Una nueva familia vale más que la antigua: la historia de un hijo que pone a prueba el corazón de un…

-Mamá, te presento a Inés, mi prometida dijo Sergio nada más cruzar la puerta, abrazando con cariño a la chica, que se notaba algo cortada. Hoy hemos ido al registro civil a entregar los papeles.

-¡Enhorabuena! respondió Carmen, un poco desconcertada, secándose las manos con el paño de cocina. Justo acababa de terminar de preparar la cena. Venga, pasad, ¿qué hacéis ahí en la entrada?

La noticia la pilló totalmente por sorpresa. Sergio era su orgullo, lo más importante de su vida Un chico majo, siempre educado y atento, y de repente, ¡zas! Le planta la noticia de su boda así, sin previo aviso.

A Carmen le dolió especialmente enterarse la última. ¿Acaso pensaba que era una bruja y que no entendería el deseo del hijo de formar una familia? Al contrario, le habría alegrado y hasta le habría echado una mano con la boda

-Mamá, perdona por no haberte contado nada antes dijo el chico, abrazando a su madre con torpeza. Todo pasó muy rápido Me enamoré como un chavalín, de esos flechazos de película.

-¡Si es que sigues siendo un crío! ¿Veinticinco años te parece edad de casarse? sonrió Carmen, tragándose el disgusto. Mejor hablemos de lo que viene ¿Dónde pensáis vivir?

-De momento con nosotros, si a ti no te importa contestó Sergio soltando el aire al ver que su madre no se enfadaba. Ya más adelante nos buscaremos algo.

-¿Y por qué me iba a importar? la mujer, hasta sorprendida, replicó. Aquí hay espacio de sobra para todos.

Inés, que seguía en la entrada con cara tímida, sonrió de satisfacción, aunque en seguida volvió a disimular. Lo primero era ganarse a la madre de Sergio; ya habría tiempo de mostrar carácter después de la boda.

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La boda fue impresionante. Carmen se volcó con su niño, gastándose los ahorros que tenía escondidos para emergencias. Hasta les pagó el viaje a la Costa del Sol de luna de miel, para que disfruten antes de que les cambie la vida, decía, ya que Inés había anunciado que estaba embarazada.

Carmen, más que no aprobar a la novia, es que le parecía algo rara. Tan sumisa, tan de sonrisita para todo

Su hermana, Teresa, se reía cada vez que Carmen le contaba sus dudas.

-Mira, ya querrían muchos una nuera así se burlaba. Pero ya verás, en cuanto se sienta cómoda en casa, se le acaba la tontería. Y de repente, se puso seria. De todas formas, atenta. Si te da mala espina, por algo será. Igual delante de Sergio es un ángel y luego ya veremos.

Y parece que Teresa tenía razón. En cuanto Inés puso su nombre en el libro de familia, la chica cambió por completo. Aprovechando que Sergio curraba todo el día, empezó a hacerle la vida imposible a su suegra.

Llegó incluso a soltar, tan fresca, que en esa casa no debía haber elementos externos. Carmen se quedó a cuadros al oírlo por primera vez. ¿Elementos externos, ella? Aquella noche fue corriendo a pedirle explicaciones a su hijo.

-Mamá, seguro que la has entendido mal zanjó Sergio, sin creerse que su adorada pudiera decir algo así. Es buena, de verdad, la mejor que podía imaginar.

Al oír a su marido, Inés esbozó una sonrisita triunfal. El plan iba según lo previsto.

A los pocos días, Inés recibió a Sergio del trabajo llorando a moco tendido. Le decía que tenía miedo de estar sola en la casa con Carmen, que ésta había intentado matarla.

-Sergio, tú sabes que tengo una alergia terrible a la miel sollozaba. Hoy no podía dormir y quise ayudar a tu madre con el desayuno. Entro en la cocina y la veo echando miel a las tortitas. ¡Me muero de miedo!

Sergio perdió los nervios y fue a pedirle cuentas a su madre. Le gritó que ya era mayorcito para tomar sus propias decisiones y que no toleraría que nadie les hiciera daño a su familia.

Carmen no daba crédito al numerito del hijo. Todo lo que preguntaba, él se lo tomaba como un ataque y la gritaba aún más. Carmen sintió un pinchazo en el pecho, con las manos temblorosas buscó las pastillas, pero Sergio ni se dio cuenta: él seguía gritando.

Al final, Carmen no pudo más. Se puso el abrigo y se fue a casa de su hermana. No entendía en qué había fallado para que el chiquillo la tratase así. Le dolía el alma.

Apenas pudo llegar a la puerta del portal de Teresa, se sentía cada vez peor y allí, en la calle, se desmayó.

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Pasaron dos semanas desde el entierro de Carmen. Sergio iba como un alma en pena, lleno de remordimientos. Inés intentaba animarlo, acercándole un vaso de agua de vez en cuando.

-Amor, sé que lo estás pasando fatal, pero hay que pensar en los vivos le decía ella, acariciando la barriga que ya se hacía notar. Si te veo así, me pongo yo también de los nervios.

Sergio permanecía en silencio, y eso la sacaba de sus casillas. El plan había salido, aunque sinceramente, no esperaba que llegaran a este extremo. Inés solo buscaba que se repartieran el piso y ya. Pero viendo las cosas, casi que mejor.

De repente, la puerta sonó. Era Teresa, que entró con sus llaves.

-¿A qué viene esto de entrar en casa ajena como si fuera la tuya? escupió Inés, mirando con desprecio a la visitante.

-Pues he entrado porque sí es mi casa respondió Teresa, con una media sonrisa. ¿No lo sabías? El piso es mío.

A Inés se le cayó el vaso al suelo de la impresión. ¿Después de todo lo que había hecho para quedarse con ese piso para nada?

-Sergio, ¿pero qué es esto? le gritó, histérica.

-Pues eso respondió él, impasible. Mamá estaba ahorrando para comprarle este piso a la tía Teresa

-Y todo ese dinero, me lo ventilé yo en vuestra pedazo de boda remató Teresa. Mira que yo pensaba poner el piso a nombre del crío, pero así se queda. Tenéis tres días para iros. Si seguís aquí, llamo a la policía.

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P. D.

Sergio se quedó solo viviendo en el piso de su tía. Inés recogió sus cosas esa misma noche y, diciéndole que el niño no era suyo, se largó.

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Una nueva familia vale más que la antigua: la historia de un hijo que pone a prueba el corazón de un…