Tía, te tengo que contar lo que me pasó con Rafael. Teníamos 22 años cuando lo dejamos. Un día, sin más, me soltó que ya no sentía lo mismo, que necesitaba otras cosas. Al principio pensé que sería una crisis de esas raras, pero nada.
A los pocos días, me llamó Lucía, una amiga que tenemos en común y me dijo:
¿Es verdad que Rafael está saliendo con una mujer mayor?
Le pregunté de qué hablaba, y va la tía y me manda una foto. Salía Rafa en un bar en Malasaña, abrazado a una señora bastante mayor. Vamos, que no era un cotilleo, era la pura realidad. Cuando la gente me preguntaba, yo no me inventaba nada. Les decía tal cual: que me había dejado por una mujer mucho mayor. Y ahí empezó el lío.
A la semana, recibí un mensaje de Isabel por WhatsApp:
Oye, ¿cómo estás?
Le pregunté que por qué lo decía y me contestó:
Es que Rafael anda diciendo cosas raras de ti.
No sabía a qué se refería, así que le pedí que me lo explicara. Me contó que Rafa se dedicaba a decir a quien quisiera oírle que yo no me duchaba, que me olían las axilas, que tenía mal aliento, incluso que me había visto con piojos. Me quedé helada, tía, te lo juro. Me puse a mirar la pantalla sin saber ni qué contestar.
No tardaron en llegar más comentarios. Marta, otra amiga, me llamó para decirme que Rafa lo contaba en reuniones, riéndose delante de varios. Literalmente dijo:
No sabéis lo que he tenido que aguantar.
Y cuando le preguntaron por qué no me había dejado antes, soltó:
Por desgracia.
Empecé a notar las miradas, sabes. Gente que antes me saludaba normal ahora me miraba raro. Incluso Rosa, una compañera de trabajo que siempre me tenía envidia, me regaló un desodorante por si acaso. No te puedes imaginar la rapidez con la que se propaga una mentira. Él la soltó una vez y después, venga a repetirla, a darle vueltas, a inventar aún más.
Pensé en escribirle. Le mandé un mensaje corto:
¿Por qué estás diciendo esas cosas de mí?
Tardó horas en contestar. Me puso:
Tú empezaste mintiendo sobre mí.
Le respondí que solo había dicho la verdad, que se había ido con otra mujer. Y él:
Eso no le importa a nadie.
Jamás negó lo que contó. Nunca pidió que parasen los comentarios. Nunca corrigió a nadie. Simplemente dejó que todo siguiera girando.
Mientras tanto, Rafael se paseaba por Lavapiés con la mujer esta, pero exigía que nadie comentara la diferencia de edad. Yo acabé siendo el daño colateral.
La relación terminó, pero los rumores duraron meses. Tuve que cambiar de ambiente, dejar de ir por ciertos bares, cortar con gente que solo repetía sus mierdas. Él siguió con su vida.
Nosotras, las mujeres, somos las que nos comemos casi siempre lo peor cuando los tíos se sienten inseguros. Y así fue, ni más ni menos.






