Creo que mi hermano no eligió bien a su esposa. Sinceramente, al principio intenté mantener una relación cordial con mi cuñada. Durante un tiempo, mi hermano y su mujer vivieron con mi madre y conmigo en nuestro piso de Madrid. Desde entonces, me mudé a la habitación más pequeña, mi madre tuvo que dormir en el salón y les cedimos a ellos el dormitorio principal. Pero Lucía se encargó de dejar claro, casi desde el primer momento, que no nos consideraba de su mismo nivel. Ella era hija de un catedrático universitario y nunca pensó que le correspondiese limpiar o cocinar en casa, diciendo que no era su deber ni su posición.
Cuando Lucía se quedó embarazada, exigió tranquilidad absoluta. Mi madre, que siempre ha huido de los conflictos, aguantó todo en silencio. Ya ni siquiera podía invitar a mis amigas a casa, porque según Lucía, ella necesitaba descanso y privacidad.
Lucía pidió que le prepararan comidas especiales y que todo estuviera en silencio. Ahora mi madre tenía que cocinar por separado para ella y para nosotras. Varias veces intenté hacerle ver a mi madre que no tenía sentido intentar satisfacer todos los caprichos de una nuera que se volvía cada día más exigente. Al acercarse la fecha del parto, mi cuñada anunció que su futuro hijo debía tener una habitación propia, y pretendía que yo me trasladara a dormir al sofá del salón, lugar donde ya dormía mi madre. En ese punto no pude aguantar más. Lucía rompió a llorar y a gritar, como si tuviéramos la culpa de un posible parto prematuro. Mi hermano, por supuesto, la defendió y me llamó inmadura.
Al final, mi madre le pidió a mi hermano que resolviesen el problema de vivienda. Poco después, se marcharon a vivir solos. Ni siquiera supe cuándo nació su hijo, ni cuándo fue el bautizo. Mi cuñada sólo mandó a decir que no llevásemos regalos, que mejor le diésemos euros para el niño, e incluso indicó la cantidad.
Mi madre le explicó, apurada, que no teníamos tanto dinero. Como respuesta, nos prohibieron ver al pequeño. A mi madre esto le apenó mucho al principio, pero luego empezaron a traernos al niño a casa por iniciativa propia. Lucía solía dejar a su hijo con nosotras cuando necesitaba salir a tomar café con amigas o ir a hacerse las uñas. Pero nos recriminaba todo: que si lo vestíamos mal, que si no le dábamos bien de comer.
Cuando el niño cumplió un año, mi hermano y mi cuñada vinieron de visita: decían que seguían sin solucionar su problema de vivienda. Como no les concedían una hipoteca, Lucía decidió buscar trabajo y proponía dejar el niño a mi cargo mientras tanto.
Estudias en la facultad de Magisterio y así vas aprendiendo de verdad. Es duro vivir sólo con el sueldo de tu hermano, y no podemos pagarte nada por cuidar al niño. ¿Y tus clases? Podrías pasarte a la modalidad nocturna, así nos echas una mano me soltó mi cuñada con toda naturalidad.
Por supuesto, me negué. Nunca entendió que sus problemas familiares no eran mi responsabilidad ni por qué debía sacrificar mi formación para ayudar a otros. Encima, tuve que soportar sus quejas constantes porque no quería hacerme cargo de su hijo.
Lucía nos acusó de ser egoístas y afirmó que no volverían jamás a nuestra casa. Durante unos seis meses, cumplieron su palabra. Un día, mi hermano volvió solo a casa. Resulta que Lucía había comenzado a trabajar y allí conoció a otro hombre. Se divorció de mi hermano y le pidió una pensión de manutención.
Ahora le chantajea: sólo podrá ver a su hijo si paga puntualmente la pensión; si no paga, no tendrá derecho a visitarle. Para colmo, el otro hombre con el que Lucía está no piensa casarse con ella, pues él ya tiene mujer. Así que la exmujer de mi hermano sigue viviendo en un piso de alquiler en Salamanca, alquiler que aún paga mi hermano.
Mi hermano nos ha pedido perdón y ha prometido que la próxima vez será más prudente a la hora de elegir pareja. Todo esto me ha enseñado que, a veces, aunque intentemos hacer lo correcto por la familia, hay que aprender a poner límites y a defender nuestro propio bienestar. No se puede sacrificar siempre la propia felicidad por otros, ni dejar que quienes no nos valoran dicten nuestras decisiones.





