Fernando, se nos ha acabado el aceite de oliva y apenas queda detergente para una colada dije mientras me apoyaba en el marco de la puerta, secándome las manos húmedas en el delantal. Habrá que hacer compra, la lista es larga.
Fernando, sin despegar los ojos de la pantalla del televisor, donde retransmitían un partido agónico entre el Real Madrid y el Sevilla, se encogió de hombros con fastidio.
Marga, ya sabes cómo están las cosas respondió, ni siquiera girando la cabeza. En la fábrica otra vez han atrasado los pagos. El encargado dijo que este mes, nada de paga extra. Te di antes de ayer los últimos ciento veinte euros que tenía. Estíralo como puedas.
Suspiré. Ese estíralo llevaba medio año escuchándolo casi a diario, como si las cuentas de casa tuvieran chicle en vez de fondos. Volví a la cocina y abrí la nevera. Allí se encontraban solos un bote de aceitunas rellenas y una olla con lo que quedaba de la sopa de víspera. La sopa era pobre, hecha con carcasa de pollo, porque llevar un mes sin comprar carne de la buena se había vuelto rutina.
Trabajaba como enfermera jefe en el ambulatorio del centro de Valladolid. El sueldo, modesto pero seguro. Antes, cuando Fernando llevaba a casa una nómina en condiciones, vivíamos bastante bien: veraneo en la playa en Santander, ropa nueva de temporada y la nevera siempre llena. Pero desde que empezó la crisis en la empresa, según él, el jornal se había desplomado y la paga extra ni verla. Lo poco que traía apenas alcanzaba para recibos y gasolina.
Así, todo lo necesario para comer y la rutina del hogar caían en mis hombros. Yo aceptaba turnos doble, trabajaba algún fin de semana y aun así costaba llegar a fin de mes. Fernando, por su parte, llegaba a casa, se tiraba en el sofá y lamentaba la injusticia del mundo, reclamando sin embargo cenas elaboradas a diario.
Estíralo, musité mirándome la mano vacía. ¿De dónde sacar más?
Al día siguiente, como de costumbre al salir del centro de salud, pasé por el súper. Estuve un buen rato parada frente al mostrador de carnes, mirando los solomillos pero terminé llevando una bandeja de higaditos de pollo, baratos y apañados. Si se guisan mucho con cebolla salen pasables. En la caja, vacié la cartera hasta la última moneda. Faltaban dos días para el adelanto de nómina y yo, literalmente, me había quedado sin blanca.
Esa noche, mientras los higaditos hervían a fuego lento, me puse a limpiar el polvo de la entrada. Fernando dormía profundamente, saciado tras la cena y dos cervezas, que, según él, había comprado con la calderilla que quedaba.
Al coger su chaqueta para colgarla bien, noté algo en el bolsillo interior. Somos muchos los que por costumbre revisamos los bolsillos antes de meter la ropa en la lavadora. Al meter la mano, toqué un papel doblado.
Era un recibo. No del súper, sino de un cajero automático, y muy reciente: esa misma tarde, a las 17:13. Desdoblé el papel y sentí cómo me fallaban las piernas.
Saldo en cuenta: 4.080 euros.
Parpadeé. Pensé: ¿Estaré leyendo mal? No. Los números estaban claros. Incluso, arriba, se veía un apunte: Ingreso de nómina: 920 euros.
Novecientos veinte euros. Y a casa trajo ciento veinte, jurando que era todo lo que tenía.
Me dejé caer en el taburete de la entrada. En mi cabeza resonaban frases: hace un mes, renuncié al dentista por ahorrar, siguiendo con el dolor de muelas a base de ibuprofeno; seguí usando unas botas viejas, agujereadas, mientras él me decía Marga, aguanta, de verdad no nos llega. Recordé los filetes de segunda y los caldos de despojos.
No era tristeza, era puro y frío rencor. No podía entender cómo, ahorrando hasta en las compresas y el café, él tranquilamente acumulaba miles de euros. ¿Para un coche? ¿Para otra mujer? ¿Simple egoísmo mientras su mujer sufría y estiraba hasta el último centavo para alimentarnos?
Guardé el recibo en el mismo bolsillo. Mi instinto era ir y montarle una bronca monumental, lanzarle el papel a la cara, gritarle y sacarle de casa de una patada. Pero no serviría de nada. Fingiría, mentiría, inventaría un cuento de que preparaba una sorpresa o que fue un error bancario.
No, haría falta otro plan.
Volví a la cocina, apagué el fuego. La comida, ya terminada, no entraba. La aparté en un tupper y, en vez de dejarlo en la nevera de casa, lo metí en mi propio bolso.
Si no hay dinero, no hay dinero, pensé, disfrutando del sarcasmo.
A la mañana siguiente fui a trabajar mucho antes que de costumbre, ni preparé desayuno. Dejé una nota en la mesa: Fernando, los víveres se han terminado. No hay dinero. Bebe agua.
En el centro de salud, el día pasó en automático. En la comida, por primera vez en semanas, me regalé un menú del día entero: filete con patatas, pan y postre, y hasta un zumo. Comí despacio, con placer.
Al volver a casa, sin bolsas ni compra, me recibieron cara larga y malas pulgas.
¿Dónde estabas, Marga? Me muero de hambre. En la nevera no hay nada, ni huevos. ¿Fuiste al supermercado?
Colgué el abrigo, me quité los zapatos y contesté:
No, Fernando, no fui.
¿Que no fuiste? ¿Y qué cenamos?
Pues no hay nada para cenar. Ya te lo dije: no queda dinero, hasta el adelanto no hay nada. Hoy en el trabajo solo tomé té y aguanté, haz tú lo mismo. Ya sabes, tiempos de crisis.
Fernando se quedó boquiabierto.
¿Vas en serio? ¿Y el primer plato? ¿Y la carne? Siempre te las arreglaste, ¡invéntate algo!
La imaginación se ha agotado. No se hacen milagros con el aire. Te he dicho, gasté lo último en la luz y el autobús. No queda nada.
Él se quedó un buen rato de pie, buscando una solución milagrosa; intentó hurgar en la despensa, revolvió la nevera. Al poco rato, olió a macarrones hervidos. Encontró los restos y tuvo que conformarse. No pude evitar sonreír. Macarrones sin salsa ni embutido: un menú de lujo para el ahorrador de los cuatro mil euros.
Y así siguió la semana. Yo comía dignamente en el comedor del centro de salud o merendaba en el parque con un café y un pastel, saboreando la libertad y la vuelta a casa ligera, con las manos vacías.
Fernando, en cambio, se mostraba cada vez más alterado.
¡Esto ya no tiene gracia! ¡Llevo tres noches cenando macarrones a palo seco! ¿Te crees que es normal? ¿Qué clase de ama de casa eres?
Soy tu esposa, no una genio mágica. Sin dinero no se compra comida, Fernando. Dame algo y voy al súper, hago croquetas y hasta paella, si hace falta. ¿Dónde está el problema?
¡Ya te dije que no tengo! ¡Que lo han retrasado!
Pues yo tampoco. Así que nos pondremos a régimen.
Aquella noche salió de casa y regresó oliendo a bocadillo de lomo del bar de la esquina. Noté enseguida que, para su capricho, sí tenía dinero. No trajo, por supuesto, nada de vuelta.
Al cabo de una semana, la situación se volvió un pulso frío. Yo dejé de cocinarle, tampoco lavaba ya sus camisas, ni limpiaba su vajilla.
No hay detergente respondía yo cuando se lamentaba, señalando los montones de ropa sucia. Y sin dinero, no puedo comprar.
Fernando se encendía, buscaba moverme a compasión o a la culpa.
¡Te has vuelto de piedra! me gritó un viernes. ¡Trabajo, llego muerto y esto parece una pocilga! Ni comida ni ropa limpia, ¡¿para qué quiero una mujer así?!
¿Y yo para qué quiero a un marido contesté seca, mirándole a los ojos que no puede traer ni pan ni detergente? También trabajo, no descanso nada menos que tú. Pero curiosamente, los problemas de casa parecen ser solo mi cruz.
¡Porque eres mujer, es tu deber!
Mi deber es querer y cuidar si me cuidan. El partido en una sola dirección se ha acabado.
El sábado, desperté oliendo a tortilla y chorizo. Salí a la cocina: Fernando devoraba huevos fritos con tomate y embutido. Café recién hecho y pan con queso en la mesa.
Al verme, se atragantó pero rápidamente se recompuso.
Ah, te has levantado. Si quieres, sírvete. Encontré algo de suelto en la chaqueta de invierno y fui al mercado.
Me senté. Había chorizo ibérico, queso manchego y huevos de corral. Vaya, menudo bote en la cazadora…, pensé.
Gracias, no tengo hambre mentí, esperando a ver hasta dónde llegaba su teatro. Tú come. Lo necesitas.
Él evitaba mirarme. El silencio se podía cortar cuando, tras terminar el bocadillo, habló:
Mira, Marga, ya vale de numeritos. He pedido a Luis cinco mil euros. Toma, ve a Mercadona, compra comida buena, prepara un cocido, porque aquí así no se puede vivir.
Puso el billete sobre la mesa. Lo miré, luego a él.
¿A Luis, dices? Qué majo Luis ¿y cómo se los vas a devolver, si no cobras?
¡Ya me apañaré! ¿Te importa? Vete ya de compras.
Le di la vuelta al billete.
Está bien. Iré, pero solo a por lo que yo necesite. Tú ya le pedirás el menú a Luis, si tan generoso se ha puesto.
¿Pero qué dices? ¡Este dinero es para los dos! ¡Para la familia!
¿Para la familia? me puse en pie, la voz en tensión. ¿Y cuando hace tres días cobraste novecientos veinte euros, eso qué era? ¿Fondos privados? ¿Y los cuatro mil que tienes en la cuenta, son de la Asociación de Maridos Hambrientos?
Fernando se paralizó: lívido primero, se le encendieron las mejillas después. Abrió la boca, la cerró; por fin, medio susurró:
¿Has rebuscado en mis cosas? ¿Me espiabas?
No desvíes el tema, Fernando. Encontré el recibo limpiando tu chaqueta. Lo peor no es que me ocultes dinero: es que me ves pasar hambre, renunciar a todo, suplicar para la casa y tú tan tranquilo, comiendo del tupper que yo he pagado. ¿De verdad, no te da vergüenza?
¡Estaba ahorrando! golpeó la mesa. ¡Para el coche! ¡El mío ya no da más de sí! ¡Quería darte la sorpresa! ¡Solo piensas en dinero!
¿Sorpresa? Una sorpresa sería ahorrarlo entre los dos y no dejarme con las cuentas tiesas. Lo tuyo ha sido simple egoísmo. Tú, forrándote, y yo de limosnera, asumiendo gastos. Te has aprovechado, Fernando.
¡No entiendes! ¡Soy un hombre! Necesito coche decente, no ir dando pena. Y tú, con tanta queja… ¿En serio, por un mes pasando apuros, ya está?
No me he muerto, no asentí. Pero sí se me murió algo: la confianza, el respeto.
Dejé el billete sobre la mesa.
Guárdatelo. Y compra un billete. De tren. A donde quieras: a casa de tu madre o a la pensión. Me da igual. No pienso seguir viviendo con alguien que me toma por criada y por tonta.
¿Me echas? ¿Por dinero? me miró con sinceridad desconcertada. Él ni siquiera comprendía la magnitud; lo veía como una pequeña trampa justificada.
No solo por dinero. Por tu actitud. Tira de maleta.
Fernando tardó en irse. Una bronca larguísima, llena de gritos, reproches, luego promesas de abrigos caros (con los ahorros, claro), súplicas y más acusaciones. Yo, inamovible. De pronto, veía un desconocido delante: cicatero, histérico, mezquino.
Al fin hizo la maleta.
¡Te arrepentirás! gritó desde la puerta. ¿Quién te va a querer ya, con tus cuarenta y tantos? Te pudrirás sola, con tus gatos. Yo buscaré una mujer de verdad, que sepa cuidar a un hombre.
Mucha suerte cerré la puerta tras él.
Me senté en el suelo al pie de la puerta, exhausto. No tenía lágrimas. Solo el eco de una soledad extraña.
En la cocina, la charcutería seguía intacta. Saqué toda la compra de su calderilla y la tiré. Abrí la nevera: ya solo quedaban mis higaditos olvidados en un tupper.
No pasa nada me oí decirme. Ahora tengo muy claro en qué se va mi dinero.
Pasó un mes.
Caminaba de vuelta del trabajo despacio. Mayo había traído sol, olor a jazmín, a azahar por toda la calle. En mi supermercado favorito, llené el carro sin prisas: una latita de berberechos en oferta, un queso azul, una botella de verdejo fresco, verduras vivas, un filetón de merluza. Pagué con la tarjeta, que por fin conservaba un saldo digno.
Vivir solo salía muchísimo más barato. La factura de la luz bajaba, la de agua apenas se notaba. Gastos de gasolina, tabaco, cervezas y caprichos ajenos desaparecieron.
En casa, música, pescado al horno, una copa de vino mirando el atardecer.
Sonó el móvil. Mensaje de Fernando.
Marga, ¿cómo estás? ¿Tomamos un café y charlamos? He recapacitado. Era un tonto, el coche al final ni lo compré. Hay dinero. ¿Empezamos de cero? Te echo de menos.
Miré la pantalla, tomé un sorbo de vino frío. Recordé su cara, gritando aquel día lo de tus higaditos. Recordé lo que suplicaba por unos euros para el detergente.
Borré el mensaje y bloqueé su número.
Yo también te eché de menos le dije a mi reflejo en la ventana. A mí misma. A la vida de verdad. Y ya no pienso regalarle eso a nadie.
Al día siguiente, me compré unas botas nuevas, caras, de cuero, italianas. Y reservé una semana en un balneario. Me alcanzó el dinero justo, ahorrado con lo que por fin podía gastar solo en mí.
La vida tras el divorcio, descubrí, no se acaba. Simplemente se vuelve más honesta. Y mejor.




