Abuelo ya no está
Mira, te cuento porque aún lo tengo todo muy reciente y no quiero olvidarme de ningún detalle. Imagínate que Leticia acaba de llegar a casa después de otro viaje de trabajo ni tiempo tuvo para dejar la chaqueta o deshacer la maleta, y ya la estaba llamando su madre.
Lo cierto es que el tono de Lola, su madre, sonaba bastante alterado, pero Leti, agotada como venía, no le dio demasiada importancia.
¿Leti, hija, ya has llegado?
Hola, mamá. Sí, ya estoy en Madrid. Acabo de poner un pie en casa. ¿Por qué me llamas? ¿Ha pasado algo?
Bueno, menos mal bien, bien, que estés en casa.
Ahí Leti ya notó que su madre quería decirle algo pero iba dando rodeos, como si no supiera por dónde empezar, o le costase.
Leti, con el cansancio que arrastraba, andaba con la cabeza en otra parte. Solo quería tumbarse un rato en la cama y dormir como una marmota, porque ni en el AVE había podido pegar ojo.
En el compartimento de al lado viajaba un grupo de chavales que no dejaron en paz ni un minuto. Entre risas, canciones y guitarreo, la noche se le hizo eterna. Incluso llegaron a cantar La morena de mi copla, pero cambiando el estribillo y diciendo su nombre. Si Leti hubiera estado de buen humor, igual hasta le hubiese hecho gracia, pero en ese momento solo deseaba que las cuerdas de la guitarra se rompieran de una vez. Pero nada.
Mamá, necesito descansar un poco, ducharme y ponerme en orden. Luego te llamo y hablamos, ¿vale?
No hija, me temo que no va a poder ser suspiró Lola.
Leticia se quedó cortada. Por fin, notó el temblor en la voz de su madre.
¿No va a poder ser el qué? por fin le entró la intriga.
Que no vas a poder descansar, mi niña
¿Pero por qué? Llevo una semana de viaje, tengo derecho a estar un rato tranquila. No espero visitas, ni yo pienso ir a ver a nadie. ¿No te me vas a presentar aquí por sorpresa, no?
Leti abuelo ya no está…
Leti se puso tan pálida que sintió que se desplomaba sobre el sofá, aferrando el móvil con fuerza. Aquello, desde luego, no se lo esperaba.
Me ha llamado la vecina, María del Carmen, esta mañana. Quería llevarle leche y lo encontró ahí, en la entrada, con la mano en el pecho, ya sin vida. Debió quedarse así durante la noche Hija, hay que ir al pueblo, hay que enterrarle. Los vecinos nos ayudarán. ¿Me oyes, Leti?
Leticia se quedó de piedra, sin palabras. Solo pudo musitar un cuerdo y breve sí como pudo.
María del Carmen llamó también a los demás familiares, pero todos han pasado de venir. Le dijeron que si hubiese dejado algo en herencia, se lo pensarían. Pero para gastar dinero y tiempo, por un hombre que vive en una casa destartalada… pues para qué. Lola se notaba cansada. A mí, la verdad, tampoco me apetece, y el abuelo mismo me dijo en su día que no quería volver a verme en su casa, ni siquiera en el entierro. Y yo le prometí que cumpliría eso. Así que solo tú puedes ir, hija. ¿Podrás? ¿Le acompañarás hasta el final?
Silencio. Leticia recorría con la vista la mesilla donde tenía guardada la última carta del abuelo. El matasellos decía que había llegado hacía ya un mes. Pero claro, ella estaba justo de viaje y no la recibió a tiempo.
Era ya la tercera vez en el semestre que la mandaban de misión a la nueva sede en Valencia. Los demás compañeros siempre encontraban algún motivo para no viajar: que si las niñas pequeñas, que si algún achaque Leti era la única con la vida medio libre y flexible, la que siempre acababa yendo.
Leti se oyó otra vez a Lola, no quiero que en el pueblo se piense que hemos dejado solo al abuelo. Vale que tenía su carácter, pero era buena persona. Y contigo al menos mantenía buen trato. ¿Voy diciendo a María del Carmen que vas?
Sí, mamá. Claro que voy.
Leticia se levantó, tocó la carta del abuelo y la volvió a dejar donde estaba.
Pero, mamá, ¿cómo ha pasado esto? Si cuando fui en Navidad estaba bien
Hija la vida. Muchos ni llegan tan lejos. El abuelo tenía ya casi ochenta Bastante aguantó. Que la tierra le sea leve.
A Leti aquello le reventó por dentro. Adoraba a su abuelo. Era quizás la única que de verdad mantenía contacto con él. Ni los primos ni la madre hablaban con él ya.
Entre Lola y el abuelo hubo siempre tiranteces. Él nunca le perdonó la forma en la que murió Andrés, el padre de Leti, su único hijo. Le echaba en cara que lo mató a disgustos y a trabajos, como decían en el pueblo.
Y en parte, razón no le faltaba. Lola empujó a Andrés a cambiar de trabajo para ganar más dinero, ir a obras largas fuera de casa, todo por pagar reformas, comprarse una casa de verano, y darse los lujos que ella ansiaba. Andrés, profesor de vocación, acabó dejando la docencia yéndose de aquí para allá. Y hasta que el corazón le falló de tanto estrés. Un día no volvió de una obra en Vigo. El corazón le falló.
Lo del funeral fue tremendo. El abuelo lloraba como un niño. Destrozado.
Y a partir de ahí, cortó toda relación con Lola.
Leticia, sin embargo, fue el único vínculo que mantuvo. Iba de niña todos los veranos, luego, de mayor, siguieron las cartas.
Cartas, sí. Porque el abuelo jamás usó móvil ni ordenador ni nada de eso. Ni locuras de WhatsApp ni correos electrónicos. Solo cartas de puño y letra.
Claro, los familiares lo veían raro. ¿A quién se le ocurre escribir cartas en pleno siglo XXI? Pero bueno, a Leti le gustaba.
Está majara, decían las vecinas en el banco.
Lo que pasó es que, en el último mes, el abuelo se puso a hablar cada vez más con el gato. Sí, con un gato. O eso decía.
Ningún vecino lo veía. Ni rastro. Pero él, contaba a la gente que el tal Negro venía a tomar leche, desaparecía y no se dejaba ver.
Leticia, hablando con su madre, dejó el móvil en la cama y se echó a llorar. Tanto tenía ganas de ver al abuelo aquel verano Y ya nunca sería posible.
En la empresa todos decían lo mismo: Leticia, si no te gusta el ritmo, ya sabes, la calle está llena de parados, pero aquí se gana bien. Y sí, pagaban bien, pero el precio era no tener vida.
**
El funeral fue sencillo pero sentido. Se hizo en el cementerio del pueblo, bajo el cielo gris de Castilla. Un grupo pequeño, vecinos, algún primo que andaba por allí. Un minuto de silencio, cuatro hombres bajando el ataúd a la tierra seca de Segovia. Unos cuantos claveles frescos, corona, y la tierra húmeda sobre la madera. A Leticia se le hacía difícil creerlo: que ahora solo quedaba la memoria. El abuelo seguiría vivo en los brindis, en las historias que se contarían en el post-funeral, en algún recuerdo de alguien.
Cuando todo terminó y los del pueblo se marcharon, Leti se quedó sola. Y el dolor no se le iba. No poder despedirse le pesó como una losa.
Al volver a la casa del abuelo, que olía a madera y a limpio, se puso a limpiar, ventilar y ordenar todo. No por obsesión, sino para sobrellevar el golpe.
El huerto estaba recién labrado, pero sin plantar. Los manzanos florecían a tope y las zarzas de moras y grosellas también. El abuelo siempre tenía todo curioso.
Sentada bajo el manzano, llamó a su madre y le contó cómo fue la despedida.
Has hecho bien, hija, has hecho bien. Con todo y sus rarezas, el abuelo era buena gente, y a ti te quería.
Era buena persona, mamá. Sólo que la vida le hizo mucho daño. Pero bueno, ¿cuándo planeas venir por aquí a traerle flores a papá? Leti sabía la respuesta.
Ay, hija, ya sabes que a mí los cementerios Mejor en Madrid, cerca del ambulatorio de casa, mira, la novela ya empieza. Llámame luego, ¿vale?
Leti sonrió.
Luego se hizo una infusión con hojas de grosellero y hierbabuena que encontró en la despensa y se tumbó a leer la carta del abuelo.
Le costaba no pensar en el gato. El abuelo solo hablaba de ese Negro, que si le daba miedo, que si era muy listo, que si le robaba la leche.
Te sorprendería, hija; le encanta la leche. Dicen que los gatos mayores no la pueden tomar, pero este se quiere beber el litro entero. Le tengo que pedir a la vecina más cada semana. Aunque apenas le veo, solo siento que está, y su mirada en la nuca. Ojalá vinieras a ayudarme a pillarlo, igual entre los dos lo logramos. Creo que alguien le ha hecho daño, porque no se fía de nadie
No encontró nunca ningún gato. Por más que revisó el corral y la casa.
Al día siguiente, Leti fue a ver a María del Carmen.
¿Un gato? dijo la señora, con los ojos como platos.
Eso parece, pero yo no he visto a ningún Negro por aquí.
Ah, claro Hace unas semanas empecé a verle hablar sólo en el corral, como si conversara con alguien Todos decían, mira el abuelo, el pobre ya ha perdido el juicio, habla hasta con las paredes. Pero nunca vi ese gato. Y aquí en el pueblo nunca nos ha faltado ni uno, y menos negro.
Leticia volvía pensando. Sería cosa de la soledad, de la cabeza o igual, hay cosas que no vemos, ¿no?
Siguió arreglando la casa, pero sentía a ratos esa sensación de ser observada.
Y, efectivamente, había algo o alguien que la miraba. Desde la sombra junto al cobertizo, el mismísimo Negro, el gato negro y huidizo, la observaba de lejos. Había aprendido a desconfiar de la gente: lo apedrearon de pequeño, lo echaron siempre a patadas, así que solo quería un rincón donde nadie le molestara. Pero sentía que con Leticia había algo diferente Era familiar, era como el abuelo.
Pasaban los días. El noveno día después del entierro, al fin, cuando todo el mundo se fue, Leti, perdida entre malos pensamientos, casi sin querer lo descubrió. Al girarse, captó la silueta de Negro entre los arbustos.
¡Así que eres tú! rió Leti, el famoso Negro. Ven, ven, que no te voy a hacer nada.
Cuando intentó acercarse, el gato desapareció, tan rápido como un suspiro.
Leti le habló, buscó sin suerte. María del Carmen lo escuchó todo desde la valla, asustada. Ya está, se le pega la locura, igual que al abuelo
Esa tarde se levantó tormenta. Un trueno, el cielo negro como las uvas, el aire espeso, olor a tierra mojada.
Leti corrió a cerrar ventanas, llamando al gato, pero Negro no venía. Él estaba en su guarida, temblando.
El aguacero fue brutal. El trueno que no paraba, los relámpagos iluminando la casa, el viento colándose entre las grietas. Y de pronto, ¡zas!, ve dos ojos enormes brillando en la ventana. De un salto, entra un bulto negro empapado, que corre y se esconde bajo la cama.
Leti lo saca, lo seca, y esa noche, por fin, Negro duerme con ella. Codo con codo, humano y gato, como dos náufragos compartiendo orilla.
Al despertar, el sol entraba tímido y Negro pedía salir. Miró a Leti de una forma casi humana, como pidiéndole perdón por la desconfianza.
No, amigo, antes desayunas le dice, sonriendo. Luego decides. Si te quedas o te vas. O te vienes conmigo a Madrid. Yo creo que el abuelo preferiría que te llevase.
Después de darle de comer, Leticia abrió la puerta y Negro salió, aún dudando.
Horas más tarde, con la bolsa lista, salió a la entrada. Y ahí estaba Negro haciendo círculos entre sus piernas. Había elegido confiar.
Cuando fue a despedirse de María del Carmen y devolverle la llave, la mujer se quedó muda.
¿Ese ese gato es el…?
El mismo sonrió Leticia. Así que no estaba tan loco el abuelo, ¿eh?
Ay, hija dijo la señora, no te preocupes, yo cuido la casa.
Volveremos, seguro Los dos.
Le dio un paquete de empanadillas para el camino, y, con el corazón algo más ligero, Leti subió al autobús rumbo a Madrid.
Cuando por la ventanilla vio el cielo, juraría que entre las nubes vio la cara sonriente del abuelo, guiñándole un ojo. Y hasta Negro, en su regazo, levantó la cabeza como para saludarle.
Da igual si fue verdad o cosa de la imaginación. A veces, lo importante es creerlo.
Abuelo no se fue del todo. Ahora vive dentro de ellas, en cada recuerdo. Y seguro está contento de saber que Leticia y Negro ya se cuidan el uno al otro, como ambos lo cuidaron a él.



