Lo que vi desde la ventana de la cocina

Lo que vi desde la ventana de la cocina

¿Álvaro, ya has guardado las camisas limpias? He visto que aún hay un par dobladas sobre la mesa después de planchar.

Tranquila, Catalina, ya lo hago yo. No te preocupes tanto.

No me preocupo, solo te pregunto. Y, ¿a qué hora sales?

Después de comer, supongo. Sobre las tres, más o menos.

Catalina estaba junto a la vitrocerámica, removiendo unas gachas de avena que en realidad ni le apetecían. Sus manos seguían con esa rutina por inercia, mientras su cabeza vagaba por otros derroteros. La ventana de la cocina estaba abierta y entraba ese aire húmedo de abril, tan propio de Madrid, con olor a asfalto mojado. Desde la azotea de algún edificio cercano, el incesante plop-plop de las gotas la tenía especialmente nerviosa hoy.

¿Cuántos días estarás fuera?

Como siempre. Cuatro, cinco días. Puede que alguno más si la cosa se alarga.

Vale.

Sirvió la avena en los cuencos, igual que siempre, y colocó la gran taza que tanto gustaba a Álvaro. Le sirvió café, bastante leche, sin preguntar porque llevaba ya siete años viéndolo beberlo igual, con dos cucharadas de azúcar y esa leche que casi lo dejaba color crema.

Álvaro estaba sentado frente al móvil. Ahora el ritual matutino era inseparable de la pantalla: antes Catalina intentaba sacar conversación, pero acabó por dejarlo estar. Había aceptado que la vida era así, que al café de las mañanas se unía invariablemente el teléfono.

Oye, Álvaro le dijo al acomodarse frente a él. Como te vas otra vez, quería hablarte de algo.

¿De qué? levantó la vista, pero no apartó el móvil.

He pedido cita con la doctora Beatriz Vargas. Ya sabes, la ginecóloga. Quiero revisar lo del bebé, hablar otra vez.

Álvaro dejó el móvil en la mesa, pantalla abajo. Joder, mal asunto, Catalina ya sabía que eso era señal de que el tema no le apetecía nada.

Cata, de verdad, ya hemos hablado mil veces de esto…

Sí, sí, lo sé. Pero quiero que lo hablemos de nuevo.

¿Otra vez? ¿Sabes la edad que tienes? No lo digo mal, es que te conservas fenomenal pero…

Tengo cincuenta y dos, pero no es el fin del mundo.

Cata… dijo su nombre con ese tono que usaba con los niños para cortar discusiones. Deja el tema, anda.

Vale, vale… cedió al fin.

Se comió la avena en silencio. Tibia, insípida. Afuera las gotas no cesaban. Álvaro volvió a su móvil.

Al cabo de un rato, terminó de desayunar y se fue a la habitación a preparar la maleta. Catalina fregó los platos, dándole vueltas a esa conversación que ya había repetido, quizá, veinte veces en siete años. Siempre la misma respuesta, solo disfrazada de frases nuevas: ya veremos cuando estemos asentados, ahora no es el momento, en el curro estoy fatal, piensa en tu salud, ya no tienes treinta. Siete años. Tenía cuarenta y cinco cuando se casaron, pensaba que aún les quedaba tiempo; que si Álvaro, tan cariñoso y seguro, solo necesitaba esperar un poco.

Secó las manos con el trapo que colgaba de la manilla del horno, uno con unos gallos bordados que llevaba colgado años y ya estaba completamente desgastado y perdiscolorido. Pensó que tenía que comprarse uno nuevo.

Álvaro apareció por el pasillo con la bolsa de viaje.

Ya casi estoy. ¿Has visto mi jersey gris?

En el armario, segunda balda a la derecha.

Cierto. Fue, buscó, se oyó la puerta del armario. ¡Lo tengo!

Se puso la cazadora. Ella le ayudó a colocar bien el cuello, como hacía siempre. Él le dio un beso en la mejilla.

Te llamo esta noche, ¿vale?

Cuídate mucho.

Siempre.

Se quedó de pie escuchando el ascensor y el portazo del portal. El silencio fue inmediato.

Catalina volvió a la cocina. Se sirvió más café y se apostó en la ventana. Daba a una calle lateral, con una hilera de coches aparcados: el compacto gris del vecino del tercero, el viejo Seat 127 de algún jubilado, y un par más. El cielo de Madrid, blanco y gris, hacía que la luz fuera plana, como de foto antigua.

El coche de Álvaro, el suyo, estaba, curiosamente, aparcado junto al portal del edificio de al lado.

Parpadeó perpleja. Miró otra vez. No era un error: reconocía la matrícula de memoria. ¿Por qué estaba ahí? Se suponía que se iba de viaje…

¿Había subido a despedirse de alguien? ¿Pero de quién? Nunca tuvieron mucha relación con los vecinos, apenas saludos en el ascensor.

Dejó la taza a un lado y siguió mirando.

Diez minutos. El coche seguía ahí.

Entonces del portal salió una mujer. Joven, no más de treinta y cinco, con una cazadora azul y el pelo oscuro recogido en una coleta. Llevaba en brazos a un niño, pequeño, unos tres años apenas, enfundado en un mono rojo con un gorro con pompón. La mujer le hablaba al niño, lo apretaba contra sí y el pequeño alargaba las manitas hacia su cara.

Catalina observaba sin entender del todo. Solo miraba.

De repente se abrió la puerta del conductor y salió Álvaro.

Se acercó a la mujer, cogió al niño en brazos, lo levantó e hizo reír al pequeño. No es que se oyese el sonido a través del cristal, pero Catalina pudo ver esa mirada de felicidad del crío al echar la cabeza atrás. Álvaro lo achuchó, le rozó la mejilla y luego lo devolvió a su madre. Luego le dijo algo a la mujer, ella respondió. Él le cogió la mano y se la llevó a los labios.

Le besó la mano.

Catalina sintió como si dentro del pecho se estuviese vaciando algo muy despacio. No era una ruptura con estrépito, no, era como si una estantería mental, ahí dentro, fuera soltando uno tras otro todos los recuerdos y cosas guardadas, deslizándose hacia el fondo. En silencio.

No se apartó de la ventana. Vio cómo Álvaro abrazaba otra vez al niño, la mujer le acomodaba el gorro. Se despidieron. Subió al coche y se fue.

La mujer con el niño se quedó un rato quieta en el portal, mirando el coche alejarse. Luego el crío tiró de ella y se marcharon juntos.

Catalina se sentó en el taburete, se miró las manos sobre las rodillas. Manos normales, algo cansadas, con el anillo de casada todavía puesto.

Pensó que su café ya estaría del todo frío.

Tiró lo que quedaba por el fregadero y dejó correr el agua caliente.

Necesitaba pensar. Pero primero necesitaba hacer algo con esa sensación de estantería que se vacía. Porque sabía que si se derrumbaba en ese momento, si se ponía a llorar o a gritar o llamaba a Álvaro para montar un escándalo, no sería lo correcto. No por no llorar: sino porque aún no sabía todo. Había visto algo. Pero, en el fondo, ya sabía todo.

Se enfundó el abrigo azul que llevaba colgado en el perchero, cogió el bolso y las llaves y salió. Necesitaba aire, caminar, no importaba hacia dónde.

Fuera estaba húmedo, el asfalto relucía a causa de la lluvia y los charcos reflejaban el cielo blanco. Caminó sin rumbo: pasó frente al supermercado, la peluquería, la farmacia. Ante la farmacia, una señora alimentaba a una perrita diminuta con trozos de algo, la perrita los tomaba muy despacito, casi con mimo.

Siete años.

Eso pensaba Catalina mientras andaba. Siete años viviendo junto a alguien sin saber. O sin querer saber. Se preguntaba si había signos, pistas a las que no prestó atención.

Los viajes, casi uno cada mes. Siempre pensó que era por el trabajo: Álvaro se ocupaba de logística, reuniones, viajes. Nunca dudó. Ni una vez.

El móvil, siempre pegado a él. Catalinalo atribuía a la costumbre.

Las negativas suaves a hablar de tener un hijo: por la edad, el cansancio, por no asumir nuevas responsabilidades. Catalina quería ser comprensiva, no presionarle.

Pero ya había otro niño.

Pequeño, de tres años: así que aquello llevaba al menos cuatro. Llevaban tres años casados cuando eso empezó.

Catalina se sentó en un banco del pequeño parque donde unas tilas apenas empezaban a brotar. Se sentó, sacó el móvil, lo sostuvo un rato y lo volvió a guardar.

¿Qué haría cuando Álvaro volviera? Llegaría en cuatro o cinco días, como siempre, con algún regalito, su cuento de reuniones, cara de cansado. Se sentaría en el sofá, pondría la tele. Diría: “¿Qué tal por aquí?”

¿Cómo que qué tal?

Se quedó mirando las ramas desnudas de los tilos. Ya reventaban, listas para abrirse en verde con el mínimo calor.

No pensaba ni en la traición de Álvaro, ni en la mujer morena, ni en el niño del mono rojo. Pensaba solo en ella: en esa Catalina que había esperado siete años, que había aceptado, que aguantaba, convencida de que amar de verdad era tener paciencia; no presionar, sino esperar.

Eso hizo.

En la casa, el silencio era más profundo cuando Álvaro no estaba. Nunca había sido ruidoso, apenas notabas si iba o venía; pero su presencia daba calidez, como otro latido, un ruido de fondo que ahora faltaba.

Catalina fue al salón y se quedó un buen rato de pie. Los libros en la estantería, los suyos y los pocos de él. Sus zapatillas por el sillón. Esa manta escocesa azul y verde que le regaló ella el último cumpleaños. La sostuvo un instante. Era suave, de buena lana.

Volvió a su sitio.

Luego se metió en el trastero. Sacó una escalera y desde la balda de arriba bajó una caja nunca abierta desde la mudanza. Dentro había libros, carpetas con papeles, una caja de fotos antiguas.

Se sentó en el suelo de la despensa, piernas recogidas, mirando fotos. Ella, con treinta, delgada y sonriente, mirando a otro lado. Una pandilla, ya ni recordaba de quién. Sus padres en la playa, jóvenes y felices. Una foto con su amiga Inés, abrazadas en un parque: Inés debía tener cuarenta, ella algo menos; ambas riendo. Inés tendría ahora unos cincuenta y seis.

Había que llamarla. Pero no ahora.

Guardó las fotos, cerró la caja y bajó. Se fue al baño a mojarse la cara. Se miró en el espejo: mirada cansada, esa piel cuidada por la que siempre la habían felicitado, primeras arrugas junto a los ojos y los labios. Pelo oscuro con canas, cortado a la altura del hombro. Una mujer normal de cincuenta y dos.

La traición no deja huella enseguida. De principio solo piensas: así que esta eres ahora. La mujer engañada siete años, la que soñaba un hijo mientras el marido criaba otro.

Fue a la cocina. Tocaba preparar la comida.

Los siguientes cuatro días vivió en una especie de desdoblamiento. Por fuera, todo igual: preparar comidas, limpiar, hacer la compra, llamar a su madre. Álvaro llamaba cada noche, como prometía. Tranquilo, contando anécdotas de negocios, preguntando cómo estaba ella. Catalina respondía que bien, que todo estupendo, que el tiempo horrible, que había comprado un trapo nuevo para la cocina. Él reía. Ella también. Lo peor de todo era lo fácil que le salía.

Por dentro sucedía otra vida.

Pensaba. Ordenaba todo en su cabeza, revisaba, cotejaba detalles: esas tardes en que Álvaro volvía distinto más tierno, o distraído, lo atribuía al cansancio. Ahora comprendía: venía de estar con ellos.

Pensó en la mujer morena, joven, muy poco mayor de treinta y cinco, segura de sí misma, guapa quizá. No le dio tiempo a fijarse mucho, pero la impresión quedó: una mujer que sabía estar en su sitio, en el sitio que era junto a su marido.

Y el niño, ¿era chico o chica? No vio bien. Álvaro jamás mostró afecto así a los niños delante de ella. Decía que no sabía manejarse con ellos. Ella lo creyó.

Al tercer día llamó a Inés.

¿Puedes pasarte?

Claro, ¿qué pasa? Te veo rara…

Ven, te hago un café.

Apareció en una hora. Vivía cerca, compartían la misma ruta al mercado. Amistad de veinte años, desde que trabajaban juntas; las circunstancias cambiaron, pero no la amistad.

Inés entró, dejó el abrigo, la miró un segundo.

Cata, ¿qué te pasa?

Ven, a la cocina.

Se lo contó todo, sin adornos. Inés escuchó en silencio, solo le apretó la mano de vez en cuando. Al acabar, se hizo un silencio largo.

Dios mío susurró al fin.

Sí.

¿Estás segura? ¿Seguro que era él?

Inés, llevo siete años viendo ese coche. No me equivoco.

¿Y qué vas a hacer?

Estoy pensando.

¿Tal vez hablarlo directamente con él?

Hablaré. Cuando vuelva.

Eres fuerte por aguantar así. Pero no lo lleves sola, ¿vale?

Solo te pido que estés cerca, eso basta.

Se abrazaron, un abrazo apretado de los de toda la vida.

Aquí me tienes, cuando sea.

Cuando Inés se fue, lavó las tazas y apagó la luz de la cocina. Se tumbó en la cama sin desvestirse, mirando el techo.

En siete años había construido lo que pensó era real. No perfecto, pero real. Esas costumbres pequeñas: el café, la avena. Pensaba que ahí estaba la base, no la pasión, sino el juntos.

Y mientras ella lo construía, él construía otro juntos a dos manzanas.

Cerró los ojos. Afuera empezó a llover, una lluvia discreta, de primavera, muy tranquila.

Álvaro regresó el quinto día por la tarde. Esta vez llamó al timbre, aunque tenía llaves. Catalina abrió.

Ya he vuelto dijo, cansado, con una sonrisa casi doméstica. Dejó la maleta y se acercó a besarla.

Espera le paró ella.

Él quedó quieto.

¿Qué pasa?

Pasa al salón, por favor. Debemos hablar.

Él en el sofá, ella frente a él, con el jarrón de tulipanes de papel uno de esos que hizo una tarde por aburrimiento de por medio.

Álvaro, el día que te fuiste te vi desde la ventana. Estabas junto al edificio de al lado, con una mujer y un niño en brazos.

Él la miró en silencio. No de quien va a negar o excusarse, sino de quien calla porque no puede decir otra cosa.

Álvaro…

Catalina dijo él.

No quiero discusiones. No quiero gritar ni llorar ni pedir explicaciones. Solo quiero una respuesta. Ese niño, ¿es tuyo?

Silencio.

Sí respondió él.

Catalina asintió. Nada nuevo. Solo la confirmación.

¿Cuántos años tiene?

Tres.

¿Lleváis mucho tiempo?

Cata, por favor…

Te pregunto.

Él bajó la mirada.

Cinco años.

Cinco años. Eso hacía dos antes de que naciese el niño. Cuando apenas llevaban casados dos años.

Ya veo dijo Catalina.

Catalina, te juro que no quise hacerte daño, no fue planeado…

Las cosas nunca salen solas durante cinco años repitió, sin sarcasmo.

Entiendo lo que estás pensando.

No creo.

Cata, yo…

Álvaro se levantó, no insistas. No me expliques nada. Yo ya lo he visto todo. Lo he visto todo.

Estaba asombrada de no llorar. Sentía una especie de claridad helada, ese aire después de la tormenta.

Voy a recoger unas cosas. Lo esencial. El resto lo cojo otro día, cuando lo acordemos.

¿A dónde vas a ir?

A casa de mi madre. Luego ya veré.

Catalina, espera, podemos hablar. Puedo explicártelo.

Ya está explicado.

Fue al dormitorio, sacó la maleta pequeña, metió ropa, documentos, el neceser, ropa interior, calcetines, un jersey grueso por si acaso. El libro de la mesilla. La foto de los padres en la playa, en la vieja marcosita de madera. Su perfume favorito. El cargador.

Él la observaba apoyado en el quicio.

Catalina, no puedes irte así, en silencio

¿Cómo tengo que irme entonces?

No respondió.

Cerró la maleta, cruzó el pasillo, se puso el abrigo azul y las botas cómodas. Tomó la maleta.

Volvió un momento al salón, se acercó a la mesa de los tulipanes de papel, se quitó el anillo de casada y lo dejó junto al jarrón. Con delicadeza.

Luego fue al recibidor, cogió las llaves, separó la de casa, la dejó en la entrada.

Catalina su voz sonó apagada.

Te deseo lo mejor, Álvaro. De verdad.

Y se fue.

En el ascensor miró su reflejo borroso en el metal. Bajó a la calle.

Hacía fresco. Caminó a la parada del bus con la maleta. Iba a casa de su madre, que vivía en otro barrio, cuarenta minutos de trayecto.

Ningún escándalo, ningún grito. Más tarde, durante meses, recordaría justo eso: que se fue en silencio. No por resignación o por perdón, sino porque esa fue su decisión, no una réplica ni una venganza. Su dignidad, solo para ella.

En la parada soplaba viento. Se subió el cuello del abrigo.

Pasó un año.

El pueblo, la ciudad pequeña, parecía la misma: las mismas tilas en la Gran Vía, ahora llenas de hojas, las mismas tiendas, la farmacia en la esquina, la misma anciana del perrillo. En los pueblos y barrios pequeños todo se mueve despacio, y a veces eso es lo mejor.

Ahora alquilaba un pisito modesto al otro lado de la ciudad. Dos habitaciones y ventana a un patio con jardín: el jardín era de la casera, María, que vivía abajo y plantaba fresas y phlox. Ese olor de phlox en verano le encantaba, abría la ventana al amanecer y respiraba hondo.

Había montado su pequeño negocio: una tiendecita-taller. Al principio, confusión, llamadas a su madre y a Inés, reuniones con el abogado para el divorcio, pero hacia octubre, cuando todo lo legal ya estaba resuelto y el interior se calmó, recordó los tulipanes de papel.

Siempre se le dieron bien las manualidades: coser, tejer, la cerámica, incluso fue un año a un taller de mimbre. Por hobby más que nada. Pero de repente pensó: ¿por qué no intentarlo en serio?

Llamó a Inés.

Quiero abrir una tiendita de decoración.

¿Qué tipo?

Decoración hecha a mano, adornos, cosas para casa. Se me dan bien muchas cosas, quiero empezar pequeña. Sin empleados, una habitación, para mí sola.

¿Sabes que eso cuesta dinero? El local, los materiales…

Tengo ahorrado. Y puedo empezar poquito a poco.

Silencio.

Pues oye, Catalina, no me sorprende nada.

Encontró el local enseguida: un cuartito barato en un edificio viejo del centro. Pintó las paredes de blanco, colgó estanterías, puso una mesa grandota, buenas lámparas. Lo llamó El Taller de Catalina, sencillo.

Al principio venían vecinas, amigas de su madre. Compraban coronas de flores secas, tapices, velas artesanas, posavasos de punto. Luego alguien lo publicó en un grupo local, y así empezaron a llegar más encargos, sobre todo por redes. Las ventas no eran para tirar cohetes, pero daban para pagar el alquiler y vivir tranquila.

Pero lo importante era otra cosa.

Cada mañana se despertaba y pensaba: este día es mío. Solo mío. Yo decido qué hago, a qué hora abro el taller, con quién trato, qué diseño, qué creo. Es un sentimiento tan sencillo y tan grande que no se podía explicar a quien no lo había vivido. Su mañana. Su café. Su agenda.

A Álvaro apenas lo recordaba. Algún día, solo algún detalle: el corte de un abrigo en un escaparate, el aroma familiar de tabaco. Lo notaba, lo dejaba sentir un par de segundos, y seguía adelante. No sentía rabia ni rencor; solo una tristeza muy suave, como por algo que nunca fue. Por ese hijo no nacido, por años dedicados a esperar.

Pero era una pena manejable.

Un día, hacia finales de abril, justo un año después, volvía a casa desde el taller. Atardecía, la calle olía a lluvia y a tierra mojada. Llevaba una bolsa con materiales y pensaba en un nuevo encargo: una joven le había pedido un móvil para el cuarto del bebé, hecho con madera y pompones de lana. Ya lo imaginaba: madera clara, colores pastel, moviéndose suavemente sobre la cuna.

Frente a una cafetería, vio a un hombre, algo mayor, bien vestido, con las sienes plateadas.

¿Catalina? ¿Eres tú?

Se detuvo y lo miró.

¿Tomás?

¡No me lo creo! ¿Cuántos años, veinte o más?

Tomás Martín. Trabajaron juntos en otro tiempo, cuando ella tenía otro trabajo. Muy simpático, siempre inventando cosas. Luego se separaron.

Veinte, sí respondió Catalina. ¿Qué tal?

Sobrevivo. Volví por aquí hace tres años, me cansé de la ciudad grande. Y tú, ¿llevas mucho por aquí?

Nunca me fui.

Eso es verdad, eres de aquí a toda vida. ¿Tienes prisa? ¿Te tomas un café?

Catalina dudó, la bolsa pesaba, el pedido le esperaba, pero…

Perfecto.

Se sentaron junto a la ventana. Ella pidió un capuchino, él café solo. Tomás le contó: trabajó fuera, se casó, se divorció, volvió a casarse, tampoco le fue bien. Se reía de sí mismo, sin amargura.

¿Y tú? ¿Casada?

Lo estuve. Ya no.

¿Hace mucho?

Un año.

¿Difícil?

Cogió la taza caliente, con dibujitos de hojas.

Sí fue honesta, pero hay cosas que duelen y, sin embargo, después piensas: menos mal que sucedió. No porque antes estuviera mal, sino porque ahora estoy mejor.

¿Eres otra?

Se lo pensó.

No creo. Soy, sobre todo… más yo.

Tomás asintió, con una medio sonrisa.

¿A qué dedicas el tiempo ahora?

Tengo un taller. Artesanía de hogar, decoración. Mi propio negocio.

¿En serio? Eso es genial. Siempre hacías cosas así, me acuerdo que en la oficina siempre traías adornitos hechos a mano.

¿Te acuerdas?

Sí, esa mini-jarrita hecha con una botella de perfume pintada…

¡Exacto! La pinté con esmalte de cristales de colores…

Sí, todos decían que era preciosa.

Silencio. Un silencio cómodo, de los que no duelen.

¿Eres feliz? preguntó Tomás de repente.

Catalina miró por la ventana. Ya casi de noche, la calle bajo los faroles era bonita, suave. Pasaba gente: con bolsas de la compra, niños de la mano, paseando.

Feliz no es la palabra dijo. Feliz es para cosas pequeñas, como cuando te sale rico el guiso, o los zapatos no duelen. Lo mío es otra cosa. Y es difícil de explicar.

¿Inténtalo?

Cada mañana voy a mi taller. A veces a hacer encargos, a veces para algo propio. Me siento allí, ante la mesa, y de la nada, poco a poco, mis manos crean algo: de nada a algo. Y es solo mío, nadie me lo da, nadie me lo quita. Eso… supongo que es vivir.

Tomás le sonrió, comprensivo.

Eso parece vivir de verdad.

Los faroles fuera eran rectos y cálidos. Se oía una melodía suave, antigua, dentro del café. Quedaba poco café en la taza, ya frío.

Bueno, Tomás dijo ella, me voy yendo, que mañana madrugo.

Por supuesto le tendió la bolsa de materiales. Me alegro tanto de haberte encontrado.

Yo también.

¿Cómo dices que se llama el taller?

“El Taller de Catalina”.

Sin florituras, ¿eh?

Yo tampoco las tengo.

No digas eso…

Se despidieron en la puerta y se separaron sin mirar atrás.

En casa, las phlox del jardín abajo ya estaban cerradas. Abrió la ventana igual, solo por respirar el aire de abril, fresco y aromático.

Puso el agua para el té, organizó los ovillos en la mesa: rosa pastel, beige, verde menta. Palitos de madera, preparados para el móvil del bebé. Imaginaba los pompones, suaves, balanceándose en la brisa de la ventana abierta.

Preparó el té, lo llevó a la ventana. Miró al patio oscuro, las siluetas de los árboles, la luz dorada de una ventana lejana, un coche perdido en la calle.

Pensó que su vida tras el divorcio no era un derrumbe ni un fracaso. Sin dramatismos, era simplemente otro hecho: cincuenta y dos años, nueva vida, pequeño negocio, pequeña casa, pequeña ciudad. Podía parecer poca cosa a alguien, pero era solo suya.

Cada taza de café por la mañana era suya. Cada decisión, cada paseo, cada conversación. Cada pompón de lana verde menta.

Afuera, el viento jugueteaba en los árboles, suave. Se escuchaba en la lejanía un murmullo de lluvia.

Catalina sostuvo su taza caliente con ambas manos, mirando la oscuridad. Pensando que mañana debería comprar más lana beige, porque ya casi no le quedaba y los encargos aumentaban.

Y, de paso, otro trapo para la cocina. El viejo ya ni parecía suyo.

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MagistrUm
Lo que vi desde la ventana de la cocina