Llaves
¡Le quiero! ¡Y tú siempre con esas tonterías! ¡No quiero escucharte, en absoluto! ¡Me tienes envidia, por eso te metes donde no te llaman! ¡Déjame en paz de una vez! ¡Ocúpate de tu vida!
María no gritaba. Rugía con tal fuerza que incluso don Víctor, el vecino del garaje, algo duro de oído y poco dado a cotilleos, se volvió asombrado. Que él prestase atención solo podía significar una cosa: María estaba armando un escándalo tremendo.
Motivos, creía ella, no le faltaban.
Porque para María, el estar enamorada no era un sentimiento, era su estado natural del alma. Apenas pasaban días sin un nuevo amor o un arrebato romántico, y los únicos que detectaban esos breves periodos de vacío eran su madre y su hermana, Alejandra. Pero la madre ya no estaba, y Alejandra se negaba a entender a María.
Sin ese maravilloso estado el del enamoramiento, María no vivía, solo sobrevivía. Su mirada se perdía, sus pensamientos se dispersaban y los nervios le fallaban tanto que hasta sus compañeras de trabajo murmuraban con retintín:
¿No te vendría bien una tila, Marianita? Estás cada día más difícil…
Y Marianita apretaba los labios, rechinaba los dientes y pensaba cosas poco amables de aquellas señoras tan normales.
¡Ellas sí que lo tenían todo bien puesto! ¡Maridos en casa y niños correteando por el parque! ¿Y ella? Ni casa, ni marido. Y ni se le esperaba. Bueno, hijo sí tenía, pero tampoco era el colmo de la fortuna. Ni en comparación con sus primos lo era. Los hijos de Alejandra, en cambio, eran el orgullo de la familia: Santiago jugaba al fútbol y sacaba sobresalientes, contradiciendo esa leyenda de que quien corre mucho no piensa mucho. La pequeña Verónica cantaba y bailaba en un grupo que iba de festival en festival, y a sus apenas diez años ya sabía más del mundo que su tía a lo largo de la vida.
Y eso también le dolía a María. ¿Por qué era así? Si en su infancia también fue de extraescolar en extraescolar, aunque rara vez se decidía por ninguna, porque su corazón iba por libre. Y cuando se cansaba, pues dejaba la actividad y se apuntaba a otra. Porque así, pensaba María, era como debía vivirse: escuchando al corazón. Nadie iba a traerle la felicidad en bandeja:
¡Toma, Marianita, para ti solita, sin que falte nada!
Ya había asimilado esa lección hace mucho. Cuando veía a su hermana, Alejandra, empollando para los exámenes mientras ella se pintaba los labios para ir al baile, le decía:
Mira, Ale, ¡te lo vas a saber todo! ¿Y quién va a querer casarse contigo? ¿No recuerdas lo que decía la abuela: que la mujer nunca debe saber más que el hombre? ¡Por eso a ti ni te miran los chicos!
Ni falta que hace. ¿Para qué los quiero ahora? Y abuela, en verdad, nunca dijo eso…
¿Ah, no? ¡Si yo lo recuerdo perfectamente!
Lo recuerdas mal, Mari. Ella decía que la mujer sabia no hace ostentación de su inteligencia frente al hombre si de verdad le quiere. No es lo mismo…
¡Ay, no me líes! Mejor ayúdame con el pelo, que Vidal me está esperando.
María salía corriendo, y Alejandra se acurrucaba con un libro en el sofá. Ese par de horas de silencio en casa eran célebres.
Alejandra quería a su hermana, claro, porque no tenía otra, y la conocía casi como a sí misma. María no era mala. Era inquieta, desordenada y poco segura, pero maldad ni pizca. Al contrario, era blanda y generosa, mucho más que Alejandra. Recogía animales perdidos y hasta los gatos y el perro que llevó a casa después de lágrimas y súplicas vivieron durante años como reyes gracias a sus cuidados. Los padres, sabiendo que desistir era impensable, se resignaron a condición de no convertir el piso en un zoológico. Y nunca le pidió a su hermana que sacara al perro o que limpiara la bandeja de los gatos. Ni una sola vez.
A veces, eso sí, le parecía a Alejandra que su hermana quería más a los animales que a la gente.
María, mamá pide que vayas a ayudar a la abuela con la limpieza.
Ve tú. Yo tengo cosas que hacer…
¿Qué cosas?
¿Qué más da? ¡Importantes! ¡Que Ramón cojea! ¡Tengo que llevarlo al veterinario!
Cojea de hace una semana…
¿Y? ¿Eso es excusa para cambiar a Ramón por los líos de la abuela? ¡Que todavía puede sola! ¡Pero Ramón, ¡el pobre gato no puede valerse por sí mismo!
Discutían, cada cual por su lado. Alejandra iba con la abuela y María sacaba su blusa más mona: Vidal ya le esperaba bajo la puerta y el asunto de Ramón era una excusa para no fastidiarse el día con trastos.
Se fueron separando con los años. Alejandra acabó el bachillerato con honores, María, pues normalita. Lo justo.
Nunca tuvo dudas sobre su vocación: siempre quiso ser pastelera. Su amor por los dulces y tartas de colores venía de niña; pasaba minutos hipnotizada ante los escaparates de pastelerías sin querer irse sin algo, aunque luego los pasteles los regalaba a su hermana tras contemplar los adornos de crema y los modelaba en plastilina.
Se distanciaron, también, tras el instituto. Alejandra se fue a vivir con la abuela, que ya estaba malita, y la casa le venía de perlas por cercanía a la facultad. Así, la abuela tenía compañía y Alejandra una hora extra de sueño por la mañana y esa tranquilidad de saber que cuidaba de alguien querido.
Alejandra, buena nieta, presentó primero a la abuela a su novio, Sergio.
¡Vivid aquí, chicos! ¡Hay sitio para todos!
Y en poco tiempo celebraron una boda modesta y alegre. Se quedaron a vivir con la abuela y ella fue clara con todos:
Hija, lo justo es así. A María le toca la habitación de tu abuelo, la del piso compartido. Y a vosotros, esta casa, Alejandra. Ojalá vea a sus niños Me haría tan feliz.
Y sí, a su primer bisnieto llegó a verle y tenerle en brazos. Se fue cuando Santi apenas cumplía los dos. Un año luchando a brazo partido tras el ictus, queriendo volver a caminar y a decir aunque fuese unas palabras Hasta que el corazón ya dijo basta. Alejandra lloró amargamente al despedir a quien tanto la cuidó.
Sus padres no discutieron la herencia, sintiendo que su hija se la había ganado.
A María tampoco le importó. Andaba embelesada con su enésimo amor y le daba igual quién recibía qué. Ella tenía su pasión, ¡su amor!
Amor, llamarlo así, es generoso: María ardía de deseo por un hombre que apenas le prestaba atención, y que complacido la aceptaba en su piso para limpiar, cocinar o lavar, pero nunca le permitía dormir allí.
Soy un viejo soltero, María. Me cuesta acostumbrarme.
Con aire bohemio le daba tareas para ordenar su taller, y cuando le convenía, la despedía con un suspiro:
El arte requiere sacrificios, Marianita. Exige mi alma entera. Pero tú lo sabes, tengo tantas cosas ¡Amor, deberes, responsabilidades! ¡Estoy exhausto!
María, comprensiva, asentía, recordando aquel retrato torcido y polvoriento suyo, único que alguien hiciera jamás y que para ella era prueba viva de que podía inspirar a un hombre.
Aquel cuadro lo recibió justo cuando, con toda la alegría del mundo, fue a contarle que esperaba un hijo.
Aquella mañana caminaba bailando entre chispazos de sol, embargada por la ilusión. Iba casi levitando con su milagro: la nueva vida era un prodigio.
Pero el prodigio se deshizo en un segundo cuando él frunció el ceño y la cortó en seco:
¿Un hijo? ¿Tú estás loca?
Lo que siguió fue tan banal como doloroso. Las ilusiones de María se quebraron sin remedio, en mil pedacitos imposibles de recomponer. Ni siquiera intentó reparar su orgullo maltrecho. Solo pidió llevarse el retrato:
Para recordarme
Se lo permitió y esa noche lo hizo pedazos, murmurando:
¡Tendré todo lo que quiera! ¡Lo tuyo fue solo una sombra!
Del hombre nunca volvió a saber, ni quiso saber. Tenía suficiente con lo suyo. Su hijo, aquel milagro, nació, pero nunca llenó el vacío. Buscaba en el niño algo del padre, su genio quizás, pero no encontraba nada. Pablo era un chico tranquilo, callado, sin señales de artista. Le gustaba el balón y el ajedrez. Se apuntó solo al club y, cuando su madre le preguntaba:
¿Qué haces allí? ¡Qué aburrido!
Él, encogido de hombros, no sentía ni pizca de aburrimiento. Para él, el ajedrez era como una danza mágica. A veces, revisando las partidas más emocionantes, bailaba discretamente por la habitación siguiendo una música que solo él oía, pero nunca si su madre estaba delante. María no lo soportaba.
¡Bailar no es cosa de chicos! ¡Córtate!
Solo su prima, Verónica, le entendía. Las peleas de su madre y su tía le desconcertaban, pero la abuela siempre decía: La familia es la familia y deshacerla es absurdo. No comprendía por qué su madre desaprovechaba ese regalo, pero esas palabras las guardó bien.
Con Santiago se llevaba bien, pero su devoción era por Verónica, que supo encontrar la hebra que ataba su alma y escuchaba embelesada cómo Pablo le contaba la música de los razonamientos y sus sueños.
¿La oyes? preguntaba boquiabierta.
Sí. Muy bajito, pero tan bonita…
Creo que yo también la siento ¡Mira, te muestro!
Verónica bailaba e intentaba transmitir lo que sentía en su interior, y Pablo sabía entonces que no estaba solo. Alguien le comprendía.
Pero los niños no pueden elegir con quién tratar. Sus relaciones dependen de los caprichos de los mayores, y María era muy caprichosa. Si discutía con su hermana, podía prohibirle a Pablo ver a sus primos.
Él poco podía hacer. Se rebelaba como podía: a base de berrinches y huelgas de hambre, hasta que María acababa diciendo:
¡Haz lo que quieras! ¡Ya me tienes harta!
Las razones por las que su madre se enfadaba con Alejandra las ignoró mucho tiempo. Nunca supo que su tía la ayudó cuanto pudo tras nacer él, pero fue expulsada cuando María descubrió la decisión de la abuela sobre el piso familiar.
¡Eso no es justo! ¡Soy tan nieta como tú!
María, ¡yo no lo pedí! Si quieres, vendemos el piso y nos repartimos el dinero. No quiero pelear.
¡No! ¡No quiero tus sobras! La abuela siempre te quiso más. ¡Por eso te dejó todo a ti! ¡A mí nunca nadie me ha querido de verdad!
¿Y yo? ¿Y mamá y papá?
¿Amor? ¿Llamas amor a que no me entiendan? ¿De qué me sirve el piso si no me quieren?
María…
¡Basta! ¡No quiero seguir escuchando!
El rencor anidó entre las hermanas, tejiendo un nido con recuerdos y viejas rivalidades.
Mira, Marianita, ¿te acuerdas de aquella muñeca que le compraron a Alejandra? Igualita que la tuya pero con el vestido rosa. ¡Y la tuya era verde! Lo importante son estos detalles minúsculos, Marianita. De ellos se compone la vida. Todas esas muñecas, aquellas discusiones por el maquillaje o los libros, la independencia de Alejandra, su hogar propio, su trabajo, sus hijos tan distintos de tu callado Pablo Todo es ladrillo tras ladrillo del frágil edificio de las esperanzas. Que no es bonito, ni terminado, ni lleno de vida. Todo lo bueno le tocó a tu hermana. ¿Y ella es mejor? Claro que no. ¡Le falta chispa! ¡Soñar! ¡Vivir sin mirar atrás! ¿Qué sabe Alejandra del amor, del verdadero? ¡Solo tú sabes lo que es vivir con el alma hambrienta de amor, María! El amor verdadero tiene las llaves de la felicidad, pero no todos son dignos de recibirlas. ¿Alejandra conoce esas llaves? ¡Por supuesto que no!
Alejandra también sentía, a veces, un pellizco de rencor, pero quizás porque tenía menos recuerdos dolorosos o era de otra madera, su nido era enclenque, hecho de dos ramitas sueltas fáciles de dispersar con el aire. Y ella soplaba, dispuesta siempre a dar otra oportunidad, aunque la injusticia la asfixiara cada vez que María lanzaba:
¡Tú no eres mi hermana! ¡Nadie trataría así a una hermana!
Entonces le dolía respirar. Miraba el horizonte y sentía que hacer las paces le costaba tanto como a un pez alcanzar el agua después de ser arrojado a tierra. ¡Qué fácil romper ese hilo y qué difícil recomponerlo!
Se fueron juntos los padres, casi a la vez. Y la angustia cubrió a las hermanas.
Ale, ¿cómo puede ser? ¡Estaban sanos! ¡Les quedaba toda la vida!
Mari, la vida no pregunta. La salud es lo que menos podemos conservar. Hicimos lo que pudimos. Lo demás no está en nuestra mano.
¡No es justo! ¡Nada justa es la vida!
Eso pensamos, que la vida es una balanza que reparte según el mérito… Pero la realidad es otra.
Sí, tienes razón. En la realidad es diferente
Alejandra renunció a su parte del piso en favor de su hermana y eso les dio un respiro. María se tranquilizó, encargándose de los papeles.
Pensé que este también te lo quedarías.
Lo soltó María mientras se recolocaba el capuchón y evitaba la mirada de su hermana, esperando a Sergio a la puerta del notario.
¿Por qué dices eso, María? ¿No somos hermanas?
No lo sé, Ale. Supongo que sí. Pero nunca me entendiste…
Tampoco tú a mí… Pero ¿importa tanto?
¡Claro que importa! Si dos personas no se entienden, ¿para qué seguir juntas?
Tal vez sea cuestión de intentarlo. Nada se da por hecho en la vida, Mari. Y tú lo sabes bien…
¡Eso lo sé yo mejor que nadie! ¡En tu vida todo es fácil! Marido, casa, hijos. Yo, siempre sola…
No digas eso… Bueno, yo sí. ¿Pero Pablo? ¿No te tiene él?
Pablo va por su cuenta. Bastante mayor es ya. Apenas lo veo. Yo no paro de trabajar y él está más tiempo contigo y tus hijos que en casa.
Aquí se siente a gusto… tranquilo.
¡Justo eso! Alejandra, eres insoportable. ¿Me llamas mala madre? ¿Qué te he hecho yo?
María, no grites. Nunca te he llamado eso. ¿Qué inventas?
¡Toda la vida lo has hecho! ¡Tú eres perfecta! Tus hijos perfectos. Y los míos no. Y Pablo tampoco. Prefiere estar contigo…
¡Por Dios, María! ¿Te oyes?
Sergio llegó y encontró a Alejandra sola, llorando.
¿Por qué me trata así? ¿Qué le he hecho?
La abrazó, le acarició el pelo y dijo:
Tiene mal carácter. La vida no la ha domado.
Alejandra, al oír aquello, se detuvo en seco:
¡No digas eso! ¡No lo digas, por favor! ¿Y si de verdad le pasa algo? Sergio, me da tanta pena…
Eso es bueno.
¿Qué?
Que le tengas compasión. Aún no comprende quién la quiere de verdad. Lo mismo nunca lo entienda.
Aun así, sigue siendo mi hermana. Y la querré. Alejandra se limpió las lágrimas, decidida. ¡No tiene a nadie más! Pablo todavía es pequeño.
La paz era mejor que la guerra, y Alejandra no dejó que se rompiera del todo el hilo que aún le unía a su hermana. Se volvió casi invisible la cuerda que las ataba, pero ahí seguía.
Los hombres iban y venían por la vida de María, dejando poco más que amargura. Nadie quería quedarse con sus llaves de la felicidad.
Cada pretendiente avisaba de entrada:
No estoy preparado para algo serio. Todo es complicado. ¿Me entiendes?
Y María asentía y se llenaba de esa empatía falsa para olvidarla después, cuando se aferraba a la ilusión de que aquel hombre sería distinto.
Preparada para darlo todo, aprendía y participaba en los hobbies de ellos: cazaba si era cazador, pescaba si iban de pesca, hacía cebos y hasta montaba sedales. Pero nadie quería quedarse con sus llaves.
Pablo, en esos periodos de romances, vivía siempre con su tía. Sergio y Alejandra le acogían como a un hijo, y compartía habitación y juegos. Pablo era feliz allí. Jugaba al ordenador, reía con sus primos y recibía de Alejandra lo que a veces le faltaba en casa.
Es muy listo, Mari. Yo lo llevaría a una escuela de matemáticas suspiraba Alejandra.
Está bien así. Mejor en la misma escuela de Santi, así me entero de todo. Y tú le tienes bajo control.
Pero si duerme aquí va más descansado.
Que se quede allí, mientras me aclaro con lo mío. Gracias, de verdad. César es estupendo, quiere a Pablo y nos ve como una familia.
¿Te ha pedido matrimonio?
Aún no, pero ya casi. ¡No me molestéis, solo ayudadme! ¡Es mi oportunidad para ser feliz!
Claro que sí.
Pero Alejandra no confiaba en el tal César. Un tipo altanero, cargante, de bromas dudosas. Y lo peor es que Pablo se estaba alejando cada vez más de su madre.
Cuando Alejandra supo que César quería que María vendiera el piso heredado de sus padres, fue por casualidad.
Llegando a casa una tarde, encontró los zapatos llenos de barro de los niños tirados por la entrada.
¡Niños! ¿Qué es esto, por favor?
Verónica, asomándose desde la habitación de los chicos, se asustó y cerró la puerta tras de sí.
Mamá
¿Qué pasa? se preocupó Alejandra, viendo la cara de susto de la niña.
Mami, no te pongas nerviosa. Es que… le hemos puesto hielo, pero no se le pasa…
Alejandra no esperó más. Corrió a la habitación. Pablo estaba boca abajo, un paquete de hielo sobre el ojo morado.
¡Pablito! ¿Qué ha pasado?
Nada…
Pero esa voz de niño herido significaba problemas. Con su tía no ocultaba nunca nada. Se subió para abrazarle y acariciar el moratón.
Ven, vamos a hablar. Por favor…
¡No quiero!
Era grave. Alejandra suspiró y mandó a los primos a la cocina a guardar la compra.
Se fue a cambiar, respiró hondo y regresó para hablar con él. Se metió en la litera y, arrullándole, tocó con ternura el hematoma.
¿Ha sido César?
Era obvio. Pablo rompió a llorar. Su tía lo recibió entre sus brazos: él sabía que ella le entendía. Sabía que era injusto que defendiera a su madre y que un adulto le respondiera con violencia y desprecio.
César, ridículo y cruel, importunaba a María y humilló a Pablo diciéndole:
¿Tú me va a enseñar a mí? ¿De qué vas? ¡Límpiate los mocos y cállate cuando los mayores hablamos!
Nunca le había visto así. En ese instante, Pablo supo que ese hombre no quería a su madre. Lo suyo era puro interés.
Cuando hay amor, se ve. decía Verónica. ¿Tan difícil es, Pablo?
Mucho…
Es como la música que ves.
¿De verdad?
Que sí, que tú la sientes… El amor es como la música. Cuando la oyes, sabes cómo moverte, a dónde ir…
No lo entiende todo el mundo
¿Tú crees que tu madre no lo ve ni lo oye?
Ni lo ve ni lo oye. Le gustaría, pero no puede.
Me da pena…
A mí también.
Pablo quiso enfrentarse a César para defender a su madre. Apenas le dejó tiempo, y luego vio el miedo en los ojos de ella y su susurro:
¿Por qué haces esto, Pablo?
Y más nada. La herida quedó abierta, el alma rota.
Guardó sus cosas y se fue a casa de su tía, donde sabía que le entenderían.
Alejandra, al enterarse, llamó al momento a María. Nada. Se puso nerviosa, llamó a Sergio:
¿Dónde estás? No subas. Llévame con mi hermana, vamos ahora.
Mandó a los críos con Pablo, les prohibió dejarle solo y salió a la carrera.
¿Qué ocurre? preguntó Sergio.
En el coche te explico. Vamos.
La conversación empezó mal. María, todavía en la escalera, lloraba desconsolada. César se había largado insultando y lanzando reproches.
¡No entiendes nada! ¡Yo le amo! le gritaba a su hermana.
¿A quién, María? ¿Al que le pone la mano encima a tu hijo? ¿En qué piensas? Tú siempre tras la felicidad, y no la ves cuando la tienes delante. ¿Y Pablo? ¿Por qué le traicionas? ¡Es tu hijo!
Ya no es mío, ¡es tuyo! ¡Tú le has quitado todo! Vive en tu casa, pasa de mí, todo es por tu culpa
¿Qué te he quitado yo, María?
¡Mi vida! ¡Mis llaves!
¿Qué llaves?
De pronto, Alejandra se vio a sí misma y a María desde fuera. Discutiendo en el patio, chillando… ¿A esto las había llevado la vida? ¿Esto querían sus padres o la abuela?
Con voz suave preguntó de nuevo:
¿Qué llaves, María?
Las llaves de la felicidad… contestó quebrada. Tú las tienes. ¿Y yo?
Solo entonces Alejandra comprendió. Suspiró hondo, se acercó y la abrazó fuerte, como de niña.
¡Anda, ven aquí! Ay, Marianita… ¿qué voy a hacer contigo?
¿Tonta? ¿Vas a decir que soy tonta? María intentó zafarse, pero Alejandra no la soltó.
No, mujer, no inventes. Eres sensible. Muy vulnerable y siempre quieres más amor Pero no me pidas que entienda que cambies a tu hijo por cualquiera. Eso no, Marika. Y llaves… Yo no te he quitado ninguna. Ni sé qué hacer con las mías. La diferencia entre nosotras es esta.
¿Cuál? María cedió, abrazándola con los ojos hinchados.
Tú siempre intentas dar tus llaves a alguien, yo me las guardo.
¿Y cuál es la forma correcta?
Quién sabe. La vida lo dirá.
Ya lo ha dicho… ¿Cómo sigo viviendo? Nadie me quiere…
A mí sí. ¿Te vale? Pablo también. ¿No es suficiente?
No sé…
Empieza por ahí. Lo otro llegará.
¿Y si no?
Entonces, tus llaves no abren la puerta correcta y seguirás en el umbral toda la vida. ¿Quieres eso?
¡No!
¡Así me gusta! ¿Vas a ver a Pablo?
Nunca me lo perdonará
Ay, María. Pablo sabe más de la vida que tú, te lo digo yo. Pero esta conversación no será fácil. Está muy dolido.
Lo imagino
Entonces haz algo. ¿Eres madre o qué?
¡Alejandra!
¡Sí, Alejandra! ¡Venga, al coche! Sergio, dale un pañuelo, creo que hay alguno en la guantera. ¡Y vamos, que los niños esperan!
Poco más tarde, Pablo sí tendría padrastro, pero mucho después, cuando María por fin encontrase lo que tanto ansiaba. Pablo, eso sí, se quedaría en la familia de Alejandra, eligiendo ese hogar sobre el nuevo, con la hermanita recién nacida y los llantos del bebé. Pero María haría un esfuerzo para recordarle siempre que se le quiere y se le espera.
El hombre con quien ella acabaría uniéndose resultaría más sabio y paciente que nadie. Daría a Pablo su tiempo y juntos construirían un lazo tan sólido que superaría a cualquier otro.
Y cuando llegase el día de la despedida en el andén, antes de partir a su destino en el ejército, Pablo abrazaría a todos, apretaría fuerte la mano de su padrastro y le diría:
Cuida de mi madre.
Y el hombre, alto y con el pelo ya plateado, le devolvería el apretón y contestaría:
Y tú cuídate, hijo. Aquí te esperamos.
Lo sé.





