Mi marido escondía parte de su sueldo y yo dejé de comprar la comida con mi propio dinero

Diario de Emilia, 8 de marzo

Hoy no ha sido un día fácil. Volví a casa tarde de la clínica y apenas tenía fuerzas para escuchar a Sergio, con la vista fija en el televisor, absorto en el partido del Real Madrid, como de costumbre.

Emi, nos hemos quedado sin aceite de oliva y ya sólo queda detergente para una lavadora más le dije, secándome las manos en el delantal. Hace falta ir al supermercado, se me ha hecho una lista bastante larga.

Ni levantó la mirada.

Ya sabes cómo está el tema, Emilia resopló. Han vuelto a retrasar las pagas en la fábrica. El encargado dijo que este mes ni veremos las primas. Anteayer te di los últimos 30 euros. Hazlo durar

Suspiré. Ese hazlo durar lo escucho desde hace meses, como si el presupuesto doméstico fuera como el chicle. Volví a la cocina, abrí la nevera y vi sólo un tarro de aceitunas partidas y una olla con restos del consomé de ayer. El caldo, flojísimo, hecho con carcasas de pollo, porque carne en condiciones no hemos comprado en semanas.

Trabajo como enfermera jefe en el ambulatorio del centro. Cobro siempre lo mismo, sí, pero no es para tirar cohetes. Antes, cuando Sergio traía un buen sueldo de la fábrica, vivíamos bastante decente: nos escapábamos unos días a la costa, comprábamos ropa, la nevera siempre llena. Pero con la crisis recortaron su salario, se cargaron los pluses, y ahora sólo trae a casa cuatro perras, que no dan ni para los recibos de la luz y, encima, la gasolina de su coche.

Las compras del día a día y todo el peso de la casa han caído sobre mí. He asumido más turnos, incluso fines de semana, para llegar a fin de mes. Sergio, en cambio trabaja, se tumba en el sofá, se queja de la injusticia del mundo y exige su cena de tres platos como si nada.

Hazlo durar murmuré mirando el aceite vacío. Si estiro más, revienta.

Al día siguiente pasé como siempre por el supermercado. Me paré ante la vitrina de las carne, soñando con corte de ternera para guisar, pero acabé llevándome una bandeja de higadillos de pollo. Baratos y dan el apaño si los guisas con cebolla y vino blanco. En la caja, me quedé sin una sola moneda. Tres días hasta el próximo anticipo, y el monedero vacío.

Por la noche, mientras los higadillos burbujeaban, me dio por limpiar el recibidor, y al coger la chaqueta de Sergio para colgarla, noté un papel en el bolsillo interior. Ya sé que no está bien mirar en los bolsillos ajenos, pero la costumbre de revisar antes de la colada tiró de mí. Lo saqué: era un recibo. Pero no del súper. Era del cajero, de esa misma tarde, a las 19:45.

Saldo: 3.750 euros.

Me centré, dudando si había leído mal la coma. Pero no. Decía claramente, además, en la línea anterior: Ingreso de nómina: 780 euros.

Setecientos ochenta euros. Y dice que sólo trajo a casa treinta.

Me senté en el taburete del recibidor. Todo girando en mi cabeza. Me vinieron a la memoria los días de lluvia colándome en los zapatos rotos, porque Sergio decía: Paciencia, no tenemos ni para pipas. O las noches en que me tragaba el dolor de muelas con ibuprofeno para no gastar en dentista. Aquellas bandejas de huesos y menudillos.

Sentí una rabia ácida, abrasadora en el pecho. Era algo más que rabia: sentí traición. Mientras yo rascaba hasta la última moneda y me privaba de todo, él acumulaba miles de euros. ¿Para qué? ¿Un coche? ¿Otra mujer? ¿O simplemente por codicia, pensando que su mujer tenía que alimentar la casa ella?.

Volví a dejar el recibo en su sitio. Tenía ganas de despertarlo y tirárselo a la cara. Pero no. Hacer escándalo da lo mismo: siempre tiene excusas, será por un regalo, o error del banco.

No. Había que actuar de otra manera.

Guardé los higadillos en un tupper y en vez de ponerlo en el frigorífico común, lo metí en mi bolso.

Si no hay dinero, no hay dinero me dije, casi sonriendo.

A la mañana siguiente salí antes de la cuenta, sin preparar siquiera el desayuno. Sobre la mesa, puse un plato vacío y un papel: Perdona, se acabó la comida. No hay dinero. Bébete un vaso de agua.

En el ambulatorio trabajé en piloto automático, sólo pensando en mi plan para la tarde. En la comida, por primera vez en meses, me di el lujo de un menú completo en la cafetería: guiso de ternera con puré y bollo, más compota. Qué placer.

Volví a casa ligera, sin bolsas ni carga. Sergio me esperaba compungido.

Emilia, que llegas tardísimo. Estoy hambriento. En la nevera no hay ni huevos. ¿No has ido al súper?

No, Sergio, hoy no he ido.

¿Cómo que no? ¿Y la cena?

No hay cena me senté tan tranquila en el sofá, cogiendo una novela. Ya te lo dije antes de ayer: no hay dinero. Anticipo hasta pasado mañana. Hoy he tomado un té en el trabajo, y ya está. Haz tú igual. Esto es una crisis, ¿recuerdas?

Se quedó boquiabierto. Seguro pensaba que me las apañaría otra vez: pediría prestado, sacaría de un calcetín, o haría magia en la despensa.

¿Y ahora qué hago?

Bébete un vaso de agua. O vete a dormir, que con el sueño se pasa el hambre.

Fue refunfuñando a la cocina. Al rato olía a pasta cocida, sin nada. Sonreí: macarrones solos, sin chorizo ni queso, la comida estrella de un millonario con miles de euros escondidos.

Al día siguiente, igual: comí fenomenal en el trabajo, me regalé un café y un pastel en la confitería de la plaza, y llegué a casa feliz, sin ansiedad ni peso en las manos.

Sergio me recibió, ya no indignado: estaba furioso.

¡Esto ya no tiene gracia, Emilia! ¡Dos días comiendo pasta sola! ¿Te crees graciosa? ¿Tú eres la señora de la casa o qué?

Soy tu esposa, Sergio, no una maga. No puedo comprar comida sin dinero. Dame dinero y hago la compra, preparo cocido, croquetas, lo que quieras. ¿Tan difícil es?

¡Te he dicho que no tengo! bufó. ¡Me han retrasado la nómina!

Pues yo tampoco. Así que toca dieta. Es saludable.

Esa noche se largó indignado. Volvió tarde oliendo a bocadillo de lomo. No dije nada, sólo pensé lo rápido que encontró dinero para eso.

Pasó una semana. El ambiente en casa era frío y punzante. Dejé de cocinar, de limpiar lo suyo, de lavar su ropa.

No queda detergente le contestaba cuando se quejaba de camisas sucias. No hay dinero para más.

Sergio resoplaba, intentaba darme pena o culparme.

¡Qué insensible te has vuelto! gritó ese viernes. ¡Trabajo, llego agotado, y esto parece un estercolero! ¡No hay comida, ni una camisa limpia! ¿Para qué quiero así a una mujer?

¿Y para qué quiero yo a un maridole respondí mirándole a los ojosque no es capaz de traer ni una barra de pan ni una caja de detergente? Yo también trabajo y vuelvo rendida. Pero la faena de la casa y la comida, sólo recaen sobre mí.

Porque eres mujer. Es tu deber.

Mi deber es querer y cuidar, siempre que recibo cuidado a cambio. Pero jugar siempre sola ya terminó.

Al fin, el sábado temprano, me despertó el olor a huevos fritos y salchichón. Fui a la cocina. Allí estaba Sergio, desayunando a cuerpo de rey. Café, bocadillos de queso curado, huevos, embutido bueno. Un poco de cambio en el abrigo de invierno, me soltó.

Gracias, pero no tengo hambre mentí, sólo para ver hasta dónde llegaba. Come tranquilo tú, que fuerzas te harán falta.

Sergio miraba al plato, incómodo.

Escucha, Emilia dijo, dejando un billete sobre la mesa. He pedido prestados 50 euros a Miguel. Anda, ve al mercado, prepara algo normal. No se puede seguir así.

¿Prestado a Miguel? Qué generoso. ¿Con qué se lo devuelve, si no tienes nómina?

¡Se lo devolveré cuando pueda! ¿Qué más te da? Haz la compra.

Cogí el billete.

Iré, pero sólo compraré para mí. Tú pídele la comida a Miguel, tan generoso él.

Saltó, volcó la silla.

¡Pero si son para la familia!

¿Para la familia? me puse en pie. ¿Y los 780 euros que cobraste el otro día, o los miles en tu cuenta, son de quién? ¿Fondos de rescate para maridos hambrientos?

Sergio se quedó blanco, después rojo.

¿Me estás espiando? acertó a decir.

No cambies de tema, Sergio. Encontré el recibo limpiando, por casualidad. ¿Sabes qué es lo peor? No que tu escondas el dinero: sino que te quedes mirando cómo yo cuento céntimos, cómo me niego cosas, cómo calzo zapato roto, mientras engulles la sopa pagada por mí. ¿No se te cae la cara?

Estaba ahorrando vociferó, golpeando la mesa. ¡Para un coche nuevo! El mío apenas tira. ¡Te iba a dar una sorpresa! Tú siempre sólo piensas en dinero.

¿Sorpresa? me reí, amarga. Sorpresa sería que compráramos el coche juntos, decidiendo los dos, y no haciendo que yo pase hambre para que tú ahorres. Lo que tú has hecho es vivir a mi costa, guardando tu salario intacto. Eso es ser un parásito, Sergio.

¡Yo soy un hombre, necesito un coche decente, algo de lo que poder presumir delante de los amigos! ¡Y tú, con tus despojos de pollo… Por un mes de apretarse el cinturón, tampoco pasa nada!

No, no me he muerto dije. Pero dentro de mí, sí murió algo: el respeto. Y eso no vuelve.

Dejé el billete sobre la mesa.

Guárdatelo, y cómprate un billete.

¿Billete? ¿A dónde?

A un futuro mejor. A casa de tu madre. O a donde quieras. No me importa. No quiero vivir con quien me considera la criada.

¿Me echas? ¿Por dinero?

Por cómo me tratas. Haz las maletas.

No se fue enseguida. Hubo bronca, gritos, ruegos, promesas de abrigos de piel. Pero yo estaba decidida. Le vi de pronto de verdad: un hombre mezquino, avaro, completamente ajeno.

Al final, hizo la maleta.

¡Te arrepentirás! ¿Quién te va a querer a tus cuarenta y cinco, eh? Te quedarás sola con tus gatos. Yo sí encontraré a una mujer que valore a su hombre.

Suerte le contesté cerrando la puerta.

Cuando el cerrojo sonó, me quedé sentada en el suelo. No me quedaban lágrimas, sólo una paz vacía.

Tiré la mortadela al cubo, opción de Sergio, y al abrir la nevera, allí seguía mi tupper olvidado. Bueno me dije, al menos ahora sé en qué se me va el sueldo.

Ha pasado un mes.

Vuelvo de la clínica despacio; el aire de mayo huele a azahar. Entro en el mercado. Lleno la cesta con tomates raf, queso manchego curado, un tarro de bonito en aceite, un vino blanco, y un lomito de salmón fresco. Pago sin remordimientos: por primera vez, mi tarjeta tiene saldo de sobra. Vivir sola es mucho más barato. Se va menos en luz, agua, gasolina. Y adiós a cervezas, tabaco, y la letanía de déjame veinte para la rueda.

En casa, pongo música, cocino para mí, sirvo una copa de vino, y ceno mirando el sol esconderse.

Móvil. Mensaje de Sergio.

Emi, ¿qué tal? ¿Podemos vernos? Me he dado cuenta de todo. Fui un idiota. No llegué a comprar el coche. El dinero está ahí. Podemos volver a empezar. Te echo de menos.

Bebo un trago frío. Recuerdo su voz gritándome por no hacer croquetas, mi vergüenza pidiendo dinero.

Borralo. Bloqueo su número.

Yo también echaba de menos digo a mi reflejo, pero a mí misma. Y eso no pienso volver a perderlo.

Al día siguiente me compro unas botas de cuero suave, caras, italianas. Y me pago un retiro de spa en La Toja, dos semanas. Lo que he ahorrado me da para el lujo.

Divorciarse no es el fin. Es el principio de una vida más honesta. Más deliciosa. La mía.

Rate article
MagistrUm
Mi marido escondía parte de su sueldo y yo dejé de comprar la comida con mi propio dinero