Una llamada inesperada cambia la vida de Vitalio: una desconocida fallece en el parto, él es nombrad…

Mira, te tengo que contar algo que me pasó y aún no sé ni cómo procesarlo. Estaba en mi piso en Madrid, tranquilamente, con el portátil abierto y una taza de café humeante al lado, pensando en terminar unos informes para el trabajo. De repente suena el móvil, número desconocido.

¿Sí, dígame?
¿Don Gonzalo Jiménez? Le llamamos desde la Maternidad de la Paz. ¿Le suena de algo una tal Claudia Morales? la voz era grave, de señor mayor.
No, no conozco a ninguna Claudia Morales. ¿Qué ocurre? le contesté, desconcertado.
Verá, Claudia falleció ayer durante el parto. Nos pusimos en contacto con su madre, y ella nos aseguró que usted es el padre de la niña sentí que el tiempo se paraba mientras el hombre al otro lado esperaba respuesta.
¿El padre? ¿De qué niña? No entiendo nada de pronto sentí que me temblaban las manos.
Claudia tuvo una hija ayer. Usted figura como padre, si es que es usted Gonzalo Jiménez Díaz. Mañana tendría que venir al hospital… Hay que tomar una decisión me hablaba despacio, con calma.
¿Qué decisión tengo que tomar?
Venga mañana, a la Maternidad de la Paz. Pregunte por Nicolás Ruiz, soy yo. Allí hablamos de todo.

Me quedé mirando el teléfono atónito, oyendo los pitidos tras colgar. ¿Claudia…? No recordaba a ninguna Claudia. Nunca he tenido pareja fija, y la verdad, tampoco estaba entre mis planes, ni mucho menos ser padre. Mi vida me gusta como está, ya sabes.

Venga, piénsalo, ¿cuánto dura un embarazo? Nueve meses. Estamos en mayo O sea, septiembre ¿Qué andaba yo haciendo en septiembre? Espera claro, estuve dos semanas en Cádiz por trabajo. ¡Ya está! Claudia Ahora me iba viniendo la imagen: rubia, ojos verdes, sonrisa contagiosa Pero si era solo una aventura, cómo fijarme en cada una. Y ya ves, cuarenta años yo y ni ganas de formalizar nada.

Pero falleció. ¿Cómo podía pasarle eso? ¿Veinte, veintiún años tendría como mucho? Me senté a mirar la taza de café y, sinceramente, pensé en tomarme un whisky o algo fuerte. Pero no había nada en casa.

El caso es que sí, me acordé: aquella chica alegre en la playa, riéndose, mirándome con esos ojos tan vivos. Ni me planteé que podrían pasar cosas así. Por la noche, no pegué ojo, dándole vueltas a todo. ¿Qué iba a hacer ahora? Lo lógico sería que la abuela, la madre de Claudia, recogiera a la niña. ¿O ni siquiera es mía esa cría? Decidido: iría al hospital, hablaría con el médico, haría los papeles para renunciar y fin del asunto.

El día siguiente me planté allí, en la Maternidad de la Paz, sintiendo un nudo en el estómago. Me encontré con Nicolás Ruiz, el jefe de neonatología, que me dijo si quería ver a la niña. Le pedí antes hablar con la madre de Claudia.

Salí al pasillo y vi a una mujer delgada, vestida de luto, sentada sola, con aire roto. Me acerqué y, casi sin voz le dije:
Buenos días.
Ella levantó los ojos y sentí como si mirase directamente a Claudia de nuevo, con ese dolor metido dentro.
Me llamo Isabel. Isabel Delgado, soy la madre de Claudia susurró.
Yo soy Gonzalo. Gonzalo Jiménez Díaz le dije, por puro impulso.
Ya, mi niña me habló de usted. Ahora ya no podré escucharla más y rompió a llorar.
Me quedé paralizado, sin saber ni qué gesto hacer. Cuando se recompuso, me rogó:
Por favor, no rechaces a tu hija. No puedo dejar a mi nieta en un centro de menores, ¡es sangre de mi sangre! Tienes que entenderlo
¿Por qué en un centro? ¿No se la pueden dar a usted? le pregunté, intentando tranquilizarla.
Me encantaría pero tengo problemas de salud, insuficiencia cardíaca. Solo te pido que la reconozcas. Yo me haría cargo y no te daríamos ningún problema, te lo juro me agarraba la mano con desesperación.

Al final, no sabía ni cómo, nos vimos los dos en el despacho del doctor Ruiz. Le pregunté qué hacía falta para reconocer a la niña.
Una prueba de ADN respondió el médico mirando con seriedad.
¿Ya han pensado cómo la llamarán?
¿El qué?
La niña, ¿cómo va a llamarse?
¿No quiere verla?
Yo solo miraba a Isabel y respondí bajito:
No No quiero

Al final, todo fue más rápido de lo que esperaba. El ADN confirmó que la niña era mía. Yo, claro, no tenía ni idea de cómo asumir aquello. Mi vida no estaba pensada para un hijo, ni tenía nada preparado. Pero tampoco podía mirar a Isabel a los ojos y decirle que renunciaba. Solo pensaba es un crío, ayudaré en lo que pueda, mandaré dinero, compraré la cuna, la sillita y esas cosas. Nada más.

El día que iban a dar el alta, vi a la enfermera llevando un paquete enorme, todo rosa y lleno de lazos y encajes. Isabel lo cogió, apartó el encaje y me preguntó:
¿Quieres ver a la pequeña?

No me dio tiempo a responder. El doctor Ruiz entró y pidió a Isabel que pasara a su despacho un minuto. Me dejó el bulto en brazos y vino el pánico. Se removía, olía dulce y de pronto emitió un ruido raro, casi parecía el maullido de un gatito. Y se puso a llorar con todas sus fuerzas. Miré a la niña y era como mirarme en el espejo. ¡Igualita que yo!

Sentí que se me aflojaban las piernas y me senté enseguida; la mecí un poco y de golpe se calló y me miró fijamente. Me juro que hasta me pareció que sonreía.

Salió Isabel del despacho. Le iba a devolver la niña, pero no me salía hacerlo.
Déjame, la cojo dijo Isabel.
No, ya está. Se ha reído conmigo y no pude evitar sonreír como un tonto. Vamos a casa, Isabel. le dije bajito. Nos vamos los tres juntos a casa.

Y así, colega, sin haberlo planeado, mi vida dio un giro tremendo en un santiamén.

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Una llamada inesperada cambia la vida de Vitalio: una desconocida fallece en el parto, él es nombrad…