Richard estaba seguro de que su esposa le iba a engañar, así que decidió darle una lección y se quedó sorprendido.

Lo entiendo, respondió Martina y se lanzó directamente a la cocina para coger el móvil. Después de mandar un mensaje a alguien, regresó al salón. En ese momento, Ricardo se reafirmó aún más en sus sospechas de que su esposa le estaba poniendo los cuernos. Era raro: ella le dejaba salir con los colegas y marcharse de viaje de negocios sin ningún problema. Ni siquiera se enfadaba cuando él volvía a casa como una cuba. Sus amigos insistían en que mujeres así son más difíciles de encontrar que una aceituna sin hueso y que allí no había gato encerrado. Pero a Ricardo le picaba la conciencia.

Tenía ocho años más que su esposa. ¿Y si ella había encontrado a un tipo más joven y atractivo? Al menos Ricardo era lo suficientemente sensato como para guardarse sus sospechas. Acusar sin pruebas era una metedura de pata monumental, así que quería estar cien por cien seguro. Tras pensárselo, no se le ocurrió otra opción mejor que instalar cámaras por todo el piso.

Ricardo partió a su viaje de negocios de mala leche. Incluso Martina notó su cara de pocos amigos y estuvo a punto de endosarle un par de pastillas. El mimo de su esposa le consoló, y durante un rato pensó que igual estaba haciendo una montaña de un grano de arena. No quería ver el vídeo en directo y tampoco tenía mucho tiempo de hacerlo. Solo por la noche, Ricardo abría la aplicación y reencontraba los vídeos. Lo mismo: cinco minutos de espionaje casero, app cerrada y el portátil a la otra punta del sofá… lejos de la tentación.

El viaje pasó rápido. Ese día, Ricardo despidió a Martina antes de que se fuera a trabajar, encendió el portátil y se puso a ver los vídeos. No estaba seguro de querer conocer toda la verdad.

Así que encendió el portátil y revisó las grabaciones. Al principio, nada fuera de lo común. Martina se levantaba, desayunaba y limpiaba la casa. Pero después, a media tarde, Ricardo vio a su esposa, normalmente impecable y vestida de punta en blanco, sentada frente al ordenador con unos pantalones cortos y con su camiseta gigante, jugando a un videojuego. Se oían las voces de otros jugadores desde el ordenador. Martina resultó ser adicta al gaming.

No es algo ideal, claro se tranquilizó Ricardo, pero cada uno tiene sus aficiones. Después repasó el resto de vídeos a velocidad x2. Nada nuevo: Martina con el ordenador y tareas del hogar. Pero lo esencial: ningún otro hombre cruzaba la puerta de casa.

Ricardo cerró el portátil y suspiró. Ahora solo se sentía culpable por haber dudado de su esposa. Así que decidió sorprender a Martina con un ramo enorme de rosas y una cena romántica. Eso sí, las cámaras seguirían puestas por ahora. No se imaginabaAl caer la tarde, Ricardo se dedicó a preparar la cena con esmero, eligiendo los platos favoritos de Martina y arreglando la mesa con velas y la mejor vajilla. Cuando ella entró por la puerta, aún con la sonrisa del cansancio y los auriculares colgando del cuello, se sorprendió por el aroma y las luces suaves. Ricardo la recibió con el ramo de rosas, tartamudeando nervioso, temiendo que ella notara la culpa dibujada en sus ojos. Martina arqueó una ceja divertida.

¿Y esto? ¿He ganado la lotería y no me he enterado?

Ricardo se encogió de hombros y la abrazó.

Solo quería que supieras que eres lo mejor que tengo.

Martina se dejó envolver, y la cena transcurrió entre risas y anécdotas, hasta que Ricardo, incapaz de seguir guardándose el peso, confesó entre susurros su temor y su vigilancia secreta. Martina lo miró en silencio, sorprendida, y después soltó una carcajada tan sincera que a Ricardo le temblaron los huesos.

Podrías haberme preguntado dijo ella. La próxima vez, ven a jugar conmigo. Te enseño a ganar y, quién sabe, igual te pones tan viciado como yo.

Ricardo la miró, desarmado por la honestidad y la complicidad. Las cámaras se apagaron esa misma noche. Desde entonces, el salón se llenó de partidas compartidas, menos sospechas y más confianza. De fondo, siempre resonaba la risa de Martina, esa que Ricardo nunca más volvió a dudar.

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Richard estaba seguro de que su esposa le iba a engañar, así que decidió darle una lección y se quedó sorprendido.