Diario de Lucía, 17 de marzo
Hoy lo he visto de nuevo. El ángel que pesa cien kilos y huele a café malo.
En la sala de juegos del hospital infantil reina una calma extraña. Solo se oye el susurro de las hojas y el roce de rotuladores sobre el papel. Es un silencio frágil, como de cristal, lleno de una seriedad demasiado adulta para críos que aún no han cumplido los diez. La tarea era sencilla: dibujar nuestro Ángel de la Guarda. Y cada niño lo hacía como si en ello les fuera la vida.
Para mí, Lucía, una voluntaria universitaria metida estos meses en el hospital, es una lección cada día. Siempre me he sentido más cómoda con la belleza clásica, la de las iglesias en Toledo y sus frescos, con ángeles etéreos, dorados y perfectos, eternamente jóvenes. Paseaba entre las mesas y susurraba ánimos: a Pablo le había salido un ángel guerrero con una enorme espada; a Sofía, uno con alas mullidas como algodón. Todos preciosos, conmovedores, pero tan parecidos
Me acerqué entonces a Carmen.
Carmen tiene siete años. La cabeza lisa, brillante tras la quimio, la piel casi transparente. Dibuja despacito, concentradísima, sacando la lengüita al colorear.
Me asomé y me costó no soltar un suspiro de sorpresa.
En su folio no había querubines celestiales, sino un hombre enorme y redondo, ocupando casi toda la hoja. Sin alas. Barriga enorme bajo una bata blanca, cabeza calva, gafas grandes y torcidas.
Carmen, cielo le pregunté, agachándome a su lado, ¿quién es? Estamos dibujando ángeles, ¿recuerdas?
Es un ángel contestó bajito sin dejar de colorear la barriga. Solo que tiene las alas escondidas bajo la bata, para que no se le manchen. Aquí a veces hay mucha porquería.
Sonreí. Siempre me sorprende la imaginación de los niños.
Fuera, en el pasillo, retumbaba de vez en cuando una respiración pesada, conocida por todos. El suelo temblaba bajo unos pasos enormes. El hospital sabría describir ese caminar como se describe la llegada de un tren en Atocha.
De pronto la puerta de la sala se abrió y entró él.
Antonio Ruiz, jefe de reanimación. Uno de esos hombres gigantescos: barba de varios días, papada triple, la bata siempre abierta por no caberle, cara sudada y ceniza. Las gafas resbalan por la nariz de patata, él las recoloca con un dedo gordo. De su bata se desprende olor a tabaco, a sudor y ese café soluble barato que toma sin descanso. Lleva tres noches sin salir del hospital, durmiendo en la vieja sala de guardia.
Yo solo veía a un hombre desbordado, mal arreglado, que ya debería estar jubilado o, al menos, pasado por la ducha.
¿Qué pasa, artistas? tronó desde su barriga, voz profunda que vibró en las paredes. ¿Seguís vivos?
¡Sí, doctor! contestaron las voces infantiles, tímidas pero alegres.
Él cruzó la sala, apoyándose pesado en las sillas.
Se detuvo junto a un niño muy pálido, conectado al gotero. Le posó la manaza en la frente.
Ánimo, campeón susurró. Ya tengo los análisis. Vamos a poder con esto.
Se acercó luego a Carmen. Yo vi cómo se le iluminaron los ojos a la niña, cómo tendía los brazos hacia esa mole humana que olía a tabaco.
¿Dibujando? le preguntó. Y, por detrás de esas gafas gruesas, de pronto vi en él un azul profundo, nocturno, nunca cansado.
Te dibujo a ti susurró Carmen.
Antonio resopló, recolocándose las gafas.
¡Pero si no quepo! ¡El papel se rompería conmigo!
En ese preciso momento, la alarma del pasillo chirrió. Un pitido agudo, urgente.
Antonio Ruiz se transformó en acto. Desapareció la pesadez, el cansancio. Se giró ágilmente y corrió al corredor.
¡Sentados todos! rugió desde fuera. María, prepárame el carro de reanimación, ¡rápido!
Yo me quedé allí, apretando mis manos contra el pecho. Detrás del muro se oían órdenes tensas, el tintinear de instrumental, y su voz ya no tierna sino férrea gritando.
¡Respira! ¡Venga! ¡Vamos, quédate! ¡Respira!
Ese grito dolía.
Era una súplica y era una orden. Cerré los ojos. Tenía miedo.
Cuarenta minutos. Tan largos, que parecieron horas en una goma que se estira y nunca llega a romperse. Nadie dibujó nada. Las miradas seguían fijas en la puerta.
Se abrió. Antonio entró, apoyándose en el marco, empapado de sudor. La bata oscurecida, una mancha de sangre en la manga. Se quitó las gafas, se frotó la cara, y dejó el cansancio dibujado sobre las mejillas. Luego se dejó caer pesadamente en una mini-silla infantil, que chirrió con desespero bajo su peso.
Hemos podido jadeó en el aire quieto. Está dormido.
Le miré. Y de pronto sentí que alguien me arrancaba el velo de los ojos.
Miré el dibujo de Carmen; aquel hombre regordete y torpe y luego miré al Antonio real.
Ya no vi sólo grasa ni sudor. Vi la masa. Una cantidad de amor como una roca, necesaria para anclar aquí, en la tierra, las almas ligeras de estos niños que luchan por no irse. Un ángel de doradas alas no serviría de nada: muy ligero, volaría con ellos.
Aquí se necesita uno así pesado, terrenal, que huela a café y a vida real, que atrape la fuga de la vida entre sus manos enormes y rebuzne: “No te vas”.
Su calva brillaba bajo la luz como una corona, no dorada, sino de sudor y trabajo.
Carmen se bajó de su silla, se acercó al médico cabizbajo y abrazó su pierna: no llegaba más arriba.
Ya te lo he dicho musitó, mirándome con ojos grandes como una vieja. Esconde las alas para que no nos coja el frío.
Antonio posó su mano pesada en la cabecita sin pelo.
Le temblaban los dedos.
Aguantad, chicos susurró. Solo un poco más.
Me giré a la ventana. No podía seguir mirando.
Y las lágrimas, las que tanto temía, salieron al fin. Lloré de vergüenza por mi ceguera. Yo buscando belleza en la perfección y el brillo, y la Belleza la de verdad estaba allí, sentada en una silla rota, secándose el sudor con la manga. Pesada, fea y la más sagrada de todas.




