¿No tienes dinero para comer? ¡Ponte a trabajar! ¿Hasta cuándo vas a vivir del esfuerzo ajeno? Hoy me han despedido del trabajo, pero no pienso quedarme de brazos cruzados.

Un autobús. Todos los pasajeros estaban sentados, evitando cruzar miradas y cada uno sumido en sus propios pensamientos. Fuera, llovía con fuerza. En una de las paradas, subió un indigente. Aunque no debía de tener más de cincuenta años, aparentaba bastantes más. Un olor desagradable impregnó rápidamente todo el vehículo. Sus ropas estaban sucias y su cabello desaliñado.

Por favor, señores, ¿podrían darme unas monedas para un poco de pan? Llevo tres días sin comer pidió con voz apagada.

La mayoría de los pasajeros le ignoró por completo; algunos rebuscaron en sus carteras en silencio.

De repente, un pasajero levantó la voz:

¿Que no tienes dinero para comer? ¡Pues ponte a trabajar! ¿Hasta cuándo vas a vivir a costa de los demás? Hoy mismo me han despedido de la oficina y no me ves por ahí pidiendo. Además, aún tengo la hipoteca del piso por pagar.

Era un hombre que tenía buen aspecto, se notaba que estaba acostumbrado a hablar en público. El indigente, apenado, bajó la mirada y empezó a hurgar en sus bolsillos con manos sucias. Sacó unas monedas, lo poco que le quedaba, y se las ofreció al hombre.

Tómalas, las necesitas tú más que yo. La gente buena me ayudará.

Dicho esto, el indigente se dirigió a la puerta del autobús intentando bajarse rápidamente. El hombre salió tras él, intentando devolverle las monedas. El silencio se hizo en el autobús; todos los pasajeros observaban la escena con atención.

Al alcanzar al indigente, el hombre intentó justificarse, explicarle su punto de vista. Pero el otro respondió con una sonrisa tranquila, negándose a aceptar el dinero que le ofrecía.

La vida es maravillosa. Existen muchas personas buenas en el mundo. Solo hay que saber disfrutar cada momento dijo el indigente con voz serena.

El hombre se quedó de pie, sin saber qué decir, con las lágrimas resbalando por sus mejillas. No cabía duda de que aquel encuentro le había marcado profundamente. Apretaba entre sus manos las monedas que le había dado el indigente.

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¿No tienes dinero para comer? ¡Ponte a trabajar! ¿Hasta cuándo vas a vivir del esfuerzo ajeno? Hoy me han despedido del trabajo, pero no pienso quedarme de brazos cruzados.