Descaro sin límites
A ver, Inés, dime la verdad empezó a quejarse Ignacio , ¿qué más da a quién alquilemos la casa? ¿A conocidos o a extraños? El dinero es igual venga de donde venga.
Inés terminó de tender la ropa en el tendedero bajo el sol de la terraza. Mejor haría Ignacio si, en vez de protestar, le echara una mano.
Ignacio, cariño le contestó ella, es que la diferencia está en que, con los familiares, luego no hay manera de sacarles el dinero.
¿Hablas de Tomás? respondió él incómodo. ¡Tomás es mi hermano! ¡Claro que pagará! Te lo aseguro al cien por cien. Ni siquiera ha pedido rebaja. Alquilará la casa por el precio completo, todo el verano, y así no nos hace falta buscar inquilinos.
Nacho, que es una casa junto al mar. Inquilinos encuentro yo en cinco minutos.
Explícame entonces por qué insistes tanto en alquilarla a desconocidos.
Pues porque con desconocidos todo es fácil: contrato, anticipo, y si no pagan, se les echa y en paz. Pero con los familiares empieza el Ay, Inesita, ya sabes, los niños. Ay, te lo pasamos más adelante. Ay, hemos roto la tele, pero no nos vas a cobrar, ¿verdad?. Créeme, he visto esto mil veces. Tú no sabes cómo acaban estas historias.
La casa le llegó a Inés de sus padres, que también la alquilaban. Ellos vivían en Valencia y aquel chalet en la costa era un complemento estupendo para el sueldo. Inés decidió hacer lo mismo, pero con una condición: nada de amigos ni familia. Había visto demasiadas veces cómo los amigos de sus padres se esfumaban sin pagar.
¿Y cómo acababan? preguntó su marido.
Pues que los familiares ni pagaban ni pedían disculpas. Como si fuera un favor. “¿Tanto os cuesta dejarnos quedar?”. No, Nacho. La casa es nuestro negocio, no una pensión de beneficencia para tu parentela.
Tomás hacía poco había decidido que tres meses en la playa serían justo lo que recetó el médico para su mujer y sus tres hijos. El verano, en su profesión, era época floja; así que podían disfrutar la vida. Inés no dudaba ni por un instante de que Tomás no pensaba soltar un céntimo.
Pero Tomás no te ha pedido que los metas gratis, ¡va a pagar!
Todos prometen que pagarán al principio.
¿Por qué complicarnos la vida? Siempre hay gente esperando para alquilar la casa a precio de mercado. Esas personas firman el contrato, pagan al momento y puedo dormir tranquila. Nada de familiares ni amigos. La amistad es muy bonita, pero el dinero, por separado.
Es difícil discutir con el sentido práctico de Inés, pero Ignacio tenía un as bajo la manga.
Vale, tú no confías en Tomás. Pero, ¿confías en mí?
Inés se quedó esperando lo que vendría.
Sí, confío. ¿Y?
Pues que si Tomás no paga, lo pago yo de mi bolsillo soltó Ignacio, hinchándose de orgullo.
Propuesta endeble donde las haya.
Maravilloso. O sea, que lo pagarás del dinero que es de los dos.
Bueno… si lo ves así… Puedo buscarme un trabajo extra. Sí, eso haré. Por las tardes o los fines de semana, y todo lo que gane va para ti. Serán solo tuyos, no de los dos. ¿Trato hecho?
Inés no se imaginaba que para Ignacio aquello fuera tan importante. Si él confiaba tanto en su hermano quizás ella debería creer también.
Podrías convencer a cualquiera dijo ella. Tú mismo te lo has cargado sobre los hombros. Muy bien.
Todavía quedaba tiempo para el verano, así que Inés trató de serenarse y hasta de confiar en Ignacio.
Llegaron los días de junio y vinieron con problemas. Ignacio, llamando a Tomás cada tres días bajo el pretexto inocente de ver cuándo recibiría el primer mes, recibía siempre palabras tranquilizadoras.
Sí, Nacho, sí. Todo bien. ¿El dinero? Estoy esperando a un cliente importante que me pague lo del mes pasado. Me lo pasa a final de mes. En cuanto me llegue, te lo ingreso. Discúlpame el retraso, pero ya sabes cómo es esto. No te preocupes.
Acabó junio.
El dinero seguía sin aparecer.
Inés, fiel a su palabra, aguantó callada el mes entero. No preguntó, no insistió, no montó escenas. Ignacio le pidió encargarse de todo; ella le dejó. No quería herir su orgullo, pero, tras la enésima llamada a Tomás, Inés no pudo aguantar:
¿Y bien? ¿Ha pagado?
Los clientes no le han ingresado aún el dinero del último encargo grande. En cuanto tenga, nos lo da. Lo ha prometido.
La misma excusa, un mes entero igual.
¿Ves lo que decía? Los familiares siempre tienen una razón importantísima para no pagar.
Inés, esto es pura casualidad, ¡no lo hace a propósito! Es lo que toca ahora, ya vendrán tiempos mejores. Espera un poco más.
Sí, claro, hasta septiembre. Hasta que recojan sus maletas, te den las gracias por las vacaciones y te digan: “Ya hablamos”.
Al fin y al cabo, Inés, tú tampoco pierdes nada. Yo buscaré un trabajo extra, te lo prometo.
¿Tú? ¿De verdad, ahora mismo?
Ignacio se desinfló notoriamente.
Dame un par de semanas más. Si no, lo pago yo mismo si de verdad es tan importante para ti.
Yo no te obligué a aceptar esa responsabilidad. Fuiste tú el que insistió. Dices que tu hermano es de fiar. Demuéstramelo.
El ambiente en casa se enrareció. Ignacio apenas hablaba.
Julio llegó con un calor apabullante. Y cada noche, Inés descubría que Ignacio miraba ofertas de empleo en el periódico, pero jamás llamaba a nadie.
Ignasi, ¿te has dado cuenta de que hoy es día treinta? Dos tercios del verano y ni un solo euro del alquiler le recordó.
Todavía nada pero
En cuanto le paguen, nos lo da.
Lo pagará todo, ¡y hasta un extra por las molestias!
Ya no me lo creo. Tú respondiste por él. Dijiste: Yo pago. Pues cumple. ¿Dónde está esa faena?
Ya estaba claro que lo de buscar empleo no le hacía ninguna gracia a Ignacio. Era fácil prometer, pero muy duro doblar el lomo por dos.
Buscaré, pero las ofertas… ninguna decente. No voy a cargar sacos con esta espalda.
Pues manda a tu hermano a cargar sacos. Tienes dos opciones: o buscas trabajo ya o llamo a Tomás y le digo que, si no tengo la mitad antes del viernes, echo a su familia legalmente y le reclamo la deuda en juicio.
El sudor frío recorrió las sienes de Ignacio.
¡No llames a Tomás! ¿Cómo voy a poner una demanda? ¿Qué le cuento yo a mi madre? ¿Que he llevado a mi hermano a juicio? Nadie lo entendería.
Tomás no quería pagar, Ignacio no quería cumplir su palabra ni tampoco demandar al hermano y, de pronto, decidió que la culpable era Inés.
Mira, te preocupas mucho por tu querido marido ¿No te da pena que tenga que matarse a trabajar para devolverte el dinero, como si fueras una extraña?
Nadie te obligó, Ignacio. Tú insististe.
¡Pero yo no sabía que Tomás nos dejaría tirados!
Yo sí le respondió Inés. Lo sabía porque lo he vivido demasiadas veces. Tú no me hiciste caso.
¡Vale, ya lo he entendido! empezó a hacerse el mártir. Pero tú, Inés, tampoco ayudas: con tu exigencia de que yo pague, demuestras que no me quieres nada, que el dinero es más importante que mi salud. ¡Te da igual si acabo en el hospital! Aun así, me quieres forzar a buscar un trabajo extra
No te obligo le interrumpió ella. Solo exijo que cumplas con el trato que tú propusiste.
¡De acuerdo! gritó Ignacio Buscaré otro trabajo y te pagaré por Tomás, si es que el dinero te importa más que yo. ¡Eso es!
El trato se rompió en sus propios términos, pero Inés aún salió ganando: Ignacio empezó a trabajar de repartidor por las tardes y luego la miraba con reproche.
Todo por tu culpa le soltó un día.
¿Por mi culpa?
¡Sí!
Quizás así entiendas le dijo Inés. Qué fácil es quedar bien a costa de otro. Pero ahora que pagas por tu hermano, harás cuentas.
Inés, en el fondo, aún abrigaba cierta esperanza de que a Tomás le entrara la vergüenza y terminara pagando. Y, justo al pensarlo, Tomás la llamó directamente, no a Ignacio.
¿Sería posible que viniera el dinero, al fin?
Inés, quería comentarte una cosilla
Tomás, se acabó el tiempo. Deberíais haber pagado agosto y seguimos esperando el de julio. Ahora es problema de Ignacio, que respondió por ti.
Sí, ya me lo ha dicho Ignacio, pobrecillo. Pero mira, se me ha roto el coche mientras estábamos aquí y he tenido que gastarme todo en el taller. A ver cómo me llevo ahora a la familia de vuelta Lo del alquiler, pues, ya te lo pagaré
Tal y como Inés se temía.
Inés colgó.
Ignacio, que vio la cara de su mujer, lo entendió todo.
Vale admitió. No tenía que haber confiado tanto en él. Pero tú tampoco me perdonas el error. Si al menos me apoyaras
¿Y qué hago? ¿Te sonrío y asiento mientras tu hermano disfruta gratis y yo ya veré cómo lo arreglo? Tú mismo dijiste que pagarías.
¡Sí, lo dije! rezongó Ignacio Pero no esperaba que te quedaras tan tranquila al ver cómo yo tengo que matarme a trabajar. ¿No piensas en mí?
¿Y tu hermano piensa en ti?
Él no es mala persona, solo ha salido así la cosa
Genial. Así que él no es malo por estafarme y ponerte a ti en un compromiso, y yo soy la mala por exigir lo mío, ¿no?
Ignacio se encogió de hombros.
Parecía que, en nuestro matrimonio, se abría una época difícilInés guardó silencio un largo momento. El sol de la tarde caía a plomo sobre el tendedero, haciendo ondear las sábanas como velas en altamar. Ignoró a Ignacio, cruzó la terraza y descolgó una camiseta. Sacudió la prenda con violencia, como si en ese gesto se sacudiera el cansancio, el enfado y la resignación.
Te empeñaste dijo al fin, en que tu familia estaba primero, estuvieran como estuvieran las cosas. Eso es lealtad, sí, pero también es cerrar los ojos. Y si ahora tienes que cargar sacos o repartir paquetes para salir del lío, no es por mi culpa ni por el dinero: es por no haber querido ver la realidad.
El silencio de Ignacio fue como si algo se resquebrajara. Y, donde otro se hubiera derrumbado, él sintió de pronto un alivio extraño. Inés tenía razón: había intentado salvar el honor del hermano, la calma de su esposa y su propio orgullo, todo a la vez. Ahora, agotado y algo magullado, comprendía que ninguna familia era perfecta, y que aprenderlo también valía su precio. Dio un suspiro profundo.
Tenías razón, Inés dijo finalmente, con una voz mansa que no le conocía. No puedo arreglarlo todo, pero puedo aprender.
Ella se volvió hacia él, la piel encendida por la brisa salada y el cansancio de tanto luchar sola. Lo miró con compasión, pero sin renunciar a la firmeza.
El verano termina en dos semanas. Cuando tu hermano se marche, la casa será, otra vez, nuestra. Y si quieres hacerme un favor, la próxima vez, alquílala tú a quien quieras pero bajo contrato, por escrito, y sin promesas vacías hizo una pausa. Que los favores de familia se queden en cenas, no en hipotecas.
Ignacio asintió y, por primera vez en meses, se acercó a tender la ropa junto a Inés. Entre las sábanas limpias, ambos compartieron una sonrisa breve, de esas que tardan en llegar pero que duran mucho tiempo. Fue entonces cuando, al fondo, oyeron la risa chillona de unos niños y el ladrido de un perro junto a la verja.
Parece que la diversión se termina. dijo Ignacio, mirando el horizonte.
O quizás respondió Inés, tendiéndole una toalla ahora empieza de verdad.
Y, mientras los gritos y carreras invadían la casa de la costa, Ignacio entendió al fin la lección: solo quien sabe poner límites puede cuidar de su familia sin perderse a sí mismo. El mar siguió brillando, desvergonzado, allá abajo, como si el propio universo celebrase aquel inesperado acuerdo de paz.





