«Pero ¿cómo has podido meterte en este lío, muchacha insensata? ¿Quién te va a querer ahora, embarazada? ¿Y cómo piensas sacar adelante a esa criatura? No cuentes conmigo. Ya te he criado bastante yo sola, ¿ahora también a tu hijo? Aquí no pintas nada. Recoge tus cosas y lárgate de mi casa, ¡ahora mismo!»
Beatriz escuchaba en silencio, con la cabeza agachada. Su última esperanza, que tía Mercedes le permitiera quedarse al menos mientras encontraba trabajo, se desvanecía cruelmente frente a sus ojos.
«Si mamá viviera todavía…»
Beatriz no llegó a conocer a su padre. Su madre falleció hace quince años, atropellada por un conductor borracho, ahí mismo, en un paso de peatones. Ella estuvo a punto de acabar en un centro de menores, hasta que apareció Mercedes, prima lejana de su madre. Mercedes tenía un trabajo estable y una casa propia en las afueras de un pequeño pueblo del sur, cerca de la frontera con Portugal. El trámite de la tutela fue sencillo.
Mercedes vivía en una casita a las afueras donde los veranos eran ardientes y, en invierno, apenas cesaba la lluvia. Beatriz nunca pasó hambre ni frío y desde niña supo lo que era trabajar: había que cuidar la casa, el huerto, las gallinas… Quizá lo que faltó fue un abrazo de madre, pero, ¿quién le daba importancia a eso?
Su rendimiento escolar era excelente. Al terminar el instituto obtuvo plaza en la Escuela de Magisterio, y los años de estudiante pasaron volando. Ahora, exámenes superados, regresaba a ese rincón de Andalucía que consideraba su hogar… aunque el regreso resultase amargo.
Tras desahogarse, la tía Mercedes parecía un poco menos airada.
«Se acabó. Márchate. No quiero verte más aquí.»
«¿Tía Mercedes, puedo al menos…?»
«¡No! Ya está todo hablado.»
Sin una palabra más, Beatriz recogió su maleta y echó a andar por la calle. Jamás se habría imaginado un regreso así: expulsada, humillada, rechazada y, encima, embarazada de pocas semanas, aunque ya no quería ocultarlo.
Tenía que buscar alojamiento como fuera. Caminaba y caminaba, sumida en sus pensamientos, indiferente a todo lo que pasaba alrededor. La tarde era de un verano puro del sur: los manzanos y perales del valle lucían pesados frutos y los albaricoques rescoldos dorados bajo el sol, la vid chorreaba racimos que se combaban hasta rozar el suelo, escondiendo ciruelas azules entre su follaje. El aire olía a mermelada, a carne asada y pan recién hecho. Y bajo ese calor, a Beatriz le entró sed. Se acercó a una verja desde la que salía una mujer arreglando cosas en la cocina de verano.
«¿Me podría dar un vaso de agua, por favor?»
Pilar, una mujer robusta de unos cincuenta años, se giró.
«Por supuesto, hija, pasa si vienes con buenas intenciones.»
Llenó un vaso de un cántaro y se lo acercó. Beatriz se sentó agotada en el banco del porche.
«¿Puedo quedarme aquí un rato? Hace un calor…»
«Quédate tranquila. ¿Y tú de dónde eres? Con esa maleta…»
«Acabo de terminar Magisterio. Quería encontrar un trabajo de maestra, pero no tengo sitio donde quedarme. ¿Sabe si alguien alquila una habitación?»
Pilar la observó con atención: pulcra, pero con una pena que se le notaba en los ojos y en los hombros caídos.
«Puedes quedarte aquí, si te apañas. Me vendría bien algo de vida en la casa. No te pediré mucho de alquiler, pero sí que todo esté limpio y en orden. Si te va bien, te enseño tu cuarto.»
La idea de una inquilina alegró a Pilar: nunca sobraba el dinero en un pueblo así, y el hijo la visitaba poco. La compañía en las largas noches de invierno no vendría mal.
Beatriz, agradecida, siguió a la mujer. La habitación era pequeña pero acogedora, con vista al huerto, una cama sencilla, dos sillas, una mesa y un armario viejo. Perfecta. Pactaron el precio en euros, y Beatriz, después de cambiarse de ropa, salió disparada hacia la delegación de Educación.
Así empezaron los días: trabajo, casa, trabajo. A Beatriz apenas le daba tiempo a arrancar las hojas del calendario.
Poco a poco, Beatriz y Pilar se hicieron buenas amigas. La mujer era cercana y generosa, y se encariñó con la joven. Beatriz ayudaba en la casa, y muchas tardes compartían un té bajo la parra: el otoño tarda en llegar al sur.
El embarazo iba bien. Beatriz no sufrió mareos; solo su rostro, algo más redondeado, delataba su estado. Se atrevió a contarle su historia a Pilar, que escuchó con comprensión.
Había sido en segundo año de carrera. Beatriz cayó enamoradísima de Alejandro, el hijo de unos profesores universitarios acomodados. El camino de Alejandro estaba trazado: carrera, máster, una plaza junto a su familia. Guapo, atento, elocuente, gustaba a todas, pero fue Beatriz quien conquistó su corazón. ¿Sería por su sonrisa tímida y los dulces ojos miel, por su fragilidad, o esa fortaleza que solo conocen quienes ya han sufrido? Nunca lo supo. Pasaron juntos más de dos años, y Beatriz soñaba su futuro a su lado.
Aquel día no se le olvida. Al despertarse advirtió que los desayunos le revolvían el estómago, llevaba días con mareos y, sobre todo, el retraso. ¿Cómo no se había dado cuenta? Hizo el test, bebió agua, esperó. Dos rayas. No podía creerlo. Dos. Con los exámenes a la vuelta de la esquina, ¡y en esa situación! ¿Cómo reaccionaría Alejandro? Los hijos no entraban en sus planes.
Pero la envolvió una ternura repentina hacia aquella vida diminuta.
«Pequeño mío», susurró, acariciándose la barriga.
Esa misma noche, Alejandro la llevó a casa de sus padres para contarles la noticia. A Beatriz aún le tiemblan las manos al recordarlo: lo primero que ellos propusieron fue abortar y, después, que tras licenciarse ella se fuera sola. Alejandro debía pensar en su carrera; ella, decían, no era de su mundo.
Alejandro no dijo nada. Al día siguiente, entró en la habitación, dejó sobre la mesa un sobre con dinero y se marchó sin saludar.
Beatriz ni se planteó abortar. Ya quería a esa criatura. Era solo suya. Cogió el dinero, claro, porque lo necesitaba, pero ni una palabra más.
Al escuchar el relato, Pilar la abrazó: «Todo pasa. Has sido valiente. Un hijo es siempre una bendición. Lo demás, ya vendrá.»
Pensar en reconciliarse con Alejandro causaba a Beatriz una repulsión difícil de explicar. Jamás perdonaría el desprecio.
El tiempo fue pasando; al final dejó de trabajar y, ya con la barriga enorme, esperaba el parto. Sentía curiosidad, pero en la última ecografía no pudieron saber el sexo; solo pidió que fuera sano.
A finales de febrero, un sábado, comenzaron las contracciones y Pilar la acompañó al hospital. El parto fue corto y fácil: nació un niño fuerte y sano.
«Lucas», murmuró Beatriz acariciando su mejilla redonda.
Ingresada, hizo amistad con otras madres. Una de ellas le contó que dos días antes la esposa de un guardia civil había dado a luz a una niña allí mismo. Ni estaban casados, solo vivían juntos.
«Imagínate, él trajo flores, bombones y hasta brandy para las enfermeras. Venía cada día en su coche nuevo. Pero por lo visto, discutieron: ella decía que no quería hijos. Al final, dejó una nota y se marchó. Decía que no estaba preparada.»
«¿Y la niña?»
«La alimentan con biberón, pero la enfermera dice que le vendría bien la leche de madre. Pero cada una anda con lo suyo…»
Cuando trajeron a la niña para alimentarla, la enfermera preguntó:
«¿Alguna podría darle el pecho? Está muy débil…»
«Yo misma, pobrecilla», dijo en voz baja Beatriz, dejó a Lucas dormidito y tomó a la pequeña en brazos.
«¡Tan pequeñita, tan rubita!» pensó. «La llamaré Margarita».
Comparada con el robusto Lucas, la niña casi no pesaba.
Beatriz le ofreció el pecho y la pequeña se aferró con ansia, quedándose dormida enseguida.
«Ya decía yo, está flojilla», suspiró la enfermera.
Desde entonces, Beatriz alimentó a los dos bebés.
A los pocos días, la enfermera avisó que el padre de la niña había venido a agradecer la atención. Fue así como Beatriz conoció al guardia civil, el teniente Manuel Jiménez, de ojos claros y gesto serio.
Los acontecimientos que siguieron se contaron durante meses en toda la comarca, y luego en todo el pueblo.
El día del alta, médicos, enfermeras y auxiliares se reunieron bajo el portal. Un coche oscuro esperaba decorado con globos azules y rosas. El joven teniente ayudó a Beatriz a entrar, donde Pilar ya las esperaba. Le entregó un fardo azul, y luego otro, rosa.
Con el claxon sonando y gente despidiéndose, el automóvil se perdió por la rotonda, bajo el cielo de febrero.
Así es la vida: nunca sabes a dónde te conducirán tus actos. Beatriz miraba por la ventanilla, abrazando a los dos niños, mientras Pilar sonreía con ternura. El interior olía a flores frescas y colonia infantil. El teniente Manuel, que esa mañana se había arrodillado ante su cama pidiéndole matrimonio, ahora conducía en silencio, mirando por el retrovisor cómo la pequeña Margarita dormía aferrando el dedo meñique de Beatriz.
En casa las aguardaba algo más que cuatro paredes: las esperaban el calor del hogar, las infusiones de jazmín, ese viejo armario que pronto llenaría de juguetes, y una vida nueva, imposible de imaginar, pero ya llena de sentido.





