La venganza de Marisol
Queridos lectores, hace ya muchos años de aquellos días, pero aún los guardo en la memoria como si fueran hojas secas de otoño pegadas al alma. La lluvia caía pausadamente sobre Madrid, fina y constante, sin decidirse a convertirse en chaparrón. Marisol miraba abstraída por la ventanilla nublada del autobús que la llevaba de regreso. Aunque para ella regreso significaba, ya desde hacía tiempo, su pequeño estudio en un séptimo piso, en plena Castellana. El pueblo quedaba atrás; allí estaban sus padres, sus recuerdos de infancia, la escuela donde estudió hasta marcharse a la universidad. Pero con los años, las cosas sencillas del campo le parecían ajenas, como si la ciudad la hubiera moldeado a otro ritmo.
Marisol se sentía orgullosa de lo que había conseguido a los veintisiete. Estudió medicina en la Complutense, consiguió trabajo en un renombrado centro de estética y no dejaba pasar la ocasión para mejorar: cursos, seminarios, jornadas… Siempre ocupada, siempre creciendo.
No habría ido de no ser por las extrañas distancias que notó últimamente entre sus padres. Llamaba a su madre y su padre nunca estaba; llamaba a su padre y su madre no cogía.
Mamá, ¿pero qué os pasa? le preguntó una y otra vez.
Y siempre la misma respuesta evasiva de Carmen: Todo bien, hija, ¿qué va a pasar? Estamos sanos.
Desde el aeropuerto de Barajas hasta Ávila apenas había dos horas en coche. Para Marisol, tan acostumbrada a los trayectos, el tiempo volaba. El autobús paró junto a la estación, y el paisaje le resultó igual de familiar, solo un poco más crecido o marchito aquí y allá. El viejo colmado tenía otra fachada y los árboles sin embargo seguían dispuestos como los recordaba, más altos, desafiando las nubes. Por teléfono avisó a su madre, pero, como siempre, sin concretar la hora.
En la plaza semidesierta, Patricio, el único taxista del pueblo, se acercó parsimoniosamente.
¿Dónde vamos? preguntó, arrastrando el trolley de Marisol por el adoquinado resquebrajado.
A la calle San Miguel, 52 contestó ella.
La casa familiar la recibió con las contraventanas celestes abiertas como brazos. El laurel aún perfumaba el jardín y, junto a la verja, tres álamos se alzaban altos, plantados por su padre cuando ella acabó la primaria.
¡Marisol! exclamó Carmen, la madre, lanzándose a la puerta en cuanto vio el taxi. ¡Hija mía, por fin!
Ay, mamá, que sí, que también tenía ganas, ¿pero para qué llorar?
Lloro de alegría, solo de alegría. ¡Tres años sin vernos!
Dejó la maleta en el recibidor, se quitó la chaqueta y las botas y se desplomó sobre el sofá para estirar las piernas, agotada del viaje. Carmen la rodeó con los brazos y allí permanecieron minutos eternos, en silencio y mirándose.
Fue entonces cuando Marisol, con voz suave pero firme, preguntó lo que tanto temía su madre:
¿Y papá? ¿No está en casa?
Déjame que te dé de comer, luego hablamos.
El mantel era nuevo, los platos no los recordaba. Todo tenía ese aire familiar pero extraño, como si intentara cuadrar el pasado con una vida más moderna, ajena. Sin embargo, las croquetas que salían de la cocina seguían teniendo el mismo sabor esponjoso de siempre. Ensalada con tomate de la huerta, quesada y otros manjares poblaban la mesa.
Mamá, ¿está de viaje o qué? Te noto rara
Ahora está fuera unos días, sí Carmen se puso seria. Llevamos tiempo queriendo hablar contigo, tu padre y yo. Pero por teléfono no es fácil. Tú siempre ocupada, que si el trabajo, que si congresos Perdóname; debimos decírtelo antes, pero no queríamos que te disgustaras. Verás nos hemos separado.
¿Cómo que separados? Marisol apartó la taza a medio temblar, se levantó y buscó en el armario ropa de su padre ya no estaba.
¿Y dónde vive ahora?
Siéntate, por favor pidió la madre. Los matrimonios a veces se acaban, hija. Así pasó. No hay dramas, solo caminos diferentes. Para nosotros, tú eres lo más importante, y eso no cambiará nunca.
¿Ha vuelto a la casa de los abuelos?
¿Dónde si no? Esa casa no debería estar vacía.
Necesito hablar con él. ¡Ahora!
Tranquila, volverá mañana; está de viaje con Fermín, el vecino, solo por dos días.
Marisol no se calmaba. ¿Tiene otra mujer?
Sí, hija, otra compañía tiene. Y no es raro, es joven aún.
¿Mucho más joven que él?
No tanto unos diez años menos.
Da igual. Me parece una traición.
No lo pienses así, Marisol. Tu padre te adora igual que siempre suspiró Carmen. Y perdóname, hija, por no contártelo antes. Fue error mío.
Marisol la miró con firmeza:
Tú eres blanda, mamá, pero yo no. Yo hago justicia y no pienso verle. Si alguien traiciona, que lo pague.
Carmen, al borde del llanto, prefirió guardar silencio; ya cambiaría cuando Marisol descansara.
Esa tarde, tras dormir una siesta, Marisol salió a pasear con chándal y abrigo. El aire del pueblo era otro, como si oxigenara hasta los pensamientos. Recordó a sus compañeros del cole, con los que ya apenas hablaba salvo algún mensaje ocasional. Se daba cuenta de lo mucho que había cambiado.
Mamá, bajo al río.
Va a llover.
No tardo.
La casa de los abuelos seguía en pie, huesuda pero digna. Atravesó la cancela, subió los peldaños y en la cocina vio a una mujer de unos cuarenta, tal vez menos, removiendo una olla. Debía de ser la nueva inquilina.
¿Así que eres tú la nueva señora de esta casa? dijo Marisol, sin disimular su desdén.
¿Marisol? respondió la mujer, turbada. Sí, soy Irina. Pasa, por favor. Vuestro padre me enseñó fotos tuyas.
Yo solo vengo a lo que es mío, no a verte a ti tan campante en la casa de mis abuelos.
Irina encogió los hombros:
No merezco ese tono. Vuestro padre decidió rehacer su vida, yo no he hecho daño a nadie.
Un niño de unos doce años apareció en la puerta y miró, a la vez curioso y asustado.
Vete a jugar, Dimi. No tardes.
Apenas cruzaron palabras. Cuando el niño se fue, Marisol sentenció:
No os vais a quedar aquí. Lo voy a impedir.
Salió de la casa airada, bajo la lluvia que amenazaba ya con ser tormenta.
De regreso, la rabia le calaba más que el agua. Quería gritarle a su padre, decirle todo lo que sentía. Y, sobre todo, echar a Irina de su casa, aunque en realidad poco podía hacer.
La ciudad la había hecho más dura, menos dada a emociones. El esfuerzo y la prisa de los días de consulta y de clientes difíciles la templaron como el acero; todo lo resolvía. Pero allí, en casa, se sentía de nuevo vulnerable, como una niña frente a un mundo en ruptura. La única defensa que le quedaba era la rabia, y por eso fue a ver quién ocupaba ahora el lugar de su madre.
Al regresar, Carmen casi ni la reconocía de tan turbada.
¿Has visto a esa mujer? confesó Marisol Y además con un hijo, ahora irá de padre de familia el papá.
El rostro de Carmen palideció.
¿Por qué lo has hecho, hija? ¿Qué ganas con eso?
¡Mamá! ¿Cómo puedes estar tan tranquila? ¡Vuestra vida juntos, tanta historia! No te da rabia, ¿no sientes injusticia?
Marisol musitó Carmen, casi perdiendo la voz. Hija, yo ya he asumido las cosas. ¿De qué sirve pelear la vida entera? Tú eras nuestro lazo, nos quisimos mucho por ti. El amor de pareja bueno, quizás nunca lo tuvimos claro. A veces ocurre.
Eso dices para justificarle.
No, hija. Fui yo quien le busqué, quien insistió mucho. Nos casamos y fuimos una familia. Te dimos amor, creciste feliz. Pero luego, la vida se convirtió en costumbre. Cuando te mudaste a estudiar, tú era nuestra unión, y solo eso. Cuando apareció Irina, supe que algo había cambiado. El papá siempre fue honesto y me lo confesó todo.
Quizá debisteis buscar ayuda, ir a un viaje juntos o a un psicólogo. Pero bueno, aquí parece que todo se debe aguantar.
Hija, en Madrid lo del psicólogo es normal, aquí no. Todo el mundo sabe de todos, y los problemas se resuelven hablando en la plaza, no en consultas. No he odiado a Irina; ahora sé que hay que perdonar, hija.
Eso será para ti. Yo no puedo. No quiero volver a ver a papá.
¿Y a mí? le preguntó su madre. ¿Tampoco a mí me verás si yo encuentro a alguien?
Haz lo que quieras. Si lo has superado tan fácil
Ya veremos. ¿Recuerdas a Teresa Martín, tu compañera de clase?
Marisol sonrió por primera vez en el día, recordando sus trenzas y sus risas en los recreos.
Teresa. Qué tiempos suspiró. ¿Cómo le va?
Tiene familia. Su madre murió hace no mucho. Su padre, Andrés, a veces viene, ayuda por aquí. ¿Te molesta?
No, mamá. Pero entiéndeme, pensaba que siempre estaría todo igual, que la familia era una roca, un refugio. Me resulta difícil aceptar que ya no es así. Cuesta reconstruirse después de un naufragio.
Carmen la acarició.
No dudes, hija. Lo bueno te espera. Llama si necesitas, vente cuando quieras.
Al día siguiente, todavía sin dormir apenas, Marisol vio cómo su padre llegaba en el viejo SEAT. Se le veía mayor, el cabello clareando, las arrugas marcadas. Sus ojos suplicaban ternura.
¿No me vas a saludar, hija? ¿Ni un abrazo para el papá? imploró.
Ya tienes nueva familia, ¿para qué yo? murmuró Marisol y se fue a su cuarto.
Carmen y Julio se cruzaron unas palabras quedas; él se marchó abatido. Su sombra se quedó pegada al zaguán.
Era el último día en el pueblo; Marisol al fin decidió bajar al río, entre las choperas. Un grito rompió la tarde, seguido de otros. Al acercarse vio a unos niños, uno de ellos caído encima de unas tablas, la bici hecha un ocho. Era el hijo de Irina. Con calma, Marisol actuó: un clavo le había desgarrado la pierna, seguramente el otro tobillo estaba torcido. Usó su chaqueta como almohada, le atendió como sabía.
Tranquilo, chaval, no pasa nada, todo irá bien.
Llamó de inmediato a su padre, que llegó al rato. Irina, con bata y el pelo alborotado, salió corriendo llorando al ver a su hijo.
Al coche, ¡rápido! ordenó Marisol.
En urgencias estaba todo en calma. Consiguieron que el médico atendiera al chico. Irina y Julio esperaban ansiosos cerca de la puerta. Tras varios minutos, Marisol explicó con voz firme:
No te preocupes, le curarán la herida y revisarán el pie.
Salió del centro de salud y caminó hasta casa en silencio; se le habían pasado las ganas hasta de llorar.
Al día siguiente, madre e hija estaban ya en la estación esperando el autobús de regreso. El día era gris, y ni el amanecer conseguía calentar. Por el camino llegó un coche con una familia. Era Teresa, su amiga de infancia; la reconoció fácilmente, aunque mostraba las huellas del tiempo.
Qué pena, Marisol, que sea tan poco dijo al abrazarla. Te extraño.
Y yo a ti respondió Marisol, casi sin voz.
Un hombre cargando a un niño se acercó:
¿Te acuerdas de mí? sonrió. Soy Andrés, el padre de Teresa. Me acuerdo del primer día de cole, las llevé de la mano.
Aquello fue especial admitió Marisol, sonriendo.
En ese momento, el SEAT apareció. Bajaron Julio e Irina con el niño, ahora en muletas, acercándose despacio.
Mira, Marisol, ¡ya camino casi solo! dijo el chaval, con brillo en los ojos.
Sabía que podrías, eres valiente respondió Marisol, cálida. Y nada de señora, me llamo Marisol.
Irina la miró con tristeza:
Perdón, ayer estaba fuera de mí; para mí mi hijo es lo que más quiero; para Julio, tú.
Marisol entendió, de golpe, que el pueblo era una familia, se estuviera cerca o no. Y por primera vez se permitió asomarse a esa sensación de pertenencia.
El autobús llegó y Carmen lloró bajito, las lágrimas cayendo calladas.
Vamos, mujer, que volverá le dijo Julio, mirando a Marisol con los mismos ojos de antaño.
Por un instante, Marisol se dejó vencer y se acercó lo justo para que su padre pudiera abrazarla y besarle la frente como en la niñez. Abrazó a su madre, a Teresa, a todos. Luego miró desde la ventanilla una vez más: necesitaba grabar todos aquellos rostros en su memoria. Oía sus voces, dulces, diciéndole que volviera.
Volveré, claro que volveré susurraba, sabiendo que no hacerlo sería una injusticia imperdonable.
El autobús arrancó despacio. Afuera quedaban todos los que pensaban en ella, los que la querían bien. El sol por fin asomó entre las nubes, lanzando sus rayos en señal de esperanza, calentando una promesa renovada bajo el cielo castellano.






