No cantes No sonríes como deberías.
Al principio, Inés ni siquiera se dio cuenta de que hablaban con ella. Miraba sus manos, acomodadas sobre las rodillas encima de un vestido azul marino que jamás habría elegido por voluntad propia. Demasiado ceñido en los hombros. Demasiado brillante. Demasiado ajeno.
Inés. He dicho que no sonríes bien. Demasiado forzada. Se nota.
Gabriel lo decía en un susurro, sin volver la cabeza. Observaba el salón, donde ya se acomodaban los invitados al aniversario de su empresa. Veinte años de la compañía, un fiestón, una noche importante. Su papel esa noche estaba acordado de antemano, como una cláusula más de un acuerdo mercantil: sentarse a su lado, lucir presentable, no decir nada fuera de lugar, no beber más de una copa, no entablar conversaciones sin su permiso.
Perdona, dijo ella.
No pidas perdón, corrígelo.
El restaurante era de esos sitios donde el dinero se nota físicamente. No presume, pero se siente: en el peso de los manteles, en la luz suave de las lámparas, en esa manera de moverse de los camareros, tan silenciosa que parecen flotar. Inés ya había estado allí otras veces; siempre le invadía la misma sensación: que sobraba. No como la esposa de un empresario de éxito, sino como una persona en sí. Como una mujer con nombre propio, con historia, con algo dentro.
Tenía ya cincuenta y seis años. Veintiocho casada con Gabriel Belmonte. Se conocieron cuando ella terminaba el conservatorio. Ella era luminosa, de voz poderosa, enamorada de Falla y Granados. Él, un joven empresario con los ojos chispeantes y esa seguridad arrogante de que el mundo se compra o se amolda. Al principio la miraba como si ella fuera su universo. Luego descubrió que en realidad quería moldearla a su manera.
Gabriel, ¿puedo ir con Sofía? Está allí sola.
Sofía puede esperar. No tienes nada que hacer donde los Sánchez.
Pero la conozco desde hace veinte años.
Inés. No enfadado, sólo cansado, como quien explica siempre lo mismo a un niño. Hoy es importante. Quédate y sonríe.
Inés sonrió. Correcto. Como le habían indicado.
El salón se iba llenando. Socios, clientes, funcionarios, esposas de funcionarios. Todos de punta en blanco, con la energía justa, hablando únicamente de lo que se debe hablar en noches así. Inés oía retazos de conversación y no podía recordar la última vez que habló de algo que realmente le apasionara. La música. Cómo se construye una fuga. Por qué el segundo concierto de Rachmaninov le sigue haciendo temblar por dentro solo con escucharlo en la radio.
Que tampoco se oía mucho en casa. Gabriel odiaba la clásica, decía que le ponía nervioso.
En la mesa de al lado una mujer con un vestido rojo se reía con ganas de algún chiste; su risa era real, algo ronca, vital. Inés la miraba con una especie de envidia. No por el vestido ni por la edad ni por su belleza, sino por reír como quien tiene el derecho de hacerlo, sin pedir permiso.
La cena iba fluyendo: brindis, aplausos, discursos de veinte años de éxito y promesas de un futuro brillante. Gabriel brindó con un discurso breve y contundente, como siempre. El salón le aplaudió. Sabía controlar la sala, eso hay que reconocerlo. Inés aplaudió con todos y pensó que quizás ella también supo hacer eso en su momento. Controlar la sala. Parar el mundo cantando.
La última vez que cantó en público fue hace veinticuatro años, en una velada del conservatorio a la que Gabriel la llevó y de la que luego la sacó antes de tiempo porque le llamaron por trabajo.
El presentador anunció un pequeño concurso de talentos después del postre, ya con la gente algo más distendida. Cualquiera podía subir al escenario en la esquina y mostrar sus habilidades. Chistes, magia, una canción. Gabriel hizo un gesto de desaprobación.
Qué ordinariez susurró.
Inés no replicó. Solo miraba el escenario. Había un micrófono allí. Y al lado de él, un pianista joven, de cara afable, que ya había tocado algunas piezas suaves durante la cena. Inés se había fijado en él al principio: tenía los dedos largos y una tendencia a mover la cabeza al ritmo incluso en los pasajes más tranquilos.
Un par de personas se animaron. Uno contó un chiste, otro sacó una armónica. El público aplaudía, sin entusiasmo. Luego el presentador invitó de nuevo a participar y el salón quedó un poco más callado.
Inés sintió como algo se deslizaba dentro de ella. No brusco, no un golpe. Como si una puerta cerrada mucho tiempo cediese de un empujón suave. Dejó la servilleta, se levantó.
¿A dónde vas? preguntó Gabriel.
Al baño.
Pero no fue al baño. Se acercó al presentador, le dijo algo al oído. Él, sorprendido, alzó las cejas y asintió. Luego fue hasta el pianista y hablaron breve, casi en secreto. El pianista también asintió, los ojos brillándole.
Cuando el presentador anunció su nombre, Gabriel no debió entender al principio. Luego sí. Inés vio su rostro de reojo al caminar a la tarima. Evitó mirarle. Solo miró el micrófono.
Tres escalones. Inés subió y se detuvo ante el salón, lleno de desconocidos trajeados y mujeres de vestidos caros. Muchos ni la miraban, charlaban aún. Algunos la observaban con cortesía, a ver qué se sacaba de la manga.
Inés asintió al pianista.
Él dio los primeros acordes y la sala se fue silenciando un poco, porque no era una canción de sobremesa ni pop. Era Rachmaninov. El Vocalise. De las piezas más complejas y bellas; justo la que Inés había cantado en el examen final del conservatorio. Sin palabras. Solo voz y música.
Inés cantó. Los primeros segundos, ni ella se lo creía. Que aún tenía voz. Que no había desaparecido tras tantos años de silencio, que seguía allí, distinta, maturada, con otros matices, pero viva.
El salón se calló casi de golpe a la tercera frase. Los murmullos cesaron, las copas se detuvieron, la gente se giró hacia la escena. Inés apenas era consciente de ello. Solo de no perder el aire, de mantener la frase, de no pensar en Gabriel, en su cara, en el después.
Después daba igual. Solo existía ese momento.
Cuando acabó, hubo unos segundos de silencio. Y luego, la sala se puso en pie. No todos a la vez, pero se levantaron. Los aplausos eran de verdad, no de cortesía. La mujer de rojo gritó un ¡bravo!. El pianista la miraba con cara de haber presenciado algo raro y valioso.
Bajó de la tarima. Le temblaban las piernas un poco. El corazón le latía deprisa, pero estable. Iba hacia su mesa y vio la cara de Gabriel.
Él no aplaudía.
Siéntate le dijo.
Inés se sentó.
¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?
Cantar.
No te hagas la lista. Su tono era frío, contenido. Te has exhibido en mi fiesta corporativa sin mi permiso. ¿Sabes cómo queda eso?
¿Cómo queda?
Como si mi esposa echara de menos ser el centro de atención, como si le faltara algo. Tomó la copa y la dejó lentamente. Nos vamos a casa en diez minutos.
Gabriel, todavía
En diez minutos, Inés.
Tres personas lograron acercarse antes. La mujer del vestido rojo, Macarena, le estrechó la mano y dijo: Increíble, ¿de dónde eres?. Un hombre mayor, con barba de profesor, simplemente: Maravillosa. ¿Dónde has estudiado?. Sofía Sánchez, la amiga de toda la vida, fue corriendo a abrazarla, desprendiendo el aroma de su perfume y hogar, e Inés casi se echó a llorar ahí mismo.
Inés, ¿dónde te habías metido todos estos años? ¡Cantabas como!
Sofía, nos vamos dijo Gabriel, acercándose. La tomó del brazo, no de manera brusca, pero apretando fuerte, se notaba hasta bajo la tela. Perdonadnos, Inés tiene dolor de cabeza desde esta mañana. Nos vamos.
En el coche, él no abrió la boca. Nada en todo el trayecto, y eso era peor que cualquier grito. Inés miró las luces de Madrid, los escaparates, pensaba en la extraña calma que tenía dentro. Ni alegría, ni miedo. Otra cosa. Como si acabara de recordar su nombre.
Llegaron a casa. Gabriel se quitó la chaqueta, la colgó, y se giró.
Mira. dijo. Entiendo que estés aburrida. Entiendo que quieres algo para ti. Pero tienes que saber que hay límites. Lo apropiado y lo que no. Hoy me has puesto en un aprieto delante de gente importante.
He cantado. Y la gente me ha aplaudido.
Has hecho de ti una artista de circo en una cena de empresa. ¿Sabes diferenciar?
No le salió tan serena la voz que hasta ella se sorprendió. Explícamelo.
Él la miró un largo rato.
Lo tienes todo. Casa, bienestar, posición. No entiendo qué más quieres. Y francamente, no pienso indagar más.
Pues te lo diré: me falta algo. Me falto yo.
¿Eso qué significa?
Lo sabes bien.
Se fue al dormitorio y cerró la puerta. Se tumbó sin quitarse la ropa y se quedó mirando el techo, blanco y liso, como su vida desde fuera. Oía a Gabriel andar por la casa, abriendo y cerrando el armario. Luego, silencio.
No durmió hasta el amanecer. Daba vueltas. Recordaba cómo quince años atrás accedió a dejar su trabajo de profesora de canto. Gabriel le dijo que era poco serio para la esposa de alguien como él, que el sueldo era ridículo, que mejor se dedicara a otra cosa. Ella aceptó. Pensó que encontraría otra vocación. Pero cada vez que se planteaba algo, Gabriel encontraba una razón para limitarla.
No la maltrataba. Ni siquiera le gritaba. Solo le explicaba, muy tranquilo, qué es lo correcto y qué no. Y en veintiocho años, Inés se había acostumbrado tanto a esas explicaciones que dejó de oír su propia voz. Literalmente. Ni en sus pensamientos.
Hasta aquella noche.
Por la mañana, mientras él estaba en la ducha, sacó una mochila vieja del armario alto. Metió documentos. El DNI, el título del conservatorio que encontró olvidado, unas fotos, el móvil. Unos billetes de euro que había ahorrado en un sobre por si acaso. Sin saber nunca por qué. Ahora sí lo sabía.
Se puso unos vaqueros, un jersey, una chaqueta. Cuando Gabriel salió del baño, ella ya estaba en la puerta con la mochila al hombro.
¿A dónde vas?
Me voy.
Silencio largo.
No digas tonterías.
No es ninguna tontería. Me estoy yendo.
Inés. Secándose las manos, la mira con la expresión de quien soporta un berrinche. Estás alterada. Descansa, y hablamos esta noche tranquilos.
Ya hemos hablado.
No tienes dinero. No tienes trabajo. ¿Dónde vas a ir?
Ya veré.
Inés, por favor Tienes cincuenta y cinco años. ¿A dónde…?
Abre la puerta y sale. Detrás, la voz de él, pero ya no distingue las palabras. El ascensor tardó, y se miró en el reflejo, un poco arrugada, borrosa. Casi sonríe a su reflejo.
Andó por Madrid. Caminó y respiró. Era otoño, el aire frío y seco, olía a hojas, a café de alguna cafetería. Entró, pidió uno, se sentó junto al ventanal; sacó el móvil y llamó a la única persona a la que podía llamar.
Sofía, necesito ayuda.
¡Madre mía! ¿Qué ha pasado?
Me he ido de casa de Gabriel.
Silencio. Luego:
¿Dónde estás?
Sofía vivía sola en un piso pequeño en Vallecas. Sus hijos fuera ya, su marido fallecido hace años. Abrió la puerta, vio a Inés con la mochila y no preguntó nada; sólo se hizo a un lado y dijo:
Pasa. El té ya está.
Se sentaron en la cocina hasta tarde. Inés habló, Sofía escuchó, sin interrumpir ni soltar suspiros ni poner cara rara. Solo rellenaba la taza de vez en cuando. Cuando Inés calló, Sofía dijo:
Te has ido. Eso es lo importante. Lo demás se soluciona.
Me va a bloquear las cuentas. Seguro que ya lo ha hecho.
¿Bloquear?
Sí. Amenazó con hacerlo. El año pasado, cuando discutimos, me lo dijo bien claro.
Pues ya veremos al señor dijo Sofía, apretando los labios.
Gabriel no tardó en mover ficha. Esa tarde el teléfono de Inés empezó a sonar sin parar: él, su secretaria, su madre a la que Gabriel ya había puesto de su parte. La madre lloraba y decía que Gabriel la había llamado, que Inés está mal de los nervios, que se fue trastornada y que necesita ayuda.
Mamá, no estoy mal.
Inesita, él está sufriendo. Dice que anoche actuaste muy raro, que deberías ver un médico
Mamá, sólo canté. Salí y canté. Eso no es un ataque de nervios.
Pero dice que fue impropio, que le dejaste en ridículo
Mamá. Estoy bien. Estoy en casa de Sofía. Mañana te llamo.
Las cuentas, efectivamente, estaban bloqueadas. Inés lo comprobó cuando trató de sacar dinero del cajero. La tarjeta no funcionaba. El efectivo se iba rápido, y Sofía se negó en redondo a cobrarle, pero no podía abusar mucho tiempo.
A los tres días Gabriel le mandó sus cosas. No vino él, claro: dos tipos desconocidos llegaron al portal de Sofía con unas bolsas. Inés lo revisó todo en la entrada: cosas al azar, recogidas sin orden, vestidos de verano en pleno octubre, tacones de fiesta, cacharrería. Ni una prenda de abrigo. Ni un solo libro importante. Un mensaje también.
A los pocos días, su madre la llamó: Gabriel había tomado el té en su casa y le había contado que Inés siempre fue nerviosa, inestable, que él lo había aguantado todo, que sólo quería ayudarla, pero que ya necesitaba tratamiento serio. Su madre escuchaba siempre a los que sabían hablar con tranquilidad.
Inés, piénsatelo: vuelve, habladlo
Mamá, me ha bloqueado el dinero y está diciendo por ahí que estoy loca. ¿Entiendes lo que es eso?
Silencio.
Es un hombre, hija. Ya sabes cómo son cuando se sienten ofendidos.
Inés colgó y miró largo rato por la ventana. Sacó de la mochila el título del conservatorio y lo dejó en la mesa. Azul oscuro, letras doradas. Inés Fernández de la Vega. Graduada en canto lírico. No lo había tocado en al menos quince años.
Al día siguiente llamó al conservatorio. Preguntó por don Eugenio Ibáñez, su antiguo profesor. Pensaba que tal vez ya no estaría. Pero sí. Seguía en el departamento, ya mayor, setenta y tantos. Le dieron su número.
¿Don Eugenio? Soy Inés Fernández de la Vega. ¿Se acuerda de mí?
Pausa larga.
¿Fernández de la Vega? ¿La del cuarto año?
Sí.
Lo recuerdo, claro. ¿Dónde se ha metido, Inés? Llevo años sin oír de usted.
Desaparecí, tiene razón. Don Eugenio, necesito ayuda.
Quedaron dos días después en el conservatorio, en un aula en la tercera planta. Ibáñez seguía exactamente igual: bajo, flaco, mirada penetrante, las manos siempre juntas sobre las rodillas. La examinó bien y dijo:
Está usted mayor.
Usted también.
Es natural. Sonrió. Cante.
¿Ahora?
¿Para qué esperar?
Cantó. Al principio insegura, los pulmones flojos, la voz temblorosa en los agudos. Ibáñez escuchó, sin interrumpir. Cuando terminó, dijo algo serio:
Voz tiene. La técnica, fatal. Respiración, regular. Pero la voz está. Eso es lo importante. Lo demás, se recupera.
¿En cuánto tiempo?
Depende de usted. Con trabajo serio, en un par de meses podría presentar algo bueno. Calló. ¿Por qué lo dejó?
Me casé.
¿Y su marido le prohibió cantar?
No, pero Así fue surgiendo.
Ibáñez la miró mucho rato.
Así fue surgiendo, ya Bueno, Fernández de la Vega. Vamos a trabajar.
Cada día iban a clase. Inés llegaba al conservatorio a las nueve y se quedaba hasta después de comer. La voz volvía muy despacio, irregular; a veces todo fluía, otros días sentía que empezaba de cero. Ibáñez no era indulgente: ni edad, ni que hacía décadas que no cantaba. Decía: La voz no tiene edad. Lo demás, excusas.
Sofía le buscó un trabajo: dar talleres de canto a mayores en un centro cultural. Pagaban poco, pero era dinero suyo. Tres tardes a la semana. Allí, señoras de sesenta y setenta, que cantaban porque les daba la gana, sin competir, sin mirar más allá. Mirarlas era terapéutico.
Gabriel mientras tanto no se rendía. Por conocidos llegaban rumores: que ella se había ido por un profesor, que estaba inestable, que él había aguantado años y que al fin tuvo que dejarla. Matizaba según el público, pero la base era la misma: ella loca, él víctima. Algunos se lo creían. Otros ni lo discutían. Su madre llamaba poco, hablando con pies de plomo.
¿Y tu futuro, tu piso?
Me las arreglo, mamá.
Dice Gabriel que se puede negociar si vuelves.
No pienso volver.
Hija, podríais llegar a un acuerdo, un divorcio, repartir
Mamá, me ha dejado sin dinero y dice a todos que tengo un ataque. Con personas así no se acuerda nada. Se termina, y listo.
Mamá suspiraba y cambiaba de tema. Inés no le guardaba rencor. Creció en otra época, otra idea del matrimonio y la paciencia. Es como enfadarse con quien no sabe un idioma que no estudió.
Al mes, Ibáñez le dijo algo importante. Ya se iban, y sin levantar los ojos de las partituras, soltó:
Dentro de dos meses hay un concierto benéfico muy grande en Madrid. Buscan solistas para el programa clásico. Podría recomendarla.
Inés se detuvo.
Don Eugenio, hace veinticuatro años que no actúo.
Lo sé.
¿El público será exigente?
Se retransmite en la televisión autonómica. Recaudan para un hospital infantil. Sí, exigente.
Dudó.
Lo pienso.
Decida rápido.
Aceptó dos días después. Ibáñez asintió, como si no esperara otra cosa.
Las siguientes seis semanas fueron las más intensas que recordaba desde la universidad. Montaron el repertorio: arias, algún romance, y de cierre, de nuevo Rachmaninov, una más larga y difícil. Inés llegaba tan cansada algunas noches que se dormía sin cenar. Pero aquel cansancio era distinto: no gris y denso, sino vital.
Sofía la cuidaba como una madre gallina, colándole comida, protestándole las horas. Inés se reía: así debía ser. Se volvieron más amigas estos meses que en veinte años anteriores; la vida sin atrezzo acerca mucho.
Tres semanas antes del concierto empezaron los problemas. Primero llamó el administrador: joven, nervioso, le dijo que surgieron dudas sobre su participación. Daba rodeos. Inés preguntó directo:
¿Le ha llamado Gabriel Belmonte?
Pausa larga.
No puedo comentarlo.
Ya veo.
Llamó a Ibáñez. Él escuchó y dijo sencillo:
Ven mañana. Yo hablo con quien haga falta.
Y habló. Cómo, Inés nunca lo supo, pero la dejaron en el programa. Las trabas siguieron. Una semana antes, Sofía la llamó angustiada:
Inés, vinieron dos. Dicen que de parte de Gabriel. Preguntaron si vivías aquí.
¿Qué dijiste?
Que no conocía a ninguna Inés. Pero siguen por el barrio. Anda con ojo.
Inés sintió ese frío en el estómago. Ni siquiera miedo; simplemente asumía: él no iba a dejarlo. Estaba acostumbrado a que todo fuese suyo. Su marcha era para él un problema de autoridad, no de amor.
Se lo contó a Ibáñez. Se quitó las gafas, las limpió, volvió a ponérselas.
Así que intentará sabotear el concierto.
Seguramente.
¿Tiene miedo?
Lo pensó de verdad.
No. Ya no. Estoy cansada de tener miedo.
Bien. Pausa. En el concierto estará Víctor Serrano.
¿Quién es?
Un productor. Muy conocido, dirige giras y auditorios. Le invité adrede, porque sus colaboradores le hablaron de usted tras lo del restaurante. Tiene curiosidad. Así que cante bien, Fernández de la Vega.
Le miró.
¿Todo esto lo hizo usted?
Llevo cuarenta años enseñando. Tres alumnas con voz de verdad. Una triunfó fuera, otra murió joven. La tercera se casó y desapareció. Siempre pensé en esa tercera. Me alegro de que haya vuelto.
El día del concierto amaneció plomizo. Inés llegó a la sala con dos horas de antelación, anduvo por el escenario solo para escuchar el silencio del teatro. Un teatro grande, unas ochocientas butacas. Amaba esos momentos de sala vacía, solo la escena esperando.
Una hora antes, el administrador se le acercó, muy bajito:
Inés, fuera están dos hombres. Dicen venir de parte de su marido. Exigen verla.
Ese no es mi marido. Es mi ex.
Dicen tener un informe médico para su hospitalización.
Inés guardó silencio un rato.
Pueden decir lo que quieran. Yo actúo. Si quieren, que pasen a ver el concierto.
El administrador dudó. Inés le sostuvo la mirada.
Es mi actuación. Nadie puede impedirme cantar. ¿Lo entiende?
Sí, pero
Llame a Ibáñez.
Ibáñez se encargó también de eso. Lo que fuera que les dijo, no entraron. Justo antes de salir, Inés vio en el vestíbulo a un señor alto, bien vestido, hablando con Ibáñez. Ese debía ser Serrano.
Le tocaba a Inés salir tercera. La sala llena. Televisión a un lado. Salió con un vestido austero, oscuro, elegido a su gusto. Se plantó en el centro, miró al público.
Y empezó a cantar.
La primera pieza fue sencilla, feliz. La segunda, costó; casi se le fue la frase en medio, pero recuperó. En la tercera ya ni pensaba ni en el público ni en la cámara ni en las presiones de fuera. Solo música. Solo aquello era suyo, su hogar, quién era en realidad.
Al empezar Rachmaninov, el silencio era total. Ese silencio que ocurre cuando el público realmente escucha, de corazón. Inés sentía que era como cuando, tras mucha fiebre, se sale a la calle y uno descubre que el cielo sigue azul, que lleva esperando. Que sólo faltaba atreverse.
Estaba terminando la última frase cuando vio a Gabriel entrar al fondo por un lateral.
Lo vio de reojo. Caminaba rápido, diciendo algo al de seguridad, gesticulando. La cara roja, tensa. Detrás, otro hombre.
Inés terminó la frase, hasta la última nota. No se dejó ni una.
El público se puso en pie.
Gabriel se quedó a la mitad del pasillo. Junto a él se acercó Serrano, el productor, y le dijo algo calmado, sin aspavientos. Inés vio cómo Gabriel respondía, cómo el rostro se le derrumbaba por dentro, no dramático, sino como quien de repente se da cuenta de que ya no importa ahí dentro.
Después, Gabriel se giró y se fue.
Detrás del escenario, Serrano se le acercó. Le dio la mano.
Había oído hablar de usted. Ahora la he escuchado. Tenemos que hablar.
¿De qué?
Un contrato, una gira. Primero aquí, luego fuera. Hay salas en Europa buscando exactamente ese tipo de voz. Sonrió. Y le prometo que ya nadie le va a frenar. Eso depende de mí.
Ibáñez la miró desde un rincón. Cuando Inés le devolvió la mirada, solo asintió. Una sola vez. Como diciendo: está hecho.
La charla con su madre la tuvieron de verdad después. Inés fue a verla, se sentaron en la cocina. La madre la observó mucho rato. Luego dijo:
Te vi en la tele. En el concierto.
¿Ah, sí?
Sofía me avisó. Lo puse. Calló, jugueteando con el mantel. No sabía que cantabas así.
Pero me escuchaste en el conservatorio.
Fue hace tanto y yo entonces estaba preocupada, era tu madre. Ahora solo veía la tele, y de pronto eras tú. La miró. Perdóname, hija.
¿Por qué?
Por creerle antes a él que a ti. Él hablaba muy bien. Y tú callabas. Pensé que estar callada era estar bien. No entendía.
Inés le tomó la mano.
Mamá, entendiste cuando debías. Eso basta.
¿No estás enfadada?
No.
La madre lloró suave, sin consuelo. Inés la apretó la mano y pensó que perdonar no es fingir que nada pasó, sino cargar sólo con lo necesario a partir de ahora. Lo demás, dejarlo atrás.
Pasó un año.
Inés esperaba entre bambalinas de un auditorio en Viena mientras el público tomaba asiento. Voces, el roce de las telas, alguna tos controlada. La sala era pequeña pero antigua, con molduras y ventanales. Fuera caía la nieve.
Su vida se había convertido en esto: alquilar pequeño en Viena, su propio espacio. Un contrato con Serrano, un futuro cantando y capaz de vivir de ello. Su maleta, paseando de ciudad en ciudad. Ibáñez llamando una vez por semana, a veces por videollamada para revisar programas. La madre viajaba de vez en cuando, perpleja por cómo su hija podía con todo.
De Gabriel sólo le llegaban noticias sueltas: que tras aquel escándalo su negocio había bajado, que algunos socios se alejaron. Se casó de nuevo al medio año, con una chica joven y callada, casi desconocida para todos. Inés lo supo, pensó un instante, y solo sintió cansancio comprendido. No rabia, ni dolor. Hay personas que no cambian; sólo buscan otra comodidad.
Pena por esa mujer, pero ya no era su historia.
Su realidad era otra. Incluía cansancio aéreo, discusiones con directores, torpes intentos en otros idiomas, noches solitarias en hoteles. Pero también: ver amanecer en ciudades nuevas, el aplauso, la libertad de comprarse el vestido que quisiera. Llamar a quien le apeteciera. Cerrar la puerta y saber que nadie la esperaba disecando su vida.
A veces pensaba en los años perdidos. No con rabia, sinceramente, sólo pensando: veintiocho años, es mucho. Podría haber cantado todo ese tiempo. Haber sido alguien distinta, o la misma, pero antes.
Pero pensar podría haber es lo más inútil del mundo. Y lo sabía.
Está aquí, ahora. Su voz está aquí. La escena está aquí.
La regidora se asomó:
Inés, tres minutos.
Ya voy.
Inés alisó el vestido, sencillo, oscuro, escogido por ella. Respiró hondo, cerró los ojos un instante.
De repente le vino a la mente la cara de Gabriel, un año atrás: No sonríes como toca. Perdona, decía ella. La sonrisa correcta entonces, pensando que ni siquiera escuchaba ya su propia voz.
Ahora sí sonrió. No una sonrisa correcta. Una sonrisa suya. Porque le salió.
Y salió al escenario.
El público guardó silencio.
Y cantó.





