No en vano existe un refrán español: “Dios da un hijo, Él mismo da para criarlo”.

Yo misma, hace ya muchos años, provenía de un orfanato; mis padres habían fallecido, y no contaba con parientes que se hicieran cargo de mí, así que me crié en una institución para niños sin familia en Valladolid. Al cumplir los dieciocho, tuve que buscar trabajo sin demora, pues no tenía ni un céntimo para acceder a la universidad. Siempre fui una muchacha trabajadora, nunca le tuve miedo al esfuerzo ni a ninguna labor por humilde que fuera.

Con el tiempo conocí a Rodrigo; pronto nos enamoramos y comenzamos a vivir juntos en un piso modesto de Madrid. No discutíamos, nos apoyábamos el uno en el otro, y reinaba el respeto en nuestra convivencia.

Pero él nunca quiso convertirme en su esposa. Yo anhelaba con todo mi corazón una familia verdadera, algo que siempre me había sido negado. Cuando llevábamos cuatro años compartiendo techo, quedé embarazada. Apenas se enteró, Rodrigo desapareció sin dejar rastro. Lo único que dejó atrás fue una nota en la que decía que no quería hijos y que sus padres me entregarían dinero para que interrumpiera el embarazo.

Cierto es que su familia hizo llegar una cantidad en euros, pero en el fondo de mi ser supe que nunca podría acabar con la vida de mi hijo. Fuere cuál fuere la dificultad, estaba decidida a salir adelante, a trabajar y luchar.

Un día, mi vecina Consuelo, al verme con mi vientre ya crecido, no dudó en dejarme saber su desaprobación:

Ya te lo advertí, Lucía, una mujer solo debe irse a vivir con un hombre después de casarse. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Vas a tener que apañarte sola, madre soltera!

Sus palabras me hirieron profundamente. No era la primera vez que manifestaba su desagrado por mi situación.

Fueron tiempos duros. Durante el embarazo tuve que trabajar aún más, doblando turnos cuando era posible. Por suerte, el encargado, don Francisco, supo comprender mi tesitura y hasta me adelantó algo de dinero en alguna ocasión. Lo que nunca imaginé fue que acabaría recibiendo la ayuda de personas completamente ajenas a mí.

Una tarde sonaron a la puerta. Era una señora, Pilar, que traía una bolsa en la mano. Resultó que Consuelo, a pesar de todo, había hablado con las vecinas para que cada una aportase lo que pudiera. Las madres de la comunidad me trajeron ropa, juguetes y otras cosas útiles para el bebé. Incluso recibí sobres con billetes; supe después que don Julián, el viejo que barría el patio cada mañana, había decidido ayudarnos a mi hijo y a mí con algo de dinero cada mes.

Jamás pensé que, en el momento de mayor necesidad, la bondad de los desconocidos me cubriría tanto. Hasta mi casera, doña Rosario, accedió a rebajarme el alquiler. Gracias a la solidaridad de tantos, pude dar a luz y criar a mi hijo en un entorno lleno de calidez. Podría decirse que fue toda la vecindad la que lo ayudó a salir adelante.

Ahora, tras el paso de los años, Rodrigo ha aparecido de nuevo. Quiere conocer a su hijo, e incluso sus padres preguntan por su nieto. No sé si debo permitirles formar ahora parte de nuestras vidas A veces, los caminos del destino nos ponen a prueba de maneras que nunca hubiésemos imaginado.

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MagistrUm
No en vano existe un refrán español: “Dios da un hijo, Él mismo da para criarlo”.