Estaba atada a un árbol y rugía de dolor, pero el anciano se atrevió a acercarse

Estaba atada a un viejo alcornoque y aullaba de dolor, pero aun así, reuní el valor para acercarme.

Aquel invierno, como si la Sierra de Gredos hubiese firmado su propia sentencia, el frío parecía decidido a borrar del mapa nuestro pequeño pueblo de San Rafael. El hielo azotaba con tal fuerza que hasta los estorninos caían desplomados desde el mismo cielo. Ni el más tosco de los pastores sacaría al mastín durante esas noches, pero justo en medio de una ventisca salí al monte. Algo me empujaba, una inquietud pegajosa que se colaba bajo la gruesa bufanda.

En el conocido paraje de Los Castañares un sitio que siempre se nombraba en susurros me topé con una imagen tan desoladora que el alma se me encogió. Una loba ibérica, de un blanco imposible, estaba sujeta por un cable metálico, agotando sus fuerzas para dar calor a seis cachorros temblorosos. Aquello no era una trampa cualquiera, ni un accidente; había sido obra del temido Carnicero, un desalmado de la zona.

Sabía que acercarme a aquella bestia herida era tentar a la muerte. Pero dar la vuelta y dejarles allí condenados era aún más imposible. Saqué la navaja, no para herir, sino para liberar. Tenía claro que no sólo tendríamos que luchar contra el frío: la crueldad humana podía ser peor que cualquier animal salvaje.

Al principio, creí que el bulto blanco junto al tronco oscuro era un efecto luminoso entre la nieve. Pronto vi que no: era la famosa leyenda local, la loba de los vientos, prisionera de una trampa pensada para matarla lentamente. El cable le hendía el cuello, y bajo sus patas sus crías apenas se movían, casi heladas.

Me recibió mostrando los dientes, sin un atisbo de piedad en sus ojos grises. Sólo brillaba en ellos la furia de una madre decidida a morir antes que entregar a sus cachorros. Me quité los guantes y mostré las manos vacías. Tranquila, guapa. No soy él. Sólo vengo a cortar tu cadena, no a hacerte daño, murmuré, pisando la nieve empapada de sangre.

Entonces ocurrió lo insólito. Una rama pesada se quebró sobre nosotros; no me aparté, simplemente la cubrí con mi cuerpo. Ella, libre ya del cable asesino, no aprovechó mi vulnerabilidad. Me lamió la sien. Allí sellamos nuestro pacto silencioso.

Con una cuerda vieja improvisé un trineo y, espoleado por el dolor de mis huesos, arrastré a la loba y su camada hasta mi casa, al abrigo de la chimenea. Supe entonces que nunca más volvería a estar solo.

Soplo de vida
La tranquilidad huyó de casa en cuanto entramos. Llamé a Carmen, la veterinaria, seca y de pocas palabras, pero de manos milagrosas. Ella cosió las heridas de la loba, a quien bauticé como Alba. Pronto, la alegría se desvaneció: el más pequeño de los lobeznos, al que llamé Suso, había perdido la respiración. El frío había apagado su diminuto corazón.

Demasiado tarde, sentenció Carmen. Pero yo me negué a soltarlo. Con mis manos toscas empecé a masajearle el pecho, soplándole aire una y otra vez. Un minuto fue una eternidad. De pronto, Suso respiró atropelladamente. Lo arranqué de las garras de la muerte, y desde entonces no aceptó otro lugar para dormir que mi propia bota junto a la lumbre.

Todo parecía mejorar. Los lobeznos crecían juguetones, sacudiendo la casa. Alba me miraba con una devoción más propia de un galgo que de una loba. Pero el peligro acechaba. El Carnicero, al descubrir que su botín había desaparecido, volvió. Primero sobrevoló la casa con un dron; luego, de madrugada, lanzó gas somnífero por la ventana.

Una vida por otra
Desperté aturdido, con un miedo que helaba la sangre. Suso había desaparecido. Sobre la mesa, una nota clavada con un cuchillo: ¿Quieres volver a ver al pequeño? Trae a la loba. Minas abandonadas. A medianoche. El Carnicero atacaba donde más dolía: lo humano, usándolo como arma.

Quieren un cambio, le dije a Carmen, borrando cualquier asomo de amabilidad de mi rostro. Ya no era el viejo tranquilo, sino el ex-guardia fronterizo para quien la Sierra volvía a ser campo de batalla. Saqué mi viejo anorak blanco, me tizné el rostro de hollín y empuñé la ballesta, mortal y silenciosa compañera.

Alba, con paso cojo, me siguió. Lo entendía todo; no íbamos a negociar, sino a rescatar y ajustar cuentas. Carmen, pese a mis consejos, nos siguió a escondidas con su botiquín a cuestas.

Venganza entre sombras
Las minas nos recibieron con focos y hombres armados. Avanzamos por el lado donde el viento no arrastraba nuestro olor. Esperaban a un anciano indefenso y vieron llegar la sombra de la sierra.

La cuerda de la ballesta susurró y una flecha tranquilizante derribó al primer guardia. El paso quedó libre. Entré corriendo al cobertizo donde el Carnicero encerraba a Suso en una jaula. El maleante ya alzaba la escopeta, pero la loba irrumpió hecha un trueno, lo derribó y le sujetó el cuello, sin desgarrarlo, pero mirándole tan fijamente que vi cómo envejecía al momento. Carmen llegó junto con la Guardia Civil, yo rompí el candado y abracé a Suso, tembloroso.

Final
La historia corrió por toda Ávila. El Carnicero y sus compinches acabaron en la cárcel. Alba y sus hijos gracias a Carmen fueron registrados como perros-lobo y se quedaron conmigo, lejos de miradas indiscretas, en mi refugio de San Rafael.

La soledad ya no habita en mi pecho. Por las tardes, una inmensa loba blanca duerme a mis pies y Suso cabecea en mis rodillas. Entendí, al fin, que la familia no siempre es cuestión de sangre: a veces es simplemente quienes están dispuestos a atravesar contigo el infierno en mitad del hielo.

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Estaba atada a un árbol y rugía de dolor, pero el anciano se atrevió a acercarse