He soñado que llevaba cuatro años inmersa en un permiso de maternidad interminable, como si el tiempo fuera un río lento y caprichoso que pasa entre los dedos y los pañales. Mis pequeños, tan parecidos entre sí, me enredaban en madrugadas y tardes eternas y yo aceptaba mi suerte de madre como si fuera una herencia mágica. Mi marido, Jacobo, trabajaba en dos sitios distintos, atrapando euros como si fueran mariposas escurridizas. Teníamos nuestro piso en las afueras de Valladolid, así que, de alguna forma, nos las apañábamos.
¿Y qué has conseguido tú con veinticinco años? Mi hija ya tiene una carrera me soltó de pronto mi suegra, doña Matilde, desde la cabecera de la mesa, mientras el reloj del comedor daba vueltas en sentido contrario.
Mi cuñada, Aurora, no tenía prisa en casarse, ni en plantar un solo árbol en la vida. Prefería sus propias flores: juventud y belleza, que admiraba frente al espejo como quien contempla un cuadro en el Prado. No pensaba sacrificar su juventud por unas criaturas. Es su camino y yo ya elegí el mío, hace años en una de esas tardes extrañas de junio. Su brillante carrera tampoco avanzaba, más bien bailaba como una sombra indiferente; Aurora recelaba de todos y tejía rumores con hilos invisibles.
Aurora tampoco perdía el tiempo: saltaba de una ciudad a otra, cambiaba euros por abonos de tren, vivía en una fiesta surrealista que no parecía tener fin. Hasta que, hace un mes de sueño diluido, vino a mi casa corriendo, pálida como el reflejo de la luna. Su jefa se iba de baja maternal, buscaban a alguien que la sustituyera. El puesto soñaba con quien escribiera el proyecto más brillante, pero Aurora y los ordenadores eran como dos gatos en celo: irreconciliables.
Mi suegra entonces usó mi propio nombre como si fuera un conjuro:
Tienes que ayudarme, hija. Tú puedes hacerlo, yo me encargo de todos los quehaceres y de los niños me susurró, arrastrando las palabras como piezas de dominó.
No sabía cómo compaginar proyectos y pañales, pero ante esa promesa, acepté.
La realidad se dobló como un espejo roto al día siguiente. Matilde me llamó por la mañana:
No puedo quedarme con los niños, me voy al pueblo, tengo que hacer mermeladas para el invierno. Arreglaos sin mí me anunció mientras de fondo crujían pepinillos y tarros de cristal.
Aurora tampoco volvió a aparecer. Me encontré luchando contra el sueño, entre pantallas azules y biberones, agotada como un toro tras San Fermín. Intenté ayudar, pero nadie se hizo cargo de mis hijos, ni por un suspiro.
¿Por qué no está hecho? ¡Lo prometiste! Aurora chilló, su voz sonando como campanas sordas en mi cerebro cansado.
Y vosotras prometisteis cuidar de mis pequeños, pero no he tenido ni una sola tarde para trabajar como una persona.
Aurora explotó en reproches, diciendo que lo haría sola. Pero nada hizo. La pereza la ataba al sofá como raíces en una maceta; y así, el ansiado puesto pasó delante de ella silbando una jota.
Eres mala, has traicionado a mi hija vociferó Matilde. ¡Le tienes envidia!
No me hizo falta defenderme. Lo único que importaba era la mirada de Jacobo, mi marido, que lo había entendido todo. Me prohibió ver a su hermana. Ahora, Aurora puede bailar sola en sus fiestas con vino de La Rioja, sin ataduras, sola de verdad, tan libre y tan independiente como una torre antigua de Salamanca en una madrugada de niebla.






