La segunda suegra

La segunda suegra

Querido diario:

Hoy vuelvo a escribir para no perderme entre mis propios pensamientos, que últimamente no dejan de dar vueltas. Todo empezó hace solo unos meses, aunque parece una vida entera. Fue el día en que Carmen, la mujer encargada de la limpieza en la clínica de cirugía estética Aurora, se asomó al despacho del propietario con esa prudencia de quien teme molestar.

He oído que hay una vacante para auxiliar de masajesusurró Carmen, con el uniforme impoluto y los nervios a flor de piel.

El doctor Rafael Gutiérrez, dueño y señor del lugar, levantó la mirada con una severidad heladora. Ese día estaba de peor humor que nunca: acababa de perder unas negociaciones millonarias y tenía la cabeza a punto de estallar.

¿Y tú piensas dar masajes a los pacientes con la fregona en la mano?

No, pero he hecho cursos online y redacté un currículum…musitó Carmen, alargando un folio arrugado que extrajo con timidez del bolsillo.

En ese preciso instante apareció por la puerta el subdirector, Leopoldo Sáenz. Rafael, masajeándose las sienes, perdió la paciencia y gritó:

¡Leo, me tienes que explicar por qué aquí las limpiadoras se pasean por donde y cuando quieren! ¡Sáquela de mi despacho a esta señora, anda! ¡Con la fregona y pensando en ser masajista! ¡Venga, ¡fuera! Y que no vuelva jamás con estas tonterías.

No esperó la respuesta. Cogió el currículum de Carmen y lo rompió en trozos, arrojándolos a sus pies. Carmen, aguantando la rabia y la vergüenza, se agachó a recogerlos. Las lágrimas le nublaban la visión. Leo la cogió por el codo y, sin más miramientos, la acompañó al vestuario pasando entre miradas de extrañeza y cuchicheos. Allí, sobre la tapa polvorienta de un viejo arcón de metal, Carmen se desplomó y rompió a llorar.

No llevaba mucho en Aurora. Nunca había soñado con limpiar suelos, pero allí pagaban mejor que en ningún lado. Además, Rafael Gutiérrez tenía fama de hombre hecho a sí mismo, de currante que levantó su prestigio desde abajo.

Y era cierto. Rafael creció en un orfanato de Valladolid. Nunca conoció a sus padres y los buscó durante años, siempre sin éxito. Pero se había convertido en cirujano primero y un referente después. Los famosos del país actrices, esposas de políticos acudían a él y él cada año subía las tarifas sin remordimientos.

Por eso Carmen se había atrevido a preguntar por la vacante. Su ilusión siempre fue ser masajista. Había leído a solas los manuales, replicado como pudo el programa de una escuela de formación. Pero no tener un título oficial la perseguía siempre. Había empezado a ahorrar para los estudios, pero su marido, Juan, desapareció con los ahorros dejándola sola con su hija y sin un solo euro.

Más tarde Carmen supo que Juan tenía antecedentes, que todo era una gran mentira, y que el divorcio sería largo y espinoso porque él ni se dignaba a comparecer. Por su hija Lucía, Carmen soportó de todo. Su madre, Rafaela, una mujer con carácter, exgimnasta y pura energía, había decidido ayudarla, cuidando de Lucía para que Carmen pudiese aceptar cualquier trabajo. Compartían un minúsculo apartamento las tres, viviendo de la pensión de la abuela cuando el dinero escaseaba.

Al completar el curso barato de masaje, Carmen obtuvo un humilde diploma. Eran esos papeles los que Rafael había hecho trizas.

Recobró la compostura, limpió sus lágrimas y siguió fregando. Los demás la miraban con recelo. Al llegar a casa, su madre la recibió con buenas noticias: Lucía había ganado un concurso de dibujo en el colegio. Carmen la mimaba comprándole el mejor material artístico que podía, porque Lucía tenía auténtico talento.

De camino, el cubo de la fregona se le hizo plomo hasta que Don Francisco, el portero, se lo cogió. Era el único que no la miraba con desprecio; hombre de otra época, bajito, siempre sonriente, y con una sabiduría de barrio. Don Francisco la animaba y hasta le traía bocadillos los fines de semana. Por él, Carmen se había armado de valor para hablar con el jefe.

Al verlo se vino abajo y rompió a llorar otra vez. Don Francisco la consoló con un simple No llores, hija. Todo pasa.

No tenía que haberlo intentadosollozó ella. Ahora todo peor.

Rafael hoy está intratable. Inténtalo otro día sugirió él.

Me han dicho que no me vuelva a acercar. Quise soñar y me han bajado a la tierra. Pensé que entendería lo que es remontar desde abajo pero solo presume de sus títulos.

Don Francisco encogió los hombros. Carmen guardó los trastos y fue a casa, pensando que otra vez llegar a fin de mes sería casi imposible. Lucía pedía una muñeca que estaba muy fuera de su alcance.

Allí la cosa estaba rara. Su madre, sentada en la sala, trataba de esconder unas lágrimas. Carmen sintió que algo no iba bien.

Mamá, ¿qué pasa?

Nada, hija, nada.

Mamá, háblame.

Rafaela rompió a llorar:

Fui a la revisión médica del teatro. Allí me han encontrado una cosa. Toca operar. Si no, dicen que un año, poco más. Las listas son eternas. Y a Madrid habría que ir, allí tienen los aparatos, pero ni de broma podemos pagarlo. Pruebas, viaje, análisis Llegó mi hora, hija.

¡No digas eso! ¡Encontraremos una solución! exclamó Carmen, angustiada.

¿Con tu sueldo de limpiadora y mi pensión? Hacemos lo que podemos, pero de donde no hay

Carmen no durmió nada, dándole vueltas a mil opciones y finalmente decidió jugársela una vez más con Rafael.

Pero aquel día ni siquiera la dejaron pasar. La despidieron por ajustes de plantilla, pagándole tres meses a la mínima y la mandaron a la calle.

Don Francisco le obligó a apuntar su número antes de irse. Carmen ni reaccionó.

Dijo en casa que había dejado el trabajo por propia voluntad y no le dio mayor importancia. Empezó a buscar mil anuncios. Cuando vio uno pidiendo cuidadora interna para una señora mayor, pensó: Al menos no será peor de lo que hacía. Enviaron su solicitud. Llamaron pronto: era a través de una agencia para cuidar a una mujer sola, rica, pero de muy mal trato.

Acudió con todos sus papeles y se sentó frente a la responsable de personal, señora Teresa.

Sea realista advirtió Teresa. La señora es difícil. Ya han pasado diez cuidadoras. Ninguna aguanta.

Carmen escuchó en silencio.

Quizá conozca el nombre: Doña Elisa Martín de Prado. Pseudónimo, claro. Antes, primera figura en la Ópera de Madrid. Caprichosa e irascible, pero con dinero. Nadie ha conseguido aguantarla mucho tiempo.

Ahora no estoy para elegir, señora dijo Carmen. Si acepta una madre soltera con una hija pequeña.

No soporta niños ni animales. Usa andador, pero prefiere que la paseen en silla y que le hagan todo. Tres meses de prueba, después contrato fijo y el doble de sueldo.

Carmen asintió. Era mucho más de lo que nunca había ganado. Pensó con esperanza en la operación de su madre.

La esperaban al amanecer. Al llegar, el portero la hizo pasar a una mansión antigua en el barrio de Salamanca. Carmen solo había visto esas casas en fotos.

¿Qué miras? ¿Buscas algo para robar?le gritó una voz áspera.

En el hall, una mujer diminuta y elegante en silla eléctrica la escrutaba. Pelo plateado, ojos de águila.

Buenos días, doña Elisa

Habla fuerte, no me andes con tonterías. Manos donde las vea. Ponte los cubre-zapatos del cubo y sígueme, tengo que desayunar.

Carmen obedeció, calzándose aquellos extraños patucos. Siguió a la señora, que daba órdenes sin parar.

Péiname. Pero bien. No, no así. ¡Aparta esa redecilla! Luego el postizo, despacio.

Disculpe, no le he entendido muy bien

Otra inútil más ¿Dónde os fabrican a todas iguales? Tráeme el té, ¡ahora! Pero andando sin hacer ruido; tu pisada daña el parquet.

Llevó el té cuidadosamente y doña Elisa lo inspeccionó como si fuera veneno. De pronto, sin razón, volcó el vaso sobre Carmen.

Me diste un empujón. Cuando no se vale, no se vale.

Carmen, con el rostro ardiendo, solo preguntó:

¿Dónde puedo lavarme?

El baño de la servidumbre. Y deja tu ropa a lavar. Ponte el pijama limpio de la habitación de invitados.

El resto del día fue una sucesión de humillaciones. Carmen comprendió rápido que aquello era una prueba psicológica. Aguantó, no se defendió; pronto la señora se calmó.

Esa noche le hizo un masaje antes de dormir. Doña Elisa se relajó al fin y Carmen se fue a casa.

Por la mañana, el portero la recibió sonriente:

¿Qué le hiciste ayer a la señora? ¡Lleva aún dormida como un bebé!rió.

Esa mañana, doña Elisa la reprendió por su modo de vestir:

Así no te casará nadie, ni aunque te pintes las pestañas con alquitrán.

Carmen calló y siguió su rutina. Pronto descubrió la razón del despliegue de coquetería: esa tarde llegó un visitante, don Alfonso, antiguo bailarín, tan elegante y seco como ella. Doña Elisa se transformó: cortes y vulgaridades olvidados, era todo distinción.

Cuando se fueron y la casa volvió al silencio, la señora preguntó:

¿Qué me hiciste por la noche?

Un masaje Autodidacta, nada profesional.

Bueno, sigue dijo. Esta noche también quiero.

Carmen obedeció. Así fue durante tres meses: recibía su diploma, trabajaba seis días a la semana; apenas veía a su hija, pero la posibilidad de curar a su madre la sostenía.

Poco a poco, la relación con doña Elisa cambió. Era como si la vieja diva evaluara su temple a martillazos. Hasta que un día le preguntó:

¿Y tu familia cómo lo lleva?

Solo somos mi madre y mi hija. Elegir, poco se puede elegir.

¿Cuántos años tiene la niña? ¿Le gusta algo?

Seis y le encanta pintar respondió con cautela.

Doña Elisa asintió con seriedad:

Tráela. Veremos si me cae bien.

Así Lucía se convirtió en habitual; pasaba horas dibujando en un rincón. Un día hizo un retrato de doña Elisa tan bueno que esta lo mandó enmarcar. Sin advertirlo, Carmen fue perdiendo el miedo a perder el puesto.

La salud de la jefa era delicada; su dolencia articular invalidaba la cirugía. Cuando le dolía, Carmen le ayudaba con masaje y conseguía algún alivio. Un día la señora le pidió que ambas, madre e hija, pasaran la noche allí: les dio la habitación de invitados y Lucía se quedó dormida abrazada a su madre, como si ya formaran parte de la casa.

A la mañana siguiente, doña Elisa pidió a Carmen limpiar su despacho, porque la doncella no tiene mano para esto. Ordenando, Carmen se topó con un álbum de fotos antiguo, páginas amarillas por el tiempo.

Pidió permiso para verlo y, sentadas junto a la mesa circular del salón, empezaron a repasar fotos hasta que Lucía exclamó:

¡Mira, mamá, es la abuela! ¡Tenemos una foto igual en casa!

Carmen se quedó de piedra: allí, entre las imágenes, estaba su madre de joven.

¿De dónde ha salido esta foto? musitó Carmen.

Doña Elisa la miró fijamente.

¿Y tú eres hija de Rafaela? ¡Seré tonta! Tanto pensar a quién te parecías Ya lo veo claro.

¿De verdad conocía a mi madre? insistió Carmen.

¡Hombre, claro! Amigas inseparables en la juventud. Ella hacía gimnasia, yo el conservatorio. Vivíamos en el mismo edificio y hasta íbamos juntas a competir.

¿Por qué dejaron de verse? preguntó Lucía, curiosa.

Cosas de la vida. Tu abuela se enamoró de un entrenador, un tal Ignacio, pero a él se le cruzó el cable y prefirió mi lado. Por eso nos distanciamos. Luego fui Elisa Prado al casarme. Ni siquiera guardé el apellido de mi familia.

Desde ese día Carmen solo pensaba en reunir a las dos viejas amigas. La oportunidad llegó sola. Una tarde Lucía debía ir de excursión y Carmen pidió a su madre que la recogiera en la casa de la señora.

Rafaela entró con su abrigo remendado. Doña Elisa estaba en su silla, el rostro pétreo, pero la reconoció al instante.

Vaya, si es la grandísima Rafaela No puedo decir que me alegre.

No más que yo, Elisa. Pero mira, al menos tengo familia que me recoge. ¿Tanto te han servido tus maridos?

No peor que tu vida de soltera eterna.

Rafaela se ablandó:

Nunca aprendí a odiarte, Elisa. Seguí tus éxitos y hasta estuve orgullosa. Pero hace cinco años te avisé, ¿te acuerdas? Cuando aquel joven actor quería que le pusieras la casa a su nombre

La cara de la señora palideció.

¿Eras tú la que me llamó con voz distorsionada? Pensé que era una locura.

Amistad de la buena, Elisa. Nunca quise tu mal.

La diva bajó la mirada:

Me salvaste. Si no llegas a avisar, ese descerebrado se hubiera quedado con todo.

Rafaela recogió a Lucía y se fueron, pero antes, doña Elisa sentenció:

Mañana quiero que os mudéis aquí. Hay habitaciones de sobra. La niña necesita una buena infancia y yo a vosotras cerca.

Rafaela se sentó, derrotada:

Me quedan unos ochos meses de vida.

¿Por el cáncer? preguntó Elisa.

No, es el corazón pero tampoco hay dinero. Ni lo busco ya.

Eso está arreglado dijo la dueña. La operación la pago yo. No me lleves la contraria: a Lucía le hacen falta dos abuelas.

La semana siguiente fue como un torbellino. Cambiaron papeles, mudanzas, reformas Y de pronto Elisa anunció que la operación de Rafaela sería en dos semanas, con el mejor cirujano de Madrid, Pablo Robles.

Carmen acompañaba a su madre al hospital y hablaba cada tarde con Pablo de rehabilitación y vida sana. El médico, joven pero serio, le dijo un día:

Nunca había visto tanto cariño y entereza. Su madre tiene suerte, seguro que tu marido también la tendría.

Solo tengo a mi hija, pero sí, tengo suerte.

Bueno, quizás tenga suerte yo también algún día dijo Pablo, mirándola con una sonrisa especial.

Carmen se sorprendía pensando en él y en esa honestidad sencilla. La operación de Rafaela fue bien, y durante la recuperación, Elisa seguía teniendo cada vez menos fuerzas. El masaje era lo único que le calmaba.

Hasta que una noche, la señora la miró fijamente:

Deja ya de ser mi cuidadora. Tienes que formarte de verdad. Quiero pagarte el curso de masajista y rehabilitadora. No es solo por ti; también para mí. Tengo derecho a mi masajista particular los años que me queden.

Carmen aceptó. Elisa, a partir de ahí, se volcó como mecenas: le pagó la formación en un centro acreditado en Madrid donde el profesor, don Samuel Ortega, la promovió como la mejor alumna.

Al terminar, don Samuel la invitó a trabajar en su nuevo salón, Perla, que había abierto en Chamartín y ofrecía exclusividad en fisioterapia y rehabilitación. Carmen, emocionada, aceptó.

Desde entonces, su vida dejó de girar en torno solo al esfuerzo. Tenía un horario amable; la tarde la dedicaba a su hija, a su madre y a su segunda suegra, como ya todos en la familia llamaban a Elisa.

Rafaela recuperó parte de su energía y hasta volvió, por capricho, a clases de gimnasia para adultos. Elisa, en cambio, a veces no salía de la cama, pero aceptaba esos mimos que solo rodeado de los tuyos dan sosiego.

Pablo, el cirujano, le presentó a sus amigos y acabó visitando la casa con más frecuencia de la prevista. A veces salían los cuatro Pablo, Carmen, Lucía y Elisa y, aunque las fuerzas de la anciana no eran las de antes, era obvio que había encontrado por fin un refugio, una familia.

Hoy, mientras Lucía dibujaba a su abuela Rafaela haciendo piruetas y doña Elisa dormitaba en el sofá, Pablo se me acercó.

No sé si te lo han dicho alguna vez, Carmen, pero eres el pilar de esta casa.

Nunca pensé que podría sentirme así: útil, acompañado, y al fin, necesario para los míos. Ahora sé que todo esfuerzo tiene sentido si no es solo para uno mismo; que la vida, cuando se comparte, es menos dura y más hermosa. Y que, si aprendes a arropar y dejarte arropar, los inviernos pasan más rápido y la casa se mantiene viva, incluso con dos suegras bajo el mismo techo.

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