Lo que recortes, no podrás nunca recoser: La historia de Taísa, el peso de un vestido de novia y un …

LO QUE RECORTAS, NO LO RECUPERAS

Cuando Lucía enseñaba sus fotos de boda a sus amigas, siempre decía entre risas:
¡Vaya lo que sufrí con ese vestido! Bonito era, pero pesadísimo y tan aparatosa Para la próxima vez que me case, escogeré uno ligero y sencillo, como de cuento.
Todos pensaban que Lucía bromeaba. La daban la razón entre carcajadas. Y realmente, Lucía tan solo lo decía entre bromas. Sus amigas sabían bien que Lucía se había casado por amor verdadero. La suya fue una historia de verano como tantas: Lucía, con 21 años, y Felipe, con 28.
Agosto, la brisa mediterránea en las playas de Málaga, un tinto de verano bien burbujeante, el cielo estrellado Todos estos ingredientes terminaron, como era de esperar, con una cita en el registro civil. Pero antes Felipe tuvo que divorciarse de su segunda esposa, y Lucía mudarse a la ciudad natal del novio, en Madrid.

MadridMálagaMadrid. Ese trayecto para Lucía se volvería tan suyo durante los próximos diez años que podía recorrerlo con los ojos cerrados. Pero en un principio, la joven pareja tuvo que buscar piso de alquiler. Felipe le había dejado su antiguo piso a la segunda mujer, que amenazaba con todo tipo de barbaridades si él no volvía corriendo a su lado desde tragarse pastillas hasta tirarse por la ventana o volcarle ácido a una posible tercera esposa.

Por fortuna, esa segunda esposa al cabo de un tiempo desapareció del mapa. Quizá Felipe le prometió regresar algún día, quién sabe. Con la primera esposa, ni mencionarla le gustaba. Fue un breve matrimonio de año y medio y acabó casando a la pobre con uno de sus amigos. Vaya favor para todos.

Con la segunda esposa aguantó tres años, lo suficiente para darse cuenta de la inquietante esencia de esa mujer, que despreciaba la idea de tener hijos y los llamaba crías humanas con un desprecio que daba escalofríos.

Pero a Lucía todos esos embrollos le daban igual. Era decidida, ambiciosa y convencida de su belleza. Felipe la adoraba, la tenía como una reina. Si le regalaba flores, eran ramos enteros. Si un abrigo, le compraba tres modelos diferentes cada vez. Y de zapatos ni hablar: Lucía podría cambiárselos a diario. Felipe la llevó a Roma, a París, a Lisboa, a donde hiciese falta para abrirle mundo y llenarla de alegría antes de que naciera su hija.

Al poco tiempo llegó la pequeña Carmen. Mientras Lucía se dedicaba a la niña, Felipe compró una casita y la puso a punto a conciencia para su familia de princesas.
Celebraron el estreno de la casa y llevaron a Carmen a la guardería. Lucía se centró en formarse más. Pero prefería hacerlo en su ciudad, Madrid, donde tenía a sus amigas, su madre, y hasta los desconocidos le resultaban entrañables. Bajo los tilos del barrio siempre encontró paz.

Dejaba a Carmen con la suegra, que estaba encantada con la niña y la cuidaba con mimo. Durante las épocas de exámenes, Lucía se quedaba en Madrid. Pero Felipe era terriblemente celoso: venía cada dos por tres a buscarla, le montaba escenitas por las calles del centro, organizaba encuentros casuales fuera de lugar. Lucía realmente nunca le dio motivos, pero quizá solo lo parecía.

La realidad era que le agobiaban las tareas y responsabilidades cotidianas. Estaba dispuesta a pasarse toda la vida estudiando y formándose con tal de no lavar platos o fregar suelos, ni tener que criar sola a una hija. Sentía que la vida pasaba a su lado sin cruzarse con la suya, y no entendía por qué ella, tan inteligente y guapa, debía perder su tiempo en banalidades.

Al paso de unos años, Lucía ya tenía tres titulaciones, todas con matrícula de honor. Psicología era lo suyo, y los títulos los llevaba siempre en el bolso porque, con entusiasmo, buscaba empleo. Felipe se negaba en rotundo:
¿Acaso nos falta dinero? Me vuelvo loco cuando no estás. ¡Lucía, tengamos otro hijo, niño o niña, da igual! Pero quédate conmigo

Lucía no pensaba en un segundo bebé. Su tarea estaba hecha: le dio a su esposo una hija y punto. Cuando la suegra escuchaba los discursos enrevesados de su nuera, propuso quedarse ella con la niña hasta que madurara Lucía.

Decía que la muchacha solo quería estudiar y soñar, cuando Carmen necesitaba cariño y atención de alguien cercano. Lucía aceptó sin dudarlo y se marchó de vuelta a Madrid sin avisar a Felipe. Ya le llamo desde Madrid, pensó.

Pero en Madrid, le esperaba Felipe. Ya conocía las tretas de Lucía:
¿Y dónde está Carmen? ¿Por qué tú aquí y la niña en Málaga? ¿Tienes otro pretendiente? exigía, molesto.
Felipe, tranquilo. No hay ningún admirador. Es solo que contigo me aburro. Quiero libertad contestó Lucía, tranquila.
¿Libertad? ¿De mí y de tu hija? ¿Dónde quedó el amor? ¿Se esfumó? Tal vez sea una crisis, la superaremos juntos, Lucía, es cuestión de tiempo insistía Felipe.
No la superaremos zanjó Lucía de forma definitiva.

Felipe pidió ayuda a su suegra. Ella se encogió de hombros:
¿Yo qué? Apáñate. Cambiar a Lucía es imposible, yerno. Es más terca que una mula.
Felipe regresó solo a Málaga, sumido en dudas: ¿Cómo hacer entrar en razón a Lucía? ¿Cómo recuperar a su familia? Empezó a pensar que quizá nunca fue querido del todo.

Pasaron días y semanas. Lucía nunca venía de visita. Contestaba seca y corta al teléfono: Todo bien.

El tiempo seguía su curso
Tras meditarlo mucho, Felipe decidió vender la casa, recoger a Carmen y mudarse a Madrid, todo en nombre de la familia. Lucía se mostró fría ante el plan. Intentó disuadirle con excusas: que por qué alterar la vida de la niña, que los cambios de escuela, los amigos y que la abuela materna no aprobaría la mudanza.

Eran pretextos: Lucía disfrutaba demasiado de su libertad. Su lema era vivir como un pájaro libre. Abrió su propio negocio de costura, alquiló un ático y tenía varios pretendientes fieles. Nunca le faltaba plan, y de repente ¿marido e hija otra vez? Quería borrar su pasado. Estaba decidida.

Felipe no hizo caso y se mudó con Carmen a Madrid. Seguía esperanzado con salvar su familia y el cariño por Lucía seguía vivo. Al principio la recogía del trabajo, llevaba y traía a Carmen (que, por cierto, era igualita que Lucía de pequeña). De nada sirvió. Lucía se comportaba como una estatua: ningún gesto, ningún cariño, nada. Finalmente, Lucía le puso punto final:
Felipe, déjame tranquila. Debemos divorciarnos. Carmen puede quedarse conmigo si quiere.

Para entonces, Carmen tenía once años, ya no necesitaba que la recogiesen. Tenía un padre que la adoraba, una abuela que rezaba por ella día y noche. Seguía queriendo a su madre, sin entender por qué esta renunció tan fácilmente.

El tiempo avanza inexorable.
La vida sigue, todos cosechamos lo que sembramos.

Felipe dejó de buscar donde no había esperanza, y comprendió que jamás lograría que Lucía le volviera a amar. La vida le brindó entonces a una mujer sencilla, de pies en la tierra, sin sueños imposibles. Se instalaron en un pueblo manchego. Ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior. No le importaban ni París ni abrigos ni cien pares de zapatos. Con unas botas de agua y una chaqueta gorda para el campo y que los niños salgan adelante, me basta. Y eso era todo lo que pedía.

Felipe se sintió tranquilo, arropado junto a ella. Donde todo es sencillo, hay cien ángeles; donde todo se complica, no hay ni uno, decían en la aldea. Pronto tuvieron una niña juntos. Por fin, después de todos los intentos, Felipe conoció la felicidad y el amor auténtico. De sus tres matrimonios anteriores, prefería no hablar.

Lucía, por su parte, volvió a casa de su madre en Madrid. Uno de sus socios empresariales le prometió el oro y el moro, y terminó por dejarla en la ruina. El negocio de costura quebró y los pretendientes volaron. Todos la rondaban, pero ninguno se quedó.

Al final, Lucía se vio trabajando de psicóloga en un colegio, al menos para lo que se había preparado. No se arrepiente de nada. Aunque quién sabe lo profundo que es el alma humana. Quizás un día le llegue la chispa del arrepentimiento y cambie su destino.

Carmen, ya toda una mujer y casada, vive en Málaga con su abuela, quien la crio. El día de su boda, Carmen lució un vestido ligero y vaporoso. Se lo regaló su madre, Lucía.

Hoy, ya madura, escribo estas palabras convencido de una cosa: nadie puede volver atrás ni corregir lo que recorta de su vida, por mucho que lo desee. Hay que pensar bien antes de dar un tijeretazo al presente, porque lo que resta jamás vuelve.

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