No pudo aguantar más
Voy a pedir el divorcio dijo Teresa con absoluta calma, mientras le entregaba a su marido una taza de café con leche. Bueno, en realidad, ya lo he pedido.
Lo soltó así, como quien comenta que hoy para cenar hay lentejas con chorizo, sin un temblor en la voz. Pura rutina.
¿Se puede saber por qué… Bueno, vale, no delante de los niños se contuvo Alejandro al ver las dos caritas expectantes. ¿Qué es lo que he hecho mal? Y eso sin mencionar que los niños necesitan un padre…
¿Y tú piensas que no voy a encontrar otro padre, acaso? ella puso los ojos en blanco y esbozó una mueca divertida. ¿Que qué has hecho mal? ¡Todo! Yo imaginaba que vivir contigo sería como tomar el sol en una playa tranquila, y ha resultado ser una montaña rusa.
Bueno, chicos, ¿os habéis terminado todo? no quería seguir la conversación delante de los críos. ¡A jugar! ¡Y ni se os ocurra escuchar a escondidas! añadió Alejandro, sabiendo perfectamente cómo eran sus hijos. Ahora sí, seguimos.
Teresa frunció los labios, molesta. Hasta aquí tiene que mandar… Se las daba de padre ejemplar y todo.
Estoy harta de esta vida. No quiero seguir matándome ocho horas diarias en la oficina, aguantando a mis compañeros, sonriendo a los clientes… quiero despertarme tarde, ir de compras a la Milla de Oro, hacerme tratamientos en los mejores salones de belleza. Y tú no puedes darme eso. Ya está bien. ¡Diez años de mi mejor vida te he dedicado!
¿Te puedes ahorrar el dramatismo, por favor? le cortó seco Alejandro, todavía legalmente su marido. ¿No eras tú la que tanto se empeñó en casarse conmigo hace diez años? Yo ni ganas tenía de boda.
Me equivoqué, qué le vamos a hacer.
El divorcio fue rápido y discreto. Alejandro, aunque casi le dolía un riñón de la decisión, aceptó que los niños se quedaran con su madre, siempre y cuando pasaran los fines de semana y las vacaciones con él. Teresa aceptó encantada.
Medio año después, Alejandro presentó a sus hijos a su nueva esposa. Lucía, siempre sonriente y chispeante, conquistó a los niños a la primera. Ellos aguardaban los fines de semana con ansia, lo cual a Teresa le ponía los nervios de punta.
Lo que ya la sacaba completamente de quicio era que Alejandro, de buenas a primeras, se quedó con una herencia inesperada de un primo lejano, se compró un enorme chalé en la sierra y vivía como un marqués. Eso sí, el trabajo no lo dejó, paga una pensión ajustada y prefiere vestir a los niños él mismo de arriba abajo y mimarlos con cacharros de última generación. Encima controla hasta el último céntimo de la manutención.
¿Y por qué no aguantó seis meses más? Si Teresa hubiera sabido lo que le esperaba… Ay, ahora sí que no se hubiera ido.
Aunque, quién sabe, igual aún no está todo perdido…
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¿Te apetece un café? Como en los viejos tiempos dijo ella, con una sonrisa coqueta mientras enroscaba un mechón largo en el dedo. El vestidito corto resaltaba lo mejor de su figura, y el maquillaje la hacía parecer más joven… Sí, Teresa se había esmerado para estar irresistible.
No tengo tiempo respondió Alejandro sin emoción, apenas mirándola. ¿Están listos los chavales?
No encuentran no sé qué, aún les queda un rato, me conozco el percal contestó ella, intentando alargar la faena. ¿Y si celebramos juntos la Nochevieja? Nico y Julián han adornado el árbol todo el día.
Ya quedamos en el juzgado: las vacaciones son mías. Vamos a un pueblecito de Castilla la Vieja, con mucha nieve y pistas de esquí. Lucía lo ha organizado todo.
Pero… ¡Es una fiesta familiar!
Por eso, lo celebraremos en familia. Como protestes, me voy a por la custodia completa.
Cuando el portazo de su ex y los críos felices retumbó por el piso, Teresa, furia pura, hizo trizas la carísima vajilla que les regalaron el día de la boda. ¡Maldita Lucía! Siempre metiendo las narices, actuando como si ver a los niños le diera la vida, pero seguro que está contando los minutos para que se larguen. ¡Si alguien sabe cómo son esos diablesillos, es Teresa!
Bueno, pensándolo bien… eso le daba una idea. Quizá aún puede darle la vuelta a la tortilla y quedarse con toda la pasta de Alejandro…
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¿Y esto qué es? preguntó Alejandro al ver las maletas en la puerta.
¿Qué va a ser? Son las cosas de Nico y Julián Teresa empujó una de las maletas, bien a reventar. Como tú ya has rehecho tu vida, es el momento de hacer yo lo mismo. Pero claro, no todos los hombres quieren cargar con niños que no son suyos, así que ahora los tuyos se quedan contigo. Ya fui a Servicios Sociales, sólo falta que firmes los papeles. Yo me voy de vacaciones con un pretendiente muy prometedor.
Dejó a Alejandro con los ojos como platos, salió con toda su parsimonia hacia el coche que la esperaba. ¿A ver cuánto tardaba esa santa de Lucía en perder la paciencia? ¿Una semana? ¿Dos? Seguro que dos. Y Alejandro, llegado el caso, elegiría a sus hijos sobre su nueva mujer. Y volvería con Teresa, y con su dinero…
Pasaron dos semanas. Un mes. Dos meses… y ni una llamada para que fuera a recoger a los niños. Por las conversaciones, Lucía ni siquiera les había levantado la voz jamás. ¿Sería posible que aquellos dos demonios se hubieran vuelto angelitos? No podía ser.
¿Y los niños, qué? ¿Ya estáis hartos de ellos? Teresa no pudo aguantar y llamó a su ex marido.
Son un encanto, se portan fenomenal, ayudan en casa la voz de Alejandro se animó en cuanto le nombró a los chicos. ¡Un par de soles!
¿En serio? Teresa no salía de su asombro. Conmigo no paraban de hacer travesuras…
Los niños requieren atención, no estar todo el día colgada al móvil le soltó él con desdén. Y por cierto, para tu información, nos mudamos. Si quieres, puedo traértelos en vacaciones.
Pero… ¡También son mis hijos!
Fuiste tú quien me cedió todos los derechos, maja se rió Alejandro. ¡Madre del siglo!
A Teresa sólo le quedó morderse el brazo. No recuperó ni al marido (ni a su dinerito), el último novio salió rana, y ahora hasta los niños están lejos. Aunque tampoco es que los eche muchísimo de menos: dedicarse sólo a ella misma le ha cogido el gusto.
¡Qué injusticia! Diez años aguantando… y quedarse sin premio seis meses antes de llegar a la meta.
Injusto, totalmente injusto.






