Gotas de rocío

Gotas

¡Y no es nada fea! ¡Es preciosa! ¡Jaime, díselo tú!

Carmela apretaba contra sí a una gata desaliñada y famélica, tan flaca como un hilo, y lloraba tan fuerte que los vecinos, reunidos en corro, se tapaban los oídos con resignación.

De voz grave y poderosa, Carmela, como todos en su gran familia, sabía hacerse oír. No era precisamente elocuente con solo cinco años, pero sí era capaz de pegar semejantes alaridos que hacían vibrar los cristales de los balcones del viejo edificio.

Los vecinos ya estaban más que acostumbrados a Carmela y a sus hermanos y hermanas, que siempre pululaban por el patio y las escaleras. Nadie se inmutaba ante sus travesuras, comprendiendo que Gloria, su madre, bastante hacía con intentar gobernar semejante tropa. Su jornada era tan interminable que cualquiera en su lugar habría acabado presa de los nervios, colgándose como un trapo de la verja modernista que separaba el vetusto caserón, antaño mansión señorial y ahora convertido en corral de vecinos, de la calle del barrio.

Aquel enrejado, trabajado en hierro, era motivo de orgullo para la finca entera. Gloria, junto a otros vecinos, lo pintaba cada primavera, y se sentía tan dueña de sus barrotes como del derecho a descolgarse de ellos al menor despiste.

Pero aún se resistía a esa tentación, suspirando en la cocina:

Todos somos mulas. Fuertes, nobles, inteligentes. Pero ¿a dónde vamos? Nadie tira de tu carga: todo debe ir por cuenta propia. Y yo, chicas, soy un pony inmortal, corriendo en círculos, sin saber adónde voy. El porqué ya lo tengo claro. El destino es otra historia A una le patean, pero sigue oliendo la crin de la yegua de delante y sueña con la noche, con ver a todos acostados, limpios, saciados y contentos. Y que en el fregadero, normalmente siempre lleno de platos sucios, reine el vacío… Es extraño, incluso absurdo, pero esa nada se llama felicidad.

Gloria tenía alma de filósofa y era mujer guapa, atractiva, y con carácter. Pero ¿quién mira a una madre con seis hijos de todas las edades, sin apenas ayuda o consuelo? Gloria dejó hace tiempo sus sueños románticos de lado: tenía suficiente vida sin amores.

Ser madre de seis no era moco de pavo.

Sin embargo, nadie en el edificio tenía quejas, pues todos conocían de sobra la historia familiar de Gloria.

Carmela y otros tres de sus hijos eran acogidos.

No, Gloria no los rescató de una institución, ni de una residencia, por ánimo de “salvar” y brindar “un futuro mejor”. ¿Lo habría hecho en otras circunstancias? Quizás sí, si no fuera por aquel entonces, y desde luego, no sola. Gloria tenía otros planes para sí, que nunca incluían ser madre soltera y cabeza de semejante prole, ni siquiera en sueños.

Pero la vida es una tramposa de manual. Y no pide permiso para jugarte partidas de fe, carácter, inteligencia o corazón.

¡Toma, para ti! ¡A pensar! Y decide quién eres de verdad.

A Gloria no le costó mucho decidir. Desde el principio estuvo claro el camino.

A todos sus hijos los recibió en herencia.

Y la herencia se acepta o no. Gloria entendió que renunciar, en su caso, era inaceptable. A ella jamás la dejaron de lado, ¿por qué, entonces, había de abandonar a otros? Y no eran ajenos, no; eran su sangre, los suyos.

Esta clase de razonamientos estaban llenos de sentido para Gloria, aunque a otros les pudieran parecer peregrinos.

Gloria era una hija de los años noventa.

Su madre fue reina de las fiestas, envidiada en todo el pueblo de la sierra madrileña. ¡Cómo no! Apenas cumplidos los dieciocho, ya casada con vestido de ensueño y marido de negocios tan enigmático que daba miedo pensar en los asuntos que tramaba.

Gloria no recordaba nada de sus padres.

Solo los visitaba junto a su abuela en el cementerio local: allí una lápida con fotos que la pequeña acariciaba con el dedo mientras susurraba confidencias sobre el colegio o aquel dibujo que le elogió la profesora, y sobre la bufanda roja a rayas blancas tejida por la abuela.

El misterio de sus padres se lo desvelaron cuando cumplió dieciséis.

Tu padre era un bandido, niña mía. Se fue antes de tiempo, y arrastró consigo a mi hija. Está mal hablar mal de los difuntos, pero nunca lo perdoné. ¡Ay, cuánto lloré! Le rogué que no se enredara con él, pero fue inútil. Lo quería y él a ella, por mal que nos pese. Hay quien dice que la protegió con su cuerpo. Quizá la amó de verdad… ¡Tú eres el fruto de ese cariño! Al menos, algo quedó de mi niña…

Solo entonces Gloria comprendió por qué de vez en cuando, llegaban huéspedes extraños a su casa. Se quedaban callados, calentando los dedos en un vaso de té mientras escuchaban a la abuela contar sus logros, y luego, en silencio, dejaban sobre la mesa un sobre grueso y se marchaban, sin explicar nada.

La abuela aceptaba el dinero, pero nunca lo gastaba. Lo guardaba. Y al acabar Gloria el bachillerato, le compró un piso amplio en el centro de Madrid.

Aquí tienes, hija. Tu herencia. De tu madre y de tu padre

Pero Gloria no quiso mudarse allí. Se quedó con la abuela.

¿Por qué, hijita? ¡Pero si es un piso precioso, céntrico! Vas andando al instituto, y al trabajo también. ¿Por qué eres tan terca?

¡No quiero estar sin ti! O vienes conmigo, o seguimos aquí.

La abuela se resistió mucho, sin querer dejar su diminuto piso lleno de recuerdos de su hija. Cedió porque entonces apareció su sobrina, Mercedes.

Gloria, déjanos vivir en tu piso, por favor. ¡Tengo niños y está vacío! A cambio, pago el alquiler y os ayudo con los gastos. ¡Y ayúdame a empadronarme, que sin eso no cogen a los nenes en la guardería!

Mercedes, mujer decidida y tenaz, de las que sabe salirse con la suya, siempre resultó poco de fiar a ojos de la abuela.

¡No la escuches, Gloria! Aunque sea sobrina mía, es más lista que un hambre. ¡No la dejes ni un minuto sola!

Abuela, pero tiene hijos

¿Y qué? ¡Que los cuide ella! Yo solo pienso en ti.

Gloria atendía a su abuela, pero tampoco podía apartar de sí a los pequeños Jaime y Elisa. Los críos se le pegaban, sabiendo que allí se les quería. Siempre hacían pucheros cuando Mercedes, su madre, venía a recogerlos:

¡Nada de lloriqueos! ¡Gloria no es ninguna niñera!

Gloria acariciaba a los niños, pensando en lo injusto que era tener un piso vacío mientras otros se apañaban en cualquier cuchitril. Mercedes insistía en que eran familia, y a la familia no se la abandona.

Esa frase perseguía a Gloria. Desde niña, su abuela le recordaba que, si su padre hubiera sido más humano, su madre estaría viva.

Eso le dolía a Gloria; por eso, obedecía en todo a la abuela, esperando el mayor de los premios:

Bien hecho, Gloria. Lo has hecho como la gente de antes. Puedes estar orgullosa, hija. Te estás haciendo persona.

Esa aprobación lo era todo para ella. Y por esto mismo, quería portarse igual de bien con Mercedes, pero la abuela la sorprendió.

Eso no, Gloria. No es justo.

¿Por qué no? ¿No sería injusto que Mercedes malviviese y yo tuviera un piso vacío?

¡Sí! Porque ella no es Mercedes… Además, te olvidas de la fábula del zorro y la casita de hielo. ¡Yo la recuerdo bien!

Abuela…

¡No rechistes! ¡Mercedes no vivirá en tu piso! ¡Y se acabó! ¡Viviremos tú y yo!

¡Pero dijiste que no querías mudarte!

Pues parece que habrá que hacerlo. Tienes razón: ayudar a la familia está bien, pero darlo todo de golpe es una tontería. Mercedes, la conozco, sabrá salir adelante con sus niños. Tiempo y caña, pero el pez no. ¡Nunca el pez! Créeme, si das con generosidad ciega, no siempre haces el bien.

¿Por qué?

Pues porque así, la gente no tiene por qué esforzarse. Ya lo tienen todo. Y si le das el piso, no lo echarás nunca, y estarás en deuda. Ella jugará esa carta, tarde o temprano, por sus hijos, porque querrá vivir bien. Mejor que ya estemos nosotras allí. ¿Lo entiendes?

Quizá sí Pero, abuela, ¿está bien pensar así de los demás?

No lo sé, reina, no mucho. Pero eso lo pensaremos después, cuando haya problemas. Con tiempo y vida, ya vendrán los motivos para discutir. Así que ni te preocupes, yo lo resolveré. Que se enfade conmigo, no contigo. Por sus hijos, te lo pido. Que siempre tengan una tía que les quiere. Eso es muy importante. Que sientan que a alguien les importan.

Abuela, Mercedes quiere a sus hijos.

¡Pues claro! ¿No es su madre? Pero tampoco está de más que los quieran otros. En la vida, cada gota de amor es un tesoro. Acuérdate de esto, Gloria.

El tiempo dio la razón a la abuela.

Mercedes suspiró ante su negativa:

¡Ya sabía que no vas a dejar que nadie moleste a Gloria!

¿Ibas a molestarla?

¡Cómo iba a hacerlo! No tengo ya familia, solo vosotras.

Entonces cuídanos, niña. Nosotros te ayudaremos, lo sabes de sobra.

Lo sé

Mercedes, te entiendo, por tus hijos, por ti. Pero mi Gloria es huérfana. Y quien entrega a un huérfano ya puede despedirse del Cielo. Yo, no. Allí me espera mi hija… ¿Qué le digo, cómo justifico que abandono a su niña? No puede ser. Si algún día necesitas casa, tienes mi antigua, pequeña, pero bien situada. Escuela y parque cerca, ¿qué más necesitas?

Gracias, por tu sinceridad y por todo lo que has hecho por mí y mis hijos.

No eres extraña, Mercedes. Recuérdalo.

El traslado se hizo, y abuela y Gloria organizaron su nuevo hogar.

Pero el tiempo nunca se detiene. Corre y corre, sin prestar atención a planes ni deseos.

Gloria solo soñaba que, por fin, la abuela viviera en paz. Pero el destino es caprichoso.

La clínica estaba al doblar la esquina, y la abuela de Gloria acudía a ella como si fuese su segunda casa.

¡Como quien va a fichar! decía, hojeando las recetas del médico.

Estaba ya delicada.

Gloria la acompañaba, pero la abuela se negaba:

¿Qué voy a ser, un estorbo? ¡Dos pasos! Atiende tú a tus cosas, hija, yo me las apaño.

¡Cuánto se arrepintió Gloria después por no insistir…!

Invierno, como tantos otros. Nieve cubriendo aceras, y bajo la nieve, hielo traicionero. Un descuido, y un tropiezo cuesta muy caro…

La abuela cayó a unos metros del centro de salud. Se golpeó la cabeza y perdió el sentido. Y la gente pasaba de largo, apurada en sus quehaceres, sin mirar apenas a la anciana recostada de forma extraña, cabeza en el bordillo.

Un taxista, al dejar pasaje cerca, encontró en el bolso de la abuela la nota con el teléfono de Gloria, llamó una ambulancia y después a su nieta. Pero fue tarde…

A la abuela de Gloria se la llevó la muerte al día siguiente. Gloria pasó la noche entera en el pasillo del hospital, abrazada a Mercedes, que dejó los niños con unos vecinos y voló a su lado.

¿Cómo voy a seguir sola, Mercedes?

No digas eso, mujer, ¡hay que tener esperanza! Mercedes intentaba animarla, pero sabía que era inútil.

Los médicos evitaban la mirada, y Mercedes pronto entendió que esperanza quedaba poca o ninguna.

A ella no le gustaría verte así.

¿Qué cosa?

Este lamento. Era fuerte, y así te crió.

Tienes razón

¡Venga, nada de lloriqueos! Te tienes que mantener firme. Por ella.

Lo intentaré.

Y, un día después, Gloria supo que su vida volvía a cambiar. Y que, de ahí en adelante, le tocaba responder sola de todo.

Había mucho que afrontar.

Apareció Javier, con quien vivió casi cinco años y que, al irse, lo hizo en silencio, dejándole dos hijos, pero sin carga de remordimiento.

Javier siempre había sido sincero, casi demasiado. Cuando encontró un nuevo amor, no disimuló: le dijo a Gloria que no podían seguir, que siempre la apoyaría, eso sí.

Seguimos siendo amigos, ¿a que sí, Gloria? guardando la maleta, sin atreverse a mirarla.

Claro ¿Tú te oyes, Javier? Gloria se sentía igual que el día en que el taxista la llamó por su abuela, pero, curiosamente, ni siquiera podía enfadarse con su marido.

¿Con qué derecho? ¿Por ser honesto? ¿Por irse con otra? Así es la vida. Los niños lo echarán de menos…

No supo qué más decir. No preguntó nada. Le ayudó a cerrar la maleta y lo acompañó a la puerta.

Después abrazó a sus hijos, llamó a Mercedes y solo pudo pedirle:

Ven

Mercedes, que seguía en el antiguo piso de la abuela, trabajaba ya de enfermera jefe y, pese al cansancio, ante el tono apagado de Gloria, simplemente contestó:

Voy para allá.

En media hora, Gloria lloraba desconsolada entre sus brazos; Mercedes maldecía discretamente a toda la familia de Javier.

¡No llores, ni pensar en él! Era cuestión de tiempo, Gloria, no ahora, pero sí después.

¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?

¿¡Tú!? ¡Nada! Son de una pasta especial. Un perro pastor, vamos. ¡Perdona que te lo diga! Y con la nueva hará lo mismo. Eso sí, que no deje de ver a los niños. Prometió ayudar, y seguro que lo hará. Maldigo al mío, que ni para llamar por Navidades. Así estoy: madre y padre. ¿Es justo? Elisa lo lleva, pero Jaime necesita padre…

¿Y qué hago yo ahora?

No discutir. Es lo único que puedo decirte. El resto, solo el tiempo lo arregla.

¿Ahora me soltarás la tontería de que el tiempo lo cura todo?

No. Eso no es cierto. El tiempo solo pone otra cosa delante, y vas olvidando el dolor.

¿Y de dónde sacas tanta sabiduría?

A tu abuela. Ella me lo explicó todo, como si estuviera justo aquí. Y mientras te hablo, la oigo cerca… igual que tú.

Gracias, abuela… Gloria estiró la mano por un paño seco, dejando a un lado el empapado y destrozado. Pero, ¿por qué duele tanto?

Eso es justo lo normal Mercedes le secaba la nariz entre risas. Si no sintieras nada, entonces sí habría motivo de preocupación.

Mercedes tenía razón. El tiempo pasaba, y Gloria volvía a serenarse, simple y llanamente por falta de tiempo para sufrir.

Javier seguía viéndose con los niños, pasaba los fines de semana con ellos y nunca los dejaba en falta.

Así que cuando anunció que tendría otro hijo, Gloria apenas se inmutó.

Me alegro.

Gracias, de verdad.

¿Por qué, hombre?

Por tu reacción. Eres increíble.

Eso ya lo sé se permitió bromear.

Y tras la noticia de Javier, llegó otra.

¡Mercedes! ¿Cómo es posible?

Ay, Gloria, ¡cómo va a ser! ¿Quieres detalles? bromeó, pero sus ojos ya estaban nublados.

¡Bribona! ¿El padre?

No importa. Supo que esperaba un bebé y desapareció. ¡Bien merecido lo tiene! No llegué ni a asustarlo con la noticia de los mellizos. Y ahora, ¿qué hago? No me refiero como enfermera, sino como persona. ¿Cómo saco adelante a todos? Jaime y Elisa aún son niños, ¿y ahora otros dos?

Nerviosa, Mercedes se tapó la boca y fue al baño, mientras Gloria veía a los chicos repartirse los caramelos de la confitera:

¡A repartir, todos! mandaba Jaime. No seáis avaros. Gloria, ¿por qué te pones triste? ¡Toma caramelito! Eso anima siempre.

Al ver los ojos del niño, tan despiertos, tan suyos, Gloria tomó una decisión que muchos llamarían locura.

¡Estás loca! Mercedes giraba la escritura del piso en sus manos. No puedo aceptarlo.

Claro que puedes Gloria se cruzó una sonrisa con el notario. Es lo correcto. Mi abuela lo comprendería. Tienes niños estupendos, déjales una casa. Ahora esta, luego Dios dirá.

La antigua casa de la abuela ya era de Mercedes, y la extraña familia esperaba a los mellizos.

Carmela y Marta nacieron en su día. Pequeñas y despiertas, se hicieron notar en cuanto aparecieron.

¡Menudas voces tienen! ¿Ya tienen nombre, mamá?

Una, como mi madre: Carmela, la otra María, por mi tía.

¿Buena mujer tu tía, cuando le pones tu hija?

De las mejores. Si no fuera por ella, estas niñas ni existirían.

Mercedes salió del hospital rodeada de sus hijos y de Gloria.

¡Ahora somos un poco más! susurró Gloria, mirando los flecos del arrullo. ¡Qué preciosidades!

Ojalá sean felices Mercedes abrazaba a sus hijos, guardándose un temor que no contaba.

Si ella hubiera consultado antes, todo sería distinto.

Pero, ¿a quién le importa una misma cuando hay niños?

A los pocos días, Mercedes cayó enferma. Llamó a Jaime antes de irse a la escuela, señalando las cunas de las mellizas.

Vigílalas tú. Ya he llamado una ambulancia. Llama a Gloria. Y no asustes a Elisa, calla de momento…

No consiguieron salvar a Mercedes.

El corazón, que nunca se había quejado, colapsó súbitamente.

Gloria, de pronto, se vio ante la decisión más dura. Pero, ¿había realmente elección?

¿Es usted la única familia? le preguntaba la trabajadora social con aire exhausto. Claro. Pero son cuatro. ¡Y usted ya tiene dos! Hay que pensarlo mucho.

Gloria no peleó la duda.

Nada era más difícil, pero enviar a Jaime, Elisa y las mellizas a un hogar cualquiera, o separarlos eso no entraba en sus cálculos. Una es responsable de sus palabras y de sus decisiones. Así le enseñó la abuela, y así educó a sus hijos.

Por lo tanto, ni dudó: los niños debían seguir juntos, punto.

Javier ayudó. Buscó abogados, gestionó papeles. Se quedó con los niños mientras Gloria iba de ventanilla en ventanilla.

¿Y tu mujer?

No se queja. Es madre, y además sabe que no me vas a aceptar de vuelta. ¿Verdad?

Verdad.

¿Y entonces, de qué preocuparse? Oye, ¿estás segura?

¿De qué?

Que seis es mucho.

Nunca se está seguro, Javier. Tengo miedo, sí, estoy aterrorizada. Pero no puedo hacerlo de otro modo, son todos míos. ¿Cómo los separo? ¿Cómo los doy?

¿Y a qué le temes?

¿Te parece poco? ¿Y si no puedo con todo? ¡Voy sola!

No estás sola. Si me dejas, te ayudaré. Me debes nada, pero yo te debo mucho. ¡No llores, aguantarás! Y sabes qué, Gloria

¿Qué?

No hay mujer mejor ni persona igual. No existen. Y sé que tú podrás, de verdad.

Dios te oiga, Javier.

Seguro que escucha. Ahí arriba tienes a tu abuela, ¿recuerdas? Si no lo entienden, ella lo aclara todo.

¡Eso seguro! Por primera vez desde la muerte de Mercedes, sonrió de verdad.

A partir de ahí, la vida se tornó difícil.

Gloria resistía, pero de noche, a escondidas, lloraba como cuando era niña, mordiéndose la almohada para no ser oída por los niños.

Abuela, ¿y ahora qué? ¿Qué hago? ¡Tú siempre tenías la respuesta! Ayúdame ahora.

Y era como si la abuela le respondiera en sus recuerdos, a retazos, insinuando caminos, cómodos o no, pero trayendo la tranquilidad para dormir. A veces no era la solución entera, solo una guía, suficiente para seguir. Y aunque esas sendas no siempre fueran rectas, los niños crecían, y para ellos, no había nadie más importante que Gloria, y sabían que, pasara lo que pasara, siempre podían acudir a ella, que comprendería, decidiría, perdonaría si hacía falta, y nunca jamás haría daño.

Así, una tarde, Carmela abrazó a la gata desvalida y respondió, desafiante, al comentario de la vecina:

¡Gloria te echará de casa con ese bicho, ya verás! ¡Mírala, está llena de mugre y seguro que tiene hongos! ¡Suéltala!

¡No! Carmela miró desesperada a su hermano mayor y después al portal.

Aquella mañana, Gloria pensaba llevar a los niños al zoológico. Se había levantado temprano, preparado desayuno, movilizado la tropa y, en apenas una hora, todo estaba dispuesto. Se retrasó un poco más, dejando a los pequeños bajo la vigilancia de Jaime en el patio.

Llévalos al columpio, Jaime. ¡Solo dos minutos! buscaba un cajón. ¿Dónde andará la caja de las deportivas viejas?

¡En el armario de Elisa! Ella ordenó todo. ¡Estamos fuera! Jaime hizo salir a sus hermanas y miró atrás. Mamá, maquíllate el otro ojo, que te has dejado uno sin pintar. ¡No corras! Yo vigilo a todos.

Gloria rebuscó en el cuarto hasta dar con las zapatillas; se maquilló el otro ojo y, por primera vez en mucho tiempo, hasta los labios, aunque normalmente no lo hacía en festivos. Total, para ir al trabajo sí, pero un domingo, ni falta hacía.

Pero ese día, al reflejarse en el espejo, pensó que no era justo. Tenía su vida llena de niños, sí, y el trabajo de madre era una montaña perpetua. Pero, ¿por qué dejarse llevar por la apatía? Mejor arreglarse, disfrutar, no asustar animales ni cuidadores del zoo y pasar un día de auténtico placer con los pequeños.

Hace poco que Gloria comprendió el verdadero secreto.

Se puede ir rezongando detrás de los hijos, corrigiendo cada travesura, lamentando camisetas manchadas de helado o también, comprar nubes de azúcar para ti, helados para todos, y lanzar:

¡Yo me voy a ver al elefante! ¿Quién viene?

Y recordar cuando fue al zoo con la abuela, cuando tomaba su compota y su bocadillo, sentada en el banco junto a los elefantes, soñando con que ese día nunca terminara.

Ahora, es ella quien cocina la compota y prepara bocatas por docenas. Y sus hijos, seguro, harán lo mismo un día para la siguiente generación. Así debe ser.

Gloria se miró una vez más en el espejo, se colgó la mochila y salió.

La vecina se cruzaba en las escaleras y, con picardía, le susurró:

Sigue, Gloria, ¡tienes una sorpresa esperando abajo!

Carmela corrió a su encuentro, enseñando su hallazgo.

¡Mamá! ¡Mira! ¿A que es bonita?

¿Y qué podía contestar Gloria?

Nada.

Tomó la gata por el pellejo, la miró y suspiró.

El zoo se cancela. Ahora tenemos nuestro propio tigre en casa. Jaime, ¿dónde está el veterinario más próximo? ¡En marcha!

Y aquel iba a ser un gran día. Quizá no habría zoo, pero sobrarían aventuras.

Y esa gata esquelética y harapienta que Carmela, orgullosa, llevó a casa delante de todo el edificio, en apenas un par de meses se transformaría en una bella, mimosa y lustrosa compañera. Una fuente de alegría más para Gloria, una gota de felicidad que, bien mirada, era un océano para su familia.

Nadie se sorprendió. Ni Gloria ni los niños.

Para ellos, todo era mucho más sencillo. Porque hace tiempo que entienden una verdad esencial: donde hay amor, nunca es demasiado.

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