FIFA: La pasión del fútbol que une a España y al mundo

¡Mírala cómo va vestida! La gente normal va al trabajo por la mañana, como toca, ¡pero esta! ¿A dónde irá por el barrio, con esos pantalones blancos y todo el suelo por limpiar?

¡Si ni siquiera anda a pie! Siempre va en ese coche suyo. ¡Eso sí que es todo un autobús!

¡Da gracias que va vestida! ¿Has visto lo que lleva en el cuello?

No. ¿Qué lleva?

¡Un tatuaje! Eso lleva, ¡qué barbaridad! ¿Quién se hace eso? ¡Parece que ha salido de la cárcel, te lo juro! ¡Tan joven y ya tan marcada! ¿Qué diría su madre si la viera? Ay, sin vigilancia alma perdida

El banco de la entrada no paraba de murmurar mientras miraban a Clara alejarse con paso firme.

¿Por qué no iban a charlar si las bolsas de la compra ya descansaban junto a sus pies y en casa solo les espera la rutina de siempre? Un suspiro, y el día igual que ayer Los niños, grandes o pequeños; la cocina, la limpieza La alegría ya ni se asoma, salvo en algún domingo especial, porque, ¿dónde la buscan, esa alegría? La gente humilde solo puede soñar con ella de vez en cuando. Todo es cuidar y pensar en cómo ayudar a los hijos, cómo llevarles un detalle a los nietos Como cuando besas esas cabecitas tiernas y sientes que la felicidad en realidad solo está ahí, en esos pequeñajos. Y ni siquiera todos la tienen. A Gregoria, sin ir más lejos, le han dicho sus hijos que no espere nietos, que eso de tener niños ya no está de moda; que ahora lo que se lleva son los viajes, y vivir despreocupados, ¡vete tú a saber! Como la hija de la Natalia, la Clara esa.

Y pensar que era una chica normal iba al cole, estudiaba bien, saludaba con educación ¿Y ahora? Desde que se fue su madre, se ha descontrolado. Va de aquí para allá, no trabaja, y encima dicen que no estudia. La Inés, la hija de Asunción, dice que Clara se dedica a esas cosas indecentes: ¡a tatuar a la gente! ¡Se ha abierto su propio estudio, imagínate! ¿A dónde vamos a parar?

Cuando apareció hace unos años el padre de Clara, todos pensaron que la pondría en vereda. Que le enseñaría lo que es la vida. Pero, ¿qué pasó? Le compró ese monstruito de coche que ocupa medio aparcamiento y se largó, dejándola tirada. Y eso que la chiquilla era, de verdad, una cría. Recién cumplidos los veinte. ¿Cómo se puede dejar así a una hija? A saber a quién trae un día de estos. Y si la lían, que pierda el piso de la madre ni el dichoso coche que tantos dolores de cabeza nos da.

¡Anda, que se va! ¿A dónde? ¿Quién sabe? ¡Ni siquiera nos mira! ¡Vaya finolis! ¡Pero finolis de verdad! En esos pantalones blancos

Pero Clara no tenía ni tiempo ni interés en los cuchicheos de las vecinas. Bastante tenía ya con lo suyo. Todo el día calculado al minuto. ¡Ojalá los días tuvieran un par de horas más! Mamá siempre insistía en que no sabía organizarse, pero que debía aprender.

Clara, de esto depende mucho, hija. Hay quien da vueltas y no llega a nada, solo se queja y envidia lo que logran los demás. Y el truco es simple: el que se lleva bien con su tiempo, logra casi todo lo que quiere.

¿Y cómo me hago amiga del tiempo, mamá?

No lo malgastes. Decide qué te importa y dedícale el tiempo que haga falta; reserva un poco para descansar y pasarlo bien también. No se puede vivir solo atendiendo obligaciones. Si no lo haces, acabas mal.

¿Por qué?

Porque no eres de piedra. Si te fuerzas tanto, ¿para quién es bueno? Para ti seguro que no. Así acabas cansada, de mal humor y sin ganas de nada. Y eso le pasa a cualquiera que no descansa. Tampoco vas a vaguear todo el día; así te apagas. Lo justo es lo justo: reparte bien el tiempo entre trabajo y descanso y todo irá mejor, hija. Y yo también estaré más tranquila

Clara recordaba esos consejos, claro, pero aplicarlos era otra historia. Hasta se compró una agenda, pero ni por esas lograba controlarlo todo. ¿Qué podía hacer? Si todo era urgente y nadie quería esperar turno Hoy tenía tres clases pero solo le daba para una, porque dos clientas la habían reservado justo para hoy, había que pasar a ver a Teresa, y donde Teresa está Marcos y eso nunca son solo cinco minutos. Luego a Jaime y ayudarle con la mudanza Y aún tenía que hablar con los nuevos porque la semana que viene se iban juntos y ni conocía sus nombres. ¡Ojalá poder con todo!

El atasco en el que Clara estaba encallada se movió al fin y aceleró. El coche respondió suavemente, como si la animara: “Tranquila, llegamos a todo, para eso estoy. Mi dueño te lo dio para cuidar tu tiempo”.

Clara acarició el volante.

Gracias, papá.

Si alguien le hubiese dicho unos años antes que iba a dar las gracias a su padre, Clara se habría reído en su cara. Le detestaba desde siempre.

No, su madre jamás dijo una mala palabra de su padre. Al contrario, contaba lo listo que era y repetía que Clara era igual que él.

Pero Clara nunca entendió cómo alguien tan listo pudo abandonar a su hija tan pequeña y no volver a interesarse por ella.

Pensó en eso años y años, guardando un rencor que le iba envenenando el alma.

En la guardería se enfadaba al ver a otras niñas bailar con sus papás en las fiestas. Ella no tenía pareja y eso le dolía tanto que ni llorar podía. Se sentaba, clavando la mirada, con los ojos secos.

En el cole, cuando la hacían rabiar, apretaba los dientes y devolvía los golpes, mirando con envidia a las que gritaban: ¡Se lo diré a mi padre, verás tú!.

Antes de acabar el instituto se peleó como nunca con su mejor amiga, Pilar, cuando al hablar de carreras Pilar comentó despreocupada:

Mi padre dice que puedo coger la universidad que quiera. Si no entro, él la paga; y si entro, me compra coche con el dinero que ahorra.

Clara y Pilar eran amigas desde los tres años, pero entonces Clara sintió que se acabó su amistad.

No era exactamente envidia. Era otra cosa. Un dolor, una rabia amarga. Pilar lo sabía todo de ella, incluso cuánto ansiaba un padre Y nunca perdía ocasión de restregárselo.

En realidad Clara jamás envidió nada a nadie. ¿Para qué? Ella y su madre no vivían peor que los demás. Incluso viajaron al extranjero alguna vez, y tuvo ropa bonita, un buen móvil de regalo a los dieciséis.

Ese móvil fue lo de menos aquel cumpleaños. Mientras aún sostenía la caja en la mano, apareció en la puerta el hombre al que tanto había deseado ver, aunque fuera una sola vez.

Entonces montó un lío monumental. Gritó, lloró, no escuchó a su madre que intentaba calmarla. Se apartó de sus brazos y le gritaba, con rabia, a la cara:

¡Eres una traidora! ¿Por qué lo has traído aquí? ¡No quiero verle!

Nunca habría adivinado que su madre ya tenía resultados médicos en la mano, que pronto su vida quedaría suspendida, como en la cumbre de aquella montaña, justo cuando todo parecía logrado, para catapultarse de golpe ladera abajo, arrasando los cimientos Y nada volvería a ser seguro. El suelo se tornaría lodazal, como aquel asqueroso flan de fresa que odiaba de niña Y esa pasta viscosa devoraría su futuro cada vez más deprisa, hasta que la esperanza se extinguiera y su madre la tomara de la mano para confesarse al fin.

La culpa ha sido mía, Clara. Yo rompí con tu padre, yo impedí que te viera ¿Entiendes? A mí culpa.

¿Por qué? Los dedos de mamá eran fríos y firmes, y Clara ni podía soltarse, intuyendo que al fin descubriría el motivo de todos aquellos años en el rincón, preguntándose por su padre, en vez de crecer en familia.

Me sentía dolida

¿Dolida por qué? ¡Contéstame mamá! ¿Tanto como para quitarme un padre?

Te lo cuento. Pero escucha, déjame acabar, que me cuesta hablar

Y entonces Clara se enteró de todo

De que sus padres se casaron muy jóvenes, de que mamá la llevó en el vientre aguantando reproches de las dos familias; de que no la esperaban, nadie la quería en aquel momento, que por su culpa los dos cambiaron los planes de vida. El padre no terminó su carrera, la madre pidió la baja por maternidad y ya no volvió a la universidad. Pelearon, se exigieron, se enfadaron, y para remate, la decepción de que fuera niña y no niño; mamá se fue con una tía y el padre ni supo que a su hija no la vería más.

Él te buscó, me escribió, llamó pero yo le dije que no eras su hija

¿Pero cómo se te ocurre, mamá?

Insistían tanto que así lo decidí, hija. ¡Si querían eso, pues eso tuvieron!

¿Quién insistía? ¿Quién te obligó?

Todos Clara, lo siento Ya no puedo más. Ahora sé que es absurdo pero entonces creía que hacía lo correcto. No quería que tú escucharas lo que yo aguanté. Un niño no debe crecer entre odios. Te protegí como supe. Ahora veo que no era el modo. Pero entonces, me parecía justo así tenía que ser

Clara se zafó y se fue hacia la ventana, golpeando el alféizar con el puño. La maceta del cactus que le regaló Pilar hizo temblar la tierra oscura que se desmoronó manchando toda la superficie blanca. Cada grano le pareció palabra recién dicha por mamá. ¡Plaff! Todo lleno de suciedad, toca limpiar Y esa suciedad es difícil de quitar, porque va dejando marcas

Pero Clara la quitó. Limpió el alféizar. Luego se sentó junto a la cama de su madre, como de pequeña, ojos secos y mandó:

Cuenta. Todo, y la verdad. No me mientas más, ¿vale?

No lo haré

Así fue como Clara supo cómo eran las cosas. No le contestaron a todo, pero comprendió que la vida es rara. Hoy crees entenderlo todo y mañana, al saber un poco más, tu pequeño mundo de cristal y orden inventado se agrieta por completo. ¿Y entonces? Entonces decides tú

Todavía no sabía si había perdonado a su madre, quizá sí pero no del todo.

De lo que Clara sí estaba segura es de que agradecía a su madre haberla hecho partícipe de la verdad, aunque supiera que lo más importante se quedó tras las puertas cerradas de su dormitorio, en aquellas vigilias nocturnas, en las caricias del padre a la madre cuando el dolor no cedía, en las lágrimas disimuladas que Clara, muchas veces, vio.

Nunca preguntó por lo que allí se dijeron. No quería remover heridas.

Y ni había tiempo. Debían aprender a vivir juntos, porque el padre no aceptó dejarla con la tía.

Me iré en cuanto cumplas 18, si quieres. Pero hasta entonces intentaré no estorbar.

¡Bastante ausente has estado! ¡Ahora no me dejes! Por favor ¡Papá!

Natalia, la madre de Clara, duró casi dos años más de lo que anunciaron los médicos. Fue muy duro, pero Clara siempre diría que ese tiempo fue el más feliz y amargo de su vida. Le daba rabia que el tiempo, tan inflexible, les concediera tan poco

Fue entonces cuando Clara empezó a dibujar.

¿Por qué no lo hizo antes? Ni ella lo sabía. Algún garabato en los cuadernos, nada serio.

Oye, ¡no está mal!

El padre, al ver un día sus dibujos, silbó, entusiasmado.

Mira esto.

Se quitó la camiseta y Clara se quedó boquiabierta. En su espalda brillaba un tatuaje de colores tan hermoso que sus propios intentos parecían garabatos de chiquilla sobre la pared.

Lo hizo un amigo. Si quieres, le hablo de ti, te ve y quizá te enseñe.

¡Sí quiero!

Nadie en el barrio notó que Clara se marchó. Pasó casi un año en Madrid con su padre, aprendiendo el oficio, y luego decidió regresar a Valladolid.

Papá, quiero volver a casa

El padre, sorprendentemente, lo entendió. No trató de convencerla de quedarse en la capital. Solo le pidió esperar un par de semanas mientras desaparecía por algún asunto. Al volver, le ayudó a empaquetar y, ya en el piso de su hija, dejó la llave del coche sobre la mesa.

Es tuyo ahora. Y esto también.

Una carpeta junto a la llave. Clara arqueó la ceja.

¿Esto qué es?

El local de tu propio estudio. Vendí mi piso y te compré uno en el centro. Es poco, pero ¿para qué más? Luis, tu maestro, te ayudó a encargar el equipo. Ya viene de camino. Trabaja, hija, y sigue estudiando. El título del instituto no basta. ¿Lo entiendes?

Clara escuchaba y no se lo creía. Incluso después, cuando ya estaba todo listo, cuando recibió felicitaciones del vecino barbudo metido a motero, seguía pensando que era un sueño.

Su padre la apoyó a fondo: vigiló la reforma, promovió buena publicidad y, cuando todo estuvo listo, recogió sus cosas.

¿Dónde vas?

A casa de mis padres, Clara. Hay problemas y debo estar allí. Tú ya lo sabes

Sí Estás conmigo Pero papá Quiero que te quedes

Lo sé, pequeña, pero debo irme

Tras despedir a su padre, Clara se sumergió en estudios y trabajo. Había tantos clientes que tuvo que contratar dos ayudantes de golpe.

Fue en ese ajetreo, cuando Teresa entró en su vida.

Una mujer elegante llegó al atardecer, justo cuando Clara ya pensaba en irse a casa por un cliente que no llegaba.

Perdone ¿puedo hablar con la artista?

Clara levantó la mirada del portátil y los apuntes.

Soy yo.

Niña, déjate de bromas. ¿Puedes llamar a los mayores?

Por primera vez Clara la miró con atención.

El traje era caro, el corte de pelo bueno aunque algo pasado. Sin rastro de maquillaje, uñas mordidas, mirada perdida Esa tristeza le era muy familiar a Clara, así que fue directa, cogió su álbum y se lo pasó.

Estos son mis trabajos. Cuéntame qué quieres.

Un nombre Aquí

La mujer se subió la manga y mostró el dorso del brazo.

Para ver el nombre siempre

Ahí llegó al límite de su aguante. Clara, al ver cómo mordía el labio y evitaba el llanto alzando la cabeza, fue a la puerta y echó el pestillo justo cuando el cliente llegaba.

Siéntese. Lo hago.

¿Duele? Lo sé.

La mujer se dejó caer.

Sonia

Clara no preguntó nada. Dos días después se cruzó con ella en el hospital donde fue a ver a su tía.

¿Usted?

Sí. Gracias

Nada. Me alegra que te guste.

Mucho A Sonia también.

¿Él?

Ella, mi hija.

La mujer miró raro a Clara, le dio la mano y se presentó.

Teresa.

Clara.

¿Quieres conocer a Sonia?

¡Claro!

La niña, con gafas rarísimas y un cristal vendado, cautivó a Clara al instante. Sin cortarse, le cogió la mano y tiró de ella señalando los árboles.

¿Tienes nueces? ¿O pipas? ¿Nada? ¡¿Y cómo vas a alimentar las ardillas?!

¿Qué ardillas?

¡Las del parque! Hay muchísimas. Mamá dice que les hemos dado tantas nueces que ni pueden trepar.

No engordarán. Saltan todo el tiempo.

¿Seguro? miró dudosa y luego rió. ¡Eres lista!

No mucho, aún estudio.

Ah, vale. ¡Uy, que se me olvida!

La niña le tendió la mano:

Sonia Fernández López.

Muy bonito Clara la estrechó con cuidado de no dañar la tirita. Clara García Martínez.

¡Ahora ya nos conocemos!

La risa de Sonia sonó como campanillas y Clara vio cómo le brillaban los ojos a Teresa.

La siguiente vez fue con los bolsillos llenos de frutos secos.

El proceso de Sonia lo compartieron poco a poco. Como si caminaran juntas, con mucho cuidado, sobre hielo fino.

¿Pueden hacer algo?

Sí, ya no es fatal. Cuando fui a tu estudio me dijeron que había pocas esperanzas, pero luego llegó un nuevo cirujano, Javier, y me explicó que no todo estaba perdido.

¿Entonces por qué lloras?

Operaron a Sonia ayer. Está en reanimación y no me dejan pasar Me da mucho miedo, Clara, y no tengo con quién hablar de esto.

¿No tienes a nadie? ¿Y el padre de Sonia?

Se fue antes de que naciera. Yo tampoco soy una santa, Clara. Traje a Sonia al mundo porque quise siendo consciente de con quién No lo amaba, él lo supo cuando estaba embarazada. Por eso no está en nuestras vidas ¿Entiendes?

No mucho, pero da igual. El pasado, pasado está. Tienes a Sonia.

¡Ni se te ocurra tirarlo todo! ¡Tienes a tu hija y te necesita! Clara casi gritaba. ¡Mira tu brazo! ¡Escogí esos colores para que nunca olvides ese nombre! la apretó por la muñeca. No puedes dejar que solo quede el recuerdo de su nombre, ¿vale?

No grites He entendido

Pues haz lo que toca. Pon manos a la obra.

Teresa lloró como una niña, y Clara, sabiendo que ese era el momento de cambio, la dejó estar, rechazando amablemente a los camareros que curioseaban.

Tráeme un vaso de agua, por favor.

Pasaron la noche charlando en el estudio de Clara. A la mañana siguiente la llevó al hospital.

Yo voy contigo.

¿Tienes tiempo?

Teresa Clara rebuscó en su mochila y sacó un peine. ¡Toma, péinate! ¡Que vas a asustar a tu hija!

Sonia mejoró. Las manos de Javier hicieron milagros.

¿Pronto veré ardillas? protestaba en la cama.

Muy pronto. Cuando te den el alta iremos a Madrid con Clara. Allí hay muchas ardillas.

¿Por qué a Madrid?

Para que te curen mejor los ojos. Es lo mejor para ti. Javier y Luis ya lo han preparado y te tratarán bien allí.

¿Re qué? Da igual. Luego se lo pregunto a Clara.

Sonia ya ni escuchaba. Lo importante era que se iba lejos con Clara y sería divertido.

¡Mamá!

¿Sí?

¿Irá Javier con nosotras?

No, cariño. Tiene mucho trabajo. Y te he dicho que a los mayores no se les tutea.

Yo sí puedo.

¿Por qué?

¡Porque quiere a mi Clara! rió Sonia y Teresa se quedó con la boca abierta.

¡Qué dice esta niña!

¡Pero si es clarísimo, mamá! Y Clara también lo sabe, pero no quiere admitirlo. Sonia movió la cabeza, resignada, y Teresa comprendió cuánto ven los niños.

Era imposible no notar lo que Javier sentía por Clara cada vez que se cruzaban. Sin embargo, ellos seguían actuando como si nada, charlando del tiempo y de la recuperación de Sonia, sin atreverse a dar un paso adelante.

Incluso después, cuando Teresa y Sonia se marcharon, Clara siguió en contacto. Y no solo ayudó a Sonia, sino a otros niños. Luis apoyó su idea, Javier la admiraba en secreto, y pronto se hizo normal ver a Clara, con la coleta y el tatuaje asomando por el cuello, llevando a sus pequeños pacientes a Madrid en su coche grande.

¿Vais cómodos? ¿Y vuestras madres? ¡Perfecto, vamos allá!

La mayoría rara vez quería ir en tren, y el coche de Clara era un hogar rodante: toallitas, una tableta para ver dibujos todo.

Javier nunca se atrevió a decir lo que sentía. Clara, tampoco. Nadie dio el paso.

Quizá nunca lo habrían dado, de no ser por Sonia, que a la vuelta de su tratamiento insistió en ir al hospital.

¿Para qué, Sonia?

Quiero decirle algo a Javier.

¿El qué?

Mamá, de verdad ¡Quiero decírselo!

¿Y a mí?

Contigo luego.

A Javier la petición de Sonia le pareció muy seria.

Vale. Hablemos.

Teresa miró cómo gesticulaba la niña con el doctor, preguntándose qué tanto tendría que decirle. Y fue sencillo:

¿Por qué no se lo dices?

¿A quién?

¡A Clara! Que te gusta.

Es complicado

¿Qué tiene de complicado? ¡Sois los adultos muy raros! Si ella también te quiere.

Ya lo veo

¿Entonces por qué callas?

No tengo casa propia, mi sueldo es justo, vivo de alquiler. Ella lleva otro ritmo, otro nivel He visto su coche.

¿Y qué? Sonia lo miraba perpleja. ¿El cariño no te parece suficiente?

A veces no basta

Sonia puso cara de fastidio, tiró de su bata.

¡No seas cabezota!

¿Me regañas?

Tengo que hacerlo, ¡ya está!

Cogió la mano de Teresa y tiró de ella:

¡Vamos!

¿A dónde?

¡A ver a Clara!

¡Sonia, ella trabaja!

No importa. Querrá verme.

Teresa solo pudo reírse y pedir un taxi.

A Clara, Sonia también le habló claro. El resultado fue inmediato.

Cuando cerraba el estudio por la noche, Clara por fin se decidió: si una niña pequeña ha visto lo que yo me niego a reconocer, ¿por qué seguir perdiendo el tiempo?

A Javier lo vio venir a lo lejos, esa silueta alta y tan familiar:

¡Hola!

Pocos meses después, el banco de la entrada volvió a murmurar.

¡Tiene novio! ¿Quién será ese? Ha traído sus cosas y no sabemos nada de él A saber Esta chica está sola y a ver si la engañan.

¡Parece buena gente!

Anda ya, Gregoria, que tus hijos también parecían decentes y luego

Habrá que avisar a su padre. Que venga y hable con él.

¡Si está aquí!

¿Que sí? ¿Desde cuándo?

Le vi hace poco. Algo pasa, ya veréis.

Y lo vieron.

A Clara de blanco, con un vestido que dejó ver el tatuaje de su espalda, haciendo que hasta la moderna Gregoria diera un respingo de admiración.

Y a Javier, llevando a su novia al altar, lanzando una mirada de advertencia a Sonia, que acababa de venderle a Clara y no podía estar más orgullosa.

Y a Teresa, llorando sin parar de felicidad, arreglando el velo cada dos por tres.

¡Déjame llorar tranquila! ¡Son lágrimas buenas!

Y a gente desconocida llegando cargada de flores, abrazando a Clara como si fuera de la familia.

Nadie supo nunca quiénes eran.

Tampoco entendieron por qué Clara, antes de subirse al coche, levantó el bajo del vestido, se quitó los tacones y pidió sus zapatillas, diciendo que conducir con zapatos de novia era imposible.

Eucarió, el banco del barrio, nunca había estado tan animado.

¡Todo a su manera! decían mientras la veían alejarse.

¡Eso es! ¡Finolis total!

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