Ya no soy esposa
Manu, Manu, ¿te has tomado hoy la tensión? ¿Y la pastilla? asomó Asunción en la puerta, frotándose las manos en el delantal de cuadros.
Ay, Asun, déjame ya con la tensión, por favor bufó él sin apartar la vista del móvil. Tengo una reunión en una hora. ¿Dónde está mi camisa azul, la de algodón? ¿Está planchada?
Si ayer te planché tres camisas. Tú mismo dijiste que esa había que llevarla a la tintorería, que tenía una mancha
Siempre te equivocas con todo, mujer. No se te puede dejar nada. Venga, tráeme cualquiera. Y hazme un té fuerte, por favor, que tu manzanilla ya me repite.
A Asunción se le tensaron los hombros, pero calló y fue a la cocina.
Tras la ventana, noviembre vestía de gris y lluvia. El bloque de enfrente, de nueve plantas, mostraba hileras de ventanas apagadas; sólo en un par de ellas lucía la luz tenue. Asunción Herrera Jiménez, de cincuenta y seis años, se quedó de pie ante la cocina, viendo hervir el agua en la vieja tetera con el esmalte saltado en la boquilla. Quiso cambiar ese hervidor en primavera pero nunca era el momento.
Sirvió el té, fuerte, como él lo pedía, sin manzanilla ni hierbabuena, en la taza de siempre. Preparó el plato con tostadas pan con mantequilla y queso desde las seis de la mañana. Sin corteza, porque a Manu le daba guerra el estómago. Cortó unos tomates, insípidos en noviembre, pero al menos tenían vitaminas. Lo puso todo en la bandeja y fue al salón.
Manuel Gallego López, de cincuenta y ocho años, jefe de sección desde hacía tres meses, estaba en el sillón absorto en el móvil. Antes fue un ingeniero más, veinte años así. Hasta que Ramiro se jubiló y pusieron a Manu por antigüedad. El cargo traía un plus de doscientos cincuenta euros, despacho propio y, por lo visto, una nueva actitud hacia sí mismo y lo que le rodeaba.
Déjalo ahí asintió él sin despegarse de la pantalla.
Asun dejó la bandeja. Vaciló un segundo.
Manu, tómate la pastilla, anda. Ayer decías que te dolía la cabeza
Ayer, sí, hoy no. Déjalo ya, que tengo que llamar, por favor.
Se retiró al pasillo, junto al perchero donde colgaba el abrigo de él, su propia chaqueta de guata y el paraguas torcido. Se quedó mirando al vacío, sin saber en qué ocupar los minutos de espera. Cogió el trapo y empezó a limpiar el alféizar de la ventana, por ocupar las manos.
Así estaban desde hacía tres semanas. Desde que Manu cobró el ascenso y fue a un curso de empresa en Alcalá de Henares, volviendo cambiado. Más erguido, con corte de pelo nuevo y expresión severa. Ella se alegró ese primer día. Pensó: se ha animado el hombre, qué bien. Pero pronto empezó a notar detalles.
De repente criticaba la comida. Antes comía lo que hubiera, sin más. Ahora decía que la sopa salada, las albóndigas secas, la ensalada de arroz comida de estudiante, no de jefe de sección. Un día comentó, con mirada desdeñosa:
Asun, hay que empezar a preparar cosas decentes. Algo al horno, ensaladas de verdad, no esas patatas aliñadas que repites todos los veranos.
Ella cocinó dorada al horno, preparó ensaladas. Él comió en silencio y parecía que la cosa se calmaba, hasta que al día siguiente volvió enfadado, señalando que la esposa de su nuevo amigo de empresa, Don Alfredo, no trabajaba, se ocupaba de todo en casa y encima tiene un aspecto de señora.
No contestó. Podría haberle recordado que ni ella trabaja, desde que su oficina cerró hace cuatro años. Que despierta a las seis, se acuesta después que él, lleva la casa, pide las recetas en el ambulatorio, espera en la cola de la farmacia para las pastillas de la tensión y del colesterol, que controla que Manu se las tome, que gestiona el cambio de ruedas en invierno porque él no tiene tiempo. Pero no habló. Estaba acostumbrada.
Dos días atrás sucedió algo que rompió su silencio.
Manu llegó cerca de las ocho. Asun retiraba del fuego la sopa de pollo, desgrasada, del segundo hervor, para el colesterol. En la casa olía a eneldo y zanahoria.
¿Tanto has tardado? preguntó ella desde la cocina.
Se alargó la reunión respondió él, quitándose los zapatos de cualquier manera.
La sopa está lista, siéntate.
Entró en la cocina, se asomó a la olla.
Otra vez de pollo.
Manu, el doctor insistió
Ya sé que tengo colesterol alto. Ya no soy un crío. Pero me aburre cenar comida de enfermo.
Ella sirvió la sopa, cortó pan. Él comió, se levantó sin llevar el plato, y fue al salón. Asun fregó los cacharros, limpió la vitrocerámica, barrió las migas. Fue al salón a preguntar si quería compota.
Manu, sentado en el sillón, miraba el móvil. Asun vio una imagen rosa, él giró la pantalla.
¿Compota, Manu?
Levantó la mirada. Se le quedó quieta la cara un momento.
No. Pausa larga. Asun, mírate.
No entendió.
¿Qué?
Digo, mírate. ¿Cuándo fuiste a la peluquería, tú? Esos pelos, la bata esa a cuadros. Pareces una paisana envejecida.
El grifo de la cocina goteaba. En la tele de los vecinos sonaba algo ininteligible.
Manu susurró.
¿Qué, Manu? Te digo la verdad. Ahora tengo compromisos, cenas de empresa, reuniones. Una esposa tiene que lucir y mira tú. En fin.
¿Compromisos? ¿Qué compromisos, si nunca traes a nadie a casa?
¡Justo por eso!alzó el tono, y ese justo por eso retumbó en el aire como un portazo. La esposa de Ramírez, da gusto verla. Arreglada, moderna. Y tú Te has echado barriga, siempre en bata, el pelo sin teñir
Manuel utilizó el nombre completo, raro en ella. Vas a cumplir sesenta. Yo, cincuenta y seis. Ya no somos jóvenes.
¡Por eso mismo!se levantó como si ese fuera el argumento clave. Por eso hay que cuidarse. Yo voy al gimnasio. Y tú todo el día en casa y ni
Todo el día en casa repitió, con voz calmada, extraña, tanto que se sorprendió a sí misma. Muy bien, Manu. Lo he entendido.
Se marchó, cerró la puerta suavemente. En la cocina, guardó el pan, apagó la luz. Sus manos se movían solas, como autómata. Por dentro, algo se desplazó. No roto, no caído; sólo cambiado, como mover los muebles de sitio y notar, de repente, que debió hacerlo hace años.
No durmió esa noche. Oyó a Manu dormitar, mientras ella miraba el techo. Pensaba cuánto tiempo llevaba, años ya, en modo servicio: levantar, cocinar, planchar, limpiar, farmacia, citas médicas, hablar con las especialistas, cambiar ruedas, ya no en el coche lo vendieron cuando él no pudo seguir conduciendo por la tensión, sino en taxi, pagado con su tarjeta. Controlaba las pastillas: para la tensión, para el colesterol, para las articulaciones. Lo anotaba en la libreta, controlaba las fechas para que no faltara nunca nada. El médico lo repetía siempre: sin pausas en el tratamiento.
Ahora él le había dicho que le daba vergüenza mirarla. Que parecía una campesina. Que la de Ramírez era mucho mejor.
Asun miraba el techo. A la una de la mañana pensó nítidamente: basta.
No me voy. No me divorcio. No hago un escándalo. Sólo basta de hacer lo que él ni ve ni valora. Basta de ser recurso del que se tira como grifo: se abre, se usa, se cierra. Ahora le toca a él.
Por la mañana, se levantó a la hora de siempre, a las seis. Se hizo su té de manzanilla, el que a él le disgustaba. Se sentó con el móvil. Buscó por curiosidad la web de la peluquería del centro comercial, esa donde nunca fue por precio. Se pidió cita para el miércoles. Apuntó para sí los cursos gratuitos de marcha nórdica en el parque los martes y jueves. Se los apuntó en el calendario del móvil.
Cuando Manu llegó a la cocina a las siete sólo encontró su taza vacía. El pan en la panera, la mantequilla y el queso en la nevera. Que se sirva él.
¿Y el desayuno? miró a su alrededor.
Tienes pan, mantequilla, el queso en la nevera Asun no apartó la vista del móvil.
Él dudó, se preparó el té, cortó pan y desayunó de pie. Salió a trabajar sin decir nada.
Ella miró la puerta cerrarse y sintió algo parecido al alivio.
El miércoles fue a la peluquería. La estilista una joven de cresta y pendientes le revisó el pelo.
¿Mucho que no te tiñes?
Tres años fácilmente. No tenía tiempo.
Tienes buena cantidad, vamos a dar un color natural y luz. Y cortamos.
Dos horas y media después, se miró al espejo distinta. No joven, pero sí viva. Gastó más de lo habitual: casi sesenta euros. De vuelta, compró una crema buena para la cara, no la barata habitual. Dudó al ver el precio, pensó en la esposa de Ramírez, y la compró.
Manu lo notó. Le miró el pelo. No dijo nada.
Tampoco lo esperaba.
Al poco tiempo se le acabaron las pastillas. Antes, Asun controlaba todo, compraba cuando faltaban. Esta vez vio que no quedaban y puso la caja vacía encima de su mesilla. Que lo viera.
Manu volvió de trabajar, pasó de largo.
Al día siguiente buscó la pastilla y vio la caja vacía.
¡Asun! ¡No hay pastillas!
Ya, lo sé respondió ella desde la cocina.
¿Y por qué no las compraste?
Tienes edad, Manu. Puedes ir tú solo.
Larga pausa.
Tengo trabajo.
Y yo también tengo mis cosas.
No especificó cuáles, pero las tenía: martes y jueves caminata por el parque con dos nuevas amigas, Mercedes y Beatriz. Mercedes era vice-directora de colegio, Beatriz, jubilada y abuela. Paseaban con bastones, charlaban, respiraban el aire frío. Descubrió que eso le gustaba, no sabía cuánto necesitaba un rato así.
Manu, al final, fue a por las pastillas. Volvió con aire de mártir. Las puso en la mesilla. Ella no dijo nada.
Por esas fechas llamó a su amiga Carmen, excompañera de oficina.
Carmen, ¿puedes quedar el sábado?
¿Pasó algo?
Vamos a tomar un café, o al cine. Lo que sea.
¿Estás bien, Asun? dudó Carmen; hacía cuatro años que no quedaban así.
Mejor que nunca respondió Asun.
Se encontraron en la Plaza Mayor. Carmen vio su pelo y exclamó:
¡Pero cómo te has cambiado, chica!
Por fin llegué a la peluquería.
Ya era hora. Siempre pensaba cuándo te animarías
Pues ya está sonrió Asun.
Pidieron café con leche y tarta. Fuera, caía la primera nevada del año, lenta y silenciosa.
Entonces, cuéntame Carmen revolvía el café.
Y Asun le contó. Del ascenso, del curso de empresa, del nuevo aire de Manu, del tu comida no vale, de la esposa de Ramírez, del da vergüenza mirarte. Hablaba despacio, como si relatara algo ajeno a ella.
Carmen escuchaba, sin juzgar, meneando la cuchara.
¿Y qué vas a hacer?
No hago nada especial contestó Asun. Sólo he dejado de hacer lo que él no valora. No es por fastidiar, simplemente no tiene sentido.
No tiene sentido musitó Carmen. Pues haces bien.
No sé si bien o mal. De otro modo no puedo.
Carmen asintió y tomó su trozo de tarta.
¿Él se ha dado cuenta de algo?
Que ya no le compro las pastillas, sí. Que no plancho las camisas cada día, también. Ayer se la puso arrugada y se fue, sin palabra.
¿Discusión?
Ninguna encogió los hombros. Está como despistado. Antes sabía que yo callaba por costumbre; ahora callo, pero de otra forma.
¿Has pensado en divorciarte?
A veces. Pero no ahora. Primero necesito saber quién soy yo sin todo lo demás, sin sus medicinas ni su ropa ni su sopa. Hace muchos años que no me veo.
Quedaron otro sábado. Salieron del café cuando ya era de noche, bajo la nieve fina. Se abrazaron en la estación.
En el metro, Asun pensaba la de años que hacía que no charlaba así, con tiempo, sólo por gusto. Siempre había algo más urgente: las cosas de Manu, su salud, su sopa.
En casa, él veía la televisión. En la cocina, la taza y el plato de su desayuno (una tortilla) estaban sucios. Antes ella los habría fregado al instante. Ahora los dejó.
¿Dónde estabas? preguntó, sin mirar.
He estado con Carmen.
Mucho rato.
Sí.
Se lavó la cara, se puso la crema nueva. Al mirarse al espejo, vio: cincuenta y seis años, rostro mayor pero vivo, arrugas en los ojos y boca. El pelo, con matices más claros, le sentaba bien. Ya no era joven, y era normal.
Diciembre llegó con frío. Asun se compró unas botas buenas, de piel, no las de goma baratas de otros años. Gastó ochenta euros y ni se arrepintió.
En casa, todo cambiaba: cocinaba lo que ella quería. Sopa con su hueso (no desgrasada), pollo con patatas, croquetas congeladas algún día, simplemente porque sí. Nada de comida de dieta sólo para él. Las camisas iban con todo el resto a la lavadora, sin mimos ni programar. Antes las lavaba aparte, con cuidado. Ahora ya no.
Él se daba cuenta. A veces lanzaba pullas:
¿Otra vez croquetas?
Sí respondía ella calma.
¿Ya ni cocinas?
Ayer hubo sopa, el domingo asado.
Y Manu no encontraba palabras. ¿Cómo decir por qué no giras a mi alrededor? Demasiado evidente.
Asun empezó a ir a clases gratuitas de acuarela en la biblioteca, los miércoles. No porque siempre soñara con pintar, sino porque por fin podía elegir algo propio. Dos horas donde sólo importaba la hoja, la brocha y el color.
En diciembre, Manu empezó a llegar tarde de trabajar. Antes, Asun se hubiera inquietado, hubiera guardado la cena caliente. Ahora, cenaba cuando tenía hambre y se acostaba a su hora. Él volvía a las nueve, a las diez, una vez a las once y media. Ya no preguntaba adónde iba.
Supo que había alguien más, no por el móvil, sino por el olor a perfume al llegar él a casa. Muy dulce, demasiado. Lo olió al entrar y pensó: vale.
No dolió. Esperó el dolor, pero sólo sintió un cansancio curioso y una sensación nueva: falta de responsabilidad. Si se iba, era su decisión, no su fracaso.
No dijo nada. Durmió bien esa noche.
Todo duró tres semanas. Manu trabajaba, llegaba tarde, a veces hablaba por teléfono en el baño. Una vez, Asun oyó: …te digo, Elena, el sábado no puedo…. Elena. Vale.
Pensó en todo lo vivido con Manu en treinta y dos años: criaron juntos a su hijo Lucas, que ahora vivía en Barcelona con su mujer y sus hijos. Recordaba que Manu no siempre fue así; en la juventud era bromista, hacía excursiones con Lucas No supo cuándo cambió, sólo que fue a poco a poco, como el agua que se cuela por el sótano.
Pensaba en sí misma. Había gastado sus fuerzas en cuidar, sin saber ni sus propios gustos, ni qué le apetecía, ni qué música quería oír, ni qué leía. Todo tapado por años de sopa y pastillas.
Las clases de acuarela le importaban más de lo que pensaba. Una tarde, la profesora, Pilar García, le dijo sin darle importancia:
Asunción, tienes muy buen sentido para los colores, ¿lo sabías?
Fue una tontería, pero nadie le decía algo bueno desde hacía años.
En enero, Elena debió dejar el asunto. Manu volvió a llegar temprano, ponerse la tele, estar apagado. Dejó de llamar desde el baño.
Un día se sentó a su lado mientras ella tomaba té, y murmuró sin mirar:
Hace un frío de perros hoy.
Sí, menos doce decían.
Ajá.
Y se marchó. Eso fue todo.
Supo el final de la historia de Elena por la llamada de un conocido, Luis, que en medio de otro tema soltó:
Oye, ¿tu Manu no se metió con una? Pues dicen que la muchacha le dejó pronto.
Algo he oído respondió Asun.
No sintió pena. Era como cuando te duele una muela y de pronto cesa el dolor: no alegría, sólo alivio.
En febrero, tuvo recaídas de salud: la medicación ya no la seguía bien. Asun veía cajas mezcladas y, un día, le vio tomar dos pastillas por olvido. No dijo nada. El médico se lo había explicado ya.
Con la tensión alta, se fue apagando. Decía tener vértigo, no dormía bien, un día murmuró:
Me da vueltas la cabeza.
Ve al médico respondió.
¿Me apuntas la cita?
Llama tú. El número está en la cartilla.
Es que no sé hacer eso.
Manu, eres jefe de sección. Puedes.
Terminó llamando él. Le mandaron nueva medicación.
¿La compras tú?
Voy mañana por esa zona. Dame el dinero.
Le sorprendió. Siempre lo pagaba ella, sin pedir nada. Ahora, así.
Se lo dio. Ella compró lo recetado y lo puso con el resto, sin explicaciones ni carteles de horarios, nada.
En marzo la ciudad olía a humedad y a cloaca. El deshielo, charcos sucios, el parque otra vez verde. Asun salía a pasear, a menudo sin más objetivo que andar. Se compró una cazadora para la primavera, con corte moderno, color marfil, cinturón. Se miró en el probador y pensó que hacía años no se regalaba ropa nueva simplemente por gusto.
En marzo llegaron Lucas y Clara a pasar unos días. Lucas era alto, cuarenta años, muy parecido a su padre pero más cordial. Clara, tranquila, dulce, trajo miel y bombones.
La primera noche cenaron todos juntos. Asun preparó patatas al horno, ensaladilla, carne en gelatina según receta de su madre. Manu estuvo callado en la mesa. Lucas contaba cosas del trabajo y los niños, Clara preguntó por las clases de pintura.
¿Pintas, mamá?
Aprendo. Acuarela.
Qué pasada. ¿Nos enseñas?
Asun trajo sus hojas. Lucas miró serio, Clara le dijo que eran preciosas.
Mamá, rejuveneces por momentos.
Sólo cambié de peluquería, hijo.
Vio cómo Lucas espiaba al padre. Manu comía en silencio. Notaba la tensión, pero no preguntó nada delante de su mujer.
Al día siguiente, Clara salió de compras y Lucas esperaba en casa mientras Asun hacía croquetas.
Mamá, ¿estáis bien?
¿Por?
Papá está raro.
Tiene la tensión fatal. Va al médico solo, es mayor.
Lucas calló, amasó la masa entre los dedos.
¿Habéis discutido?
No, hijo. Y era verdad: sólo existían en paralelo.
Mam, si algo pasa…
Lucas, estoy bien. De verdad.
Y lo estaba, por raro que sonara.
Se fueron el domingo. A la casa volvió el silencio. Asun limpió, recogió, vio que Manu se quedaba en la tele.
Por la noche, él fue a la cocina.
Bien le va a Lucas, ¿eh?
Sí, les va muy bien.
Y los niños
Sí.
Bebió agua, dejó el vaso y se fue. Ella quedó mirando la noche desde la cocina: la farola iluminaba el asfalto brillante, las hojas ya caídas de los álamos.
En abril, a Manu le dio una subida de tensión seria. No grave, no ambulancia, pero se levantó y tuvo que sentarse en el pasillo. Llamó a Asun:
Asun me encuentro fatal.
Salió y le vio sentando, rojo, sudando.
Venga, vamos a la cama.
Le ayudó a tumbarse, puso el tensiómetro. Ciento ochenta y cinco sobre cien. Mal.
Tómate el captopril de la mesilla. Quédate tumbado, reposa. En media hora repito.
¿Y tú?
Estaré en la cocina.
Encendió el hervidor. Escuchó a lo lejos cómo él rebuscaba la pastilla. Después de una hora, mejoró un poco.
Quédate en casa hoy le indicó. Y no vayas al trabajo.
Pero yo
Llama y di que estás enfermo. No irás.
Se quedó en casa. Asun le llevó té y pan tostado, sin que él lo pidiera. Una cosa es no querer cuidar y otra mirar con indiferencia cuando un humano lo pasa mal.
Él quedó mirando el techo.
Asun susurró.
¿Sí?
He estado comportándome como un idiota estos meses, ¿verdad?
No contestó al instante. Se sentó al borde de la cama.
Sí, Manu dijo sin rabia. Muy idiota.
Buenomiraba el techo. Lo del ascenso se me subió. Pensé que debía cambiar todo, que por fin había llegado a algo.
Lo has logrado. Eres jefe.
Sí, pero yo No terminó la frase.
Te entiendo asintió ella en voz baja.
Cogió su taza y se fue. No hubo reconciliación ni lágrimas. Él admitió idiota, ella estuvo de acuerdo, y ya.
Pasó abril, y mayo llegó. Asun iba al parque y a pintar. Se hizo amiga de Mercedes, que la invitó al teatro. Compraron entradas para la función del sábado, patio de butacas. Asun no iba al teatro en más de diez años. Disfrutó sentada viendo en directo historias ajenas, con zumo de naranja del ambigú.
Tenía cincuenta y seis años. Empezaba a entender que no era el final de nada, sino el inicio de algo nuevo.
Con Manu, la convivencia era en paralelo. Ya no criticaba la comida ni invocaba a la esposa de Ramírez. A veces hablaban de cosas cotidianas. A veces compartían el salón: él veía la tele, ella leía un libro recomendado por Mercedes. Había paz, casi costumbre, pero con una diferencia: ella ya no se sentía obligada.
Un día él le pidió ayuda para pedir medicinas por internet, decían que salían más baratas.
No sé hacerlo admitió. ¿Tú podrías?
Es fácil, busca el nombre, mete en la cesta, elige la farmacia.
Pero tú pilotas más
Yo sé, pero tú aprenderás.
Y aprendió. Tardó, pidió ayuda para un clic. Ella se la dio. Él lo hizo solo.
Asun comprendió que eso era fundamental: no hacer por él lo que puede hacer solo. Antes pensaba que cuidar era hacerlo todo. Ahora sabía que eso era anularle.
Llegó junio caluroso. Se compró un vestido ligero, floreado. Se vio bien no como una paisana mayor, sino como una mujer con un vestido bonito.
Sabía que cada pareja mayor funcionaba distinto: algunos vivían en guerra abierta, otros en falsa amistad, otros en indiferencia. Ella y Manu vivían ahora en una cuarta forma: no guerra, no paz, no indiferencia, compartiendo techo pero ya no la piel.
No sabía qué deparaba el futuro. Recordaba lo del divorcio que le preguntó Carmen. No lo descartaba, pero tampoco corría. Primero tocaba encontrarse.
El verano pasó. Fue a Barcelona a ver a Lucas e hijos dos semanas, por fin sola, sin Manu. Él se quedó, por trabajo, dijo. Asun llevó una almohada bordada a mano para la nieta, aprendida por Internet, y viajó.
Esas semanas con Lucas, Clara, los nietos, fueron las mejores en años. Jugó, cocinó, los bañó, les leyó. Era otro tipo de cuidado, el que se da porque se quiere.
Por las noches, Lucas la interrogaba de la casa. Ella respondía sincera: viven, no fácil, pero viven. Él no juzgaba. Era buen hijo, y eso lo agradecía.
Volvió a casa más morena, descansada. Manu la esperó en el recibidor:
Ya has llegado dijo, le cogió la bolsa. Poco, pero algo.
En agosto hizo mucho calor. Asun puso un ventilador y se compró medio melón: medio para ella y medio para Manu. Cuando él comió, dio las gracias. Por primera vez en meses.
Ya en septiembre, al volver el fresco y crujir los álamos bajo la ventana, sucedió lo inevitable.
Era viernes, serían las ocho. Manu llegó pálido, andaba despacio. Asun estaba con un libro en la cocina.
Asun susurró, me encuentro mal.
¿Qué pasa?
La tensión, creo. La cabeza, y el pecho, aquí
¿Desde cuándo?
Desde la comida. Pensé que se pasaría.
¿Te tomaste la pastilla?
A las tres. No se me ha ido.
Siéntate.
Le puso el tensiómetro: ciento noventa sobre ciento quince. Grave.
Manu dijo. Esto es serio. Hay que avisar a emergencias.
¿A urgencias? Igual con otra pastilla
No. Ciento noventa, y dolor en el pecho. Eso no se arregla solo. Hace falta un médico.
Bueno, pues llama
En ese momento se detuvo. Sostenía el tensiómetro, le miró.
Vio su rostro gris, los ojos asustados, la mano en el pecho. Vio al hombre enfermo, asustado. Sintió lástima, sincera, honda.
Pero también pensó en el año pasado: en todo lo dicho, en cómo la desplazó, en cómo dejó de verla. Y supo qué debía y qué no debía hacer.
Manu dijo serena. Tienes móvil. Sabes el número.
Él la miraba sin entender.
¿Cómo?
Llama tú. Marca 112, di la dirección y lo que tienes. Vendrán.
Asun El tono era de niño. ¿No me ayudas?
Ya lo he hecho: te medí la tensión y te dije que llames. Ahora te toca a ti.
Pero
Manu dejó el tensiómetro en la mesa. Llama tú. Eres adulto. Eres jefe. Puedes.
Salió de la cocina, cruzó el pasillo hasta el dormitorio. Cerró la puerta, suave.
De la cocina oyó al rato su voz, baja y trémula:
Sí, emergencias la dirección es
Se sirvió un té de manzanilla, el suyo. Cogió la taza, volvió a la cocina, pasó junto a Manu mientras hablaba con la operadora. Él la miró de reojo, ella se fue al ventanal.
La calle estaba vacía. La farola iluminaba el asfalto mojado; las hojas caídas de los álamos cubrían el suelo. Nadie en el banco.
Él colgó.
Vienen avisó él.
Bien asintió.
¿Vendrás conmigo al hospital?
Desde la ventana, Asun le miró. Cara gris, mano en el pecho, ojos agotados. Le dio lástima, auténtica. Era un hombre mayor y enfermo. Ni una pizca de venganza.
No, Manu dijo suave. No iré. Los médicos te atenderán.
Asun
Lo harán bien. Es su trabajo.
Con la taza, volvió al cuarto. Cerró de nuevo la puerta. Se sentó al lado de la ventana interior, desde donde veía el otro bloque y unos álamos vacíos bajo la luz. En la cocina, pasos, murmullos. El ascensor.
La ambulancia llegó en veinte minutos. Oyó cómo Manu abría y entraban personas de paso inquieto. Escuchó palabras: tensión alta, electrocardiograma, probablemente hospitalización. Oía la voz de Manu, culpable, de colegial.
Después:
¿Está su esposa?
Y la voz de Manu:
Sí pero no viene.
Breve pausa. El médico imparcial:
Vale, venga, abríguese, vamos a verle.
Puerta. Ascensor. Silencio.






