Enemigos jurados

Enrique acababa de tumbarse para echarse una siesta, cuando de repente el furioso ladrido de su perro irrumpió por la ventana abierta. Su Jacinto, aunque normalmente era bastante tranquilo y silencioso, llevaba toda la mañana desatado: ladraba de forma tan salvaje que parecía haber perdido la cabeza.

Ya había salido Enrique al patio varias veces, pero no había visto a nadie ni nada raro. Pensó que quizá algún perro de los vecinos habría pasado cerca y Jacinto les ladró. Claro, Jacinto es así: no soporta que nadie se acerque a su dominio. Y no era de extrañar que, cada vez que Enrique salía, el patio estuviera vacíolos ladridos de Jacinto podían hacer que cualquiera saliera corriendo con el corazón en un puño.

Los perros del barrio, de hecho, conocían el asunto y se largaban de allí en cuanto oían al peludo osocomo lo llamaba a veces Enriqueladrar desde su jaula. Enrique, siempre precavido, lo dejaba encerrado durante el día para evitar problemas, y al caer la noche lo soltaba. Luego que se atengan a las consecuencias, pensaba para sus adentros.

Hubo una vez que tres ladronzuelos del pueblo vecino intentaron entrar en su huerta. Uno se quedó sin pantalones, enganchados en los pinchos de la cancela; otro perdió una zapatilla bajo la valla; y el tercero acabó subido a un árbol, en la copa, tan asustado que el guardia civil tuvo que llamar a los bomberos para bajarlo. Jacinto los puso en su sitio. Eso seguro que no se les olvidó nunca.

Y lo importante: Jacinto no ladraba sin motivos. Pero ese día parecía poseído. ¡Jacinto, basta ya!le gritó Enrique desde la cama mientras se acercaba a la ventana.

El perro calló por breve momento, pero enseguida volvió a la carga. Así que Enrique salió para ver qué le tenía tan alterado a su enorme mastín español.

Como esperaba, no había nadie en el patio. Jacinto se calmó de inmediato al ver a su dueño. ¿Pero qué andas aquí haciendo de ruiseñor?le preguntó Enrique, con una sonrisa.

Jacinto meneó la cola, miró a Enrique con ese aire culpable. Sabía bien que no le dejaba descansar, pero tenía motivos. De pronto lanzó una mirada fugaz hacia la cancela y se puso a ladrar de nuevo.

Enrique giró la cabeza y alcanzó a ver algo gris y pequeño cruzando como un rayo. Salió corriendo hasta la cancela, se asomó a la calle y Allí estaba: un gato común de barrio.

El gato tenía una mirada de lo más descaradachulesca y confiada, como si fuera el amo del lugar.

¿Y tú qué haces aquí, colega? rió Enrique. Mira que te digo, como persona a gato: mejor no pases mucho por aquí, que mi Jacinto no soporta a los gatos. Si te atrapa, ya puedes ir rezando.

El gato frunció el hocico y a Enrique le pareció por un instante que se burlaba. ¿Atraparme?parecía decirSi ni sale del jaulón antes de que yo esté fuera del jardín. Está gordo tu perro, dale menos pan.

Enrique se sintió hasta un poco humillado por el gato de barrio y su elegancia en despreciar a Jacinto. Venga, fuera de aquíle hizo un gesto, entró al patio y cerró la cancela.

Pero el gato, como era de esperar, no le hizo caso. Al contrario, comenzó a aparecer cada día por el patio. Paseaba tranquilo, se sentaba junto a la jaula mostrando que el amo era él, y Jacinto sólo podía ladrarle.

Enrique al principio salía para correrlo, pero el gato volvía en cuanto él regresaba a casa. No había manera de librarse del bigotudo insolente.

Tras esa pequeña victoria, el gato se creía emperador del patio. Incluso un día se atrevió a robar un trozo de carne de la propia comedera de Jacinto, que estaba dentro de la jaula. Jacinto, agotado de ladrar, ni se movió. El gato aprovechó Y luego, para más guasa, devoró el trozo de carne delante del mastín.

Enrique lo vio todo y se indignó. Pues anda quemurmuró con genio. Ya verás, te voy a dar fiesta. Vas a arrepentirte de meterte con mi Jacinto.

Así que decidió dejar la puerta de la jaula abierta durante el día, para que Jacinto pudiera salir a correr si lo necesitaba; que pusiera orden en el patio de una vez.

Pero el día que él y Jacinto esperaban al visitante, el gato gris no apareció. ¿Habrá presentido algo? ¿Le pasó algo? ¡Vaya chasco! Ni ese día, ni los siguientes apareció.

Jacinto miraba a su dueño sin entender, Enrique encogía los hombros. Bueno, igual es mejor que ese gato no nos moleste mássonrió Enrique. Ahora por fin tenemos calma.

Pero la verdad es que mentía un poco. Se había acostumbrado al maldito gato, y Jacinto también, a ladrarle y protestar. Ahora todo era aburrido.

Después de unos días, Jacinto empezaba a mirar a Enrique como pidiendo que lo ayudara a encontrar al gato. Le miraba fijo, en silencio, y Enrique lo entendía al instante.

¿Piensas que nuestro bandido gris ha tenido algún lío?se preguntó. Con ese carácter, no sería raro. Vamos, Jacinto, vamos a la calle a ver si está cerca.

Abrieron la cancela, salieron a la calle y buscaron de un lado a otro. Jacinto olía el aire desesperado, tratando de captar el olor familiar y odiado del gato, pero el olor a estiércol de la huerta vecina distraía todos los sentidos.

Enrique recorrió la calle arriba y abajo, volvió a la cancelano iban a quedarse todo el día ahí esperando al bicho que no les dejaba en paz durante semanas.

Justo al agarrar la puerta, oyó un alboroto cerca: gritos desesperados de gato y ladridos rabiosos. Al poco, el gato gris salió corriendo por el camino polvoriento, cojeando de una pata, seguido de un perro.

Pero no cualquiera, sino un elegante doberman de ciudad. Enrique sabía de quién era: una familia de Madrid que venía al pueblo todos los veranos con el perro. El gato gris había intentado meterle miedo al sofisticado, como hacía con Jacinto, pero algo salió mal.

El doberman parecía haberle mordido: Enrique distinguió manchas marrones en la pelusa del gato.

Mientras el gato corría hacia él, Enrique se olvidó por completo de Jacinto, que nunca antes había emprendido carrera sin el permiso de su amo, pero esta vez salió disparado hacia el felino.

¡Jacinto! ¿Dónde vas?!gritó Enrique, imaginando que el gato iba a recibir más castigo. Si el doberman ya le había dado un mordisco, ahora Jacinto iba a rematarlo. ¡Jacinto, para!

Pero el mastín ni se inmutó, aceleró y se lanzó directo al gato. El gato frenó, paralizado en medio de la calle, seguro de que su vida pendía de un hilo o una pelusa.

¿Sabes lo que pasó después? Por supuesto que sí. Solo Enrique lo ignoraba.

Jacinto se detuvo junto al gato asustado, lo olió, y luegocomo un león en la selva o más bien como un osose lanzó sobre el doberman y lo persiguió hasta el final de la calle. El doberman, con reflejos de campeón, giró y huyó rápido, pegando las orejas a la cabeza.

El gato, aprovechando el lío, desapareció de la vista. Enrique estaba tan pendiente de Jacinto que ni vio cómo el bandido se escapaba. Ya por la tarde, al ir a poner la comida a Jacinto, casi deja caer el plato: el gato estaba allí, vivo, con los ojos llenos de gratitud. Apoyó la cabeza en la pierna de Jacinto y ronroneaba para sí. Jacinto miró a Enrique con una expresión tan graciosa que no pudo evitar reírse.

Perdona, amo, pero como lo salvé, pues ahora tengo que cuidarlo para siempre, parecía decir el perro. Y no era broma. Jacinto se había convertido en guardaespaldas personal del gato.

Le dejó incluso comer de su platouna generosidad inédita para un mastín tan serio. El gato consiguió lo imposible: ablandó el corazón de Jacinto. Ya no eran enemigos mortales, sino amigos íntimos.

¿Crees que ahí acaba la historia? Para nada.

Enrique llevó al gato al veterinario en el centro de Segovia para curar la herida de la pata. Era seria, tuvo que coserle el veterinario. Y el gato se quedó en casa de Enrique. Mientras se recuperaba, Jacinto lo vigilaba como nunca, y Enrique también. Quién lo iba a decir: hace nada querían deshacerse de él.

Pasaron unos días y apareció en la puerta una joven preciosa. Jacinto pensó en ladrarle, pero vio que sólo iba a asustarla y apenas emitió un par de ladridos. Enrique salió corriendo.

Buen buenos díassaludó algo nervioso¿A qué se debe su visita?

La mujer preguntó si Enrique había visto a un gato gris por la calle.

O si acaso ha entrado aquí, porque el mío es muy pillo. Intento tenerlo en casa, pero mi Tiburcia se escapa siempre y está fuera hasta la noche. En Madrid vivía siempre en el piso, pero he venido al pueblo a cuidar de mi madre que está recuperándose de un ictus, y Tiburcia no se cansa de explorar. Suelo lavarla y darle de comer cuando vuelve, pero estos últimos días no ha regresado. No sé qué pensar.

Pues creo que sé dónde está tu Tiburciasonrió Enrique. Pasa al patio. No te preocupes por Jacinto, no muerde. Ven, ven.

¿Ir al perro? ¿Para qué?

Ya verás.

Ella dudó, pero la mirada sincera de Enrique la animó. Y cuando vio a Jacinto con el gato gris pegado a su lado, soltó un suspiro.

¡Tiburcia! ¿Pero cómo has acabado así? ¿Qué te ha pasado?dijo, al ver la pata vendada y parte del muslo. Miró a Enrique, ¿ha sido tu perro el que la ha mordido?

No, qué vase ruborizó Enrique. De hecho, la salvamos.

¿De qué?

Si tienes tiempo, te cuento todo. Merece la pena.

Enrique le contó la historia a Julia (se presentaron mientras hablaban), y ella no dejaba de reír.

¡Menuda! Tiburcia os fastidió la vida y ahora la habéis salvado.

Así somos Jacinto y yorespondió Enrique con una sonrisa. Pero ahora tu gata está mejorando. En mente y cuerpo. Ya es un amor, no nos da ni un susto.

Siempre ha sido así Creo que el aire del pueblo la ha alocado. O quizá le dolió que le estuviera menos encima. Ahora tengo que cuidar de mi madre, acompañarla a andar otra vez Es lento, pero bueno.

Pásate cuando quierasdijo Enrique, tímido. Con Tiburcia.

Lo pensarécontestó Julia con picardía.

Y medio año después, todo el pueblo celebraba una boda: la de Enrique y Julia. Tiburcia y Jacinto estaban allí, por supuesto. Incluso apareció el doberman, que reconoció a Tiburcia y al principio la miró de refilón, pero tras cruzar la mirada con Jacinto fingió no conocerla. Así es la vida, amigo.

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