¡Por fin, Rosario! Ya estaba al borde de un ataque de nervios exclamó Soledad Gómez al abrir la puerta y abrazar a su hermana. No sé qué hacer, estoy completamente perdida.
Para empezar, cálmate contestó Rosario Martín, rotunda y serena como una montaña castellana, mientras entraba en el recibidor. ¿Está en casa?
¡No! Esta mañana cogió a los niños y se fue Soledad hizo un gesto de impotencia. No quiere escucharme. ¡Dice que está enamorada!
Bueno, ¿qué quieres que te diga, Sole? Has dejado que la niña tome sus propias decisiones Deja que nos sentemos tranquilamente, me lo cuentas todo y luego veremos qué hacemos.
Rosario desapareció hacia la cocina y, sentada a la mesa, observó con ojo crítico cómo Soledad preparaba el té.
¡Pero enjuaga la tetera con agua caliente antes! Mira que llevo años diciéndotelo Y nada.
Soledad, sobresaltada, cogió la tetera con torpeza y terminó quemándose los dedos.
¡Dios mío! ¡Sigo igual de manazas! Déjame, anda. Si sigues así, acabarás haciéndote daño.
Rosario la apartó suavemente y se puso manos a la obra con la soltura de quien lleva toda una vida organizando cocinas.
Así, mejor. Ahora, cuéntame todo. Desde el principio. Y no te dejes nada. ¿Quién es ese hombre? ¿Y qué piensa Lucía?
Soledad abrazó la taza entre las manos. No sabía muy bien por qué aquel asunto le revolvía tanto. Porque el hombre que Lucía, la pequeña, había traído a casa, no parecía mala persona: responsable, trabajador, educado hasta tenía su propio taller de coches. Y, por si fuera poco, había arreglado el grifo del baño que llevaba un mes goteando, cosa que ni el fontanero había logrado. Pero a Soledad la inquietaba la reputación de Lucía, tan impulsiva y, a ojos de Rosario, siempre potencialmente problemática.
Y luego estaba la peculiar historia de cómo se conocieron: no era habitual que un mecánico desconocido arreglase el coche de una mujer con niños, en medio de aquel frío polar, y sin cobrarle un euro. Media ciudad había oído hablar de aquello, pero a Soledad no le terminaba de convencer. Y después, el hombre seguía viniendo todos los fines de semana para asegurarse de que todo iba bien y los niños no se habían resfriado. Ya medio año así, y Lucía estaba totalmente en las nubes, sin pensar en nadie más. ¡Casarse quería!
Sole contaba todo esto a Rosario, esperando su veredicto, confiando en ella más que en sí misma. Desde pequeñas Soledad había sido la sombra de su hermana mayor, quien prácticamente la crió. Su padre murió joven, y la madre, Antonia, sacaba adelante las dos niñas como podía, trabajando de sol a sol y delegando parte de la crianza en la mayor:
Rosarito, ya eres grande. Ayúdame, cariño.
Ocho años se llevaban. Cuando Antonia se enteró de que venía la segunda hija, primero no se lo creyó, y luego se asustó; pero tanto su marido como Rosario repetían:
¡Podremos con todo!
Antonia decidió seguir adelante. Marisol nació delicada, enfermiza, y Rosario estuvo siempre a su lado. Cuando Rosario la llevaba de la mano al cole, sentía el orgullo de toda la provincia. Incluso antes de comenzar primaria, Soledad ya sabía leer y escribir perfectamente porque Rosario le enseñó todo, por lo que la adaptación a la escuela fue mucho más fácil cuando Marisol cayó enferma y pasó varios meses en casa.
A fuerza de constancia y vitaminas administradas por Rosario, Marisol mejoró poco a poco y, para cuando llegó a tercero, ya era casi tan fuerte como cualquier otro niño.
Los años pasaron, y la hermana mayor nunca dejó de cuidar de la pequeña, incluso cuando ésta fue a la Universidad en Salamanca. Rosario viajaba cada mes, cargada de provisiones, inspeccionando la habitación.
¿Pero qué es esa capa de polvo? ¿Tú aquí eres la reina de la cochambre?
Marisol, abrumada, limpiaba de nuevo cada rincón antes de cada visita.
Antonia enfermó el segundo año de universidad de Marisol. Apenas hubo tiempo para avisar a Rosario.
¿Y ahora, qué hago? preguntó Marisol, aterrada.
Tú, a estudiar y aprobar exámenes. ¡Ni una palabra a mamá de que sabes nada! Déjame a mí.
La enfermedad fue implacable, y Marisol solo pudo estar con su madre la última semana. Rosario, firme, impedía cualquier descontrol emocional.
¿Para qué las lágrimas? Déjala ir tranquila, que ya nada podemos hacer.
Antonia murió de madrugada, con la mano de Marisol entre las suyas. Rosario fue la que organizó el resto. Repartieron la casa, y a Marisol le tocó un pisito cerca de Rosario.
Mejor así, estarás cerca. Nadie más que yo te va a ayudar a montarlo. Las chicas de mi cuadrilla te echarán una mano.
Rosario lideraba una cuadrilla de chicas de la construcción y aquello era palabra mayor. De ahí a que fundara su propia empresa no hubo más que un paso, aunque aquel camino, con crisis tras crisis, fue cada vez más complicado.
La familia fue creciendo. Soledad se casó con Julián, a quien Rosario no veía con buenos ojos. Julián, sin embargo, se las arregló para ganarse el favor de la cuñada, sobre todo por cómo cuidaba a las niñas, Sofía y Lucía.
El tiempo pasa muy deprisa. Las niñas crecieron alegres y saludables, una rubita y tímida, la otra morena y llena de genio, y la vida pareció sonreírles hasta que en sexto de primaria Julián tuvo un accidente de tráfico y no lo superó.
El dolor fue tan intenso que Soledad se fue apagando y Rosario, de nuevo, tuvo que zarandearla para rescatarla de la tristeza, por el bien de sus sobrinas.
Con los años, Lucía heredó el temperamento de Rosario y la valentía de Soledad. Se enamoró joven y, pese a la oposición de su tía, insistió y terminó casándose con Mario. Estudió, fue madre y, gracias al apoyo de la familia, prosperó laboralmente tras aquel matrimonio.
Pero la vida, como siempre, trajo giros inesperados. Cuando Lucía creía haberlo conseguido todo dos hijos, oficio de contable en la empresa del suegro y Mario con su propio taller, la crisis llegó por donde nadie la esperaba: Mario empezó otra relación. Lucía lo supo por una de esas casualidades crueles de la vida, una conversación escuchada en un parque, y afrontó un divorcio muy duro, en el que perdió el empleo, la casa y vio tambalearse su seguridad.
Rosario no podía evitar comentarios ácidos mientras Soledad defendía a su hija:
Trabaja como una mula para salir adelante, Rosario. Termina tardísimo.
Ya y a los niños, ¿quién les hace caso?
Entre hermanas, el tono subía. Pero era sólo amor bajo la corteza.
El miedo al qué dirán volvió cuando apareció León, compañero de trabajo de Lucía, atento, educado pero que generaba desconfianza en la familia. Rosario sugería incluso que la hija tenía que ser más cauta, quizá León solo estuviese interesado en el piso o el coche.
¡Habla con ella ya! Tu Lucía no está al tanto de nada, Sole. Solo repite que es buena persona. Menuda ceguera
Frustradas, Soledad y Rosario intentaron por todos los medios abrirle los ojos a Lucía, sin éxito. Rosario tomó entonces la iniciativa y llamó a la sobrina, dramatizando un ataque de nervios de la madre, para que viniera urgentemente.
Lucía, sobresaltada, corrió al apartamento materno. Allí, Rosario la esperaba para intentar poner orden en la vida de su sobrina, amenazando incluso con pedir la custodia de los niños si seguía por mal camino.
Fue entonces cuando Lucía, templada pero segura, se rebeló de manera inédita en la familia:
Tía, ¿por qué no te dedicas a lo tuyo? Ya soy mayor de edad y tan capaz como cualquiera aquí para decidir por mis hijos. Se acabó. No voy a daros más explicaciones. Y a partir de ahora, quien meta las narices en mi vida, verá hasta dónde puedo llegar. Mi vida, mis hijos, mi responsabilidad. Basta.
La discusión subió de tono hasta que Soledad, sintiéndose mal, se desplomó. Rosario, aterrada, pidió a Lucía que llamara una ambulancia.
En el hospital, ya más tranquilos, Lucía aceptó las disculpas de Rosario.
No pasa nada, tía. Lo importante ahora es que mamá se recupere.
Soledad mejoró y, a partir de entonces, puso límites claros a los comentarios sobre sus hijas. Rosario, testaruda pero noble, fue rebajando poco a poco su autoridad y, en la boda de Lucía y León, fue la primera en gritar ¡Que se besen los novios! y desearles toda la felicidad.
Los años pusieron todo en su sitio. Lucía fue el mayor apoyo de Rosario cuando la operaron, y León el que la llevaba y traía al hospital. Ya en la última etapa, Rosario le dio la razón a su sobrina:
Te encontraste un hombre de los de verdad, Lucía. Agárralo fuerte. ¿Me oyes?
Lo haré. Te lo prometo le respondió Lucía, sonriendo.
Y así, cuando Rosario partió, fue la mano de Lucía quien sujetó la suya mientras, con su último suspiro, la tía le susurró:
Gracias.
A veces, el mayor aprendizaje es saber cuándo hay que soltar y confiar. Porque querer controlar hasta el más mínimo detalle sólo desgasta y hace infeliz a todos los implicados. Yo lo aprendí tarde, pero lo aprendí. Al final, sólo queda el amor.





