Manzanuco
¡Eres igualita que tu madre!
¿Igualita a qué, abuela? Sofía, sin querer, se puso a la defensiva, pero enseguida se controló. ¿De quién se estaba protegiendo?
¡Siempre pensando en lo tuyo! ¡Ella nunca escuchaba a nadie! ¡Y tú vas por el mismo camino!
¿Y a quién tengo que escuchar?
¡A mí! ¡Debes escucharme a mí y respetarme! ¡Soy mayor, y sé más de la vida! ¿Entendido?
Sofía miraba sorprendida a aquella mujer con el pelo algo alborotado y las mejillas encendidas por la rabia, que le agitaba el dedo delante de la cara.
¡Muy curioso! ¿Y por qué exige que la obedezcan como si fuera la mismísima reina de España? ¡Menuda aparición, que ni con agua caliente se va!
Sofía movió los dedos, como si sintiera entre ellos una goma de borrar. Le encantaría retocar ese día: oscurecer un poco aquí, limpiar allá Odia lo gris. No soporta los gritos, los dramas, las voces altas. Su madre nunca le habló así. Siempre le repetía que la gente decente sabe escuchar y entender.
¡Orejas bien abiertas, Sofía, hay que escuchar atentos como conejillos! ¿Sabes por qué el conejo aprende tan bien a escuchar? Porque la zorra anda muy silenciosa. Si el conejo se despista y no pone atención, ¡zas! La zorra se lo zampa.
¡No, por fa! la Sofía pequeña se quedaba quieta mirando a su madre.
¡Claro que no, cariño! Por eso el conejo es listo: escucha mucho y corre rápido. Así no hay zorra que lo pille.
Eso pasó hace mucho. Sofía ahora casi era adulta, pero se seguía acordando de cada cuento y lección de su madre.
Curioso… Porque de niña creía que su madre exageraba y se inventaba cosas. Ahora se da cuenta de que tenía razón.
Como con esta “abuela”. Sofía ni conocía a Carmen hasta el año pasado. Vivía con su madre en un pueblo pequeño al lado del Mediterráneo, iba a la guardería, se peleaba con Lucía y Ana, luego se reconciliaban en la pequeña plaza e iban juntas a por helados. Luego vino el colegio, Marcos, los primeros besos en la playa al atardecer.
Y su madre estaba…
Sofía apretó entre sus dedos una cuenta grande de falso ámbar, el de la pulsera que le hizo su madre.
¿Que es falsa? decía su madre. Mira lo bonita que te queda. A veces lo auténtico es amargo y te deja vacía. Que una imitación puede ser mejor de lo que parece.
¿Y eso por qué?
Mira, ¿hace poco no te peleaste con Lucía?
Porque dijo que éramos pobres, que me compraste zapatillas de imitación y no auténticas. Que ella lo sabía porque las suyas eran distintas.
Y tenía razón. Las hizo el tío Agustín. Pero nunca dijimos que fueran de marca, ¿verdad?
No.
Pero son de piel buena, bonitas y hechas con cariño. Lo sabes. El tío Agustín no sabe hacer las cosas de otra manera. ¿Te gustan tus zapatillas?
¡Mucho!
¿Entonces qué más da la marca? A la gente le gusta creerse mejor. Mira, yo tengo esta prenda y tú no, soy superior. ¿Es así, tú crees que eso está bien?
No
Eso es. Lo importante es no ser falso por dentro, lo demás… hay quien necesita etiquetas y quien disfruta de lo que tiene. El feliz será quien no mida todo por las etiquetas.
Sofía se quedó pensando mucho aquel día. Hasta le dio tiempo a limpiar el suelo de su cuarto y el de su madre. Luego fue a la cocina, donde su madre hacía mermelada de albaricoque, y le preguntó:
Mamá, ¿entonces Lucía no es mi mejor amiga? Porque a veces me dice cosas buenas, y de repente, ¡zas!, alguna faena. Aunque sé que mis zapatillas le encantaron. Eso no lo quiso admitir.
¿Y cómo lo sabes?
Me lo ha dicho Ana. Lucía le montó un pollo a su madre para que le comprara unas mejores que las mías.
Ay, Sofía… Estrella, su madre, dejó la cuchara de madera y la abrazó. No te precipites. Lucía es pequeña, igual que tú
¡Yo no soy pequeña!
Sofía dio una vuelta en brazos de su madre y alzó la cabeza; tenía los ojos enfadados, pero Estrella sabía, era rabia contra sí misma. Por haber pensado mal de la amiga.
Para mí siempre pequeña corrigió su madre con ternura. Y también lo eres para la tuya y para su madre. Los niños siempre serán niños para las madres. ¿Eso es malo? Ojalá pudiera yo volver a ser pequeña Que me mimaran y me diesen un abrazo así. Pero no hay nadie
Estrella frunció el ceño y besó la coronilla de Sofía.
Bueno, basta de penas. Hablábamos de ti. Y de Lucía Dale tiempo. Acuérdate de cómo te llevó a casa aquel día que te caíste del columpio. Yo vi cómo se asustó por ti más incluso que por ella. Y eso que también se hizo una buena herida al saltar tras de ti. ¡Lloró tanto que hasta la doctora en urgencias le ofreció un pinchazo, para acompañarte y calmarla! ¿Te acuerdas?
Sí
¿Y cuando te regaló los rotuladores nuevos que le trajo su padre? Te los dio para que hicieras el dibujo más bonito y lo pusiera en su pared hasta que te pusieras bien. ¿Te acuerdas?
Sí Me acuerdo.
Ya está. Y tú dale vueltas a lo de las zapatillas… ¡Menuda tontería! Cuando crezcáis veréis lo poco que importa. Ahora no perdáis lo que tenéis.
Ya vino.
¿Para qué?
Para hacer las paces. Me pidió perdón.
¿Y tú?
Le dije que no quería verla más y que no éramos pobres.
¿Te enfadaste?
Mucho.
¿Y ahora?
Sigo enfadada Pero menos.
Espera a que se te pase del todo, luego ya la perdonas. Si vas demasiado pronto, no vas a perdonar de verdad y os volveréis a pelear de verdad.
Ay cómo echaba de menos Sofía a su madre… Ella habría sabido qué hacer. Y más ahora, con la abuela en casa…
La abuela apareció de pronto.
Sofía no tenía ni idea de que su madre estaba mal ni que había contactado con su exsuegra para pedirle venir.
¡Ay, Estrella! ¡Quién me lo iba a decir! Dijo la señora, robusta y sudorosa, entrando a duras penas por el portón. ¡Qué calor! ¡No sé cómo voy a aguantar esto!
Buenas tardes, Carmen.
Sofía miró a su madre al notar en la voz una nota extraña.
¿Es esta la niña? suspiró Carmen. No se parece en nada. ¿Seguro que es hija de tu Manolo?
No cambias nunca
Esta vez la madre de Sofía contestó con una risa ligera, y Sofía se tranquilizó. “Ya veremos”, que decía su madre.
La abuela no le gustó. Era ruidosa, nerviosa, mandona. Llenó la casa de prisas y trajines inútiles.
¡Siempre igual! ¡Qué desorden, Estrella! Con una hija en casa, y encima, niña… Esto es un desastre. Su marido la largará en cuanto se case, y haría bien…
Sofía no entendía por qué su madre callaba. Sonreía a escondidas pero no replicaba. Veía cómo esa mujer se paseaba a toda prisa, imponiendo su ley por la casa, pero no le decía nada.
Los gatos, que normalmente eran unos descarados, salieron todos corriendo a esconderse en los rincones al verla con la escoba. Y Pipo, el perro que Sofía tenía gracias al tío Agustín, ni se molestó: se marchó al patio y se tumbó en la sombra, gruñendo bajo cuando la voz de Carmen sonaba muy fuerte.
¡Ahí está! La única con dos dedos de frente, la perra. Entiende que aquí no pinta nada. Los animales no tienen que ser parte de la casa.
Los gatos, al oírla, y viendo la escoba, salieron disparados fuera, por si acaso.
Y ahí fue cuando Sofía dejó ver por primera vez su genio. Agarró a su gata, Bizcocho, y la llevó en brazos bien visible a su cuarto.
¿Y esto qué es? ¡Sofía! El grito de Carmen hizo que hasta Pipo ladrase desde fuera.
Me la llevo. Sofía se volvió perezosa, firme. Los gatos se quedan en casa, y Pipo también. Ellos estaban aquí mucho antes que usted. ¿Habla de orden? Pues respete el nuestro. Esta es mi casa, aquí está de visita. En la suya haga lo que le plazca.
¡Sofía! exclamó Estrella, tapándose la boca con la mano del susto. Jamás la había oído hablar así a un adulto.
Para sorpresa de Estrella, Carmen no se ofendió. Entrecerró los ojos, medio sonrió y soltó:
Bien, tienes carácter. Ay, hija, Estrella, podrías haber educado a mi nieta mejor Ay manzanita cerca del manzano
Desde entonces, los gatos quedaron tranquilos. Carmen hasta los apartaba con el pie con asco, pero no los echaba.
Pero nadie tenía tiempo para ellos. Todo iba tan rápido, que Sofía miraba el viejo reloj del recibidor y desearía poder pararlo.
¡Maldito tiempo, siempre con prisas! ¿Por qué? ¡Su madre aún era joven y le hacía mucha falta! Eso era tan injusto…
Pero el tiempo no piensa escuchar a nadie. Sigue su marcha, una hora tras otra, ni una esperanza para una pausa.
Médicos, medicinas, hospital…
Estrella se marchó en una mañana fresca de primavera.
La noche anterior, Sofía por primera vez abrió las ventanas para dejar pasar el aire del Mediterráneo, y susurró:
Mamá, pronto florecerá tu cerezo. Muy pronto ya
Haré lo posible, Sofía Tengo muchas ganas de verlo.
Cuando le dijeron que su madre no volvería, Sofía rompió con rabia justo la rama que llegaba hasta la ventana del cuarto de su madre. ¿Para qué iba a estar allí si ya nadie iba a mirar por ella?
Carmen no fue suave con Sofía. La agarró, la estrujó en un abrazo grande, sacó de su bolsillo su enorme pañuelo y ordenó:
Llora. Grita. Suelta lo de dentro. Eso no te sirve. No podías hacer nada A cada uno le llega su momento
¿De dónde sacaba esas frases? ¿Cómo sabía lo que sentía Sofía en ese instante? Porque tenía razón Sofía se sentía culpable por lo de su madre. Por trabajar tanto, por vivir por ella, por soñar que entraría en la facultad, lograría una carrera
¿Y ella qué? Se iba de paseo con Marcos y sus amigas, en vez de quedarse con los libros y el caballete. Bajó tanto las notas, aunque faltaban pocos meses para acabar el instituto. Sí, luego se puso las pilas, pero ya no pudo contárselo a su madre, no quería preocuparla.
La carta que Estrella escribió para su hija, Carmen se la entregó justo al cumplir los cuarenta días de ausencia.
Toma. Ahora sí. Léela bien. Piensa que es como un encargo de tu madre.
¿Por qué está abierta? Sofía daba vueltas al sobre blanco sin sello ni dirección.
Para Sofía… Era todo lo que ponía, escrito con la inconfundible letra de su madre.
¿Tú por quién me tomas? No es que yo sea un ángel rezongó Carmen, pero leer cartas ajenas… Anda, vete. Tengo que limpiar media casa hasta medianoche. Si quieres ayudarme, luego me buscas.
Sofía enseguida entendió que la abuela se había picado. Tan pronto como cerró la puerta atrás, Sofía se quedó un rato pegada al marco, donde su madre aún tenía las marcas de su crecimiento.
¡Caray, cómo has crecido, Sofía! ¡Qué mayor estás!
La voz de su madre resonó tan clara que Sofía se estremeció.
¿Mayor? ¡Anda ya! Si de verdad lo fuera, no haría daño a la gente a lo tonto. A su madre no le habría gustado ese comportamiento.
Sofía entró a su cuarto, se sentó en el suelo con la carta en el regazo, y le costaba abrirla. Qué difícil Cuántas cosas tenía ahora por decirle a su madre. Cuántas se quedaron sin escuchar…
El sobre rebosaba, lleno de folios arrancados de una libreta cuadriculada, escritos hasta los bordes. Abrazó a Bizcocho, que no paraba de frotarse por allí, y sacó el primer papel.
Sofía, ¡deja ya de llorar, enana! ¡Eres fuerte, lo sabes! ¿Para qué esas lágrimas? La vida es bonita, pero solo si sabes mirarla. No desperdicies tu tiempo ni aunque sea para llorar por lo que no puede ser. Ahora dirás que tuvimos muy poquito tiempo juntas. Pero yo te digo que muchísimo. Ni te imaginas cuánto. Pero claro, qué voy a decirte ¿Por dónde empiezo? Por el principio. Tienes derecho a conocer tu historia.
Empecemos por cuando conocí a tu padre. Era especial. Desde el primer momento me enamoré. Mis amigas lo decían: ¿En serio, con ese pelirrojo? No entendían nada… Era tan luminoso. Y tan cariñoso. Eres parecida a él, aunque en lo físico nada más te quedan las pecas, los ojos y la nariz. Lo demás, todo mío. Cuando naciste, él no paraba de mirarte; quería que tuvieras los rizos de su madre, Carmen.
Sofía, tu abuela es buena mujer. No seas dura con su genio. Siempre ha sido así: intensa, un poco bruta, gritona, pero de fiar y generosa.
Quizá un día me preguntes por qué no la conociste hasta ahora. Esa responsabilidad fue mía. Era joven, y tonta. No supe verla en su momento. Lo siento.
Nos peleamos mucho con tu padre, justo cuando tú eras pequeña. Hasta entonces, todo bien. Pero encontró otra ilusión Eso pasa, hija.
No fue que no me quisiera, ni que no te quisiera, simplemente encontró a quien le cambió la vida.
Ahora pensarás, ¿y la vida que tenía contigo y conmigo dónde se quedó? Pues lo que pasa se fue. Siempre pensé que yo lo quería más de lo que él a mí. Fue buen padre, se quedó por ti, aunque el amor se le fue marchando. Cuando encontró a otra, ya no pudo fingir. Siempre fue honesto
Eso lo entiendo ahora, entonces solo dolía mucho. Y llegó Carmen.
Lo que no supe en ese momento era que venía a hacer entrar en razón a su hijo. Quería que siguiéramos unidos. No sabía lo que pasaba. Empezó a meterse de lleno, como siempre. Y yo perdí los nervios. Nos lanzamos de todo, y hasta le dije que tú no eras su nieta…
Dios, qué tontería. ¡Qué fácil se cometen los errores y qué difícil es reconocerlos!
No me acordé de cuando estuve hospitalizada, embarazada de ti, que los médicos decían que igual no nacías. Y ella se plantó en casa, cocinando y limpiando como una loca hasta que se aseguró de que estaba todo bien. Me hizo la vida más fácil cuando no teníamos a nadie más. Solo se fue cuando supo que tú estabas a salvo.
No sabía que también intentó hablar con la otra mujer, y al final terminó aceptándola. Y a los hijos que tuvo, también. Los ha querido tanto como a ti. Así que sí, tienes hermanos. Si quieres, Carmen puede presentártelos. Lo hemos hablado. Es triste estar sola, y mejor cuanto más familia haya a tu alrededor, ¿verdad? A mí me dejaría tranquila saberlo.
Piénsalo.
Y ahora toca mirar hacia adelante. Sofía, estudia. Por favor. Quiero que tengas futuro, pero solo te pido algo: ¡elígelo tú! No dejes que te digan qué hacer. Recuerda lo que hemos hablado: ¿dónde estudiar y cómo usar lo que la vida te ha dado? Tienes un talento precioso. Y eso hay que aprovecharlo. No todos tienen esa suerte. Si tienes un don, no lo desperdicies. No será fácil, pero le pedí ayuda a Carmen. Tienes mis ahorros. No son gran cosa porque hemos gastado mucho, pero te alcanzarán para uno o dos años, después ya verás. Siempre has sabido rebuscarte la vida; tus bolsas pintadas y cuadros se los llevaban los turistas enseguida. Quizá en Madrid o Barcelona hasta los vendas mejor. No dejes tu sueño; hazlo real. Y sé que algún día veré tu exposición en una galería importante. Y me alegraré tanto, aunque tú ya no puedas verme. Porque desde donde esté, sabré todo de ti.
Te quiero. Me preocupo por ti. Pero confío en que saldrás adelante, mi chica fuerte, lista.
¡Y seca esas lágrimas!
Mamá
Sofía dejó la carta, estuvo un buen rato con la cabeza gacha, llorando sin hacer ya caso a su madre. ¡Pero si ella le decía que no!
Bizcocho hacía tiempo que dormía común ovillo en la alfombra, y Sofía solo pensaba cómo seguir viviendo.
La respuesta fue Carmen, que entró, encendió la luz y mandó:
¡Arriba! Nada de lamentos. Ven. Te invito a un té y charlamos. Aquí hay que ponerse a hacer cosas, no a llorar.
La idea de que fuera artista no le hacía gracia a Carmen. Le estaba encima, asegurando que lo mejor era tener “una profesión de las de verdad”, pero Sofía ni caso. Fue ahí cuando Carmen le soltó que era más cabezota que una mula, igualita que la suya, que fue incapaz de reconocer durante años que una sola palabra puede romper una vida y dejar a la gente sin calor ni cariño.
¡Años y años callada! ¡Sin una pista! ¡Y yo buscándoos! ¡Hasta escribí cartas a todos lados! ¡Y resulta que la madre te cambió el nombre y los apellidos! ¡Ni de soltera! ¡Uno inventado! ¡Madre mía, cómo lo hizo!
El tío Agustín ayudó.
Pues ya le llegará su bronca. Por ayudar así a tu madre, me puso imposible encontrarte. ¡Y que no venga a quejarse!
No te metas. Es muy bueno. Siempre nos ayudó. Y le pidió mil veces a mamá que se casara con él.
¿Y ella?
No quiso. Decía que solo había amado a mi padre. Yo ni sabía que vivía. Si lo hubiera sabido, igual la habría convencido
¡Ay, menuda pena! Carmen dejó caer un plato delante de Sofía. Come. Y piensa lo que te he dicho. ¿Artista dice que quiere ser? ¡Donde esté un buen trabajo, haya sueldo y estés alimentada! ¡Eso sí!
¡Abuela! ¡Que me avergüenzas delante de los demás!
¿Y qué? Primero se cuenta el dinero de otros, luego el propio, ya verás.
¡Que no quiero! ¡No es lo mío! ¿No lo ves?
¡Qué voy a saber yo!
No quiero enfadarte. Pero entiéndeme, abuela, quiero hacer lo que me gusta. Mamá dijo que el dinero era para eso. En un mes cumplo dieciocho. Me lo das, me voy y no tendrás más que preocuparte.
Carmen estuvo a punto de montar un numerito, levantó el dedo como siempre cuando iba a soltar una bronca, pero se detuvo de repente, le miró casi con orgullo, y de pronto, con tres dedos, hizo esa figura que todo el mundo conoce desde el cole.
¡Pues allá que voy contigo! Vigilaré que de ti salga una artista de primera. A tu madre le prometí no dejarte sola, así que calladita. ¡A comer, que se enfría!
Y unos años después, en una sala pequeña de una galería de arte en el centro de Madrid, varias personas recorren las salas.
Una mujer pelirroja, algo despeinada y robusta, un chico larguirucho con gafas modernas y Sofía, con su niño de apenas un año.
Bueno, ¿qué tal? acaba preguntando, aunque prometió esperar el veredicto de la que casi la llevó de la mano hasta ese día.
Carmen mira a su nieta, resopla con ternura medio fingida y le arrebata al niño, le limpia los mocos, lo coloca en el brazo y solo entonces asiente como sin ganas:
Está bien. Los marcos, bonitos, en general Solo que desperdicias pinturas, para qué decir lo contrario. Sofía, ya podías hacer cuadros más pequeños, ¿no? Y ¡pon un poco de orden en el taller! Lo vi esta mañana, ni el Tato encuentra nada ahí. ¡Rubén! y se gira al chico con gafas. ¿Tú a qué miras?
¿Pasa algo, Carmen?
Ella tiene unas ojeras que dan miedo. No duerme nada. Así que, hoy me llevo a Samuel. Vosotros descansad, poneos guapos, y el lunes os quiero aquí. ¿Entendido? Nos vamos, ¿me oyes, pequeño?
Y al pasar con Sofía, Carmen se detiene, le acaricia la cara y le susurra:
Tu madre estaría muy orgullosa, hija. Y yo también. ¿Lo sabes, verdad? Así me gusta, manzanita de mi manzanoSofía asintió, con una sonrisa que esta vez no le costó arrancar. Vio a Carmen marcharse, el niño en brazos, burbuja de energía, la abuela inventando canciones tontas mientras subía la escalera sin mirar atrás, segura de que podía con el mundo.
Rubén se acercó y puso la mano sobre la de Sofía. Miraron juntos los cuadros, el eco de risas y viejas broncas llenando el aire.
¿Te acuerdas de cómo empezó todo? murmuró él.
Claro. Con una abuela, una rama de cerezo y una madre que nunca dejó de cuidar contestó Sofía, dejando que los ojos se le humedecieran, pero no por tristeza.
Fuera, vio el dibujo de un conejo colgado junto a la puerta, con orejas enormes y verdes, reminiscencias de tardes largas y cuentos. Sofía supo que, aunque la vida a veces se llenara de gritos y despedidas, cada rebelión suya era también una forma de decir: te escucho, mamá, sigo aquí.
Respiró hondo. En la galería propia, con cuadros grandes, gente desconocida y familia a medio camino entre el desastre y el cariño, entendió por fin lo que Estrella había querido: vivir sin pedir permiso, reírse de las etiquetas, celebrar la manía de ser manzanuco, hija de abuela, hija de madre, y ahora madre ella también.
Todas las versiones de sí misma y sus mujeres la acompañaban, burbujeando en cada brocha, en cada abrazo al niño, en cada nueva mañana.
Cogió la mano de Rubén, cruzó la sala y al salir en la tarde templada de Madrid pensó, entre ruidos y olores nuevos: ahora, por fin, sé donde empieza la verdadera historia.
Y con una sonrisa luminosa y un leve olor a mermelada de albaricoque en la memoria emprendió el camino de regreso a casa.




