¿Cómo que no piensas ocuparte de la criatura de mi hijo? no pudo contenerse la suegra.
Para empezar, no le hago ascos a Íñigo. Y quiero recordarte que en esta casa yo, después de mi jornada, como buena esposa y madre, me encargo de la segunda ronda de cocina, colada y limpieza. No tengo reparo en echar una mano o dar algún consejo, pero lo que no pienso hacer es asumir del todo las responsabilidades de madre.
¿Que no piensas? Entonces, ¿así eres, una hipócrita? insistió.
¡Vanessa, hija! ¿Para qué sirve un trabajo si ni pagan por él? Como de costumbre, en la reunión de exalumnos, Sonia no dejó pasar oportunidad de criticar y escrutar a todo bicho viviente.
Atrás quedaban ya esos años en que Vanessa se mordía la lengua. Ahora no se andaba con rodeos y no perdió ocasión para dejarle las cosas claras a la bocazas de Sonia.
Que a ti te preocupe el dinerito no quiere decir que todos estén igual se encogió de hombros, despreocupada. A mí me han dejado dos pisos mi padre en Madrid.
Uno suyo, donde vivíamos antes de que se separara de mi madre; el otro me lo dejó primero mi abuela y después me acabó tocando a mí.
Y claro, los alquileres ahí no son de aquí, así que tengo de sobra para vivir y darme algún capricho, y puedo darme el lujo de rechazar curros que no me apetezcan.
Tú cambiaste la bata de médica por la caja del súper, ¿verdad?
Eso era un secreto. Vanessa había prometido no contarlo nunca.
Pero, vamos, si Sonia quería guardar a oscuras esa verdad, podría haberlo pensado antes de llamar idiota a Vanessa en público.
¿De verdad creía que iba a quedar sin respuesta? Si alguien aquí era idiota, desde luego no era Vanessa.
¿Vendedora, de verdad?
¡Dijiste que no lo dirías! chilló ofendida Sonia.
Y, al momento, recogiendo el bolso, se fue corriendo del restaurante, aguantándose el llanto como podía.
Bien merecido lo tiene apuntó Andrés tras un silencio incómodo.
Sí, sí, ya estaba cansando. ¿Quién la habrá invitado? añadió Tania.
La invité yo, que fui quien organizó todo se disculpó Ana, antigua delegada de la clase y ahora organizadora de la cena. Recordaba que Sonia era insufrible de cría, pero la gente cambia. O eso dicen. Bueno algunos.
Pero no siempre alzó los hombros Vanessa.
El grupo se echó a reír. Y acto seguido, comenzaron a preguntar a Vanessa por su trabajo.
La curiosidad (y solo curiosidad, ya sin malicia hacia la elección de Vanessa ni su lucidez) era totalmente comprensible.
Hay pocas personas que hayan tenido trato con ese sector (ni ganas, realmente), y alrededor de esa profesión flotan todo tipo de mitos y fantasías.
Vanessa los fue desmintiendo uno a uno mientras charlaba con los viejos amigos.
¿Y eso de curarles, para qué sirve, si no hay nada que hacer? acabó preguntando alguien.
¿Quién dice que no? Mira, tengo un niño de cinco años. Durante el parto todo fue torcido, hubo hipoxia, y claro, ahora ha resultado tener un retraso en el desarrollo.
Pero el pronóstico es buenísimo explicó. Solo tardó más en hablar, comenzó casi con tres años, y ahora los padres lo llevan constantemente a logopedas y neurólogos.
Hay muchas posibilidades de que vaya a una clase normal, no una de apoyo, y que no tenga problemas de mayor.
Si no se hubieran ocupado de él, otra historia sería.
Entendido. Así que tú, como no tienes que ir detrás de los euros, eliges algo socialmente útil resumió Valerio.
De ahí el cotilleo se desplazó a las vidas ajenas de otros compañeros.
Vanessa, por su parte, de repente sintió que una mirada ajena se le clavaba en la espalda. Al principio lo achacó a paranoias, pero al rato, la sensación volvió.
Disimulando, echó un vistazo: no, nadie del local prestaba atención a su mesa. Nada insólito, por tanto, y pudo volver tranquila a la charla y más tarde olvidó aquel fugaz presentimiento de mirada extraña.
De la reunión de exalumnos pasó una semana.
Al amanecer, Vanessa bajaba al garaje cuando notó que su coche no podía salir: otro vehículo la tenía bloqueada.
Llamó al número que había en el salpicadero y una voz le pidió mil disculpas, prometiendo bajar en nada y moverlo enseguida.
Perdóname, de verdad sonrió el joven al llegar. Venía de recados y no había dónde aparcar, solo quedaba el hueco ese chungo. Por cierto, me llamo Mikel.
Vanessa respondió ella. Había en Mikel algo cercano, tranquilizador.
La manera de comportarse, la ropa, hasta el perfumetodo desprendía una simpatía que hizo que Vanessa aceptara sin dudar una cita.
Luego otra. Y a los tres meses no se imaginaba la vida sin Mikel.
Más tranquilizador aún: la madre de Mikel y su hijo de un matrimonio anterior acogieron a Vanessa como si fuera de la familia.
El niño, Íñigo, tenía sus peculiaridades, pero Vanessa, con su experiencia, conectó rápido con él.
Además, le sugirió a Mikel algunas estrategias nuevas para ayudarle a socializarse mejor y mejorar la comunicación entre los dos.
Al cabo del primer año se mudaron juntos. Mejor dicho: Vanessa dejó su piso para irse a vivir con Mikel e Íñigo.
Su pequeño apartamento lo alquiló, como siempre, con la agencia que gestionaba los pisos de Madrid, y se mudó con sus cosas a casa de su futuro marido y su hijo.
Ahí llegaron las primeras señales raras.
Al principio eran cosillas: Echa una mano a Íñigo para vestirse, o quédate con el crío media horita mientras bajo al súper.
Hasta ahí, bien. Había buena relación, y además, cuando pedían esos favores, Vanessa no tenía nada más urgente.
Pero poco a poco, las tareas se fueron haciendo cada vez más y más pesadas.
Así que llegó el punto de hablarlo con Mikel: su hijo era, ante todo, responsabilidad de él.
Vanessa estaba dispuesta a ayudar en lo que pudiera, pero no a cargar con más de una quinta parte del cuidado diario de Íñigo. Bastante tenía ya con su trabajo especializado.
Mikel dijo entenderlo, pero, justo antes de la boda, él y su madre empezaron a hablar extensamente de la rehabilitación del hijo y nieto.
Comentaban el programa de manera tan velada que a Vanessa le quedó clarísimo que pretendían que ella asumiese esas tareas en su tiempo libre.
A ver. Alto, alto, que nos liamos zanjó Vanessa, firme. Mikel, tú y yo tenemos un acuerdo: tú eres quien cuida a tu hijo.
Yo tampoco te pido que vayas a limpiar a casa de mi madre, ni a arreglarle la casa o buscarle soluciones. De esas cosas ya me ocupo yo.
Pero menuda comparación carraspeó la futura suegra. Una madre es una madre, mujer adulta e independiente; un niño es un niño.
¿Y tú crees que, casada, vas a seguir escurriendo el bulto con Íñigo?
Es que yo no escurro el bulto con Íñigo. Quisiera recordar que aquí, después de mi trabajo, me encargo de cocinar, fregar y limpiar, como toda buena esposa. Pero no pienso hacerme cargo de la rehabilitación del chico, porque es hijo de Mikel, y le toca a él ocuparse.
Ayudo si se me pide, puedo aconsejar, pero no voy a vivir para eso.
¿Cómo puede ser? ¿Así que para contar a los amigos lo heroica que es tu profesión, ahí sí disfrutas, pero cuando hay que remangarse, ni asomarte? ¿Eso es lo que eres, una hipócrita?
¿Pero de qué habla? preguntó Vanessa.
Entonces se le hizo la luz. Resulta que la madre de Mikel lavaba platos en el mismo restaurante de la reunión de exalumnos.
Todo cuadraba de repente.
Ah, que todo esto era para endosarme a mí el papelón, ¿no? replicó.
¿Te creías que me ibas a emocionar, que esto era amor? Si no fuera por Íñigo y tu profesión habría pasado de ti Mikel no pudo callarse más.
Pues si es así, ni te molestes en mirar dijo Vanessa, quitándose el anillo y lanzándoselo a Mikel.
Te arrepentirás advirtieron Mikel y su madre. Qué hombre decente va a querer una gris sin aspiraciones ni dinero.
Dinero sí que tengo: dos pisos en Madrid replicó Vanessa con media sonrisa.
Y disfrutó viendo sus caras cambiar antes de irse a preparar la mudanza.
Por supuesto, después llegaron los intentos de reconciliación. Promesas de que él se encargaría del niño, de que aquello no volvería a pasar, que estaba nervioso, que la quería, que de verdad esta vez sí, sí, sí
Vanessa ni se dignó a escuchar: si había alguna ratita era Mikel, y desde luego no parecía que ella fuera la afligida.
Entre risas compartió la anécdota luego con sus compañeros.
Y Vanessa sigue soñando con encontrar algún día alguien que la quiera por lo que es, no por su dinero ni sus habilidades, sino porque vea en ella un alma gemela.
Mientras tanto, disfruta de su trabajo, sus amigos… y puede que se regale un gato. Que a los gatos sí se les educa, al contrario que a ciertos hombres.






