Aunque Lucía fue una nuera y una esposa ejemplar, acabó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma

Lucía siempre ha sido huérfana y ha crecido en un orfanato en Madrid. Ahora, con dieciocho años, se casa sin saber apenas qué significa ser esposa ni cómo funciona una familia. No tiene amigas casadas ni modelos a seguir; entra en el piso de su marido sumida en la incertidumbre y atenta a cualquier detalle sobre cómo debe comportarse una esposa ideal. Su principal fuente de consejos es la madre de su marido, la señora Carmen.

Lucía ha escuchado en numerosas ocasiones historias sobre suegras difíciles, pero ella está convencida de que, al no haber tenido madre, Carmen ocupará ese hueco y solo querrá lo mejor para ella. Y, en parte, no se equivoca. Carmen no desea ningún mal a su nuera, pero sin darse cuenta, la trata de una manera que marca la vida de Lucía.

Carmen con entusiasmo le enseña las reglas del hogar y le dice, entre otras cosas: Si el marido comete adulterio, la culpa es de la esposa. ¿Por qué? Lucía siempre había pensado que el culpable de una infidelidad era quien la consumaba. Pero para Carmen, si el marido busca a otra, es porque la esposa se descuida y deja de ser atractiva. Por eso, Carmen aconseja a Lucía que mantenga una cintura de avispa incluso pasados los años. Lucía lo apunta en su cuaderno: No engordar. Decide hacerlo y se inscribe en un gimnasio de barrio.

A pesar de ser delgada y con buena figura, Lucía, por miedo a engordar, empieza a perder peso. Ya cuando Lucía cumple con ese objetivo, Carmen le lanza otra máxima: En un hogar español, ambos trabajan.

Lucía acepta sin protestar, ya que ella misma tiene ganas de trabajar y de valerse por sí misma. Le pregunta a Carmen cómo se debe encarar el trabajo durante la baja de maternidad, y Carmen responde con frialdad: Eso es tu responsabilidad. Tú sabrás cómo te las apañas.

Esa frase no la escribe en su cuaderno, pero años después, durante la baja de maternidad, Lucía toma trabajos de media jornada como cuidadora y niñera. Se siente feliz, pero pronto su suegra y su marido se quejan de lo poco que gana.

Lucía decide gastarse su propio dinero en el salón de belleza, pero entonces recibe otra perla de sabiduría: Durante la baja de maternidad, ¿para qué vestirse elegante? Ya tendrás tiempo de arreglarte y maquillarte cuando vuelvas a trabajar. Ahora hay que ahorrar euros.

Lucía suele entregar todos sus ingresos a su marido, siguiendo otra ley que Carmen le ha inculcado desde el principio: Una buena esposa puede con todas las tareas del hogar.

Y así, Lucía lo hace todo sola: cuando el último niño se duerme cerca de las nueve de la noche, ella empieza a limpiar la casa y preparar la comida para el día siguiente. Su marido, que trabaja y está agotado, ya lleva horas dormido. Los desmayos de Lucía empiezan a formar parte de su día a día.

Y como es lógico, termina en el hospital, sin tiempo para prestar atención a los avisos de su cuerpo, ni a los síntomas de una enfermedad que empieza a ser grave. Allí pasa más de dos semanas. Nadie de su familia acude a verla, ni su marido ni su suegra. Por suerte, Lucía tiene el móvil y llama a su amiga Marta, que le trae todo lo que necesita.

Cuando sale del hospital, se dirige directamente al juzgado de Madrid y pide el divorcio.

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Aunque Lucía fue una nuera y una esposa ejemplar, acabó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma