Una hermosa reflexión… hasta faltan las palabras

Una hermosa reflexión que deja sin palabras

Había una mujer, Carmen, que llevaba años viviendo una relación tormentosa con su marido, Alfonso, en Madrid. Su vida juntos se había convertido en una sucesión de desencuentros, silencios y discusiones. Un día, Carmen sufrió una parada cardíaca. Cuando se encontraba al borde de la muerte, se le apareció un ángel y le dijo: Tras sopesar tus buenas y malas acciones, todavía no puedes acceder al Cielo. Sin embargo, puedes regresar unos días a la Tierra para realizar los actos de bondad que te faltan. Carmen aceptó la propuesta y despertó de nuevo en su casa, junto a Alfonso, quien ni siquiera le dirigía la palabra, pues llevaban tiempo distanciados.

Ella pensó:
Debería intentar reconciliarme con este hombre. Lleva semanas durmiendo en el sofá, hace tiempo que dejé de cocinarle. Ahora plancha su camisa para el trabajo le haré una sorpresa.

En cuanto Alfonso salió por la puerta, Carmen se dedicó a lavar y planchar toda su ropa. Cocinó un cocido madrileño delicioso, decoró la mesa con flores y encendió unas velas. Sobre el sofá dejó una nota:

Creo que estarías mucho más cómodo durmiendo en la cama que un día fue nuestra. Esa cama en la que de nuestro amor nacieron nuestros hijos, en la que durante tantas noches nos abrazamos espantando los miedos y sintiendo la cercanía del otro. Ese amor sigue ahí, esperando por nosotros. Si eres capaz de perdonar todos mis errores, encuéntrame allí.

Tu esposa.

Al concluir la última frase: Si eres capaz de perdonar todos mis errores, Carmen sintió rabia:
¿Estoy loca? ¿Debo pedirle perdón yo? Él regresaba siempre amargado cuando perdió su empleo en la fábrica y no encontraba otro. Yo llevaba toda la carga con los pocos ahorros que teníamos, soportando además su mal carácter. Empezó a beber, se pasaba horas en el sillón, callando a nuestros hijos cuando solo querían jugar. Me gritaba cuando le decía que no podíamos seguir así. Lo destruyó todo ¿y ahora he de disculparme yo?

Enfurecida, rompió la carta. En ese instante, otra vez escuchó la voz del ángel:
Recuerda: unas pocas buenas obras más y alcanzarás el Cielo. De lo contrario, no podrás entrar.

Carmen se detuvo a pensar:
¿Realmente merece la pena?

Finalmente volvió a escribir la carta, añadiendo palabras más cálidas:
No supe comprender lo que vivías. No vi tu miedo cuando perdiste tu trabajo tras tantos años de seguridad. Debiste pasar mucho temor. Recuerdo tus sueños sobre lo que haríamos cuando llegara la jubilación. Podría haberte ayudado a cumplirlos, no haberte forzado a trabajar como taxista, algo que siempre odiaste.

Recuerdo la noche en que destruí tus cartas de amor y quemé tus lienzos. Me enfadaba que te encerrarás con tus pinturas o escribieras versos para mí en vez de buscar otro trabajo. Ahora sé que debí ayudarte a vender esos cuadros eran preciosos y que tu arte era un reflejo de lo que sentías. Yo también tuve miedo. Solo me sentía segura cuando trabajabas en la fábrica. No quise ver tu dolor.

Perdóname, mi querido. Te prometo que todo cambiará desde hoy. Te amo.

Tu esposa.

Cuando Alfonso regresó, enseguida notó que algo en casa había cambiado: el olor, las velas, sus canciones favoritas, y la nota sobre el sofá.
Cuando Carmen salió de la cocina con la fuente de comida, lo vio llorando como un niño. Ella dejó el plato y lo abrazó. No hicieron falta palabras. Lloraron juntos. Luego Alfonso la alzó en brazos y la llevó a la cama, donde se amaron con la misma pasión que el primer día.

Después compartieron la cena y recordaron entre risas anécdotas de la infancia de sus hijos.
Tras cenar, Carmen recogía en la cocina y, mirando por la ventana, vio al ángel en el jardín. Corrió hacia él, llena de emoción y lágrimas.

Por favor, ángel, déjame quedarme un poco más. Quiero ayudarle a recuperar su pasión por la pintura, quiero reconstruir lo que rompí. Te juro que pronto él será feliz. Entonces, podrás llevarme contigo.

El ángel sonrió y le respondió:
No hace falta que te lleve a ningún sitio. Ya estás en el Cielo. Te lo has ganado. Recuerda solo el infierno en que viviste y piensa que, a menudo, el Cielo está mucho más cerca de lo que imaginamos.

En ese instante, escuchó la voz de Alfonso desde la casa:
Cariño, hace frío, ven a la cama. Mañana será un nuevo día.

Y pensó Carmen:
Sí gracias a Dios, mañana será un nuevo día.

Reflexión:

Tú que te quejas por lo que no recibes, ¿has pensado cuánto das tú?
Tú que sufres, ¿has considerado cuánto dolor provocas a otros?
Tú que acusas a otros de ignorancia, ¿te juzgas a ti mismo?
Tú que condenas los errores, ¿eres capaz de ver los tuyos?
Tú que dices ser un amigo sincero, ¿lo eres contigo mismo?
Tú que lamentas lo que te falta, ¿ves todo lo que tienes?
Tú que críticas el mundo, ¿haces algo para mejorarlo?
Tú que sueñas con el Cielo, ¿haces algo para reducir el infierno aquí?
Tú que alardeas de humildad, ¿eres realmente humilde?
Tú que condenas el mal, ¿difundes el bien?
Tú que te quejas de la indiferencia, ¿das tú amor?
Tú que temes la pobreza, ¿haces buen uso de lo que tienes?
Tú que te hieres con espinas, ¿plantas rosas?
Tú que temes la oscuridad, ¿enciendes alguna vez la luz?
Tú que solo te miras a ti, ¿te ocupas de los demás?
Tú que te sientes pequeño, ¿intentas crecer?
Tú que temes la soledad, ¿ofreces a alguien tu compañía?
Tú que temes la enfermedad, ¿cuidas de tu salud?
Tú que anhelas la paz, ¿fomentas la reconciliación?

Recuerda: a veces el Cielo está ahí, en el abrazo que das, en el perdón que ofreces, en el gesto de amor que transforma un día y un destino.

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Una hermosa reflexión… hasta faltan las palabras