¿Y si no es mi hija? Debo hacerme una prueba de ADN
Javier contemplaba absorto cómo Catalina, su esposa, acunaba con dulzura a la recién nacida, Lucía. Sin embargo, no podía deshacerse de una duda persistente que le carcomía por dentro. De verdad pensaba que la pequeña podría no ser suya.
El año anterior, Javier tuvo que desplazarse a Madrid por trabajo durante un mes entero. Apenas habían pasado un par de semanas tras su regreso a Valladolid, cuando Catalina le anunció, encantada, que esperaban un bebé.
En un principio, Javier sintió una inmensa alegría. Pero todo cambió cuando la hermana de Catalina vino a visitarlos y, entre conversación y café, relató cómo ella misma se había hecho una prueba de ADN por su hijo para que su pareja se quedara tranquilo respecto a la paternidad.
Catalina, podríamos hacernos también un test de ADN propuso Javier con tono sereno. Solo para quedarnos tranquilos.
La reacción de Catalina fue explosiva, como tormenta de verano. Se desencadenó una pelea monumental: volaron cojines, se escucharon portazos, y hasta los vecinos golpearon las paredes.
¿Pero qué más da? insistía Javier, sintiéndose cada vez más seguro de sus sospechas. Si Catalina no tenía nada que ocultar, ¿por qué semejante escándalo por una petición inocente?. Solo quiero estar seguro, nada más.
¿De dónde sacas tú esas ideas? gritaba Catalina, lanzándole otra almohada. ¿Acaso te he dado motivos alguna vez?
Un mes entero estuve fuera respondió él con una sonrisa amarga. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que pasó aquí en mi ausencia? Hacemos el test, conozco el resultado y no vuelvo a sacar el tema. Podemos preguntarle a tu hermana por la clínica.
Cuando las ranas críen pelo murmuró Catalina con furia y se marchó al dormitorio de la niña, cerrando la puerta de un portazo atronador.
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¿Sabes? se lamentaba Javier ante su madre, Carmen Ruiz. No le estoy pidiendo el oro y el moro. Y mira cómo se ha puesto
La conciencia de tu mujer no está tranquila contestó Carmen, mientras servía café a su hijo en la cocina de su piso en Zamora. Te lo digo yo: la niña no es tuya y tiene miedo de que lo descubras. Además dudó un instante, pensativa, como sopesando si debía contarlo, hubo un detalle cuando te fuiste
¿Qué detalle? preguntó él con renovado interés.
No quiero meterme en vuestra vida dijo ella bajando la mirada. Solo fui a hablarle a Catalina sobre el cumpleaños de tu padre. Tardó muchísimo en abrirme la puerta, aunque estaba clara su presencia en casa. Cuando abrió, iba desarreglada Y había unos zapatos de hombre en el recibidor.
¿Y qué te dijo? exclamó Javier, indignado, con ganas de salir corriendo a confrontar a su mujer allí mismo.
Que se le había roto una tubería respondió Carmen con escepticismo en la voz. Podía haberse inventado algo más creíble.
¿Por qué no me lo contaste antes?
Apenas llegué a cruzar el umbral; no tenía pruebas de nada contestó Carmen, frunciendo el ceño. Preferí no meter cizaña.
¡Un error! se exaltó Javier, derramando casi la taza. Muy grave error. ¿Y ahora qué hago?
Insiste en hacer la prueba dijo Carmen con serenidad, disimulando una media sonrisa. La nuera jamás le cayó en gracia. O hazla tú solo, que como padre tienes derecho.
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Ya puedes estar tranquila dijo Javier arrojando sobre la mesa el sobre que le había traído un mensajero. Lucía es mi hija. Tal como prometí, nunca volveré a mencionar este asunto.
No entiendo nada Catalina miraba el sobre, molesta y desconfiada. ¿Has hecho esa maldita prueba sin mi consentimiento?
Así es replicó Javier, restando importancia. Lo hice mientras paseaba a la niña. Era mi derecho y apenas llevó tiempo. Es mi hija, no hay ningún problema.
Sí hay un problema susurró Catalina, la voz rota. Y ojalá lo entendieras.
A la mañana siguiente, Javier se marchó a trabajar como de costumbre. Pero por la noche le esperaba una sorpresa amarga: al regresar, la casa estaba desierta. No había rastro de Catalina ni de Lucía; sus cosas habían desaparecido. Sobre la mesita del salón reposaba solamente una nota.
Tu desconfianza ha destruido todo lo que teníamos. No puedo vivir con un traidor y por eso demando el divorcio. No quiero nada de ti, ni piso ni pensión. Solo deseo que desaparezcas de nuestras vidas.
Javier estalló de rabia. ¿Cómo podía Catalina abandonar el hogar así, llevándose también a Lucía? Tomó el teléfono y empezó a marcar sin parar.
Al otro lado contestó un hombre. Escuchó, en silencio, la catarata de insultos y finalmente pidió que no volviera a llamar.
¡Ya lo sabía! ¡Me engañaba con otro! Javier temblaba de ira. Apenas se va y ya está con otro hombre. ¡Pues que le vaya bien!
Ni por un instante consideró que Catalina pudiera haberse ido con sus padres y que fuera el hermano quien respondiese, para no molestar a su hermana, recién dormida. Javier ya había juzgado y sentenciado.
El divorcio se resolvió rápido y de mutuo acuerdo. La pequeña Lucía se quedó con su madre en Valladolid, y jamás volvió a ver a su padre biológico. Todo aquello, después de tantos años, aún pesa como una sombra larga sobre los recuerdos.





