Querido diario,
Hoy mi nuera ha vuelto a la carga, esta vez lanzando reproches: según ella, mis nietos ven frutas solo una vez al mes, mientras que yo compro pienso de alta gama para mis gatos. ¡Qué ironía! Pero vamos, que aquí parece que la responsabilidad recae en la abuela y no en los padres de las criaturas. Que yo sepa, mi hijo y su mujer son adultos y perfectamente capaces de encargarse de la alimentación de sus hijos. En cambio, mis gatos solo me tienen a mí para cuidarles. Recuerdo el día que mencioné, con toda la delicadeza posible, que quizá ya era hora de que mi hijo y su mujer desacelerasen un poco el ritmo con lo de traer niños al mundo; la respuesta fue tajante: que no me metiera en lo que no era de mi incumbencia. Así que aprendí la lección y me limité a atender a mis felinos, mientras oigo los lamentos maternales y las quejas airadas de mi nuera.
La boda de mi hijo se celebró cuando ella ya esperaba al primer nieto. Por supuesto, ellos defendían que la boda era fruto de un gran amor y que el embarazo era, simplemente, una feliz coincidencia. Yo solo asentí con una media sonrisa escéptica y no quise preguntar ni añadir nada más. Al fin y al cabo, mi hijo ya tiene una edad y debe ser responsable de sus decisiones y su vida.
Mi nuera trabajó de cajera en un supermercado hasta que por fin se cogió la baja. Prácticamente toda la gestación estuvo encadenando bajas médicas; siempre se quejaba de lo mucho que le costaba tratar con la clientela, según ella siempre dispuesta a montar una bronca. La verdad, tampoco es que el carácter de mi nuera destaque por paciencia o flexibilidad, así que no me cuesta nada imaginarla enfrentándose a discusiones diarias.
No me importaba realmente qué tipo de carácter tenía ella, porque cada una vivíamos en nuestro piso: ella y mi hijo, en el que adquirieron con una hipoteca reciente; yo, en mi pequeño apartamento. La antigua casa, una de tres habitaciones, era mía y en su día la vendimos. Con mi parte me compré mi pisito, y mi hijo se metió de lleno en la hipoteca de otro piso de tres habitaciones.
Le advertí entonces: ¿Para qué quieres ahora un piso tan grande? Vas a pagar muchísimo de más. Claro, por entonces él no me había confesado lo de la boda y el bebé, y pronto todo quedó aclarado.
La hipoteca la pagaba él solo, porque su mujer, que casi siempre estaba de baja y pronto iba a pedir la baja maternal, apenas aportaba nada. En lo de gastar, eso sí, era diligente, así que el dinero nunca les duraba demasiado.
Intentaba no entrometerme en sus asuntos, ni meterme a juzgar su matrimonio. Mi hijo eligió a su esposa y no vivían bajo mi techo. No tenía que compartir cocina ni baño con ella, así que que vivieran como quisieran.
Eso sí, mi hijo compró el piso cerca del mío, así que a veces, después del trabajo, venía a cenar. Mi nuera ni cocinaba decía que los olores la mareaban, y yo, sin ánimo de discutir, aceptaba su excusa.
Cuando nació mi primer nieto pensé en ir y echar una mano, que al fin y al cabo con el primer niño siempre se agradece ayuda. Pero fui claramente rechazada. Me despacharon diciendo que ella podía sola con todo, que para consejos ya tenía a su madre y a internet. Así que tampoco insistí. Yo iba solo a visitar al niño, jugar un rato y llevarle algún regalo, pero ya nunca más ofrecí ayuda.
Mi hijo cargaba con la hipoteca, su mujer y el niño, pero nunca se quejó. Asumía su decisión, y yo solo podía apoyarle dándole ánimos o un plato caliente. A veces le decía: Ya verás como cuando el niño crezca y tu mujer vuelva al trabajo, la cosa mejora.
Pero la vuelta al trabajo nunca llegó. Cuando el mayor tenía cerca de dos años, mi nuera volvió a quedarse embarazada. Les lancé una indirecta, comentando que estaban muy entregados a resolver el problema demográfico español, y que quizá podían frenar un poco, pero la respuesta fue otra colleja verbal:
¡Usted no se meta en nuestras cosas! Estamos bien. Nadie le pide ayuda, vivimos solos, me soltó ella, tan calmada.
Mi hijo murmuraba algo sobre el cheque familiar, que sería un buen apoyo, y yo decidí que, si así lo habían decidido, poco más tenía que decir. Nuestra relación nunca había sido buena y tras ese incidente, se limitó a ser cordial. Mi nieto mayor venía a verme cuando mi hijo lo traía, y yo no molestaba más.
Desde entonces, cada quien hace su vida. Mi hijo ha confesado que no llegan a fin de mes y se intuyen peleas en casa, pero yo nunca sé qué aconsejar. ¿Le digo que se separe? ¿Que cambien de trabajo? Nada parece tan sencillo.
Cuando nació el segundo nieto, ni siquiera me avisaron para la salida del hospital. Me dolió, pero aprendí a resignarme. De nada sirve intentar agradar a quien ya ha decidido apartarte. La primera vez que vi al benjamín fue cuando el mayor cumplió años y, por fin, me dejaron acudir. Fui con regalos para ambos y algo de comida, sabiendo que no andaban boyantes. Pasé un par de horas en un ambiente tenso, con mi nuera lanzando miradas frías, como si me estuviese perdonando la vida. Pero yo ya no estoy en edad de demostrarle nada a nadie. No voy donde no me llaman, ni me esfuerzo por convencer a nadie de nada. El mayor viene a visitarme, el menor aún no le dejan.
Las dificultades económicas de la familia persisten. El cheque familiar algo ha aliviado, pero no ha solucionado su situación. Mi hijo se queja de que su mujer no sabe ahorrar, pero él tampoco es un directivo de banco, vamos. Vuelvo a guardar silencio.
Hace unos días, me crucé con mi nuera en el súper. Fue entonces cuando supe que otra vez está embarazada. Miró mi carrito y casi escupió las palabras:
¡Eso, claro! Tus nietos solo ven fruta al mes, pero tus gatos comen pienso gourmet. Después, tironeó del mayor y se marchó apresurada.
¿Y quién es el culpable de que yo pueda permitirme un buen pienso para mis gatos, y ellos no fruta para los niños? Ella bien sabe cuál es su situación, lo ajustado de la hipoteca y que el trabajo de mi hijo no da para más, pero sigue trayendo al mundo más niños. ¿Por qué debería ser yo quien resuelva lo de la fruta?
Ahora apuesto a que directamente prohibirá que vea a los nietos, porque según ella no soy una abuela correcta, que no corre a entregar hasta el último euro a su hijo y su familia. Pero hay que vivir con cabeza propia, aunque, sinceramente, mi nuera parece no tenerla. Y lo más doloroso de todo es pensar que, quizás, mi hijo tampoco.
Así va pasando la vida, entre reproches, silencios y pienso para gatos de veinte euros el saco.






