Un placer que cuesta un dineral

Un lujo demasiado caro

Clara, ¿otra vez? ¡No puede ser! ¡Trabajo solo para tu gato!

El gato, al que Clara intentaba meter en el transportín, se le zafó de los brazos, se dejó caer al suelo y corrió hacia el rincón del recibidor, donde se acurrucó lanzando unos lamentos guturales y lastimeros. Por su aspecto, el gato al que Clara, hacía ya muchos años, le puso el romántico nombre de Quevedo estaba dispuesto a vender cara su vida, por mucho que para Daniel aquello no valía nada.

Y digo hace años porque Queve, como llamaba cariñosamente Clara a su amigo peludo, llevaba con ella ya cerca de una década. En realidad no sabía cuántos años tenía el gato. Lo recogió de la calle, y no era ningún cachorro. Ya era un gato adulto, aunque joven, según le dijeron a la madre de Clara cuando lo llevaron al veterinario.

Allí fue Lola, la madre de Clara, junto a su hija y el gato arrebujado en una vieja manta de bebé.

¡Por favor, salven al gato!

¿Pero dónde han encontrado esta criatura? la chica de la clínica torció el gesto. ¡Pero si es todo un gato callejero!

¿Qué más da de dónde es? ¡Es mi gato! ¡Ayudadlo! ¿No veis cómo está? ¿A qué esperáis? ¿O es que mi dinero vale menos que el de quienes traen aquí persas y siameses?

Lola estaba tan furiosa en ese momento que la veterinaria decidió no contradecirla. Y acertó.

Lola Martínez era una mujer de armas tomar. Claro, la vida te hace así. Criar a una hija sola, cuidar de dos ancianos, todo con un sueldo de educadora infantil… ya saca colmillo a cualquiera.

Sabía defenderse, qué duda cabe. Pero además era una mujer bondadosa. Amaba a los niños, a los gatos y hasta, en ocasiones, a los perros, aunque siempre les tuvo cierto temor desde pequeña.

No dejaba pasar una, ni a las vecinas del barrio, ni a los padres de los alumnos de su clase, ni a desconocidos que creían que esa mujer menuda era presa fácil.

Y aun así, Lola lo hacía sin gritar, sin perder los papeles, siempre encontraba el argumento certero que, de pronto, desarmaba al atacante y hacía girar la discusión hacia un rumbo completamente inesperado. En vez de peleas, a los cinco minutos el que la increpaba acababa desahogándose y hablándole de sus problemas, y Lola, paciente, asentía y esperaba. Al final, siempre le agradecían, le pedían disculpas y se marchaban.

Nadie sabía cómo lo hacía, ni ella misma. Era como si tuviera un don natural para escuchar. No para hacerse oír, sino para oír de verdad.

Eso sí, parecía que este don solo le servía con extraños. Cuando se trataba de sus propios familiares, todo era más difícil.

Su marido la había abandonado solo una semana después de la boda. Su madre solía bromear diciendo que había durado demasiado.

Claro que dolió, pero Lola aceptó que quizá era cierto. Con una torpe como ella, difícilmente se haría familia. No en vano, su marido se despidió entre risas diciéndole:

Tienes de mujer lo que yo de bailarina.

Obviamente, a Lola le afectó. Pero a los pocos meses descubrió que estaba embarazada y se tranquilizó. Mujer, después de todo. Que los hombres no tienen esa dicha.

El nacimiento de su hija lo esperaba Lola como el mayor acontecimiento de su vida, mucho más que la Navidad o su propio cumpleaños. En su modesta existencia, los días de alegría se contaban con los dedos. ¡Pero aquello sí que era un acontecimiento!

Su madre, sin embargo, no quiso apoyarla en su decisión.

¿Para qué te metes en esto, Lola? ¡Es una carga! Eres joven, guapa, tienes algún futuro. ¿Y ahora? ¿Vas a vivir a base de macarrones? ¿Y tu hija también? ¡Los hijos son un lujo, Lola! Ya lo verás.

¿Mamá, no era así como vivíamos?

¡Justo! ¿Y qué tiene de bueno eso?

Por una vez, Lola no obedeció. Cada vez que pensaba en no tener el bebé, sentía como si la ahogaran. ¿Cómo iba a acabar con aquello que ya crecía en su interior? No era solo el embrión, era saber que todo lo que le habían dicho era falso. Ella podía ser madre, y a alguien le parecía mal.

Contuvo su decisión la abuela, que un día apareció en la ciudad, bien peinada con su pañuelo de los días de fiesta, y le soltó:

Lola, hija, tenlo. Yo te ayudo.

¿Y el abuelo, abuela, cómo se las arregla solo en el pueblo?

¡Tranquila! Está hecho un roble. Y si no, nos lo llevamos a la ciudad.

Un paquete limpio apareció en la mesa. Reconoció la toalla bordada de la abuela, regalo de años atrás.

¿Te acuerdas? Ábrela.

Lola nunca vio ni sostuvo tanto dinero en sus manos. El abuelo había vendido la casa familiar, el terreno ya valía mucho desde que pasaba allí la carretera. Eso y los ahorros para comprarles un piso, aunque fuese modesto.

Abuela, yo no puedo…

¡Claro que puedes, Lola! No discutas. Por tu hija, si no por ti. ¿Quién sino su madre la va a cuidar?

Aquel dinero supuso la última gota en el vaso de la discordia con la madre de Lola.

¿Así que ahora sí hay dinero? ¿Y cuando yo lo pedí a vosotros, mamá? “No hay, ¡no cuentes con ello!” Y como quien no dice nada, ahora abuelita viene con la bandeja de plata. En fin. Qué se le va a hacer.

La abuela echó a Lola de la habitación y habló largo y tendido con su madre, pero de nada sirvió. Esta no entendía cómo Lola, pese a todo, había tenido ayuda, apoyo, vivienda… El premio gordo, vaya.

Lola no lo comprendía. Ellos no se habían portado mal, ni andaba de juergas. El hijo venía de su marido y, como dijo la abuela, si la relación fracasó era cosa de dos. Que no hay carro que tire si solo tira una mula.

La abuela, entre risas, añadió:

¡Y encima era macho! ¡Así que doble de trabajo! Anda, no te preocupes, Lola, eres joven aún.

Esas palabras callaron a Lola, pero su gratitud hacia la abuela era infinita.

El piso fue comprado cuatro habitaciones, antiguo y necesitado de reforma, pero en muy buena zona gracias al olfato incomparable de la abuela, que tras regatear como en el mercado, negoció una bajada de precio espectacular.

¿Me miras así? Después de toda la vida vendiendo en el mercado, lo difícil no es plantar la patata, hija, sino venderla. Créeme.

En dos meses, un equipo de albañiles gitanos con un capataz serio y la batuta incansable de la abuela, consiguió dejar el piso más que decente. Y Lola, al entrar a su cuarto donde ya estaba puesta la cuna se echó a llorar.

¿Y por qué lloras, tonta? ¡Esto es para celebrarlo! dijo la abuela, secándole la nariz y arrastrándola a conocer la cocina nueva.

Clara nació prematura. Lola estaba nerviosa, pero todo fue bien. Era una niña sana, valiente y de una sensibilidad encantadora. Había recibido de su madre palos y reproches, pero Lola decidió que jamás haría eso con su hija.

La abuela es la única que importa. ¡Claro! Ella os cuida y compró el piso. Yo aquí ni entro para ver a mi propia nieta.

Mam, ¿cuándo te hemos prohibido venir? Ven siempre que quieras pero, por favor, no montes escenas. Clara se asusta.

¿Que se asusta, dice? ¡Pero si es una niña! ¿Por alzar la voz?

Mam, tú no hablas… tú gritas decía Lola casi llorando.

Su madre no la escuchaba, convencida de que alguna vez su hija la trataría igual a ella.

Ya verás si tu hija no te hablará como tú me hablas algún día.

No lo hará dijo Lola, súbitamente serena.

La discusión acabó, pero en su interior sonó: “Yo no seré así.”

Decirlo es fácil.

Hacerlo, no tanto.

Lola no tenía claro si lo hacía bien, pero intentaba construir un clima de confianza con su hija. Clara no era caprichosa, pero carácter tenía para repartir. Desde pequeña, si algo quería, sabía cómo lograrlo.

Mamá, ¿puedo una galleta?

Clara, después de comer.

¿Pero ni una? decía con pena.

Ni una.

Está bien, mamá. ¿Y después de comer me das dos si como mucho?

Lola se reía de su pequeña embaucadora y, tras el plato vacío, sí, le daba dos galletas.

Así crecía el carácter de Clara. Pronto descubrió que el escándalo no servía para nada, y hasta a la abuela sabía frenarla con caritas:

Abuelita, ¡no te enfades, por favor! Que te pones feas las arrugas y tú eres bonita. Anda, ven.

¿Para qué? cedía la abuela, sentándose y dejando que Clara le alisara la frente con su dedo.

¡Ves cuánto mejor estás así! Y serás siempre bonita.

Lola miraba divertida cómo la férrea abuela se derretía bajo los cuidados de la nieta.

Con el tiempo, la familia se estabilizó.

Lola trabajaba y la abuela, junto con el abuelo, que finalmente dejó el pueblo y su huerta para irse a la ciudad, cuidaban de Clara.

Las cosas se torcieron cuando la abuela enfermó. Los médicos no eran optimistas, pero Lola lo intuía sin necesitar respuesta.

Abuela, ¿y si vamos a Madrid, a otra clínica?

¿Y para qué, Lola? Lo he vivido todo. No me da miedo irme. Me da miedo dejaros solos. Sobre todo al abuelo; no me lo dejéis.

¡Pero abuela!

Anda, no me hagas caso.

Fue entonces cuando Clara trajo a casa al gato.

Aquel día, cuando Queve apareció en casa, fue porque Clara desapareció al salir del colegio. El abuelo había ido a recogerla, pero se cruzaron sin verse.

¿A dónde podía haber ido una niña por esa calle recta de doscientos metros hasta el portal? Un misterio.

La buscaron todos: compañeros, padres, el abuelo, Lola a la carrera, hasta la abuela.

Pero fue la propia Clara quien regresó, justo cuando Lola ya iba camino de la comisaría. Su cara, enrojecida, reflejaba tal pena y compasión que Lola nada dijo, solo cogió una manta, envolvió al gato casi sin respiración, y preguntó:

¿Estás bien, hija? ¿Te duele algo?

No, mamá, a mí no. ¡Al gato sí le duele!

Y Lola echó a correr.

La clínica veterinaria no estaba lejos, pero en ese trayecto Lola supo que el gato ya era de la familia. Clara lo había encontrado y no había vuelta atrás.

Por suerte, los perros que lo atacaron apenas le hicieron daño. El gato llegó agotado, mordido, pero sobrevivió, y los veterinarios, tras curarle, entregaron la bola de pelos a Lola:

Cuídelo bien, que parece callejero. Cuando se recupere, la vacunas, ¿vale? No se le olvide el pasaporte.

Lola asintió y respiró hondo al ver la factura.

Con esto se compran dos de raza… musitó, pero pagó.

De vuelta a casa, hizo recuento de su dinero. No llegaba a fin de mes. Faltaba para medicinas del gato, para la abuela, y para el regalo de cumpleaños de Clara, que se acercaba.

Mamá, ¿te puedo pedir algo? Clara ya debía estar dormida, pero apareció en la cocina.

¿Qué pasa, cariño?

No quiero regalo, ¿vale? Que el gato se quede conmigo. Ese es mi regalo.

Lola abrazó a su hija y miró al bulto gris que dormía a sus pies. Intentó meterlo en una caja, pero se salía para acurrucarse cerca de ella.

Por supuesto, Lola aceptó y Queve se quedó.

Lo increíble es que aquel gato desastrado, criado en la miseria, se adaptó rápido y fue educado, sin dar problemas y se ganó el afecto de todos, sobre todo de los abuelos. No se despegaba de la abuela.

Y además, de alguna forma, empezó a cambiarles la vida.

Después de pagar la clínica, Lola decidió que ya bastaba. Sobrevivir con el sueldo de educadora y dos pensiones era una condena, pero nunca se atrevía a dar el salto. Hasta que el gato llegó.

Entonces Lola se atrevió a dejar el trabajo y, gracias a una amiga, entró de niñera en una buena familia. Se torturó por no haberlo hecho antes, pero pronto empezó a pasar de mano en mano: cuando un niño crecía y ya no necesitaba cuidadora, otra familia se la rifaba. Y su salario subía cada vez.

Por la noche, ya en casa, siempre rasguñaba la oreja curada de Queve.

Queve, gracias. Si no fuera por ti

Y Queve se limitaba a ronronear, tocando su mano con la pata y mirando a Clara. A la mayor la apreciaba, sí, pero a la pequeña le era leal. Pasaba todo el tiempo con ella, menos las horas dedicadas a la abuela.

Así acompañó a Clara mientras estudiaba en el instituto, sentado en el escritorio, ayudando con deberes; estuvo con ella cuando lloraba frente a la puerta mientras la abuela se marchaba para siempre.

Después, al poco tiempo, también el abuelo se fue en silencio.

Queve estuvo ahí cuando un buen hombre apareció en la vida de Lola, que por fin se casó con alguien que la valoraba. Jamás volvió a oír que era “una mujer a medias”. Su marido la adoraba, y pronto convenció a la suegra cediéndole el coche familiar con chófer, por supuesto.

Lola madre salía del portal con su bandeja de semilleros y proclamaba a las vecinas:

Me viene a recoger mi yerno. Vamos al chalé.

Clara, ya en la universidad, era mucho más independiente. Se llevaba bien con el padrastro, pero decidió seguir viviendo donde creció.

Allí llevó al que sería su pareja.

¡Vaya, Clara, esto parece un palacio!

¡Anda ya!

¡Cuánto sitio! ¿Y eso qué es?

Un bulto esponjoso y bufando salió disparado de la habitación de Clara y atacó a Daniel, el novio. Daniel se asustó y gritó, escapando del gato que saltaba, dispuesto a arañarlo.

¡Quítalo! ¡Quítalo!

Clara supo calmar a Queve, pero el gato y Daniel jamás se llevaron bien.

El muchacho lo odiaba y siempre trataba de apartarlo cuando Clara no miraba.

Al poco, Clara y Daniel se casaron. Ahora eran matrimonio, pero algo se fue resquebrajando. Daniel empezó a quejarse por todo, y su suegra, Lola, habría alucinado si le oyera esas cosas. Eran exactamente los reproches del exmarido años atrás.

¿Eso es cocido, Clara? ¡Eso es agua roja! ¿En serio no sabes guisar? ¡Qué mujer eres!

La abuela había enseñado a Clara a cocinar y no era ninguna inútil. Pero Daniel ni lo veía.

Poco tuvo que criticar hasta que Queve enfermó.

¿Cuánto vale esto? Daniel quedó atónito ante la factura del veterinario. ¡Clara, te has vuelto loca! ¡Ni en medicina de humanos se gasta así! ¡Pero si es solo un gato!

¡No, Daniel! Queve es de la familia.

¿De la tuya? De la mía no. ¡No quiero ese bicho en casa!

¿De qué estás hablando?

¡De lo que oyes! Si vuelve a pasar, lo echo a la calle yo mismo.

Clara, que esa misma mañana había descubierto que esperaba un hijo, guardó silencio y pensó en hablarlo luego.

Por la mañana, Queve no logró llegar a la arena, y debió llevarlo otra vez al veterinario. En eso estaba cuando Daniel volvió de correr, como siempre. Era muy dado a cuidarse, a la comida sana y el ejercicio, y reprochaba a Clara no entender lo principal: la salud.

Al saber que el gato requería más tratamientos, Daniel arrojó la zapatilla contra la pared:

¡Basta ya! ¡Este animal no me cuesta un euro más! ¡Fuera de mi casa!

¡Pues me voy con él! Clara, normalmente templada, explotó, quizá por las hormonas.

¡Pues mejor, vete! ¡Estoy harto! ¿Por qué tengo que aguantar esto?

Algo en el ambiente cambió para siempre. Clara, que hasta ayer quería luchar por su familia, comprendió que no era eso lo que quería.

No le recordó a Daniel que era su piso. Ni que echarla junto al guardián peludo sería absurdo. No dijo nada.

Sacó las llaves del bolsillo de su chaqueta, abrió la puerta y se plantó firme:

Estoy embarazada. No puedo estresarme. El gato lo sabe, tú no. Vete. Cuando tengas la cabeza fría, hablamos. Pero no pienso seguir contigo. Si eres capaz de echar a quien ha estado conmigo toda la vida, ¿qué harás conmigo cuando te canse? Sé la respuesta. Hemos tenido cosas buenas, te lo agradezco, pero ahora solo pesa lo malo. Basta. Puedes recoger tus cosas cuando quieras. Ahora no tengo tiempo; debo llevar a Queve al veterinario. Está enfermo y depende de mí. Así que es lo que toca, ¿entendido? Eso toca.

Daniel no discutió. Metió sus cosas deprisa en la bolsa del gimnasio y se marchó de un portazo.

Clara supo con certeza que lo de su embarazo ni lo oyó. Solo pensaba en deshacerse del gato.

Así que metió a Queve en el transportín, que esta vez aceptó resignado, y le susurró:

¿Listo? Vamos. ¡Hora de cambiar las cosas! Empezamos por curarte a ti.

El gato mejoró. Claro, la edad pesaba, y muchas veces más tocaría volver al veterinario y esperar, mientras Queve accedía dignamente al transportín, dejando que una pequeña mano le acariciara la cola. Nadie más, jamás, podría hacerle eso. Excepto la hija de Clara.

No habría mejor niñera: el gato dormía a la niña de un manotazo cariñoso en la almohada, idéntico gesto al de Lola en otros tiempos. La nieta era tan parecida que Clara pensó en ponerle el nombre de la madre, pero su madre la disuadió.

Consúltalo con Daniel. Es vuestra hija, aunque no viváis juntos. Pero ese milagro se quedará siempre. Habéis hecho demasiado por mantener las formas, pero ya toca más. Costará, pero por la niña merece la pena.

Clara acabó escuchando el consejo. Daniel se quedó sorprendido.

Nunca pensé que fueras tan sensata.

Algo se aprende, supongo. ¿Y tú qué dices?

Digo gracias.

¿Y eso?

Por anteponer a la niña sobre el orgullo. Te ayudaré.

Y Daniel cumplió.

Así, la pequeña Alicia vivió entre dos casas, sin entender por qué las cosas de los adultos son tan complicadas. Suerte, tenía dos cunas, dos conejitos de peluche uno en cada casa, una abuela Lola y una abuela Pilar. Pero el amor era uno solo.

Y, por encima de todos ellos, Quevedo siempre supo la verdad de aquella niña. Pero nunca la contó. No porque no pudiera, sino porque no hacía falta.

Porque todo el mundo bien sabe: si una madre gata es tierna, los gatitos lo serán igual.

Y a la pequeña Alicia no le faltó nada. Y llegará el día en que ella misma dé vida nueva al mundo, se incline sobre su bebé, le acaricie la mejilla y le diga:

Hola, mi pequeño. Te he esperado tanto tiempoY entonces, aunque el tiempo siga adelante y los problemas parezcan no acabarse nunca, habrá algo que Clara recordará siempre: aquel primer ronroneo en una noche fría, la sensación de miedos compartidos, y el calor de una familia construida con esfuerzo y ternura. Pasen los años, cambien las ciudades o los nombres, el eco de esas pequeñas batallas cotidianas seguirá en cada abrazo y en cada mirada de confianza.

Porque hay lujos que no tienen precio: el coraje de elegir el cariño por encima de lo fácil; la decisión de cuidar a quienes nos cuidan, aunque lleven bigotes o arrugas, aunque sean hijos, madres, abuelas o gatos. Y cada vida que llega a ese hogar, aunque traiga su propio equipaje, acaba encontrando su sitio entre la memoria de las manos, el olor a sopa, el mullido de un sofá al atardecer.

Algún día, Alicia crecerá y preguntará por ese animal de fotos desteñidas que su madre nombra con sonrisa emocionada. Y Clara, ahora sabia sin saberlo, dirá simplemente:

Fue quien nos enseñó que siempre podemos empezar de nuevo, incluso cuando parece demasiado caro. Porque hay cosas dirá, abrazando a su hija que solo una familia, y algún gato testarudo, pueden enseñarte.

Entonces, Alicia sabrá que el mayor de los lujos es, en realidad, nunca rendirse en el amor. Aunque la factura asuste, es el único precio que siempre merece la pena pagar.

Rate article
MagistrUm
Un placer que cuesta un dineral