La otra Yulka

No es como las demás Lucía

¡Lucía! ¿Otra vez? Por favor, hija, eres un cúmulo de despropósitos, no una niña normal. ¡¿Cómo puedes ser así?!

Mamá, yo qué sé. Ha pasado solo…

La madre le quitaba a Lucía el anorak mugriento, las botas caladas y el gorro que, con lo de hoy, ya se ha quedado sin pomponcito.

Los hijos de los demás son hijos normales, pero la mía… ¡Lucía! ¿Hasta cuándo, eh?

Lucía miraba el dobladillo destrozado de su vestido y suspiraba.

¡Y pensar que fue divertidísimo! ¡El trenecito había quedado genial! Lástima que Nacho tiró tanto de su falda, ¡y hala, a tomar por saco el vestido! Y la seño Cati había dicho bien claro que ella no iba a coserlo, que eso trabajo de la madre de Lucía. Toda la razón, claro. Sólo que por eso la pobre se pasó toda la tarde sentadita en una esquina, desde la merienda hasta casi la noche. ¡Ante tanto niño, no iba a enseñar las bragas! Eso sería indecoroso, como siempre le dice la yaya, que de la vida algo entenderá…

Por ejemplo, que Lucía es de esa manera. Su madre no lo piensa así, pero la abuela, tan contenta.

¡Déjala en paz a la niña! ¿De dónde has sacado esa manía de picotearla todo el rato?

Mamá, ¡si tú me criaste justo igual! ¿Ahora resulta que no está bien? Si no enderezo a Lucía, ¿qué va a ser de ella?

Será tan lista y guapa como tú. ¿No te vale?

Ay, déjame con tus tonterías, anda. ¡Lucía, a cambiarse! ¡Ya!

Lucía, soltando un suspiro de alivio, desaparecía rumbo a su cuarto, y la disputa entre las dos mujeres que más quería del universo seguía sin ella. Que en el fondo, ni falta les hace. Lucía era la excusa, no el motivo.

Una vez le preguntó a la abuela qué es eso de ser la excusa, y la abuela se desternilló:

Discuten por pura inercia, niña. El motivo eres tú, pero no voy a dejar de discutir sin causa, vaya rollo.

¿O sea, yo soy vuestra causa?

¡La más importante! Eres nuestra única preocupación y nuestra alegría, así que claro que nos ocupamos de ti… Cada una a su manera. Tu madre va a lo estricto porque cree que no se puede de otra manera. Y yo, cariño, toda la severidad se me acabó con tu madre. Contigo soy solo caramelos.

¡Pero si no me gustan los caramelos!

Venga, venga, chocolate entonces.

Eso sí está mejor. Yaya, ¿mamá me quiere?

Más que a nadie en este mundo. Hasta más que yo. Ni lo dudes.

¿Y por qué está todo el rato enfadada conmigo?

Pues precisamente por eso…

Qué forma más rara de querer… Tú también me quieres y no te pasas el día regañándome.

Es que soy tu abuela. Las madres tienen otra responsabilidad, hija. Y tienen que demostrar el cariño de una forma diferente. ¿Lo entiendes?

No mucho.

Ya lo entenderás cuando toque, cielo.

El cuando toque esa aún no llegaba. Lucía esperaba y esperaba… Pero, a cada año, su madre era más dura.

¿Pero qué voy a hacer contigo? ¿Esperar a que me traigas un bombo bajo el brazo?

Era la frase de cada temporada, sin saber Lucía aún qué quería decir. Solo recordaba su vestido destrozado en el cole. Siempre le daban ganas de preguntar cómo iba una a traer nada en una falda hecha trizas, pero eso no parecía que su madre apreciaría la gracia. Mejor callarse por si acaso.

Lo de la fama inmerecida tampoco le quitaba el sueño a Lucía. Se consideraba de lo más normalilla, por mucho que la abuela insistiera en lo contrario. ¡Para eso están los espejos!

Y en el espejo, Lucía veía… Nada especial, vamos. ¡Ojillos diminutos, coleta de pelo oscuro, cutre y con más granos que el arroz! Guapísima, sí señor.

Ya asumía su cruda realidad, así que ni le preocupaba ni le agobiaba lo de su imagen. Así es menos lío, y menos gasto en ropa, zapatos y monerías, porque para qué. Sus converse gastadas le servían para todo, menos para los poquísimos días de teatro con la yaya, para los que tenía que arreglarse decentes.

El teatro le chiflaba, pero ir era otra historia. Las entradas en euros no bajaban, la yaya ahorraba de la pensión, pero… Eso, que tocaba esperar meses y meses. Por eso, Lucía, ya desde primero de la ESO, se metió de canguro con los mellizos de la vecina, sus primeras moneditas (en euros, claro está). Los críos eran un torbellino, pero Lucía, sin hermanos, se divertía como nunca. Juego, cucharada de puré para cada pajarito y a casa. Nadie le salta en la espalda, nadie le destroza la carpeta, ni comparte habitación. ¡Eso es calidad de vida!

No es que fuera una egoísta total, pero con la falta de presencias lo tenía claro. Dos niños cuestan, y para eso, dinero, y mucho. Las cuentas de casa eran mamá y su sueldo de enfermera (y eso que era de urgencias), y la pensión de la yaya. Y el padre… bueno, ese ni estaba ni se le esperaba.

A la madre, ni le mencionaba el tema. Bastante tenía ya. Entre la cabeza de la abuela, que ya solo le funcionaba por instantes, y Lucía, menudo panorama.

La historia del padre, la yaya sí la recordaba, por temporadas buenas. Se la contó tal cual:

A tu madre no le hacía falta aquel hombre, ni a él tu madre. Un ligón. Tenía un abanico de admiradoras. Pero ella, erre que erre, que se casaría con ella, que las demás son cosas de juventud.

¿Se casó?

¡Y tanto! Cuando tu madre se empeña, no hay quien pueda. Pero, fue enterarse de que te esperaba y se esfumó, como el humo. Ni carta, ni dirección. ¡Menudo artista! Solo dejó una nota.

¿Qué decía?

Nada, cosas de mayores. Pero tu madre te esperaba con más ganas que yo los mirlos en primavera. Toda la barriga andando de puntillas y tratándose como si fueras de cristal, no fuera a pasar nada. Por eso, tanta regañina, tanto fijarse en cada detalle.

¿En serio?

¿Te lo digo de broma? Por tu culpa, cientos de noches sin dormir, mirándote y acariciando el pelo, a punto de soltar lagrimita. Pregúntale y se enfada. Es su secreto. Te quiere, Lucía. Lo hace a su manera.

Ya… ¿Y tú la regañabas igual?

Todas las madres lo hacemos, hija. El miedo por los hijos saca lo peor y luego nos arrepentimos.

¿Pero por qué tanto miedo?

Por un hijo, nunca sabes el motivo exacto. El día que lo tengas, igual lo entiendes.

Lucía no respondió, pero pensó. Soñaba con que sus hijos los criaría diferente, sin gritos ni broncas. Ilusa… pero ¿qué niña no lo es?

Aunque lo de tener hijos lo veía lejísimos. ¿Quién iba a querer liarse con ella? Pequeña, feucha, y más bruta que un botijo: si te pegas, ¡te aguantas!

Cuando terminó la FP, entró a trabajar en el mismo hospital de su madre. Y entonces…

Nada valía. Lucía demasiado activa, demasiado simpática con los pacientes (¡hay que ser dura, Lucía, dura, que si no, te comen!), se esforzaba porque sí y resulta que para nada. ¡Que aquí salen, entran, y tú a romperte la espalda! Tienes que ahorrar energía.

Pero Lucía pasaba de los consejos. Le dolía cada enfermo de verdad. ¡Sufren! ¿Y no puede una ayudar con una sonrisa, una palabra amable, o una sábana bien puesta? Que hasta al gato le gusta.

Hasta la madre le advertía:

Hija, no vayas por ahí. Aquí la gente así no dura. Te acabarás peleando con todos y, ni a ti ni a mí ni a la abuela nos conviene. Sabes que la pensión apenas llega. No vamos a llevar a la abuela a una residencia. ¡Ni pensar! Trabaja y acumula experiencia, pero no te juegues el puesto.

Mamá, es que no puedo… Gritan a los pacientes, les tratan fatal…

El curro es duro y hay de todo. Eso, ya lo sabes. Y no todos tienen tu corazón. Anda, relájate. En tu planta sois tres como tú, ¡y basta! Piensa que la jefa me ha dicho que te aprecia, pero que bajes revoluciones. No puedes cambiar el mundo tú sola. Y con buen ejemplo, igual surge algo.

¡Eso es muy lento!

Ay, Lucía ¡A quién te habrás salido!

¿A quién va a ser? ¡A ti!

¡Por Dios! Hazme caso y ya está.

Lucía evitaba la bronca, pero tampoco hacía demasiado caso. Igual su madre tenía razón, pero luego estaba la señora Juana en la 3, la viejilla más difícil del ala, que solo a Lucía le sonreía por las mañanas. A los demás, ni agua. ¿Eso, quién lo entiende?

Y como esas, varias. Gente agotada, de mal humor, discutiendo por herencias mientras los pacientes lloran al sentirse solos e incomprendidos. A Lucía le partía el alma.

Pero para su madre, solo importa su hija. ¿Y cómo ser feliz, si a tu alrededor hay ese berenjenal de dramas?

Obvio que no puede salvar a todo el mundo ¡Pero algún alma sí!

Las compañeras la llaman beata en broma y dicen que, en vez de un hospital, a ella le pegaría un convento. Allá ellas. La abuela siempre decía: el rebaño ha de caminar, aunque sea desierto.

Así fue avanzando Lucía, cargando con arena y sorteando tus sequías.

Cuando nadie te comprende, es duro. Y, cuando tu confidente ya no está, peor. Desde que la yaya perdió el hilo del todo, se quedó casi sin a quién contarle sus cosas. Su madre, con constante preocupación, y las amigas, saltando a casarse todas, lanzándole directamente los ramos al aire:

¡Venga, Lucía, a ti te toca ya! ¡Atrápalo!

Por no hacer el feo, los cogía, pero el famoso príncipe azul ni aparecía ni mensajes. O estaba perdido por el camino, o simplemente no había sido incluido en su guion. Así es la vida, una entera y sin medias naranjas. Soltera y a mucha honra.

Se resignó. Ya tampoco esperaba gran cosa. Ni era Tati Larina, ni pensaba declararse ella a nadie. Ni falta que hacía.

Entre el hospital, el refugio animal de su amiga (donde ayudaba cuando podía) y las visitas a la yaya, que cada día le reconocía menos, no tenía ganas ni tiempo. La madre suspiraba y le buscaba pretendientes, todos ocupados, y solo quedaba esperar a ver si la biología hacía su magia.

Pero la magia fue por otro lado. Porque, claro, Lucía imaginaba que su historia romántica sería como en el teatro: el chico aparecería ahí, le esperaría con paciencia hasta que ella accediera. Pues no.

Quien la sacó de su lista fue Juana, la abuelilla cascarrabias. Era como el cometa Halley: venía a Urgencias dos veces al año, y cada aparición dejaba al personal temblando.

¡Vuelve la estrella de las quejas! ¡Lucía, a recibir a tu fan, que para ti siempre tiene palabras bonitas!

Juana se transformaba solo al ver a Lucía corriendo por el pasillo.

Mi niña, menos mal que tú eres gente. ¡El resto aquí parecen vampiros!

No diga eso, señora Juana. ¡Si somos todos buena gente!

Tú eres jovencita aún. La vida te enseñará. Ya verás…

Pues no discuto. Mejor, la acompaño a su habitación, que ya todos huyen de usted.

Que huyan, mujer, que así no molestan.

¡Vaya carácter, Doña Juana!

Eso dicen. Pero yo soy un corderito, comparado con mi gata. ¡Eso sí que tiene mala baba!

Lucía asentía, pero no le echaba mucha cuenta. ¡Craso error! Porque la acabaría conociendo.

Fue la última vez que Juana vino distinta: callada, seria, sin protestar o pelear. Siguió a Lucía y se metió en la cama sin decir ni mu. Hasta el punto que Lucía se preocupó:

Tira, hija, déjame, ya luego hablamos…

Horas después Lucía ya sabía el diagnóstico y que Juana había ingresado voluntariamente.

No soporta a los hijos. Sufre mucho… ¡Eso pasa por no transmitir calor a los hijos! comentó alguien de la planta.

Lucía ni caso. A saber el lío familiar real. Cada cual tiene su novela.

Al acabar el turno se asomó a la habitación.

¿Le traigo algo, señora?

Juana la miró mucho rato antes de decidirse a hablar.

Lucía, ¿puedo pedirte un favor…? Nunca fui de pedir; mi madre, igual. Siempre: si quieres algo, lánzate, quien no llora, no mama. Pero, ¿y cuando no puedes sola? De eso no habló.

Pida tranquila, mujer, que no muerdo.

Tengo familia para aburrir, pero nadie. La vida, un rollo. Trabajo, líos y poco más. Los críos, todos consentidos. Ni me necesitan ya. Les di el piso a mi hija y a mi hijo, para no cargarles conmigo. Y ya ves, aquí estoy. Pero tengo una sola alegría, Lucía: mi gata Maruja. Un bicho, sí, pero me da la vida. Ahora, ¿qué va a ser de ella? ¿Me la cuidas hasta que salga de aquí?

¿A la gata?

Sí. Es lista, un poco cabra, pero es todo lo que tengo. Cuando hoy vi que quería salir y ella se me tiraba encima… Sabe lo que hay.

Lucía vaciló.

Le gustaban los animales, pero nunca habían tenido mascotas en casa por cuidar de la abuela y por la economía. Pero, después de ver la mirada suplicante de Juana, no pudo negarse. A veces el cariño está en tonterías pequeñas. No hay que juzgar, pensó; si puedes, ayuda y punto.

Ya fuera, Lucía preguntó a su madre, que, aunque no convencida, dio el visto bueno. Y allá fue a casa de Juana, a recogida de gata.

Me la llevo, pero solo mientras usted mejora, ¿eh? ¡Que quiero ver a Maruja de vuelta en sus brazos!

Gracias, hija, gracias…

Por primera vez, Juana parecía una abuela normal.

Al llegar, Lucía dudó. Tenía llaves, sí, pero a entrar sola… Mejor llamar a una vecina.

¿Buscas a alguien? Una joven simpática con un bebé en brazo.

Soy Lucía, vengo a cuidar a la gata de Juana. ¿Te importa quedarte un momento en la puerta, por si acaso armo un lío?

¿Entrar sola? ¡Mejor no, que la Juana tiene cada bicho…! Anda, pasa, yo vigilo.

Venga, a por Maruja.

Ni dos minutos dentro y… Zas, un relámpago negro salió disparado por la puerta, escaleras abajo.

¡Por ahí se ha ido! avisó la vecina.

¿Alguien ha visto una gata negra?, preguntó Lucía ya en el portal, y uno de los que subían cajas señaló los árboles cercanos:

Ahí está, en el árbol.

Lucía miró: entre las ramas, bufando, Maruja.

¿Maruja, bonita, ven anda…? solo obtuvo un gruñido infernal.

Y tocaba trepar, claro.

El patio solitario, lluvia fina, noche cerrada. Ojalá estar en el sofá con un té y la madre detrás dando la brasa, pensó.

Pero palabra es palabra. Y allí fue Lucía, a trepar al árbol.

¡Ay, la madre que te… Vamos, baja, gata maldita! chistó, enfadada, pero la gata, sorda.

Finalmente, Maruja más asustada que otra cosa, dejó que Lucía la cogiera por el pellejo…

Y, cuando tocó bajar, a Lucía le entró la risa floja: ¡ah, valiente! Trepar, vale. Pero… ¿y ahora? Porque miró para abajo y… horror.

Mamá…

Llovía, tenía frío, y las llamadas al móvil, ignoradas, porque de moverse, nada. Podía llorar, pero por dignidad, callada.

¡Eh, estás bien ahí arriba?

La voz de un chico la sorprendió tanto que casi se cae.

¡Aguanta, no te muevas! Te bajo ahora.

Gracias por el detalle. Podía haber dormido aquí hasta que salieran las setas contestó irónica Lucía.

El chico se fue y volvió con una escalera. Y así, ayudada fuertemente por el desconocido, por fin bajó. La gata, de nuevo a la sudadera, bien asida.

¡Menuda gata y menuda tú! ¿Te acompaño a casa?

Puedo sola, gracias pero recapacitó, claro, que menuda desagradecida. Si no fuera por él, todavía está arriba esperando…

Perdón. Muchísimas gracias. De verdad, sin ti, sigo ahí empapada hasta Navidad.

¿Tanto miedo tenías allí? preguntó el chico, todavía divertido.

A las alturas… ¡Y todo por la dichosa gata! Me largo, que me espera mi madre.

Puedes tutearme, que tras rescatarte a ti y a la minina, somos ya familia bromeó él. Me llamo Sergio.

Soy Lucía. Vivo aquí cerca.

Y así fueron juntos hasta el portal Lucía cálida como nunca, Maruja muda, sin bufar, olfateando la alegría de la chica.

Sergio la acompañó y, al día siguiente, la esperó a la salida del hospital, con propuesta de ir a comprar comida de gourmet, porque Maruja, ya se veía, era exigente y solo comía si lo que caía en el plato tenía ese toque especial.

Una semana después, vinieron a por la gata. La hija de Juana, disculpándose:

Mi madre no deja de pedirla. Ya se viene a mi casa.

Entonces, bien. Que estén juntas, que falta le hace.

Lucía las despidió sabiendo que, en la vida y en las familias, nunca se sabe realmente qué hay detrás. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar?

Mejor es ocuparte de tu propia vida, de tu historia, sobre todo si aparece alguien con quien sí quieres compartirla. Y entonces, el que tenía que llegar trae tiempo y hasta una escalera cuando más la necesitas. Y jamás te dirá que no eres como las demás. Porque para esa persona, no habrá nadie mejor que tú en el mundo.

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MagistrUm
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