Diario, 17 de mayo
Tengo 58 años y sinceramente ya no sé qué hacer con mi vecina, Manuela. Vive justo frente a mi casa aquí en Salamanca y parece que su mayor afición es observar cada uno de mis movimientos. Sabe perfectamente a qué hora llega el repartidor, si el pedido es de comida rápida o del supermercado, cuántas bolsas traigo y quién las sube. Si el mensajero se retrasa unos minutos, al día siguiente ya tiene comentario listo, como si fuera una noticia relevante para todo el barrio.
No solo eso: Manuela controla también cuándo bajo la basura. Cuenta cuántas bolsas saco y en qué día. Si una semana saco dos bolsas y a la siguiente tres, hay comentario. Si por un casual no he sacado basura porque no se ha acumulado suficiente, también lo apunta. Una vez incluso se atrevió a preguntarme sin ninguna vergüenza si tiraba mucha comida, como si fuese asunto suyo. Me quedé mirándola, sin comprender en qué momento la basura de mi casa se había convertido en tema de interés vecinal.
Mi perro, Bruno, también es un problema para ella. Es pequeño y muy tranquilo, pero a veces ladra si pasa alguien muy cerca de la verja. Cada ladrido es motivo de queja. Viene a mi puerta para decirme que el perro ha ladrado mucho mientras yo estaba trabajando. Lo más curioso es que sabe exactamente a qué hora ha ladrado, cuántas veces y, según ella, por qué lo ha hecho. A veces me da la impresión de que conoce mejor la rutina de mi hogar que yo misma.
Tampoco deja en paz a mi marido, Ramón. Si llega más tarde de lo habitual del trabajo, al día siguiente ya tengo el comentario: anoche os acostasteis tardísimo o tu marido volvió casi a medianoche. Si llega antes, pregunta si está enfermo o le han despedido. Lo observa absolutamente todo. Lo comenta todo. Y lo peor es que muchas veces no me lo dice a mí directamente: lo va contando por todas partes y, tarde o temprano, las historias regresan a mí aumentadas y deformadas.
Mi hija de dieciséis años, Carlota, tampoco escapa a su vigilancia. Si sale con amigas, Manuela cuenta cuántos entran y cuántos salen de casa. Si alguien viene a visitarla, apunta quién es, a qué hora llega y cuándo se marcha. Una vez le dijo a otra vecina que esa niña sale demasiado, como si fuese asunto de ella. Tuve que encararla porque eso lo consideré una falta de respeto enorme.
Lo más difícil de todo es que no hablamos de alguien recién llegada. Manuela siempre ha vivido aquí, igual que yo. Esta casa era de mi madre, que en paz descanse, y me la dejó a mí como hija única. No pienso mudarme. Amo mi casa, mi historia y mi espacio. El problema no es el lugar, sino la obligación de convivir con una persona que no entiende lo que son los límites.
Hoy ya no sé qué hacer. He intentado ignorarla, ser educada, luego fui más tajantenada funciona. Ella siempre está ahí: observando, comentando, sacando conclusiones. Por eso me pregunto: ¿cómo se lidia con este tipo de vecina sin perder la calma, sin llegar a un gran conflicto, pero sin dejar tampoco que invada tu vida como si fuera la suya?
¿Alguien tiene algún consejo que darme?




