Corre, aléjate de él —¡Hombre, Lidia!—exclamó Silvia sentándose a su lado en el bar—. ¡Cuánto tiemp…

¡Ay, Lucía! Susana se desplomó sobre la silla junto a su amiga, el murmullo del café madrileño envolviéndolas en una niebla espesa, casi irreal. Cuánto tiempo, ¿cómo va todo?

Hola, Susi… Lucía respondió como desde el otro lado de un espejo, arrastrando las sílabas. Bien, todo bien…

Entonces, ¿por qué desvías la mirada? Susana entrecerró los ojos, escudriñando a su amiga. No me digas que Jaime vuelve a las andadas… ¿Ahora qué tocó?

No exageres, por favor Lucía resopló, pensando que no debió entrar hoy en aquel sitio. Todo marcha. Lo de siempre. Jaime es estupendo, de verdad. No hablemos más de eso, ¿vale?

Sin atender los intentos acalorados de Susana por continuar, Lucía se levantó abruptamente, dejando media porción de tarta de Santiago en el plato. No quería escuchar a nadie. Era más fácil imaginar que tanta insistencia no era sino simple envidia.

Jaime era fascinante. Guapo, seguro de sí mismo, detallista. Sólo tenía esas excentricidades inesperadas, casi caprichos, como prohibirle teñirse de rubia.

La primera gran pelea surgió de una tontería. Lucía fue a la peluquería a cortarse un poco, animada por una amiga que decía que era rubia de nacimiento. Y sucumbió. Regresó a casa con bucles platinados refulgentes, como en un sueño saturado de imágenes invertidas.

Jaime palideció como si viera un espectro entre las paredes de ladrillo castellano. Lanzó el libro que toleraba entre las manos y chilló palabras afiladas y monótonas. Ordenó que volviese al castaño inmediatamente. En mi casa no hay lugar para rubias, rezongó, conjurando fantasmas de otros tiempos.

Lucía, tragando lágrimas saladas, corrió a la peluquería de la otra esquina de Lavapiés. Al principio se negaron: el rubio le quedaba, decían. Pero cuando Lucía rompió a llorar, lo hicieron en un parpadeo.

Por la mañana, Jaime agitó la cabeza satisfecho y, con su extraña lógica onírica, le regaló una pulsera de oro de dieciocho quilates a modo de perdón.

Luego estaba lo de vestir de blanco. El rojo, el verde, el azul… cualquiera menos el blanco. Una vez, Lucía preguntó de broma qué color llevaría su vestido de boda, pero Jaime le lanzó una mirada tan bizarra y opaca que se le evaporaron las dudas y los chistes.

Huye de él le insistió Susana una tarde, con el trueno en la voz y la luz filtrándose tiesa por la ventana. Hoy no puedes vestir de blanco, mañana igual no puedes salir de casa. Por bueno que parezca, busca uno menos… peculiar.

Cada uno tiene sus manías encogía los hombros Lucía, perdida entre las formas desdibujadas del café. Estamos en serio. Hasta queremos tener una hija. Él incluso le ha puesto nombre: Ángela. Y tú que si corro…

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Qué error no escuchar a Susana. Las rarezas de Jaime burbujeaban por la superficie y Lucía pronto lo corroboró. Había en la casa una habitación cerrada, siempre clausurada con llave. Un día, entre sueños, Lucía preguntó:

¿No serás primo de Barba Azul?

Descuida respondió Jaime, con una mueca que parecía una grieta en el cristal, no guardo cadáveres de esposas allí.

La conversación murió bajo una luz mortecina. Nada más balbuceó hasta el día en que, por azar, tras una clase cancelada en la universidad complutense, Lucía volvió a casa antes de tiempo. Sabía que Jaime estaba, pero no lo encontraba. Y justo al pasar junto a la puerta prohibida, oyó una voz susurrante, etérea.

Empujó con sigilo, dejando un resquicio mínimo, y lo que vio la dejó petrificada: un retrato de tamaño mural ocupaba toda la pared, una joven sonriente extendía las manos, irresistible, muy parecida a Lucía, sólo que rubia. Jaime, de rodillas, le hablaba.

Espera un poco más, Ángela. Pronto estaremos juntos repetía él, como un conjuro de sueño lúcido. Ella me dará una niña, seguro. Entonces tu alma entrará en ese cuerpecito y por fin volverás a mí. Te cuidaré. Y cuando crezcas… nos amaremos de nuevo.

¡Tarado!, relampagueó en la mente de Lucía. Salió huyendo en un sobresalto, con el corazón galopando como caballos andaluces. Las amigas tenían razón, pero, ¿cómo escapar? Peor aún: Lucía estaba embarazada. Era pronto, apenas comenzaba a sospecharlo.

Sus padres vivían en Valladolid, familiares pocos… sólo Susana. A ella acudió.

Yo… jamás imaginé que Jaime era así… Lucía murmuraba, las manos apretadas hasta doler. Si no lo veo, no lo creo.

Tranquila Susana le tendió un vaso de agua fría. ¿Qué harás? ¿Vas a seguir con él?

¡Ni pensarlo! dijo Lucía, rotunda. Me da miedo por mí, por el bebé… Claro, ahora entiendo la prohibición del oro y del blanco. Me acercaba demasiado a ella.

Menos mal que lo supiste antes de la boda reflexionó Susana. ¿Y lo del embarazo, lo sabe?

Quería sorprenderlo…

Mejor así. Di que te has enamorado de otro y vete. Lo mejor será volver a casa de tus padres. Matricúlate ahí, estudia, pero lejos de él.

Eso haré…

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El medio año siguiente fue un limbo de nostalgia y desgarro para Lucía. Mudanza, explicaciones con la familia… Dejó la universidad por el embarazo: abortar era impensable; aquella criatura no tenía culpa de nada. Al final, nació una niña. Justo lo que quería Jaime.

Él, en contra de los augurios, apenas puso reparos. Solo sugirió en voz baja que no hablara mucho. Ni preguntó a dónde se iba. Como si todo flotara en vapor de siesta castellana.

Lucía, en las noches eléctricas del otoño, se preguntaba si se había equivocado. No contarle sobre la niña, Gela… Aquella noche, tras acostar a la pequeña, se quedó mirando a través de la persiana, repasando fantasmas y recuerdos.

Llamaron al timbre. El repartidor trajo la cena; Lucía aún no dominaba la cocina. Comió deprisa, se dispuso a estudiar. Las letras danzaban, la cabeza le giraba, como en los sueños peores. Al buscar el teléfono para pedir una ambulancia, el cuerpo ya no le respondía. Antes de perder la conciencia, vio a Jaime recogiendo con delicadeza a la recién nacida.

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Despertó en el hospital, su madre junto a la cama. La policía buscó a la niña. Nadie pudo dar con ella. Jaime, llevándose a la pequeña, parecía haberse disuelto en la niebla.

Un par de años más tarde, una sola noticia. Una fotografía. Jaime, abrazando a una niña rubia de sonrisa irreal, posando en una plaza bañada por el sol de Castilla.

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Corre, aléjate de él —¡Hombre, Lidia!—exclamó Silvia sentándose a su lado en el bar—. ¡Cuánto tiemp…