Mi novia, Inés, y yo nos queremos más que el jamón y el queso en un bocadillo. Tenemos veinte añitos y ya nos conocemos desde que íbamos con pantalón corto, desde cuarto de primaria, y en sexto ya éramos inseparables. Vamos, que hemos sido pareja desde que los recreos eran nuestro mundo. Y sí, tuvimos un hijo siendo jovencitos. La sorpresa de la familia, vaya.
Por supuesto, nuestros padres esperaban de nosotros algo más formal, quizá terminar la universidad antes de montar la guardería en casa. Pero la vida da sorpresas, y nuestro pequeño Mateo es el sol que nos ilumina. Hoy cumple tres años y tenemos hasta piso propio, cosa que en estos tiempos en Madrid casi es un milagro. Ahora, por si faltaba algo emocionante, he decidido pedirle matrimonio a Inés. ¡Vivan los novios!
La fiesta la montamos bien, como mandan los cánones: invitamos a cien personas, la mayoría familia desperdigada por toda España, desde Zaragoza hasta Sevilla, que sólo ves en bodas y funerales. Que, total, estas ocasiones son de las que no se pueden dejar pasar.
Desde el primer momento que anunciamos lo de la boda, mi madre empezó la campaña más intensa que he visto desde las elecciones: que mejor dejemos a Mateo con una niñera, que pobrecito el niño, que los críos en las bodas son como una paella sin arroz, que sólo traen lío y que nadie se puede relajar. La madre quiere que todo el mundo pueda chuparse los langostinos tranquilo y bailar un chotis sin tener que mirar al peque cada dos minutos. Dice que Mateo es muy pequeño y ni se entera de nada.
Pero tanto Inés como yo pensamos que nuestro hijo debe estar presente en uno de los días más importantes de nuestra vida. Este momento no se repite, y hay que celebrarlo en familia. Por suerte, mi tía Carmen, hermana de mi madre, se ofreció por whatsapp a cuidar de Mateo durante la ceremonia. Total, problema resuelto, y la familia ya puede respirar tranquila (menos mi madre, claro).
Mi madre, mientras tanto, parecía que se entrenaba para la maratón, dando vueltas por la casa y quejándose de que Mateo venga a la boda. Tanta insistencia que ya olía raro. Al final cayó la breva y descubrí el pastel.
Resulta que mis padres habían decidido no contarle a la familia que ya teníamos descendencia. Y ahora no sabían cómo explicarlo sin tener que escribir una novela de misterio en Twitter. Les daba vergüenza que el secreto saliera a la luz el gran día.
Mi madre insiste en que es una faena para ella que todo el mundo se entere de que tuvimos a Mateo antes de casarnos. Que en España nos gusta el cotilleo y que la gente se parte de risa comentando estas cosas junto a los berberechos. Que, en fin, mejor no decir nada.
Vamos, que lo suyo es más de miedo a la opinión de la familia que de preocupación real por el niño. Entre que llaman a la tía de Salamanca y el primo de Valencia, pero todos parece que no quieren meterse en líos.
Yo me mosqueé bastante. Y ella igual conmigo.
Ahora me siento raro, como si hubiera hecho algo fuera de la ley por ser padre joven. Lo hemos hablado mil veces en casa, y mientras yo mantengo la decisión de llevar a Mateo, ellos siguen con la suya de esconderlo como si fuera el décimo premio de la Lotería de Navidad.
Al final, ni los más cercanos nos apoyan. Mi madre ya hasta amenaza medio en serio: Si no me haces caso, dejo de ser tu madre. Y yo pensaba que lo difícil de casarse era elegir el traje, no sentir que te has colado en la historia familiar como un secreto de estado.






