La viuda negra Guapa y lista, Lilia estaba a punto de licenciarse en la facultad de Periodismo cuan…

La viuda negra

La atractiva y perspicaz Lucía estaba a punto de licenciarse en el prestigioso Grado de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid cuando conoció a Valentín, un hombre bastante mayor que ella. Por supuesto, fue Valentín Rodríguez quien primero puso los ojos en la delicada Lucía, conocida por su porte elegante. En la capital era una figura célebre, compositor de canciones que sonaban múltiples veces en las emisoras locales y que gustaban mucho.

Valentín era como de la familia para todos, conocido en Telemadrid, frecuentador de tertulias y con trato con casi todo el mundo en el entorno mediático. Así, no le costó nada conseguirle a Lucía un puesto como presentadora en su propio programa de televisión. Al poco tiempo, Lucía estrenó su primera emisión, “Charlas con corazón, en la que invitó al psicólogo más reconocido de la ciudad y a conocidos vecinos. El programa transcurría entre preguntas y respuestas, ilustrado con ejemplos cotidianos.

Muy bien hecho, Lucía le felicitó Valentín tras ver el episodio. Esto hay que celebrarlo.

Valentín Rodríguez, de cuarenta y cinco años, llevaba tres matrimonios fallidos. Su energía inagotable, rodeado de amistades y conocidos, era incompatible con la vida en pareja. Artístico, escritor de canciones, se consideraba casi un compositor laureado. Pasaba tiempo en restaurantes, cafés y balnearios, siempre rodeado de gente y, lamentablemente, con la copa en la mano.

Pasó el tiempo. Lucía empezó a ser conocida en su ciudad, y finalmente se casó con Valentín. Su programa tenía buena audiencia, siempre vestía impecable y mostraba buenos modales. Era la típica presentadora de televisión admirada por todos. Pero, lo admitió tiempo después, el matrimonio no era lo que prometía. Lo entendió bien cuando su marido llegaba constantemente borracho.

Valentín, no te pases de listo le advirtió su amigo Simón cuando él intentó ridiculizar a Lucía en estado de embriaguez. Esta chica va a dejarte en evidencia.

No, Simón, yo jamás elegí esposas listas proclamaba Valentín, mientras pellizcaba a Lucía la mejilla en la cafetería, convencido de ser el único inteligente.

Durante el cortejo, Valentín fue un caballero: flores, regalos, hasta dos canciones le dedicó, mostraba atención. Pero al casarse, todo eso desapareció. Lucía recibió la misma atención que la gata de la casa y hasta regaños de vez en cuando.

Qué ingenua fui pensando que gracias a él me haría famosa se lamentaba Lucía.

Pronto se dio cuenta de que el francés que había estudiado en la universidad no le servía mucho para viajes. Valentín le machacaba:

Aprende inglés, no vengas de extranjera desubicada. El gimnasio es tiempo perdido, pero para el inglés nunca tienes tiempo.

Lucía, por llevarle la contraria, se negó a estudiar inglés. Sólo cambió de idea cuando Simón, culto y viajado, comentó en la mesa de invitados:

El inglés, para una mujer sofisticada, es tan natural como llevar tacones.

Al día siguiente, Lucía buscó cursos con una buena profesora.

Simón, has cambiado a mi mujer bromeó su marido. Se ha comprado manuales, estudia cada día, y hasta en el coche pone audiolibros de inglés.

Vivían en un gran piso heredado de un abuelo médico. Les ayudaba en casa Pilar, una mujer de 43 años, soltera, capaz de ocultar su envidia y resentimiento. No podían ocultarle nada pues siempre estaba presente, observando su vida de pareja.

Una mañana, Lucía encontró de nuevo a Valentín dormido en el sofá de su despacho. En la cocina, Pilar tenía en la mano una botella de brandy vacía:

Anoche estaba llena ¿Qué le preparo cuando despierte?

Un vaso de gazpacho replicó Lucía y se marchó a la ducha.

Tras siete años de matrimonio, Lucía no tuvo hijos. Valentín ya tenía uno de su primer enlace y poco le interesaba aumentar la familia. Lucía tampoco lo deseaba realmente; se centraba en su carrera. Tras el desayuno, pidió a Pilar ir al despacho de su marido. Este yacía boca abajo, con una mancha roja en la almohada.

Lucía gritó Pilar, llama a una ambulancia.

¿Qué le pasa?

No lo sé.

Quince minutos después, Lucía acompañaba a Valentín al hospital. Allí lo llevaron en seguida a cuidados intensivos.

La situación es grave. dijeron los médicos. No podemos prometer nada.

Por la noche, la llamaron por teléfono:

Su marido ha fallecido.

No No puede ser susurró desolada. No era tan mayor.

El entierro fue solemne, Simón hizo un emotivo discurso y asistieron muchísimas personas. Hasta en el velatorio, Simón pronunció:

No seamos trágicos. Valentín vivió una vida llena, merecía descansar y ser libre.

Lo tuvo todo en la vida escuchó Lucía en un susurro.

A Lucía le costaba aceptar su nueva soledad. En casa reinaba un silencio pesado. Pilar la miraba con ansiedad, temiendo ser despedida. Los colegas le decían:

Lucía, no tienes motivos para estar triste. Eres joven, libre, y además, heredaste dos cuentas corrientes considerables divididas con el hijo de Valentín, aunque tú también ganabas bien. Buscaba la compañía de conocidos para no estar sola y de vez en cuando visitaba un café cerca de casa.

Tras grabar otro episodio, esa tarde, Lucía entró en el café y se perdió en pensamientos tomando Rioja con delicados sorbos. Se le acercó un hombre corpulento, sonriente y educado.

¿Me permite acompañarla? Lucía asintió. Bien, soy Inocencio se presentó. ¿Por qué tan seria? Con esa belleza no tendrías que estar triste.

Hoy estoy algo melancólica.

Inocencio, de unos cuarenta años, corpulento y moreno, tenía aspecto de osito de peluche, lo que divertía mucho a Lucía.

¿Le apetece un postre, un cóctel, lo que quiera?

Gracias, sólo un pastelito respondió, poco aficionada a los dulces.

Aunque poco agraciado, Inocencio era encantador y manejaba la conversación con chispa; Lucía reía a carcajadas. Después la acompañó hasta casa y concretaron una cita.

A la mañana siguiente, Lucía informó a Pilar:

Prescindo de tus servicios, ya puedo arreglármelas sola.

¿Cómo es eso, Lucía? Después de tantos años de servicio, ¿me echas a la calle? ¿A dónde iré?

Encontrarás algún sitio o de portera.

Me echas lloró Pilar. Me había acostumbrado.

La verdad, no me arruino por mantenerte; pero así no tengo que fregar los cristales pensó Lucía.

Observó cómo Pilar se secaba las lágrimas.

Venga, Pilar, si insistes, sigue trabajando respondió y Pilar, contenta, besó a Lucía en la mejilla.

Os cogí cariño a ti y a Valentín, era como de la familia, pero a él lo perdí de un día para otro y tú quieres dejarme.

Así siguieron, y Inocencio, al que Lucía apodaba Kiko con ternura, empezó a visitarlas con frecuencia. Adoraba a Lucía y, tres meses después, se casaron. Ella insistió en hacer una boda sencilla, pero en la luna de miel él la llevó a Mallorca. Empresario de éxito, podía permitírselo.

Lucía esperaba vivir un viaje similar a los de Valentín, con vuelos directos y hoteles estándar. Sin embargo, el “osito de peluche” tenía otra visión: viajaron en primera clase, fueron recibidos como VIP, con fuegos artificiales y danzas típicas, alojándose en una espectacular villa con piscina y playa privada.

Cuánto habrá pagado mi osito por todo esto pensaba Lucía.

Nunca le importó cómo era de adinerado, sólo sabía que Kiko era muy afectuoso, pendiente de cada detalle. Antes del trabajo, nunca permitía que Lucía saliera sólo con un café; la animaba a desayunar en condiciones.

Valentín, siempre tan ácido, intentaba rebajarme, decía que debía alcanzarle. Kiko, aunque no sea ningún Adonis, vive por mí y me escucha, lo cual me gusta mucho reflexionaba Lucía.

Pilar, también encantada, les acompañaba en la enorme casa de Kiko en la sierra. Un día, Lucía se asustó al ver a su marido inyectarse con una pequeña jeringa.

¿Qué haces? preguntó asustada.

Sólo insulina dijo tranquilo. Soy diabético, pero vivo plenamente.

Desde la tumbona en Mallorca, Lucía pensó perezosamente:

¿Será este el billete acertado a la felicidad?

Le gustaba el viaje, aunque lamentaba que su acompañante fuese un hombre rechoncho en vez de un instructor atlético.

Tendría que poner a dieta a mi Kiko y hacerle ir al gimnasio.

Al mencionárselo, él entristeció:

Claro que haré deporte si lo deseas, pero mi metabolismo es complicado. No podré ser un atleta; soy insulino-dependiente.

Entiendo, no importa decidió Lucía.

Al volver, Lucía se entregó al trabajo, aunque no podía evitar la melancolía. Se preguntaba si alguna vez encontraría el amor verdadero; no sentía pasión por Kiko. Quería experimentar algo grande, dormir junto a un hombre atractivo.

Sus colegas bromeaban:

¿De verdad eres fiel a tu osito? ¿No serás demasiado virtuosa?

Realmente no lo era, sólo le daba pena herir a Kiko. En la fiesta de Año Nuevo del canal, tras varios vinos, su compañero Constantino llamó a un amigo, Arturo, para llevarla en coche a casa.

Lucía, te podemos llevar ofreció su colega ebrio. Ella aceptó.

Arturo, el apuesto conductor de un coche caro, no quitaba la vista de Lucía. La acompañó y en la puerta, la abrazó y la besó apasionadamente. Lucía no se apartó; le gustaba ese hombre fuerte y directo.

Como amante, Arturo era todo lo contrario a Kiko. En casa, Lucía era tierna con el marido; Arturo ni perdía tiempo en caricias. Se veían en su apartamento de soltero. Tras el sexo, Arturo simplemente decía:

Me gusta estar contigo.

Así estaban satisfechos. Kiko llegaba tarde por trabajo y nunca sospechaba nada. Un día Lucía llegó en su coche a casa de Arturo, cuando alguien llamó insistentemente al timbre.

Voy a ver quién es dijo Arturo, molesto.

Lucía escuchó los dos conocidos acentos y el horror la hizo vestirse rápido. En la puerta ya estaba Kiko, silencioso. Hubiera preferido un grito.

KikoInocencioNo es como parece…

Arturo se quedó callado, podría haberle negado el acceso.

¿Quién me ha delatado? preguntó Lucía.

Ya da igual. Aunque no lo creía, tuve que comprobarlo.

Lucía vio que Kiko tenía muy mala cara, sudaba y se desplomó. Le costaba respirar.

¡Llama a una ambulancia!

Arturo llamó rápido. Lucía buscó la pluma inyectora de insulina en el bolsillo de Kiko y le administró el medicamento, pero él no reaccionaba. Al llegar la ambulancia, el médico confirmó:

Está muerto.

Lucía tardó en reaccionar. Arturo la llevó a casa. Pilar le preguntó:

¿Qué ocurre, Lucía? Tienes mala cara.

Lucía sospechó por primera vez que Pilar podría haberle revelado el romance, pero decidió callar. Tras el funeral, recibió la visita de la hija de Kiko del primer matrimonio, abogada. La echó de la gran casa, advirtiendo que no tenía nada que hacer ni en el hogar ni en la empresa familiar. Le dejó un fajo de euros y tres días de plazo para irse con Pilar.

Lucía renunció a todos los litigios y retornó con Pilar al gran piso que le quedó de Valentín Rodríguez.

El tiempo pasó. Lucía se recuperó y empezó a ver a Arturo, aunque él nunca le propuso matrimonio. Sabía que él no era hombre para casarse, pero seguía con él. Un día, Constantino la llamó y le dijo:

Lucía, si estás de pie, siéntate Arturo ha muerto en un accidente de coche.

Esta vez Lucía se quedó meditándolo.

¿Por qué mueren todos mis hombres? Soy como una viuda negra, así me llamarán. Tendré mala suerte, por eso mueren.

Poco después, invitó a su programa a un joven, Marcos. Notó que no apartaba la vista de ella; después la invitó a tomar algo en un café.

De acuerdo contestó Lucía, ya era hora de abrirse.

Marcos le robó el corazón, Lucía se sentía enamorada como nunca, rebosaba felicidad.

Esto sí que es amor. No puedo ni respirar sin él. Pero me da miedo que le pase algo.

Marcos también se enamoró; compartían tiempo alegremente, Lucía se sentía feliz y tranquila con él. No pensaba en su pasado, sólo sabía que él no tenía hermanos, ni apenas contacto con su padre. Marcos vivía con Lucía, un día que él iba al trabajo y ella saldría por la tarde, decidió investigar sobre él, pues nunca se había casado ni tenía hijos.

Lucía consultó en internet y, eufórica, descubrió que Marcos, tan sencillo y cariñoso, estaba en el ranking de los mil más ricos de España. No daba crédito a lo que leía. Su fortuna era descomunal.

No me lo puedo creer rió nerviosa. ¡Madre mía! pero después temió que también le sucediera algo.

Se calmó, se fue a trabajar. Al final del día llamó a Marcos; estaba extrañamente callado. Como no respondía, telefoneó a su oficina.

Buenas tardes, ¿puedo hablar con Marcos?

¿Quién le llama? preguntó la secretaria.

Soy Lucía…

Lo han llevado al hospital le informó y le dijo cuál era.

Lucía corrió al hospital.

¿Qué le ha pasado? preguntó alarmada.

El doctor la tranquilizó:

No se preocupe, estará bien. Ha sido el corazón, pero lo tenemos bajo control.

¿Puedo verlo? Por favor…

Sólo diez minutos.

Lucía entró despacio. Él la esperaba sonriendo, tomó sus manos entre las suyas:

Todo irá bien, te quiero, y al salir de aquí nos casamos. ¿Estás de acuerdo?

¡Por supuesto! le respondió con un beso. Nos queda una vida por delante, ¡de verdad!

Y así descubrió Lucía que por mucho dolor y pérdida, siempre existe la posibilidad de volver a encontrar el amor y la alegría; la vida premia a los que siguen adelante, sin miedo de volver a abrir el corazón.

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MagistrUm
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