Vaya día para el recuerdo: fui al hospital a ver a mi mejor amiga y me encontré a mi marido, Javier, cuidándola con más ternura de la que ni yo recordaba. Salí de ahí, cancelé sus tarjetas, bloqueé hasta el acceso remoto al WiFi y respiré hondo. Nada como el amor traicionado para espabilar a una heredera despistada.
AQUEL VIAJE DE NEGOCIOS DE MI MARIDO SE CONVIRTIÓ EN UNA ESCENA DE TELENOVELA Y YO DESCUBRÍ, DETRÁS DE UNA PUERTA ENTREDABIERTA, SU PLAN MAESTRO PARA QUEDARSE CON TODO LO MÍO.
Ese martes, en nuestra casa de La Moraleja, ayudé a Javier a cuadrar la corbata mientras se miraba en el espejo, tan guapo y digno, como si fuera a negociar la paz mundial. Es una reunión de última hora en Valencia, chiqui. Esta vez quiero que tu padre vea que soy capaz de algo sin que me lo regalen, me soltó, echándose colonia como quien unge a un santo.
¿Quién soy? Me llamo Elisa y, sí, de las de apellido largo y herencia aún más larga, la que pagaba el BMW, los trajes a medida y todos esos proyectos empresariales de Javier que, para qué engañarnos, sólo ganaban dinero para la lavandería. Y aún así, se lo creía todo. Hasta que dejó de hacerlo.
Por la tarde, tras lidiar con juntas y azafatas en la oficina, pensé en Lucíami amiga del alma desde la universidad. El día anterior me había contado que estaba ingresada en un hospital privado de Segovia, con fiebre tifoidea de esas que salen en Google y te matan del susto antes que la bacteria. Lucía, sola, en ese pueblo perdido Me sentí fatal. Además, vivíagratisen un piso mío, porque benevolente sí, pero tonta no tanto. O eso creía.
Preparé una cesta de fruta, un tupper de cocido y, como mi chófer estaba con gripe, agarré mi Mercedes rojo y, carretera de la sierra adelante, tan valiente y generosa. Iba pensando cómo Daniel (ups, Javier, ya voy ubicando traiciones) se moriría de orgullo al saber lo buena que era su esposa.
Llegué a la clínica sobre las cinco, buscando la dichosa habitación 305 VIP. Lo de VIP me chirrió: Lucía no tiene ni para pipas, y ahí estaba, en una suite más cómoda que mi propio dormitorio. Pero bueno, igual le había tocado la lotería de la Seguridad Social.
Me acerqué al 305, la puerta entornada, y escuché risas. De esas risas que, si no supieras lo que sabes, te parecerían de anuncio de colonia.
Y entonces U O Í la voz. LA voz.
Venga, cielo, abre la boquita, que viene el avioncito Javier. Mi Javier. El del amor eterno y lo de Valencia.
Me pegué al marco, tuve un déjà vu de las peores telenovelas: Lucía, fresquísima como una lechuga de la huerta, sonrisa de anuncio, y Javier, mi marido, sentado en la cama, dándole de comer fruta. Ni rastro de fiebre tifoidea.
Pero, espera, que la función no acaba ahí. Lucía acariciándose la panza y diciendo que ya le costaba fingir tanto, que estaba harta de ocultarse. Estaba embarazada. Y Javier, sin inmutarse, planeando.
No seas impaciente. Estoy transfiriendo el dinero de la empresa de Elisa poco a poco a mi cuenta. Cuando tengamos el piso y lo suficiente, la largamos. Es tan inocente ella piensa que soy leal. En realidad, sólo es mi banco particular.
En ese instante, la Elisa confiada pasó a mejor vida. Guardé la compostura, porque escena de celos no, pero grabación sí: saqué el móvil, desenfundé la cámara y me marqué un plano secuencia digno de Goya.
Todo quedó grabado: el fraude, la infidelidad, el teatro. Luego, sin escándalos dignos de un barrio de Lavapiés, caminé hacia la salida. Lloré mis lágrimas en una sala de espera y llamé a Marcos, mi jefe de seguridad.
Marcos, bloquea las cuentas de Javier, avisa a los abogados y mañana quiero vacío el chalet de Segovia, ¿queda claro?
¿Queríais guerra? Guerrilla vais a tener, pensé.
Al día siguiente, Madrid amaneció gris, pero dentro de mí amaneció la versión CEO total. Javier creyó que podía jugar a ser Don Juan con mi patrimonio y mi confianza, y le salió rana.
A mediodía, ya tenía bloqueadas todas sus tarjetas y cuentas. Vi en el extracto: 30.000 para proyectos, joyerías, una clínica de ginecología en Segovia Hasta su lista de Spotify tenía más canciones de despecho que yo motivos para enfadarme.
Por la tarde recibí su WhatsApp.
Elisa, ya en Valencia, agotado. Me voy a dormir. Besos. Te quiero.
Me reí como sólo nos reímos las que hemos visto de todo.
Descansa, amor. Que los sueños a veces cambian de sentido. Mañana notarás la diferencia. Yo también te quiero.
Mandé el mensaje, me miré en el retrovisor y sonreí torcida. Aquí empieza el verdadero partido. Y que gane la mejorporque esta vez, la ingenua se queda en casa.




