Mi marido trajo a casa a un amigo “para quedarse una semanita”, y yo, sin decir palabra, hice la mal…

¡Anda, pasa, siéntete como en tu casa! resonó en el recibidor la voz enérgica de mi marido, seguida del inconfundible sonido sordo de una maleta pesada aterrizando en el suelo. Marisa va a poner la mesa ahora mismo, hemos llegado a la hora perfecta.

Marisa se quedó petrificada con el cucharón en la mano. Aquella noche no esperaba a nadie. De hecho, planeaba una tranquila cena de viernes frente a la tele con su santo, tras una semana de excel y facturas en la gestoría. El único invitado que deseaba era el bien merecido descanso. Dejó el cucharón sobre el reposaollas, se limpió las manos en el paño y salió al recibidor.

La escena no invitaba al optimismo. Alfonso, su marido, relucía como una lustrada cafetera mientras le quitaba la chaqueta a un tipo orondo, de cara hinchada y colorada nariz. En la esquina, una monstruosa bolsa deportiva amenazaba con descoserse.

¡Mari! Alfonso, al verla, le sonrió tan abiertamente que le empezó a preocupar. Te he traído una sorpresa. ¿Te acuerdas de Eugenio? El de la facultad, hombre, aquel que tocaba la guitarra mejor que el profe.

Marisa recordaba a Eugenio vagamente: ese chaval ruidoso del final de clase, especialista en pedir cigarros y apuntes ajenos. Ahora de ese estudiante solo quedaba el recuerdo: un Eugenio inflado, con un vientre abultado, entrada monumental y esos ojos avizores de quien ya calcula dónde pondrá sus cosas.

Buenas, jefa soltó el invitado mientras se quitaba los zapatos y los deslizaba sin ton ni son contra la alacena. Anda que no está mal la casa, ¿eh? Espaciosa, sí señora.

Buenas noches contestó Marisa, seca, mirando a Alfonso. En su ojo izquierdo ya titilaba esa pregunta muda que hacía que a Alfonso le empezara a picar la espalda.

Él, diplomático como siempre, se acercó y, abrazándola a medias, susurró rápido, intentando que Eugenio, ya camino del baño, no oyera:

Mari, mira, es que a Eugenio… pues le ha dejado la mujer. Bueno, le ha largado a la calle, la muy bruja, y encima la casa era de la suegra, que ni siquiera estaba empadronado. No tiene ni dónde caerse muerto ni un duro. ¿Le podemos acoger? Solo una semanita hasta que encuentre piso o haga las paces. No podía dejar a un amigo tirado, tú me conoces.

Marisa lo conocía demasiado. Alfonso era buena persona, pero esa bondad a veces rozaba el masoquismo. Incapaz de decir que no, sobre todo si alguien le recordaba los viejos tiempos.

¿Una semana? repitió ella. Alfonso, aquí solo hay dos habitaciones. ¿Dónde va a dormir? ¿En el salón? ¿Y nosotros, qué, a la cocina a hacer el sudoku?

Venga ya, mujer le restó importancia él. Una semana de tés en la cocina. De algo hay que morirse, pero ayudando. Es buen tío, mujer, ni lo notarás.

En ese preciso instante salió Eugenio del baño, secándose las manos ¡en LA toalla de invitados que Marisa acababa de colgar ese mismo día!

¿Y aquí cuándo se cena, eh? preguntó Eugenio asomándose a la cocina como quien inspecciona un cortijo propio. Desde por la mañana sin catar bocado, entre mudanza y metro, los nervios

La cena fue una tragicomedia digna de Almodóvar. Eugenio cenaba como si el mundo fuese a acabar en dos días: el cocido desaparecía a ritmo de orquesta taurina y las croquetas, ni las veía pasar. Y por si fuera poco, comentaba:

El cocido está apañao, pero le falta una mijilla de ajo. Mi ex, Sofía, lo hacía bien espeso, ¡de esos que se quedan de pie la cuchara! Aquí es más light, ¿eh?

Marisa se mordió la lengua. Alfonso, francamente incómodo, solo atinaba a servir más.

Tira, Eugenio, tira, que Marisa cocina de escándalo.

Si no digo que no respondió el invitado, sacando de su bolsa un botellón de aguardiente. Para lo fina que es esta mujer, no está nada mal. Los currantes somos de comida recia, claro. Oye, Alfonso, ¿no tendrás una cervecita que esto con croquetas entra seco?

Después, la noche consistió en ver una peli de tiros con el volumen al 25, con Eugenio desparramado en el sofá y Alfonso poniéndole pinchos y cafés como si fuera el padre de la criatura. Marisa, sin hueco en su propio salón, se retiró a leer a la habitación y, aún con las puertas cerradas, le llegaba ese fútbol, violencia y risotada todo mezclado.

Por la mañana, el infierno seguía. Marisa se levantó para desayunar y lo primero que vio fueron montañas de platos sucios, migas por todas partes y una botella tirada. Eugenio con las piernas en V sobre el sofá-cama, roncando como una manada de búfalos borrachos, y el aroma a pies, tabaco y alcohol flotando como una nube negra.

Alfonso apareció, despeinado.

Perdona, amor. Se nos hizo tarde y no dio tiempo a recoger musitó. Esta noche lo arreglo, lo juro.

¿Esta noche? Marisa miró el reloj. ¿Y desayunar de dónde? No hay ni un tazón limpio.

Ahora te lavo dos rápido

Con un suspiro y un café negro, Marisa se marchó al trabajo. Y durante toda la jornada, la sola idea de volver a casa le picaba como una urticaria. Su hogar, su burbuja, ahora era territorio hostil.

Por la tarde, el desastre había mutado; los platos estaban como mal lavados, todo olía a fritanga y Eugenio, ahora en camiseta imperio, fumando en la ventana de la cocina (otra prohibición más que Alfonso nunca defendió).

¡Mira, la señora de la casa! saludó Eugenio, lanzando una nube de humo. Aquí haciendo unos huevos con patatas. Nosotros mismos los hemos hecho presumió. Aunque para hacerlo bien he tenido que ir a por panceta, porque aquí no hay ni chispa.

Todo el fogón pringoso, las cáscaras en el suelo Marisa perdió la paciencia.

Yo no tengo hambre, gracias sentenció. Alfonso, ven un momento.

Le arrastró a la habitación de la mano.

Alfonso, ¿esto qué es? ¿Fumar en la cocina, la casa hecha una pocilga? Dijiste que ni lo notaría.

Mari, no te agobies intentó un abrazo torpe pero ella se apartó. El hombre está hundido, hay que entenderle. Son solo unos días ya busca piso, de verdad.

¿Busca? ¿Viendo la Liga con una cerveza?

Ha llamado a varios, lo juro. Venga, mujer que en la adversidad se ve a los amigos.

Las siguientes tres noches fueron el infierno en la tierra. Eugenio siempre en casa, de puente por reducción de jornada, deglutía lo que Marisa cocinaba para dos en hora y media, paseaba en calzoncillos con total impudor y ocupaba el baño durante una hora larga. Cuando salía, parecía que había limpiado a soplidos.

Pero llegó el viernes. Marisa soñaba con un baño caliente y dormir. Pero al abrir la puerta, la recibieron risas, música y ¡calzado femenino y masculino ajeno en el pasillo!

En el salón, el humo era tan espeso que podías masticarlo. Ahí estaban Eugenio, un acompañante borrachuzo y una señora embadurnada en carmín. Alfonso, rojo como un tomate, medio escondido en una esquina. En la mesa, una alineación de latas y bandejas de embutido desparramadas SOBRE su mesa favorita sin nada que protegiera la madera.

¡Hombre, la jefa! gritó Eugenio. Alfonso, ponle una copa a la señora que es noche de viernes, copón. Mira, este es Pablo y esta es Chari. Aquí, de cena cultural.

Marisa miró la marca circular y húmeda sobre el roble, el cenicero improvisado de la bombonera. Y a Alfonso, que ya era un cuadro de El Greco.

No gritó. No montó un drama. Algo en su interior se apagó y le llegó una paz gélida.

Buenas noches, dijo . No os molestéis, yo me retiro.

Se fue a la habitación, cerró con pestillo y empezó a meter en la maleta bata, sandalias, bañador, unos libros, un par de vestidos. Agradeció a la vida tener dos semanas de vacaciones pendientes y ahorros en su cuenta personal, lejos de las zarpas de Alfonso.

Entró en la web de un balneario de Segovia en el que soñaba desde hacía años. Suite con vistas al río, buffet libre, spa y masajes. Reservar. Confirmado. Salida al día siguiente, primera hora.

Dejó la maleta lista y se fue a dormir con tapones en los oídos. El fiestón quedaba de fondo, lejano.

Al despertar, la casa era una tumba. Los fiesteros desaparecidos, Alfonso y Eugenio roncando compenetrados. Marisa se duchó, se vistió y, antes de salir, dejó una nota sobre los restos del botellón:

Me he ido al balneario. Vuelvo en una semana. No hay comida en casa. Este mes la luz la pagas tú.

El taxi le esperaba en la puerta. Al arrancar, supo lo que era sentir que tres toneladas se te despegan de la espalda.

Las primeras 48 horas en el balneario fueron el paraíso. Marisa paseó bajo la escarcha, bebió zumo de naranja, nadó y se dedicó a leer novelas olvidadas. El móvil, en modo silencio, solo lo consultaba una vez por cortesía.

Llamadas de Alfonso empezaron a llegar por la tarde:

Mari, ¿dónde estás?

Mari, no es de risa. ¿Te has fugado?

Nos despertamos y no estabas.

Aquí no hay nada para desayunar, ¿podrías haber dejado una tortilla hecha al menos?

Marisa leyó los mensajes, sonrió y se fue a envolverse en chocolate.

Al tercer día, el tono cambió:

Mari, coge el móvil! ¿Dónde están los calcetines limpios?

¿Cómo se pone la lavadora? Hace ruidos raros y no arranca.

Eugenio pregunta por toallas limpias, la suya no parece ni toalla.

Se ha acabado el detergente y el papel. ¿Dónde habéis puesto el recambio?

Respondió sólo a uno: El manual, en internet. Detergente y papel, en el súper. Dinero tenéis, porque para la cerveza no os faltó.

El cuarto día, Alfonso llamó. Marisa saboreaba un té en el bar del balneario y decidió responder.

Mari, por fin, hija, ¿cuándo vuelves? ¡Esto es un infierno!

¿Qué te pasa, Alfonso? Estoy en hidroterapia.

El piso es un desastre. Eugenio trajo a unos amigos a ver el fútbol, estuvieron gritando hasta las dos y la vecina de abajo sí, María Ángeles, la del B llamó a la Guardia Civil. ¡Me han denunciado! ¡Multa y todo!

Bueno, ya dijiste que él era buen tío y que los amigos estaban para ayudar, respondió ella con voz calmada . Pues eso, a ayudarle. Eres el jefe de la manada.

Mari, aquí no hay quien coma nada. Llego de currar reventado y encima Eugenio grita que le ponga cena. Y la casa ¡La casa parece un after hours! Me llama mal anfitrión.

¿Y yo qué culpa tengo? Según tu amigo la de ciudad cocina fatal. Que te enseñe él, freís panceta.

Mari, no puedo echarle es un apuro ¡Es mi amigo!

Es tu decisión, Alfonso. Tu casa, tus reglas Si cuando vuelva el domingo por la noche la casa no está igual que antes de Eugenio y si queda el más mínimo rastro suyo, cojo la maleta y me largo a casa de mi madre y pido el divorcio. Es un hecho.

Colgó y se fue a que le dieran un masaje. Nunca se había sentido tan ligera. Antes temía poner límites, temía que la llamaran borde. Pero una semana con Eugenio le enseñó que la paciencia no siempre es una virtud; a veces, es un permiso en blanco para que te pisoteen.

El resto de la semana pasó volando. Marisa durmió como no hacía desde 2004. Recobró el rubor en las mejillas y la arruga de la preocupación se borró de su entrecejo.

Volvió el domingo. Al abrir, la casa olía a lejía, limón ¡y pollo asado! Por una vez, bien hecho.

Nada de maletas ajenas, ni chaquetas forasteras. Solo los zapatos bien puestos de Alfonso.

Él apareció, demacrado, pero con camisa limpia.

Hola murmuró.

Marisa inspeccionó: salón reluciente, sofá bien puesto, ventanas abiertas, el tabaco ni rastro.

¿Y Eugenio? preguntó, quitándose el abrigo.

Alfonso respiró hondo.

Le eché. El jueves, después de tu llamada.

¿Tú? ¿No era incómodo?

Hasta que, estando yo fregando la sartén después de ocho horas de trabajo, me gritó que le fuese a por cerveza porque empezaba el partido. Se me cruzó el cable. Le mandé hacer la maleta y le di veinte euros para el taxi. Gritó, insultó, me llamó calzonazos, que te tenía muy mimada, que los amigos somos para siempre Me juró odio eterno. Dos días limpiando la casa, pidiendo perdón a María Ángeles con una caja de mantecados.

Cogió las manos de su mujer, encallecidas del estropajo.

Perdóname, Mari. Soy tonto. Pensaba que esto era cosa de nada. Uno se acostumbra a que la casa esté recogida y la nevera llena como por arte de magia Pero ¡madre mía! No sé cómo aguantas. Y además, ¡trabajando!

Por primera vez vio en los ojos de Alfonso algo más que remordimiento: el principio, quizá, de la sabiduría doméstica.

Yo no aguanto, Alfonso. Yo cuido de nosotros, no de parásitos.

No más huéspedes, lo juro. Y Eugenio, bloqueado para siempre. Luego me mandó mensajes feos, pero directo a la papelera.

Siéntate, cenamos antes de que el pollo acabe como una suela.

Cenaron en paz, con Alfonso sirviendo y ella, al mando.

¿El balneario qué tal? preguntó tímidamente.

Gloria bendita. Voy a ir cada seis meses, te aviso. Y tú vas a aprender a hacer algo más que huevos fritos. Por lo que pueda pasar.

Lo prometo, hasta paella si hace falta.

Al día siguiente, Marisa se enteró por una amiga de que Eugenio había vuelto a casa de su suegra, montó un escándalo de campeonato y lo habían denunciado para echarle y repartirse las deudas de créditos que llevaba a la espalda. También descubrieron que de su reducción por vacaciones nada: lo habían despedido un mes antes, pero el cuento triste era solo para lograr alojamiento gratis y barra libre de oídos.

Alfonso solo negó con la cabeza y abrazó fuerte a su mujer. Aprendió la lección; ya nadie cruzaría las fronteras de su familia sin invitación formal. Marisa entendió que para hacerse oír no hacía falta gritar: bastaba con cerrar la maleta y apagar el móvil, dejando que cada uno se apañe con las consecuencias de sus actos.

La vida cambió. Alfonso no se volvió amo de casa en un día, pero jamás volvió a dar el trabajo de su esposa por sentado. Y, lo más importante, aprendió a decir no. Un mes después, su primo de Valladolid llamó para hacer noche de paso y Alfonso, digno y sereno, le buscó el hostal más cercano.

Marisa escuchó la conversación desde la cocina, removiendo la sopa, y sonrió. El balneario muy bien, pero en casa, cuando te respetan, no hay quien compita.

Gracias por leer hasta el final. Si te ha gustado la historia, deja un me gusta, ¡y no te pierdas la próxima entrega!

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MagistrUm
Mi marido trajo a casa a un amigo “para quedarse una semanita”, y yo, sin decir palabra, hice la mal…