. El caserón ya está que se cae, pero el terreno es grande. Construirán allí.

A Clara se le revolvieron mil pensamientos. ¿Significa esto que se va de la casa? Aunque solo fueran dos kilómetros y el bus del ayuntamiento pasase, para ella no era igual. No estaría junto a ella cada atardecer, ayudándola. Viviría su vida, con su familia y a ella le tocaría visitarlos en fiestas.

¿Y esa cara? ¿No te alegra? Rosario suavizó el tono y se sentó a su lado. Hay que dejar que vuele, y da igual cuánto nos duela. Crecer es eso.

Si lo sé pero ¿y si no resulta? ¿Y el niño?

Escucha: en el pueblo habrá muchas, pero como Lucía, ni una. Eso preocupa. Es demasiado buena.

Eso es lo que me asusta. Tan de libro.

¡Nunca estás conforme! Si fuera peor, ¿te alegraría? Déjales vivir, Clara. Y no hagas nada que te cueste tu hijo.

¿Y qué voy a hacer?

Si no la aceptas, lo perderás. Él la ama de verdad.

Clara escuchó y un nudo duro se le formó en el pecho. Llevaba noches sin poder dormir, dándole vueltas al dichoso asunto, sin saber cómo calmar esa angustia.

Se enderezó, respiró hondo y siguió amasando. Debía recibirlos como Dios manda. Llevaba razón Rosario: era mejor no mostrar rechazo. Ya se vería después.

Montó una bandeja de empanadillas, una tras otra, minuciosa. Recordó cómo le gustaban a su difunto marido, Antonio, aquellas pequeñitas, de bocado.

¡Semilla tras semilla, no llenan pero qué vicio! reía él.

Las lágrimas le vinieron a los ojos. ¡Cómo le faltaba Antonio, qué consejo le daría ahora!

La noche fue un insomnio largo. Al alba, ya estaba peinada y lista.

Lucía llegó tras David, los pasos quedos, mirada baja frente a la futura suegra. El pequeño Hugo se retorcía entre los brazos y curioseaba el mundo nuevo. Un perro grandeDon Quijoteobservaba desde la cadena sin ladrar, extrañando al niño, y el gato cruzaba el patio altivo.

Déjale correr, mujer dijo Clara. Cierro a Don Quijote y no hay peligro. Aquí le ves.

Evaluaba a esa posible nuera: delgadita, pálida, nada parecía propio de quien llevaba un hijo robusto. Algo blando se desprendió de su pecho, destronando la aspereza. Hugo, al suelto, se plantó ante Clara y preguntó:

¿Adónde va el gato?

¿Qué gato? Aquí no hay uno ahora.

Hugo señaló tras el porche. Clara se alarmó.

¡Anda, a por él, que como llegue a los pollos!

Corrieron hasta el corral y allí, entre risas, espantaron al travieso gato. Clara, de pronto, sonrió: buen crío, rápido y tierno, acariciando al pollito en la mano temblorosa.

¡Es pequeñito!

Al rato, Hugo ya comía empanadillas sentado en el regazo de Clara. Lucía, nerviosa, evitó la mirada de David; Clara se apiadó y le sonrió:

Buen niño tienes, Lucía. Listo y de buen diente, ¡una abuela no puede pedir más!

Al ver el suspiro de alivio de la joven madre, Clara notó menguar su nudo interior. Buena madre, protectora. Y eso era mucho.

La comida fue tranquila. David hablaba de la boda; Lucía, tímida. Cuando el hijo salió de la habitación, Clara preguntó:

¿Por qué callas, hija?

Alisó el pelo de Hugo y le pasó el plato con cerezas.

No tengo nada que decir. Ya le dije a David que no quiero una boda grande. Mejor discreta.

¿Y él no te deja?

Dice que eso es feo. Toda la familia espera celebración.

Bueno tiene su razón, aunque hablar debes. ¿Por qué no quieres boda?

Lucía alzó los ojos grises y pensó antes de responder:

Me da miedo. La felicidad es cosa de silencio. Ya me casé una vez con toda la fiesta y salió mal.

No digas tonterías, hija. Ya sé lo del marido y el dolor. Pero, si te amaba, desde luego preferiría verte rehacer la vida a verte llorar siempre. A cada uno le toca su parte de dolor, pero también de alegría. Hay que aceptar lo que nos dan, y agradecer. Nadie escapa a su sino.

Yo tenía miedo

¿De qué?

De que me juzguen. Porque me caso, con David, sabiendo que él podía elegir a cualquiera.

Hugo, en brazos de Clara, preguntó:

¿Tú quién eres?

Tu abuela, Hugo. Llámame abuela Clara.

¡Vale!

La boda fue sencilla pero alegre, como quiso David. Algún cotilleo hubo, claro, pero en cuanto Clara puso su gesto serio, se apaciguaron pronto.

David y Lucía vivieron casi un año con Clara. Poco a poco, ella olvidó el recelo y, viendo el cariño de Lucía por David, entendió que era hora de dejar a su hijo crecer a su manera. Seguía pendiente, a veces con ceño, pero Lucía tenía el extraño don de calmar cualquier chispa al instante, sin contestar con enfado, limando las asperezas y apaciguando las tensiones.

A veces deberías quejarte, Lucía, darle algún disgusto le aconsejaba María, moviendo la vara mientras sacaba la vaca al camino.

Se pelearían madre e hijo ¿eso quieres? ¡Pues buen consejo!

Eres orgullosa, hija. Para vivir, eso trae problemas.

Mejor vivir con cabeza propia y no oír a todos los bienintencionados que ofrecen consejos

María se indignaba y el cotilleo volvía a expandirse por el pueblo.

Al año, ya tenían su casa nueva en el solar de Rosario. Más trabajo, nuevas responsabilidades Y un buen día, Lucía empezó a notar rarezas y fue al médico.

¿Embarazada? Lucía miraba asombrada a la doctora.

Claro. ¿Es que no lo deseaban?

Sí, sí, claro. Solo que el primero fue diferente

Habrá que cuidarse, pero todo irá bien.

Clara cruzó el pueblo sin resuello ese día para ayudar con Hugo. Al abrir la puerta, Lucía dio un paso atrás.

¿Te pasa algo?

Nada, solo que venía usted con cara tan seria Pensé que estaba enfadada conmigo.

Clara levantó las cejas, entendiendo lo que pasaba. Toda la culpa era de María, que esa mañana la había envenenado el ánimo con sus dardos.

¿No solo con regalo, ahora también enfermucha? ¿Quién sabe qué te llegará a esta familia, eh, Clara?

¡María, por Dios! ¿Por qué eres así? ¿Quién te enseñó a tener tanta inquina?

¡Ay, déjame! Venga, que era broma, que vaya bien todo.

Clara se apartó enfadada y fue al bus con el corazón torcido. Lucía lo notó enseguida.

No te preocupes, Lucía. Solo me tocó ver una pelea en el bus y me he disgustado. Nada más.

¿Te ayudo a preparar la maleta?

Ya lo tengo todo. Lo que me cuesta es irme al hospital.

Pero es necesario, Lucía. Y si te preocupa Hugo, aquí está la abuela. Todo va a ir bien.

David llevó a Lucía al hospital y comenzó la espera. Pasó semana tras semana y, por fin, le dejaron salir, eso sí, con Clara a cargo de la casa.

Mientras, un día cualquiera, Hugo desapareció. Siempre obediente y sin salir solo, Clara, confiada, lo dejó jugando en el patio mientras cocinaba. Un descuido corto al mirar al puchero, una contemplada tras la ventana, y ya no lo vio.

¿Dónde se ha metido? apagó el gas y salió con el delantal puesto al portal. Rápido, miró la puerta del jardín: abierta como nunca. Corrió la calle arriba. ¿En cuánto tiempo desapareció?

Nadie sabía que Hugo, oyendo el ajetreo en la verja, vio cómo un grupo de chicos mayores torturaban a un cachorro bicolor.

¡Soltadlo! ¡Le hacéis daño! clamó al abrir la puerta.

Le respondieron risas y alguna patada al perro. Hugo, lanzado a defender con manos pequeñas lo que era justo, corrió detrás de ellos hasta perder de vista su propia calle. Una vecina intervino, ahuyentó a los muchachos, vio a Hugo abrazando al perrito y preguntó:

¿Tú qué? ¿Vas a hacerle daño?

¡No! ¡Es pequeño y tiene miedo!

La mujer siguió su marcha. Hugo, asustado, recordó el consejo de su madre: Si te pierdes, quieto y espera. Así hizo, sentándose en un banco junto a una cancela ajena.

Clara, mientras, buscaba por las calles cercanas; jamás imaginó que el niño pudiera ir tan lejos.

Al llegar David, encontró la puerta abierta, el patio vacío. Dejó a Lucía en el coche, agotada, entró rápidamente en la cocina y, al ver la cacerola hirviendo, supo que algo iba mal. Acomodó a Lucía y salió en búsqueda.

¡Mamá! la encontró en una calle vecina, descompuesta. ¿Qué pasó?

¡Hugo! ¡Ha desaparecido!

Organizaron la búsqueda. Clara, por las calles cortas; David, ampliando el radio.

Por fin, tras una hora larga, David encontró al niño dormido en un banco, acurrucado junto al cachorro, que le ladró al verle.

Un buen guardián, sí señor David acarició al perro, recogió a Hugo. ¡Vámonos, campeón! ¿De quién es ese amigo?

Papá, ¿puede venir con nosotros? Es como Don Quijote.

¿Y una casa sin perro qué es?

Con el niño y el perro en brazos, volvieron. Al verlos, Clara se derrumbó de alivio.

¡Ay, hijo mío! Me has dado el susto de mi vida.

Abuela, no quería. No pasará más.

Las lágrimas corrían en silencio. Qué importaba lo que opinara nadie: ¿cómo iba a ser ese niño menos suyo que la nieta de sangre?

Lucía supo del incidente después. Hugo calló, sabiendo que preocupar a su madre no ayudaba. Juntos, lavaron al perrito, tan pulgoso como alegre, entre risas y abrazos por el reencuentro.

¡Te he echado de menos!

¡Yo a ti mucho más!

La hermanita de Hugo nació en su fecha. Una niña chillona y de mofletes colorados, a la que llamaron Clara, por la abuela. Todo era dicha. Clara visitaba el pueblo vecino siempre que podía, nunca recibiendo un reproche por parte de Lucía por aquel episodio.

Le podría haber pasado también conmigo, mamá. No se martirice. Es puro de corazón: aún rescata mariquitas del asfalto

Me alegro de que crezca así.

Nunca se inmiscuía con consejos: ayudaba donde hacían falta manos. Y sentía el corazón desbordar cuando oía al pasar ese dulce:

¡Gracias, mamá!

Ver a Hugo fundirse en abrazos y Lucía sonreír entregando la niña, era la felicidad completa.

Cierta tarde, María la sorprendió al salir:

¿Otra vez te vas con la nieta? Los vas a malcriar.

Con los nietos, María, que tengo dos.

¡Pero uno no es!

Los dos son míos. Tanto monta, tanto quiero. Aunque tú ¿qué vas a saber? Anda, ¿quieres que te cuente un secreto de los buenos, que siempre das consejos?

Sorpréndeme.

El amor, María, es cosa de dos. Si quieres que te quieran, tienes que esforzarte. A mí me quieren los míos ¿y a ti?

A mí me respetan.

No está mal, pero el amor gana siempre, ¿no crees? Clara guiñó un ojo, comprobó la hora y echó a andar hacia la parada. Me esperan, no llego ni al bus¡Vete ya, que se te enfría la merienda y luego no hay quien convenza a una niña de moños rojos y a un rapazuelo con perro nuevo! le gritó María, pero Clara seguía su camino, sin mirar atrás, con el paso ágil, casi ligero a pesar de los años.

Cuando llegó a la casa, oyó las carcajadas tras la puerta entornada. Hugo corría, el cachorro detrás; Lucía, sentada junto a la ventana, tejía una manguita rosa para la pequeña Clara. Al verla, levantó la mirada y le sonrió de un modo que barría todas las reservas antiguas.

¡Abuela! chilló Hugo, abrazándola por la cintura, las manos de harina. ¿Vas a quedarte a cenar?

Clara le revolvió el cabello, sintiendo el roce tibio en la palma.

Siempre que me dejen poner la mesa y contar historias.

Lucía acercó a la niña dormida y, en un gesto espontáneo, la posó en su regazo. Clara la acunó, escuchando el murmullo de la casa: el golpeteo de las cucharas, el tintinear de la loza, la calma cálida de la familia reunida. Afuera, el sol caía lento entre los tejados, y el silbido del tren lejano recordó a todos que el tiempo, por una vez, se había detenido para dejarles ser felices.

Por la ventana, vio a María pasando de largo, sola, con su gato a la zaga; y pensó, no sin ternura, que cada uno carga su pequeña soledad, y solo quien sabe abrir los brazos, acoge plenitud.

Clara cerró los ojos, respiró el aroma del guiso y la mermelada, el bullicio y el cariño: lo había entendido al fin. La vida, con todos sus regalos esperados y los que llegan de improviso era así: una mesa larga en la que siempre cabía uno más, si el corazón quería.

Y esa noche, al acostarse, antes de ceder al sueño, susurró al silencio: Gracias, Antonio. No hicimos fortuna, pero mira qué cosecha.

El viento bailó en los cristales. Al otro lado de la casa, unas risitas suaves y una voz menuda preguntaron:

¿Abuela, mañana puedes venir a la escuela?

Clara sonrió en la penumbra. Mientras hubiera risas y brazos que la buscasen, nunca volvería a sentirse sola.

Y así, la dicha se renovó, día a día, sin más medida ni límite que el amor compartido.

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