Mamá Catalina

Mamá Carmen

¿Qué haces chapoteando aquí? ¡Ya está el suelo bastante mojado fuera y encima ahora tú vas a traer más humedad!

Una mujer corpulenta, grande como una casa, se dejó caer pesadamente al banco al lado de mí.

Hace un calor insoportable hoy Y encima la lluvia desde primera hora. Ahora parece que estamos todos en un hamán. Y solo llevamos medio día, ¡yo ya estoy empapada como si acabara de salir del mar!

Sacó una botella de agua de su bolso y, después de forcejear con el tapón, me la ofreció.

¿Quieres un poco? me tendió la botella. Dicen que el agua calma los nervios. A mí no me sirve de nada. Por mucho que beba, no se me va a pasar.

La miraba atónito, sin poder esconder mi rechazo. ¿Encima de todo lo que me pasaba hoy, tenía que soportar a esta señora? Sinceramente, nunca había soportado a las personas con sobrepeso. No entendía cómo uno podía abandonarse así, sin pensar en los demás. ¿Tan difícil era ejercitarse un poco, moderar la comida y cuidar su aspecto? Me parecía de lo más antiestético. Y el sudor, ese olor, la ropa enorme… ¡Uf! Me acordé de cuando, en un spa con mis amigas, una señora similar nadaba en la piscina.

Yo ahí no me meto, chicas. De verdad, para mí hoy ya es suficiente dijo Almudena, mi amiga de toda la vida, mientras su figura torneada contoneaba al estirarse.

¿Por qué? ¿No íbamos a pasar aquí todo el día?

¿Has visto lo que hay en la piscina? dijo Almudena en voz baja y con fastidio. Me da hasta repelús estar cerca.

El resto del discurso fue todavía peor y me sentí incómodo, aunque no podía mentir: pensaba parecido a ella. Uno no puede descuidarse de ese modo. Mejor te quedas en casa.

Y ahí estaba yo, sentado junto a una mujer aún más corpulenta que la que habíamos visto en aquel spa. Y encima, charlaba incansablemente. No me quedaban fuerzas ni para levantarme. Llevaba horas en aquella estación, primero llorando, luego simplemente mirando fijamente la pared de enfrente. No tenía otro sitio donde ir.

De pronto la mujer dejó de hablar al aire y se fijó en mí.

¡Vaya! Tan guapo, sin maletas ni bolsa siquiera. ¿Esperas a alguien? ¿O es que no tienes dónde ir?

Apreté los dientes y aparté la mirada, pero finalmente miré de reojo su rostro bonachón, grande y lleno de coloretes, enmarcando una sonrisa dulce. Al segundo siguiente, algo me hizo sollozar abiertamente y la desconocida, sin pedírmelo, me abrazó. Lloré, apretando la cabeza despeinada y destilando lágrimas en su blusa ligera. Pero en vez de oler a sudor, percibí una fragancia muy suave y floral, tan intensa como delicada. Me pregunté si sería el jabón o si realmente lavaría la ropa en hierbas aromáticas.

De pronto, asustado, me separé. ¡Claro! Ese olor Me recordó el de las manos de mi madre, la cual apenas recordaba porque falleció cuando tenía cinco años. Solo guardaba la imagen de un prado lleno de flores, de un día idílico haciendo coronas florales. Y sus manos olían justo como las de la mujer del banco.

¿Quién te ha hecho daño? insistió Carmen, porque así se llamaba. A ver, cuéntame.

Negué un momento y luego asentí, incapaz de aguantar el nudo en la garganta.

¡Menudo sinvergüenza! A uno como tú tenerle así sacó un paquete de bocadillos y una manzana brillante de su enorme bolso. Anda, come.

El olor de la comida me hizo recordar que llevaba casi un día sin probar bocado y que había agotado mi dinero.

Toma, coge, cariño. Es jamón cocido, hecho por mí. De pollo, que te sentará bien. Estás tan flaco que asustas.

No como carne musité, aunque la boca se me hacía agua.

¿Has dicho algo? Anda, come y no protestes y me puso en la mano el bocadillo, mientras partía la manzana.

Me devoré el bocadillo, ajeno ya a los prejuicios, y no pude evitar gemir de placer.

¿A que está rico? Pues lo demás no importa tanto

Al rato, y con la confianza que dan los gestos sinceros, me preguntó, sin prisa, qué hacía allí, solo en la estación, sin equipaje ni dinero. Asentí en silencio, limpiando unas lágrimas que volvían a salir.

Deja de llorar un momento y cuéntame. Luego, si hace falta, lloramos juntos hasta quedarnos secos.

No tenía mucha gana de recordar, pero no quedaba más remedio. Lo mío era el guion típico de una novela triste, pero era mi vida.

Salí de casa el día anterior. En realidad, huí, después de que mi padre me soltara que yo no era su hijo y que pronto tendría un hijo de verdad. Todavía no podía asimilarlo. El hombre que me había criado era, en realidad, mi padre adoptivo. Ni una sola vez en todos esos años dio a entenderlo. Con la mujer de mi padre, Claudia, nunca me llevé bien. ¿Cómo iba a funcionar? Si solo me sacaba unos años Desde un principio su sonrisa forzada anunciaba problemas.

Empezaron los comentarios sarcásticos, las puyas, las lágrimas Un drama constante. Yo creí que podría con todo, pero fue cuestión de tiempo.

La gota final fue el día antes: mi padre dejó unos papeles sobre la mesa y me soltó la noticia, con una frialdad gélida, antes de desaparecer. Al preguntar por mi padre biológico, ni me respondió. Y mi madre, la verdadera, ya no estaba.

Estuve en mi cuarto toda la noche mirando al techo, corazón helado, hasta que me puse una chaqueta y salí de casa sin destino. Caminé hasta la estación de Atocha. Sin móvil, sin fuerzas, y, sobre todo, sin ganas de llamar a nadie. No tenía amigos de verdad, porque mis padres se mudaban a menudo, cada vez que a mi padre le tocaba nuevo destino. Las amistades duraban poco. Las pocas que tuve ahora no iban a ayudarme. Vivían según ese dicho de “Quiérete a ti mismo y que todo lo demás te resbale”. Tenía una camiseta de eso, de cuando lo vi en una serie.

La mujer me escuchó sin interrumpir, haciéndome sentir, quizá por primera vez, comprendido. Cuando terminé, me ofreció unas servilletas y me sonrió, mientras rebuscaba en el bolso.

Bueno, cariño. Hay que hablar con tu padre, pero eso puede esperar ¿Tienes móvil?

Se ha apagado.

Claro. Toma este me entregó un móvil antiguo, de pantalla pequeña. No te rías, ¿eh? Este me lo dio mi hija, y a mí me encanta. Es fuerte, grande, y se oye bien. Manda un mensaje. Que vea que estás bien. No será el mejor padre del mundo, pero tampoco conviene que se preocupe más de la cuenta.

Cogí el móvil, dudando si llamar o no. Pero ella estaba atenta y no me quitó el ojo de encima. Y, cuando terminé, se levantó con determinación, acomodándose la blusa arrugada y húmeda de tanto usarla.

Me llamo Carmen, vivo en un pueblo cerca de Segovia. ¿Vienes? Si no tienes donde ir, podría ser una opción.

¿Pero por qué? No nos conocemos de nada le respondí, sin entender nada.

Carmen sonrió, cogiéndome la barbilla. Sus manos cálidas y suaves transmitían una ternura que ya me era desconocida.

Porque no existen los niños ajenos. Y no quiero que un chaval se quede solo en el mundo.

Pero yo soy ya mayor

Para mí estás a medio cocer todavía. ¡Anda, levanta! Tendremos que comprar billete, que si no nos pilla el tren.

Así acabé llegando a casa de Carmen Martín, o, como todos la llamaban, “Mamá Carmen”.

Durante el viaje en tren apenas habló. Más adelante me explicaría por qué: “No se puede andar metiéndote en el alma de la gente sin tiento decía. Hay que esperar el momento. Unos comparten todo enseguida, otros necesitan su tiempo”.

Dormí casi todo el camino, tanto por el cansancio físico como emocional. Al llegar, Carmen saludó a una conocida, y una mujer larguirucha la abrazó con tanto ímpetu que casi la tira:

¡Mamá Carmen! He venido como un rayo, pensaba que te perdía el tren. ¿Cómo está Laura?

Todo bien, les he dejado con Jaime. Voy a pasar a verlos en unos días.

¿Hablaste con el médico?

Dijo que sí, que lo va a mirar todo. Es joven, pero sabe lo que hace.

Y este chico, ¿quién es? me miró.

Menos preguntas, Alba. Venimos cansados y con hambre.

Sí, sí, venga, que os llevo. ¡Sentaos que os traigo en un segundo!

El coche antiguísimo me hizo gracia y solté un bufido. Alba lo notó y respondió:

¿Qué pasa? ¡Tiene aerografía! Lo ha pintado mi hermano, Pablo.

Aerografía corregí automáticamente, observando el dibujo de un enorme Gato Félix.

¿Y tú dónde has encontrado a alguien tan culta, mamá Carmen? Alba abrió la puerta y nos instaló.

En la estación.

Como a mí Alba me miró de arriba abajo. ¿Tú también dibujas?

Claro, terminé la escuela de arte.

¡Pues a Pablo le encantará! Él no estudió, aprendió solo.

¡Qué nivel! dije asombrado al ver los dibujos.

Ya te contará todo. ¡Vamos, que nos esperan!

¿Quién nos espera?

Ya lo verás…

Conduciendo como si la vida dependiera de ello, Alba me hizo cerrar los ojos en cada curva, y Carmen protestaba por el ritmo, asegurando que yo no estaba acostumbrado.

A la llegada, la chiquillería salió en tropel a recibirnos.

¡Son mis niños! Carmen se bajó con esfuerzo. Pero tranquila, vivo sola. Simplemente vienen mucho, los tengo cerca.

Las semanas siguientes me resultaron tan reconfortantes como desconcertantes. No conseguía aclararme quién era quién, hasta que un día, Alba, mientras preparaba la merienda, me enseñó el vecindario y me contó sus historias.

Mira, aquí viven tres de los nuestros, en la calle de al lado: Lourdes, Miguel y Teresa. Todos con familia propia, todos con hijos. Y en la otra punta del pueblo, vivimos Pablo, yo y Laura. Ella es la madre de Jaime, el peque con problemas de corazón. Ahí andan, a ver si pueden operarle.

Me perdí a mitad de la explicación.

No te preocupes, todo es cuestión de tiempo. Aquí somos muchos, pero te harás a ello.

Mamá Carmen es una santa, menuda familia ha formado. ¡Debe de haber tenido decenas de hijos!

Alba soltó una carcajada.

¡Qué va! No ha parido a ninguno, casi todos somos adoptados. Como tú.

Me quedé paralizado.

¿Perdón?

Sí, mejor te lo explico con calma. Ven, vamos.

La casa de Alba era pequeña y acogedora. En la cocina, apartó una gata que dominaba el sofá:

Ponte cómodo, enseguida vuelvo.

Era evidente que Alba lo tenía todo impecable. Las cortinas, de lino, tenían bordados hechos a mano.

¿Te gusta? Es obra de mi hija. Cuando estaba embarazada, como me mandaban a reposo, me dio por bordar. Margaritas, amapolas, violetas, depende del hijo.

¡Qué arte! exclamé.

Mamá me enseñó todo eso. Yo no sabía hacer nada cuando llegó mi hora. Fui una niña de acogida, igual que tú. Mis padres eran alcohólicos y de pequeña apenas recuerdo nada bueno. Mamá Carmen solía decir que cuando uno sufre mucho de niño, la memoria se va para protegernos del dolor.

Eso en psicología se llama amnesia disociativa.

¿De dónde sacas esas cosas?

Iba para psicólogo, pero lo tuve que dejar. Me puse mal de la espalda, tuve que operarme. Todo el dinero se fue en médicos. Antes mi padre pagaba los estudios, ahora ya veremos.

Bueno, tú sigue. ¿Qué hiciste cuando escapaste de casa?

Anduve sin rumbo, como todos. Al final, recalé en la estación. Estaba empapada y hambrienta. Mamá Carmen me vio, me trajo, consiguió hacerse tutora legal tras mucho esfuerzo. Luego adopté a Pablo, era un bebé. Y así fuimos llegando todos, poquito a poco.

¿Y Carmen, tiene hijos propios?

No. Está enferma desde joven, diabetes y problemas cardíacos. Lo suyo lo ha vivido en silencio para que le dejaran cuidar de nosotros. De joven era guapísima y tenía muchos pretendientes, pero la vida la golpeó duro. Se enamoró de un hombre que la maltrató, y aunque nunca lo cuenta, alguna vez ha dejado caer cosas. Luego volvió al pueblo con lo puesto, y empezó a acoger a gente como yo.

¿Y cómo se mantiene? pregunté.

Buena pregunta. Por leyes de infancia y ayudas sociales, consiguió reunir un pequeño patrimonio, más algo que le dejó un amigo muy especial, don Pablo, un empresario del transporte que, después de que Carmen cuidase de su hijo discapacitado durante un tiempo difícil, decidió ayudarla para siempre. Ahora, colabora con abogados y ayuda a más familias, todo a cambio de nada. Eso que ves aquí, es pura generosidad.

Mientras tanto, la casa bullía. Los hombres volvían del trabajo, los niños corrían, y Alba y Carmen los recibían con sonrisas y bromas. Por primera vez sentí que la idea de familia podía ser algo distinto a compartir una sangre. Las lágrimas rodaban sin querer por mis mejillas en medio de la comida.

Eh, no me llores en la sopa de ajo, que todavía te queda mucha por probar se reía Alba, secándome la cara. Ahora ya estás en casa, aquí nadie te va a hacer daño.

Aquel día le conté todo. Lo de mi madre, mi padre, la esposa de mi padre, mis inseguridades. Hablar alivió un dolor que llevaba años encapsulado.

No le guardes rencor a tu padre me aconsejó Alba. Piensa que te ha criado, aunque ahora se le haya ido la cabeza. Seguramente necesita tiempo para procesar su propia felicidad… A veces no todos sabemos gestionar la alegría bien.

Mi padre, cuando vino a buscarme, estaba nervioso, avergonzado. Yo, claro, no sabía que Carmen había viajado a Madrid a hablar con él cara a cara. Ahora me pedía regresar, perdón, que todo fuese como antes.

No, papá. Perdóname, pero necesito vivir mi vida. Dame un empujón al principio y ya salgo adelante. Tengo que trabajar y estudiar a la vez.

Eso lo arreglo yo.

No, ahora me toca aprender a salirme solo, como tú me enseñaste.

Al final, mi padre aceptó costearme la carrera y pude acabar Psicología en la Autónoma. Me hice muy reconocido, con una consulta llena de niños. Mi madrastra tuvo un hijo y me alegré honestamente por ellos, aunque apenas nos veíamos. Sin embargo, mi nueva familia, la de Carmen, era mi verdadero hogar. Cuando Carmen cayó enferma, dejé todo para cuidarla. El medio año tras el ictus fue de lo más duro, pero también lo más bonito de mi vida.

Carmen nunca terminó de recuperar el habla, pero conservaba el humor. Sus hijos adoptivos y nietos traían bullicio a la casa y le hacían reverencias de broma en el banco que Pablo y su yerno le montaron en la entrada.

Majestad, ¿le apetece un poco más de té? le decían de broma. Carmen bromeaba y toda esa familia elegida la rodeaba de cariño.

Yo regresé a la ciudad solo cuando Carmen se estabilizó. Más tarde, cuando me casé, fue la primera invitada en mi boda.

Mamá Carmen, ¿estarás conmigo?

Siempre, hijo mío. Siempre.

Y así comprendí la lección que me enseñó: la familia verdadera se escoge, el calor que importa no está solo en la sangre, sino en el alma y el afecto. Eso, en la vida, es más firme que cualquier lazo.

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MagistrUm
Mamá Catalina