La ilusión de la traición

La ilusión de la traición

¿De verdad quieres que vaya contigo? preguntó Esteban, ladeando la cabeza mientras miraba a Lucía con una sonrisa cálida, ligeramente burlona. Sus ojos chispeaban con curiosidad y en su voz se percibía una pizca de sorpresa. Claro que quiero conocer a tu familia, pero

Por supuesto respondió ella, arreglándose un mechón del cabello. Sus mejillas se tiñeron de un suave rubor y se aferró con delicadeza a la mano de Esteban, entrelazando sus dedos. ¡Tienen que verte! Les he hablado tanto de ti que mi madre cree que ya eres casi uno más de la familia. ¡Ayer incluso me preguntó cuál es tu plato favorito! ¿Te lo imaginas?

Esteban sonrió, no se quejó. Le resultaba curioso y, en el fondo, agradable que Lucía se sintiera tan orgullosa de él. Ella, veinteañera, vivaz, con una sonrisa luminosa y unos ojos que centelleaban cuando le miraba, le parecía como la primera tarde cálida de la primavera después de un largo invierno. Sin darse cuenta, en apenas unos meses, ya se sentía parte del mundo de Lucía, un mundo repleto de risas, paseos espontáneos y optimismo inagotable.

Aquel domingo lució soleado, aunque el aire fresco anunciaba que el otoño se acercaba a Madrid. Lucía eligió su vestido favorito de pequeñas flores, resaltando su alegría y juventud, mientras que Esteban optó por unos vaqueros y una camisa, buscando el equilibrio entre informalidad y respeto por la familia de Lucía. De camino a casa, ella miraba constantemente a Esteban, como temiendo que cambiara de opinión a última hora. Sus dedos jugaban inquietos con el dobladillo del vestido.

¿Estás nerviosa? adivinó Esteban, apretándole suavemente la mano, tratando de transmitirle calma.

Un poco confesó Lucía, bajando la mirada. Es que es un momento importante. Quiero que todo salga perfecto. Estoy segura de que a mis padres les vas a encantar, pero también está Alba mi hermana. Me tiene mucha envidia, ¿sabes? Porque ella no tiene pareja. Y yo bueno, me preocupa todo.

Alba, cinco años mayor, alta, elegante, con el cabello oscuro recogido en una cola de caballo perfecta, estudiaba el último año de Derecho y trabajaba a media jornada en un despacho del Paseo de la Castellana. Siempre tan adulta, tan seria Y, aunque Lucía no lo podía evitar, le angustiaba la idea de que a Esteban le pudiera atraer su hermana. ¡No podía permitirlo!

Cuando entraron al piso, Lucía enseguida notó algo distinto en Alba: iba vestida mucho más arreglada que de costumbre, con un vestido escotado, tacones y un maquillaje sutil que resaltaba sus rasgos. Estaba de pie ante el espejo del recibidor, colocándose los pendientes, y parecía no esperarles aún. El ambiente se tensó, casi podía palparse.

Vaya dijo Alba, alzando una ceja e impostando una voz distante y fría. Habéis llegado antes de tiempo. Os esperábamos en una hora.

Hemos acabado antes replicó Lucía, arrugando el gesto. ¿Pensabas salir?

Sí, voy a cenar con unas amigas al barrio de Chueca respondió Alba, lanzando una fugaz mirada a Esteban. Parecía guapo, su hermana tenía suerte. Pensaba irme antes de que llegarais.

Esteban, hasta ahora callado, sonrió y dijo para rebajar la tensión:

Estás guapísima.

Lucía sintió un nudo en el estómago. Conocía de sobra aquel tono: ligero, sincero, admirado. Y sabía también lo bien que Alba sabía causar impresión. Las pulsaciones de Lucía se aceleraron y las manos le sudaban.

Gracias contestó Alba, devolviendo la sonrisa con austeridad, aunque sin ningún flirteo. Aceptó el cumplido como si fuese rutina, como si nada.

Pero a Lucía aquello le bastó. Una oleada de celos la invadió, inesperada y punzante.

Claro, por supuesto dijo Lucía, alzando la voz, irónica. Siempre tienes que ser el centro de todo, ¿verdad? Incluso el día que traigo por fin a mi novio. Parece que sea una competición.

Lucía Alba suspiró cansada, a punto de perder la paciencia. No pensaba estar en casa. Solo has sido tú que montas estos numeritos por todo.

¿En ese vestido, en tacones? ¿Para salir con tus amigas? ¡Ya! Seguro. Lo haces para deslumbrar a Esteban. Te da rabia que yo tenga una relación seria y tú no.

Pero ¿qué estás diciendo? Alba alzó las manos, molesta. Su calma empezaba a agrietarse. Siempre he ido así. Es asunto mío. Deja de proyectar tus inseguridades en los demás.

Esteban miraba de una hermana a otra, sin comprender cómo todo se había vuelto tan tenso. ¿Todo esto por un cumplido inocente?

Venga, Lucía, no merece la pena intentó intervenir.

Pero ella ya no escuchaba. Las emociones la abrumaban y no pudo contenerse.

¡Siempre igual! alzó la voz, resonando en el recibidor. Eres mayor, más lista, más guapa Siempre tienes que resaltar sobre mí. ¡Yo nunca importo!

Basta ya murmuró Alba, oscurecida por el enfado. Esto no es un maldito concurso. Lo es solo en tu mente.

Quizá solo para mí, pero es la verdad. Ahora las lágrimas luchaban por salir, pero Lucía las contuvo con rabia.

En ese momento, los padres aparecieron. El padre, Mariano, en jersey de punto y con el diario de *El País* en la mano, se detuvo en el umbral. La madre, Pilar, se asomó con las manos aún húmedas del delantal, el rostro marcado por el cansancio de quien ha presenciado demasiadas discusiones.

¿Pero qué ocurre aquí ahora? inquirió Mariano, pero sin demasiado interés, como si el conflicto fuera ya rutina.

Mamá, papá Lucía se dirigió a ellos, la voz rota. ¡Mirad a Alba! Se ha arreglado solo para fastidiarme, para quitarme a Esteban y demostrar que es mejor que yo

Pilar suspiró, clavó la mirada en Alba; un gesto más de resignación ante la situación que de verdadero reproche.

Alba, hija, qué necesidad Sabías que Lucía iba a presentar a Esteban, podrías haberte vestido con menos ganas de exhibirte.

Mamá, por favor. Alba cruzó los brazos, conteniendo la rabia. Me iba a ir, de hecho quiero irme. No tengo por qué estar soportando que siempre se me acuse de todo.

¡Lo veis! chilló Lucía, señalando a su hermana. Encima se hace la víctima.

Esteban retrocedió, buscando aplacar los ánimos.

Por favor, todos ¿Podemos calmarnos y hablar tranquilamente? Sois familia. Esto no tiene sentido

Pero Lucía estaba fuera de sí. Se abalanzó hacia Alba y tiró del vestido con rabia. El tejido cedió y se rasgó feamente por el hombro.

¿Es que te has vuelto loca? preguntó Alba, la herida en la voz. Deberías mirártelo.

¡Tú eres la loca! gimió Lucía, temblando de furia. ¡Sé cómo le miras! Lo haces para gustarle.

No me interesa en absoluto. Alba dio un paso atrás, el tono duro y frío. Solo ves fantasmas donde no los hay.

Los padres observaban sin moverse. Mariano rescató el periódico, fingiendo ignorancia. Pilar negó con la cabeza:

Alba, por favor, sé más considerada. Es tu hermana. Deberías entenderla.

¿Considerada? Alba apretó los puños, el tono quebrado. Me iba a ir y ella monta este drama armado de sus películas.

Ya nadie escuchaba argumentos. Lucía se giró a Esteban, casi suplicante.

Díselo tú, Esteban. ¡Díselo! ¡Ella tiene la culpa!

Él bajó la vista, incómodo.

Lucía, esto ha sido un malentendido. No veo en Alba otra intención. Y me duele que esto acabara así.

Sus ojos se llenaron de tristeza y rabia:

¿Te pones de su lado? ¿Después de todo lo que te conté? ¿De todo lo que he hecho por ti?

Esteban tomó aire, buscando las palabras.

No estoy de parte de nadie levantó las manos, en gesto conciliador. Solo que no entiendo cómo hemos terminado así. Podía haber sido una noche bonita, pero todo se ha torcido.

Alba esbozó una sonrisa amarga.

Exacto. Gracias por arruinar la velada, Lucía. Sabes cómo montar un buen ambiente.

Tocó con manos temblorosas el roto de su vestido. Ya no parecía la segura de siempre, sino una mujer extenuada de tanto conflicto y reproche.

Lucía permaneció inmóvil. Miraba alternativamente a Esteban y a Alba, un torbellino de emociones en el rostro: ofensa, rabia, confusión y, muy al fondo, vergüenza.

No No quería susurró, pero sonó hueco, falso, hasta para ella.

Pilar se acercó y apoyó la mano en el hombro de Alba:

Ven, hija, a ver si puedo coserte el vestido

No te preocupes, mamá se apartó Alba. Me cambio y me voy. Ya me esperan.

Mariano dejó el periódico por fin. Su voz, tranquila pero firme, sorprendió:

Quizá todos necesitamos calmarnos. Lucía, podrías pedirle perdón a tu hermana; Alba, podrías intentar entenderla. Lucía es muy sensible.

Pero ya era tarde. La semilla de la desconfianza y la amargura había arraigado.

A partir de ese día, la casa en el barrio de Argüelles nunca volvió a ser la misma. Al poco, mientras le hacían obras en su piso, Esteban se instaló unos días con Lucía: los padres les dejaron una habitación, y Alba se quedó en la suya, pero entre las hermanas se instaló un hielo invisible, frío. Cada mirada, cada palabra estaba impregnada de rencor.

Una mañana, Lucía encontró a Alba en la cocina, preparando una infusión y repasando apuntes: ese día tenía un importante examen de Derecho Civil.

Lo haces adrede musitó Lucía desde el umbral, la voz impregnada de rabia. Esperas a que entre Esteban para presumir de lo aplicada que eres.

Alba dejó la taza en la mesa. Lucía la vio como nunca: agotada, ojerosa, con algún pelo blanco asomando en el flequillo.

Lucía habló Alba, baja pero firme. Solo quiero tomar mi té tranquila. Tengo un examen muy serio hoy. Me juego mucho.

¿Examen? ¿O excusa para lucirte delante de él? insistió Lucía, fingiendo fortaleza, pero por dentro algo se le quebraba.

¿Hasta cuándo? Alba se giró, la voz ya temblaba de pura contención. ¿Por qué lo tienes que convertir siempre todo en un circo? ¿Y si simplemente te alegraras por ti, o por mí, alguna vez?

¡Porque siempre has sido mejor! sollozó Lucía. Más lista, más guapa, más mayor Y ahora eso, querer quitarme al único que me quiere de verdad.

Alba se quedó petrificada. En sus ojos relampagueó algo parecido al dolor, una herida muy antigua. Pero enseguida recompuso el gesto, fría y distante.

Si así lo crees dijo apenas en un susurro, insulsa. No tiene sentido quedarme.

Entró en su cuarto y empezó a meter ropa en una bolsa. Lucía la vigilaba desde la puerta, sin saber qué decir. En el fondo sabía que había ido demasiado lejos, pero el orgullo le superaba.

Al día siguiente, Alba se marchó. Llamó a una amiga de la Complutense que vivía en Chamberí y le pidió refugio; la amiga no preguntó nada, solo abrió la puerta. Sabía que a veces hay que escapar para poder respirar.

Los primeros días fueron duros. Alba echaba de menos el café de su padre, la rutina familiar, hasta los suspiros eternos de su madre. Pero con el tiempo notó cómo se quitaba un peso de encima. Empezó a vivir a su ritmo, levantándose temprano, estudiando sin interrupciones, yendo a clases, cenando con amigas en Lavapiés, viendo atardecer sobre el Templo de Debod.

Los padres llamaron un par de veces: siempre concluían que Alba exageraba, que todo era por culpa suya, que debería volver y pedir perdón, que Lucía era frágil y, en el fondo, la necesitaba. Cansada, dejó de contestar

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Pasaron dos meses. Lucía y Esteban seguían juntos, pero la relación hacía aguas. Los celos de Lucía la devoraban y cada discusión era un hachazo más. Esteban intentaba hablar, hacerle ver que el problema no era Alba, sino su propia inseguridad, pero ella rechazaba cada palabra. Veía conspiraciones donde solo había rutina cotidiana.

Hasta que, una tarde, Esteban hizo la maleta.

No puedo más dijo sin rabia, simplemente agotado, plantado en el recibidor. No me dejas respirar. Cualquier cosa que digo o hago, la retuerces y te lo tomas a mal. Me paso el día justificándome de cosas que no he hecho.

¿Te vas? susurró Lucía desde el salón, paralizada, con las manos muertas a los costados. ¿Por ella? ¿Por Alba?

No es por ella Esteban se pasó la mano por el pelo, resignado. Es por ti. No distingues la realidad de tus miedos, levantas muros y luego te extraña que no sepa llegar hasta ti.

Se marchó. El portazo de la puerta resonó como el eco de una vida rota. Lucía se desplomó en el suelo, apoyó la espalda en la pared y por fin lloró a solas, lágrimas amargas y necesarias.

Aquella noche, por primera vez, se preguntó: ¿Y si Alba realmente no tuvo la culpa de nada? ¿Y si toda esta lucha solo existía en mi cabeza? ¿A cuánta gente importante habré alejado por mi obsesión y mis celos?

Cuando los padres se enteraron de la marcha de Esteban, se preocuparon pero no exactamente por Lucía, sino por el día a día. El ambiente en la casa se enrareció aún más. Lucía dejó de ayudar, pasaba las horas encamada en su habitación, de mal humor, viendo series, ignorando a todo el mundo.

Mamá, ¿cómo quieres que aspire la casa si estoy destrozada? se quejaba tapándose la cara con el almohadón, la voz ahogada de sollozos.

Pilar siempre respondía con un suspiro y seguía limpiando, en silencio, evitando demostrar su tristeza. Los días pasaban y poco a poco en casa todo costaba más sin Alba. La nevera vacía, la ropa sin doblar, el salón tomado por el polvo Y Lucía, mientras tanto, seguía aislada en sus redes, perdida en Netflix, sola en su bucle.

Al final los padres llamaron a Alba.

Esta contestó con retraso, desde la biblioteca de la universidad, en medio de una maratón de estudio.

Alba, hija dijo Pilar, con una dulzura desconocida, casi suplicante. Hemos pensado ¿no podrías volver a casa?

Alba apretó el móvil, mordiéndose la lengua.

¿Volver? ¿Para qué?

Hija, Lucía no levanta cabeza y a tu padre y a mí ya nos cuesta. Sabes que tiene peor la espalda, yo tampoco soy joven…

Mamá la voz de Alba era cordial pero firme. Gracias por querer que vuelva. Pero ya tengo mi vida aquí. Mi trabajo, mis estudios, mis decisiones. No puedo fingir que nada ha pasado. No puedo olvidar aquel día, el vestido roto, las acusaciones sin sentido.

Pero ahora que Esteban se ha ido seguro que todo mejora, podrás reconciliarte con tu hermana

Mamá, no era cuestión de Esteban replicó Alba, bajando aún más el tono, segura. Era cuestión de cómo pasan las cosas. Vendrá otro chico, y volveremos a lo mismo. Prefiero vivir tranquila.

Un largo silencio. Pilar no esperaba esa negativa.

¿Así que nos abandonas? dijo al cabo, más ofendida que apenada.

No os abandono. Vivir por mi cuenta no es abandonar. Y además hizo una pausa. Estoy conociendo a alguien. Se llama Daniel. Vive en Malasaña, es informático. Todo va bien. De momento, no quiero presentároslo No quiero más numeritos de Lucía.

Un largo silencio volvió a la línea.

Bueno me alegro por ti logró decir Pilar.

Gracias, mamá. Os lo cuento porque quiero que os alegréis de mi felicidad.

Colgaron. Alba miró a su alrededor: universitarios concentrados, olor a café, bullicio madrileño. Ese era ya su mundo, y sonrió sintiéndose, por primera vez en años, ligera como un pájaro.

Daniel la esperaba a la salida con una sonrisa. Alba, cruzando la puerta, sintió un calor que no se parecía en nada al que había sentido años atrás en su propia casa.

¿Todo bien? le preguntó él, atento.

Sí. Me llamó mi madre querían que volviera.

Daniel le apretó la mano, sabiendo de memoria su historia.

¿Y has dicho que no?

Exacto. Porque ahora tengo una vida aquí. Y te tengo a ti.

Entonces, ¿ponemos rumbo a la Latina? sonrió él. Nos esperan los amigos, quieren decidir dónde ir el fin de semana.

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Lucía, sola en casa, sin Esteban ni Alba, empezó poco a poco a ver que el problema no estaba en su hermana. Más a menudo revivía en la mente el instante en que le rompió el vestido, la cara congelada de Alba, sus propias manos temblorosas. Pero no conseguía tragarse el orgullo y llamar para pedir perdón. Se cerró cada vez más, apática, sumida en la pantalla del móvil.

Una tarde, Pilar no pudo más.

Lucía dijo muy seria en el umbral. No puedes quedarte ahí eternamente. Tienes que recomponerte. No podemos vivir por ti.

¿Y qué hago? Lucía no levantó la vista. Se fueron los dos; nadie me escucha, siempre estáis con Alba.

Te escuchamos. El padre, Mariano, entró en la habitación, hablando más claro que nunca. Pero tienes que asumir No puedes culpar a todos de lo que te sucede. Has alejado tú a tu hermana, a Esteban. Construiste tu propia muralla.

Por primera vez, Lucía les miró realmente: la madre envejecida, los ojos y la espalda gastados del padre. Le temblaron los labios.

Quizá tengáis razón susurró. Pero ¿cómo cambio esto?

Empieza poco a poco Pilar se sentó junto a ella y le cogió la mano con ternura. Mañana ayúdame con la casa. Luego llama a Alba, discúlpate. Sin esperar milagros, pero sin quedarte bloqueada.

¡No pienso pedirle perdón! protestó Lucía, furiosa. ¡No he hecho nada!

Pilar solo negó con la cabeza. Tenía asumido lo difícil que sería para su hija encontrar la paz. Pero, quizá, algún día entendería lo esencial: que nadie gana cuando se vive atrapado en la ilusión de la traición.

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