Un saludo de la esposa: — Cariño, ¿puedes recogerme del trabajo? — llamó Eugenia a su marido, espe…

Un saludo de la esposa

Cariño, ¿puedes recogerme del trabajo? pregunté a mi marido aquella tarde, con la esperanza de que, después de una jornada interminable en el restaurante, me evitara los cuarenta minutos agitada en el autobús de línea.

Estoy ocupado respondió escuetamente Ricardo. De fondo, era imposible no escuchar el sonido del televisor, así que estaba claro que él seguía en casa.

Sentí cómo la rabia se me agolpaba en el pecho, al borde del llanto. Nuestro matrimonio hacía aguas por todos lados, y pensar que apenas medio año antes Ricardo me adoraba y parecía querer llevarme en volandas por toda Madrid ¿En qué momento cambió todo? Era un misterio para mí.

Siempre me había cuidado y mantenía la figura yendo fielmente al gimnasio varias veces por semana. Cocinaba como pocas, no en vano era chef en uno de los restaurantes más conocidos del centro. Jamás le reproché una peseta ni le armaba escenas, siempre dispuesta a concederle cualquier capricho.

Te lo advertí, Lucía rezongaba mi madre cada vez que la llamaba, afligida. A los hombres no se les puede dar todo, que luego se acostumbran y dejan de valorarte.

Yo sólo le quiero sonreía, resignada. Y sé que él también me quiere…

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Pues sí, he debido cansarle lamentaba en silencio, mientras revisaba el historial del navegador. Resultó que Ricardo, en cuanto yo no estaba, se pasaba las horas navegando en páginas de citas, charlando con varias chicas a la vez. ¿Por qué no fue capaz de hablarlo conmigo? Habría comprendido, le habría dejado marchar. ¿De verdad merece la pena esta tortura de convivir y despreciarnos?

En fin, divorcio. Tocaba enfrentarlo. Yo era fuerte y lo resistiría, pero dejar que él se fuese tan campante Una pequeña venganza se había ganado.

Esa misma noche, abrí un perfil en la misma web que solía frecuentar él, busqué el suyo y le escribí. Bajé una foto de internet, le di algunos retoques y supe que él picaría el anzuelo. Y así fue.

La conversación fue como un torbellino. Ricardo aseguraba no estar casado, querer algo serio, hasta mencionó la ilusión de tener niños. Se pintaba como el hombre perfecto, lo cual me hizo reír a carcajadas. Yo más que nadie sabía lo complicado que era vivir con él.

¿Nos vemos? escribí, conteniendo la respiración.

Encantado contestó en seguida. Pero estos días mi hermana está viviendo conmigo, preparándose para los exámenes de acceso a la universidad. Mejor en un lugar neutral, y después podríamos ir a un hotel.

¡Vaya cara! exclamé al leerlo. ¿Tan seguro está de que cualquiera le seguiría a un hotel? Cualquier persona decente se ofendería. Pero, pensándolo bien, esto jugaba en mi favor.

Si quieres, quedamos en mi casa. Vivo en un chalet a las afueras, sola. Nadie nos interrumpirá… mientras pensaba si él aceptaría.

¡Perfecto! respondió enseguida, seguro pensando que así se ahorraría unas cuantas monedas. Dime dirección y hora. Iré volando sobre alas de amor.

Calle Rosaleda, 25, a las diez de la noche. ¿Te va bien?

¡Por supuesto! Allí estaré, espérame.

Sobre las nueve de la noche, Ricardo fingió una llamada urgente del trabajo. No encontraba las llaves del coche y, a regañadientes, me preguntó si las había visto.

Juraría que estaban en la mesilla le miré con total inocencia, mientras apretaba las llaves en mi bolsillo. ¿Y si el gato las ha arrastrado?

Bueno, pido un taxi. No me esperes despierta.

Por mi parte, lo último que pensaba era en aguardar su regreso. Aproveché el rato para recoger mis cosas. Al fin y al cabo, tenía piso propio, legado de mi abuela. Lo único que dejé fue la solicitud de divorcio, bien visible sobre la mesa del salón.

Ricardo apareció en casa al amanecer, de un humor de perros. No sólo le había llevado más de una hora llegar, sino que, al tocar la puerta de la dirección acordada, no le abrió ninguna joven de foto retocada. Recibió la bienvenida una mujer que le triplicaba en tamaño. Vestía únicamente una bata semitransparente que todavía hoy intenta olvidar.

Tuvo que huir despavorido, pidiendo otro taxi y helándose durante la espera con apenas su chaqueta fina. El conductor, para colmo, le llevó primero a Dios sabe dónde, prolongando aún más la aventura. Menuda nochecita.

Sólo al entrar en casa y encontrar la solicitud sobre la mesa, comprendió quién había urdido toda aquella venganza. Y escrito con pintalabios en el mismo papel, pudo leer:

Esta dulce venganza…

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