Traición bajo la apariencia de amistad
Este invierno en Madrid se mostraba tan espléndido y severo que bien parecía sacado de una postal antigua: la nieve cubría por completo aceras y plazas, y los tejados estaban adornados con un manto blanco impoluto. Los copos danzaban en el aire con elegancia, cayendo grácilmente y dotando la ciudad de una belleza serena y fría.
Sin embargo, en nuestro piso de barrio Chamberí, reinaba una atmósfera completamente distinta: tibia, apacible, un refugio contra la crudeza exterior. Detrás de las cristaleras empañadas, la cálida luz de la lámpara de pie nos envolvía en un resplandor suave, ahuyentando los temblores del invierno. Sentados en el sofá, arropados bajo una manta gruesa de lana, estábamos Lucía mi mujer y yo, Gonzalo, medio absortos en una comedia familiar española en la televisión. Aquella tarde, lo que menos queríamos era ruido o sobresaltos; nos bastaba con reírnos un poco y compartir silencio acogedor.
Lucía sonreía, aunque no sé si a la película o a pensamientos suyos. Yo, por mi parte, miraba de vez en cuando al gran ventanal, encantado con la visión del Retiro cubierto de nieve. No sé cuánto tiempo llevábamos así, embriagados por la quietud, cuando sonó mi móvil con un timbre insistente. Dudé en contestar, suspiré y, tras una segunda llamada, saqué el aparato del bolsillo.
Otra vez Jaime le dije a Lucía, revoleando los ojos con un tono a medio camino entre la resignación y la burla, es la tercera vez que llama hoy.
Ella solo giró levemente la cabeza, sin apartar la vista del televisor.
Seguro que quiere vernos en su chalé de la sierra, ahora que por fin lo terminó de amueblar. Ya sabes cómo es, nunca acepta un no por respuesta.
Respondí con una exhalación resignada y deslicé el dedo por la pantalla para contestar.
¡Hombre, Jaime! ¿Qué pasa?
¡Gonzalo! ¿A qué esperas? ¡Veníos ya! ¡Está todo preparado, la chimenea encendida, la mesa llena de tapas, los amigos llegando! Dejaos de sofá y veníos con Lucía, ¡os vais a reír una barbaridad!
Dudé un instante, buscando las palabras adecuadas. Le lancé una mirada rápida a Lucía. Con solo un sutil gesto de cabeza, me dejó claro que no le apetecía nada de fiestas aquel finde. Lo entendía perfectamente: ahora solo queríamos calma. Así que opté por la clásica mentirijilla piadosa.
Mira, Jaime… Lucía se ha ido a Toledo a casa de su madre un par de días. Me da pereza ir solo y no quiero líos si alguien suelta algo fuera de tono Lo dejamos para la próxima, ¿vale?
Hubo una pausa al otro lado, hasta que Jaime, visiblemente sorprendido, preguntó:
¿Qué me dices? ¿Y cuándo vuelve?
Mañana por la tarde. Iba a ser un fin de semana tranquilo juntos, cine, paseo por el parque, quizás un chocolate con churros pero nada. Lo dejamos para otro día.
Bueno… tú avísame cuando volváis, que tengo ganas de veros respondió él, aunque el tono me resultó forzado.
Me apresuré a despedirme, dejé el móvil sobre la mesa baja y solté, casi riendo:
Uff, casi no me libro. Vaya insistencia. ¿Qué encontraría yo hoy en ese sitio? Solo ruido y caras rojas de vino. Prefiero a mil quedarme contigo aquí.
La abracé con fuerza, notando cómo ese pequeño sobresalto se diluía en la calidez del hogar. Afuera, la nieve seguía cayendo suavemente, y dentro todo recobraba la paz de siempre.
Lucía se apoyó en mí, y el tic-tac del reloj y la luz tenue hacían de aquel salón nuestro mundo seguro, ajeno a cualquier ajetreo.
Mejor así, murmuró, mirándome a los ojos. Vamos a terminar la peli y luego a la cama, ¿te parece?
Asentí, dibujando una sonrisa de complicidad. Imaginaba ya cómo al apagar la lámpara nos encogíamos bajo el edredón, escuchando apenas el silbido lejano del viento en los cristales.
Pero entonces volvió a sonar el móvil. Otra vez Jaime.
Resoplé, sabiendo que la tranquilidad se esfumaba. Contesté, ya un tanto tenso.
Jaime, ya te lo he dicho
Su voz, inesperadamente seria, cortó el silencio:
Gonzalo, estoy en el club Solera, que hemos venido a tomar unas copas antes de la barbacoa, y Lucía está aquí, con un tipo. Están muy pegados y bebiendo. No quería decir nada, pero creo que debes saberlo. ¡Me dijiste que estaba en Toledo!
Me quedé petrificado. Giré la cabeza hacia Lucía, que me observaba perpleja. Por un instante dudé: ¿sería algún lío, una confusión? Preferí no sacar conclusiones.
¿Estás seguro? ¿No te habrás confundido? Estoy contigo y sé perfectamente dónde está mi mujer
Seguro. Está ya contentilla, se ríe a voces y ni se inmuta al verme. ¿Quieres que te pase con ella?
Cerré los ojos, tratando de ordenar las ideas. Dudé, pero la curiosidad pudo.
Venga, pásamela dije, poniendo el manos libres.
Entre los graves de la música del local y el bullicio, escuché una voz femenina, sorprendentemente parecida a la de Lucía, que contestó con desgana:
¿Sí? ¿Quién llama?
Tragué saliva. Miré a Lucía, que estaba sentada a mi lado, pálida de asombro.
¿Lucía? Soy Gonzalo. ¿Qué está pasando?
Una risa burlona sonó a través del altavoz; la voz, ya menos contenida, respondió:
Ay, Gonzalo ¡qué pesado eres! Estoy harta de la rutina. Hoy voy a desmelenarme, ¿vale?
Lucía se levantó de un salto, desencajada.
¡Pero qué disparate! ¿Cómo puede esa tía saber mi nombre? ¿Quién narices es?
¿Dónde estás?
¿A ti qué te importa? Hago lo que me da la gana
Entre risotadas y el tintinear de vasos, de fondo, escuché la voz de Jaime de nuevo:
¿Ves cómo tenía razón?
No tuve fuerzas para más. Corté la llamada de golpe, lancé el móvil contra los cojines y me quedé mirando al techo, aturdido. Si Lucía no estuviera aquí ante mí, juro que podría haber creído semejante montaje.
¿Qué demonios es esto? musitó Lucía, entre incrédula y nerviosa. Está todo amañado. Esa chica lo sabía todo de nosotros ¡Estaba preparada!
Yo pasé la mano por el pelo, que ya tenía rebelde de serie. No tenía explicación, solo sospechas. Y ninguna me gustaba.
No lo entiendo balbuceé. Pero esa voz, la forma de hablar Era literal. No puede ser casualidad.
Y Jaime lo afirmaba tan seguro Imagina si yo de verdad hubiese salido; encima pensarías que estaba con otro.
La miré con dulzura, la acerqué a mí y la abracé. Temblaba, y yo sentí que tenía que ser su roca en ese instante.
No, Lucía, yo te conozco. Sé que jamás harías algo así. Esto es una broma absurda o algo peor. Mañana voy al club si hace falta y pido las cámaras. Veremos quién es esa chica.
Lucía se relajó un poco bajo mi abrazo. Por fin respiró hondo.
Desde luego, no era yo. Pero ¿quién demonios se presta a eso y por qué?
Me encogí de hombros, ahora con determinación: saldría a la luz.
**************
A la mañana siguiente, Lucía desayunaba en la cocina mientras repasaba correos del trabajo. El móvil vibró. Era Jaime. Ella dudó, pero le pudo la necesidad de saber la verdad.
Hola, Jaime saludó.
Él, prudente, preguntó:
¿Has hablado ya con Gonzalo tras lo de ayer?
Lucía fingió:
Sí. Me ha montado un numerito, que le he mentido, que pasa de mis explicaciones En fin, muy mal.
Jaime enmudeció unos segundos. Noté que le complacía de algún modo.
Vaya, pues ya sabes que yo siempre he pensado que Gonzalo no te merece. Que no sabe apreciarte
Lucía, conteniendo la rabia, trató de tirarle de la lengua.
¿A qué te refieres?
Jaime bajó la voz, cargándola de falsa intimidad:
A que tú mereces algo mejor. A ti Te quiero. Lo he sentido desde hace mucho, y quiero cuidarte. Si algún día dejas a Gonzalo, estaré aquí.
A Lucía le hervía la sangre mientras trataba de mantener el tipo. De pronto todo cobraba sentido: el montaje, la falsa Lucía, la confusión buscada.
Jaime, me dejas de piedra. No es ni el momento ni el lugar. Amo a Gonzalo. No me metas en tus historias.
Perdona si me he pasado. Solo quiero que sepas que si necesitas apoyo, aquí estoy. Gonzalo te ha tratado fatal, buscando excusas para dejarte, y yo yo quería protegerte.
Lucía apretó tanto el móvil que le dolían los nudillos. Habló firme, gélidamente.
Mira, Jaime. Estuve toda la tarde en casa. No nos peleamos, no hubo discusión. Y además, ya sé que lo tuyo fue un montaje para separarnos. Está todo claro ya.
Silencio tenso.
¿De qué hablas?
Lo que oyes. Reclutaste a una chica que imitaba mi voz, creaste el teatro del club, todo para que Gonzalo creyera que le engañaba. Porque querías que nos peleásemos. ¿O no?
Otro silencio mortal, y por fin reconoció, casi gritando:
¡Sí! ¡Lo hice porque te quiero! Gonzalo no te aprecia Yo sí. Haría por ti lo que fuera. Nadie te va a tratar como yo.
Lucía, con el corazón encogido, no bajó la guardia:
¿Crees que así conseguirías algo? Traicionas la amistad, montas una mentira, ¿y esperas que me fíe de ti?
Una última risotada amarga emergió de ella.
Si fueras el último hombre del mundo, tampoco te elegiría.
Jaime, derrotado, susurró:
Pensé que si veías lo que vale Gonzalo, te fijarías en mí pero nadie es como tú y yo solo quería olvidarte, pero no puedo.
Lucía cortó en seco:
No quiero más excusas, ni más llamadas. Nuestra amistad termina aquí, y también la de Gonzalo. Además le dejaré escuchar esta conversación. No vuelvas a buscarme.
Dejó caer el móvil sobre la mesa. Durante un minuto sintió temblar sus manos, hasta que respiró y encontró calma en la visión de la nieve tras la ventana.
Justo entonces, aparecí en la cocina. Al ver la expresión de Lucía, entendí qué había pasado.
¿Qué tal? pregunté, sentándome a su lado.
Ella me transmitió lo ocurrido:
Ya está todo claro. Él preparó todo: dijo que me quería, que quería separarnos No entiendo cómo ha podido ser tan ruin.
Sintiendo el alivio de sabernos a salvo de esa intoxicación, le cogí la mano.
Nunca fue un verdadero amigo, le susurré. Mejor así. Desde hace tiempo sospechaba algo, pero no tenía pruebas. Ahora la verdad está sobre la mesa.
Ahora sí sabemos quiénes somos y en quién confiar, afirmó Lucía, apoyando la cabeza en mi hombro. El aroma a café y madera vieja nos envolvía de nuevo, ese aroma casero y seguro de nuestro piso.
¿Y sabes lo mejor? rió ella, ya más animada. Ahora tenemos la coartada perfecta para no volver a esas cenas agotadoras. Hay alguien en la reunión que me incomoda, diremos. Nadie lo cuestionará.
La bromita redujo la tensión y nos abrazamos, felices en la calidez de nuestro pequeño mundo.
Película y té a la canela, ¿no? propuse, guiñando un ojo.
Y sin salir a ningún lado, replicó ella, arrebujándose en la manta.
Así, en mitad de una Madrid adormilada bajo la nieve, y a salvo de las tormentas ajenas, la vida continuó. No había espacio para mentiras ni celos, sino para la confianza y el sencillo placer de estar juntos. Sabíamos que el día siguiente sería igual de bondadoso y tranquilo.
**************
En algún rincón frío de Tetuán, Jaime se sentaba a solas en su cocina, mirando una taza vacía y mascullando para sí, invadido ahora de amargura y enfado. La conversación con Lucía sonaba en su cabeza una y otra vez, obstinada y humillante: No vuelvas a llamarme. Jamás.
No sentía culpa, sino rabia y desdén. Recordaba cada escena de su plan: convencer a Marina, esa chica a la que conoció en Lavapiés, para hacerse pasar por Lucía; coordinar las palabras, los gestos, la broma cruel. Un juego de apariencias que solo le dejó vacío y más solo que antes.
Con furia barrió la mesa arrastrando migas, maldiciendo aquel fracaso que le hizo perderlo todo: la amistad de Gonzalo, la presencia de Lucía. En vez de asumir el error, se aferraba a su propia versión de la historia:
Son ellos los que están ciegos, los que no saben valorar lo que tienen. Gonzalo no la aprecia ni la mitad de lo que podría hacerlo yo. Algún día Lucía abrirá los ojos
Se apoyó en la ventana, contemplando los copos sobre las calles madrileñas, rabiosamente convencido de que la felicidad de sus antiguos amigos era una farsa, una ilusión, algo que le pertenecía a él por derecho.
Pero lo cierto es que, al romper en mil trozos la hoja con las frases preparadas para su engaño, y al arrojarla al cubo de la basura, Jaime se quedó a solas con la peor de las derrotas: saberse marginado de la confianza, el calor y la autenticidad. Cerró los ojos e imaginó la escena del otro lado de la ciudad: Lucía y Gonzalo, abrazados, disfrutando de una paz que a él se le vedaba para siempre.
Y así, entre la envidia y el autoengaño, Jaime ratificó su propia lección aunque no quisiera reconocerla: la amistad no se fuerza, el amor no se traiciona, y la honestidad es el único camino que te salva de la soledad.
Hoy, al poner punto final a estas líneas y ver a Lucía tan tranquila ordenando unos libros mientras la nieve decora la barandilla del balcón, sé que la mayor conquista no es vencer a nadie ni poseer nada, sino mantener fuerte el vínculo con quien de verdad confías: saber que, pase lo que pase fuera, en casa nos basta lo que somos juntos. Eso es todo.





